Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


II

El invitado

Medio año antes

Se encontraba en el Salón del Trono de Pecios, el cual debía su nombre a la silla de madera gruesa que, según la leyenda, el Rey Tritón había entregado a los Velaryon mucho antes de la Conquista.

Lord Corlys lo había mandado trasladar desde Marcaderiva una vez que la nueva fortaleza —a la cual llamó Marea Alta— terminó de ser construida. Dos gruesas columnas le flaqueaban los lados; durante las noches, los sirvientes encendían lámparas de aceite y las colocaban en los capiteles. En la oscuridad, el trono lucía más adusto e imponente, pero no conseguía infundir el temor y el respeto del Trono de Hierro. Rodeado de los tesoros exóticos que lord Corlys había traído de sus múltiples viajes por Essos, más bien inspiraba curiosidad.

Lucerys Velaryon no se sentaba en él. Nunca. Ni siquiera para las audiencias. Permanecía de pie y a veces apoyaba la mano cuando las piernas se le entumecían.

«Si no vuelvo de la guerra, recuerda que es mi deseo que me sucedas y te sientes en el Trono de Marcaderiva», le dijo su abuelo antes de partir con la flota Velaryon a Rocadragón, donde su madre reunía a sus abanderados para hacer la guerra. Pero Lucerys conservaba la esperanza de que volviera y así no tener que heredar un título que no creía merecer.

¿Cuántas veces lo habían llamado «bastardo» en la cara? Pocas en comparación con la avidez que los rumores se propagaban cuando llegaba a un lugar. Lo delataba el pelo castaño, los ojos oscuros y la nariz chata. Y aunque en Marea Alta nunca lo habían hecho sentir incómodo, temía que, a la hora de convertirse en Señor de Marcaderiva, las conspiraciones brotaran como setas luego de la lluvia.

Por eso, durante las noches de insomnio, se sentaba junto al gran ventanal que ofrecía una vista privilegiada de los acantilados, Villaespecia y los médanos de arena, y deseaba con todo su corazón ver arribar a la flota Velaryon.

Sin embargo, esa noche no lo deseó. En el exterior, una tormenta azotaba la isla sin piedad alguna. Las olas rompían contra las rocas y sacudía los botes firmemente amarrados en el puerto. De vez en cuando, un relámpago caía en picado del cielo y lo iluminaba todo con su resplandor plateado.

Desde hacía un año y una luna que no podía dormir debido a las pesadillas y éstas aumentaban exponencialmente cuando había tormenta.

El maestre Bertram le había ofrecido un dedito de vino del sueño para descansar plácidamente, pero Lucerys declinó la oferta. No le gustaba el sabor y tampoco perder el control de su cuerpo. Prefería que los ojos le quedaran resecos por la lectura antes que estar sumido en una bruma de confusión.

Tenía los ojos clavados en el libro cuando un movimiento en el horizonte distrajo su atención.

Un dragón enorme, con escamas tan oscuras como la misma noche, aterrizó junto a los peñascos. En el hocico tenía una herida que humeaba bajo la lluvia. La cabeza del dragón se desplomó sobre la arena y de su silla descendió el jinete tambaleándose. «Hay algo que no está bien», pensó Lucerys mientras se ponía de pie.

Lucerys Velaryon arrancó una antorcha de su aplique y la usó para iluminar el trayecto hasta la puerta principal.

A los cuatro hombres que custodiaban la puerta, se le unieron dos más que bajaron de las almenas —Marcaderiva contaba con una pequeña guarnición para su defensa; la mayoría de hombres en edad de pelear habían seguido a la Serpiente Marina a la guerra y ni la mitad de ellos volverían a la isla—, no fue necesario que entregaran el mensaje. Todos estaban concentrados en el dragón que se encontraba en la costa.

—¿Qué hacemos, mi príncipe? —preguntó uno—. No sabemos si se trata de un aliado o un enemigo.

La figura encapuchada avanzó, hundiendo los pies por la arena mojada en dirección al camino pedregoso que llevaba hasta el castillo. Las ráfagas de viento le hacían ondear la capa.

—¡Abrid las puertas! —ordenó—. ¡Y desenvainad vuestras espadas!

Los hombres obedecieron. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, arrastraron la pesada madera hacia atrás. Luego, escuchó el sonido del acero al ser desenfundado.

Lucerys llevó la mano derecha al mango del puñal que tenía en la cintura —era de huesodragón y acero valyrio, certero y mortal a poca distancia—; con la otra, levantó la antorcha para iluminar la figura del invitado inesperado.

La coraza esmaltada estaba abollada y la cota de malla, agujereada, ahí donde las saetas habían penetrado hasta la carne. Reconoció el pelo que le caía sucio, enmarañado, sobre el rostro. Su único ojo era de un púrpura hipnotizante; en la cuenca izquierda no había pupila, tampoco iris, solo un zafiro azul y frío como el hielo, cubierto por un parche de cuero negro.

—Aemond —pronunció el chico. El nombre le quemó en la lengua—. ¿Qué haces aquí?

Él medio sonrió al escuchar cómo lo llamaba.

—Estoy herido… —susurró. La lluvia se tragó el sonido de su voz—. No sabía a dónde más ir...

Su tío se tambaleó y cayó hacia adelante. En un acto reflejo más que de misericordia, Lucerys lo atrapó antes que se estrellara contra el suelo. Al entrar en contacto con su cuerpo, sintió la sangre, cálida y roja, brotando de las heridas. Y también percibió el frío. ¿De la lluvia? ¿Del Desconocido? No lo sabía con exactitud.

—¿Qué hacemos, mi príncipe? —preguntó un caballero.

—Ayudadme a llevarlo con el maestre —contestó—. De prisa —apremió.

Que Aemond se encontrara en Marcaderiva significaba rememorar la pelea que allí había tenido lugar cuando no eran más que niños. Un ojo, un dragón y una rivalidad eterna. Pero también significaba abrir la herida recibida un año atrás y volver a sangrar por los endebles puntos de sutura.