Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
III
El despertar
El sol ya clareaba por el este cuando el maestre Bertram terminó de vendar las heridas. Era una luz tenue, mortecina, que le otorgaba al mundo una fragilidad de la cual carecía.
«Parece muerto —pensó Lucerys Velaryon al ver a su tío tendido en el lecho. El pelo húmedo por el sudor, le enmarcaba las facciones angulosas. El pecho tenía tres heridas: una en el lateral izquierdo, sobre las costillas, y dos en el pectoral. Le habrían atravesado el corazón de no ser por la coraza—. Traed el sudario y comenzad las oraciones.»
Pero, ¿cuándo los dioses habían sido benevolentes?
Faltaba más que tres saetas para matar a su tío. Y, sin embargo, allí estaba sangrando como cualquier mortal. Junto a la cama, una pila de vendas empapadas era la prueba de ello.
El maestre Bertram no había escatimado esfuerzos en su recuperación —igual que cuando, muchos años atrás, Lucerys le rajó el ojo con el puñal—: desinfección, cataplasma, vino del sueño, leche de amapola y sanguijuelas para aliviarle el dolor.
—Presta atención, Cedrik. Un maestre debe su existencia al servicio de los demás. Conocemos los secretos de la muerte, pero los de la vida son más importante —dijo. Su voz era un susurro, suave como el viento—. Una vida perdida pesa tanto como cien salvadas.
Cedrik asintió.
La admiración por el anciano le brillaba en los ojos. No era un aprendiz como tal, pues ese título solo les correspondía a los novicios de la Ciudadela, pero el maestre Bertram lo consideraba como tal.
Mucho antes de que la corona fuera usurpada y la guerra comenzara, lord Corlys había solicitado un aprendiz, pero la Ciudadela era de los Hightower —aunque decían servir a todo el reino— y nunca respondieron a la solicitud.
Al maestre Bertram le costaba subir las escaleras caracol que llevaba a las pajareras y la humedad del aire no era buena para sus huesos viejos y marchitos. No podían esperar a que la guerra finalizara —llevaba un año y seis lumas de transcurso—, por lo que su abuelo bajó a Villaespecia y se llevó al único joven que manifestó deseos de vestir de gris. «Si aprendes el oficio, no tendrás una cadena con eslabones, pero mi casa será la tuya y no volverás a preocuparte por el futuro», prometió. Tres días después, Cedrik ocupaba la habitación contigua a la del maestre Bertram.
—Ya está por despertar, mi príncipe. Os dejamos a solas para que podáis interrogarlo.
Maestre y aprendiz se retiraron de los aposentos.
Largos minutos transcurrieron antes de que su tío despertara y, en cada uno de ellos, se imaginó ahogándolo con una almohada. «Sería una muerte más misericordiosa de la que intentaste darme», caviló.
Aemond abrió el ojo violeta y lo clavó en el techo. No había miedo o preocupación, sólo una inusitada serenidad.
«Piensa que está a salvo —dedujo. Nunca lo iba a ver como un rival. Ni entonces, ni ahora. Lucerys no era un hábil espadachín y carecía del físico imponente de sus abuelos—. No me teme. No me ve como un peligro.»
—Estoy debe parecerte inusual viniendo de mí, sobrino.
—Esto es perfectamente usual viniendo de ti, Aemond. —El nombre le inundó la boca de un sabor agrio—. Eres impulsivo, impredecible. Como cuando éramos niños y ansiabas un dragón con todo tu repulsivo corazón. Todos esperaban el viaje a Rocadragón para que pudieras tomar un huevo o reclamar alguna de las crías que había nacido, pero tú no hiciste eso.
—¿Por qué conformarme con un huevo inerte o una cría que habría muerto con las lunas? —preguntó con ironía—. ¿Por qué hacer tal cosa cuando el último dragón de la Conquista estaba ahí, esperando por un nuevo jinete? Si tu prima tanto quería tenerlo, tendría que haberlo reclamado antes.
—Estaba llorando a su madre y a su hermanito —dijo Lucerys. ¿Por qué se lo explicaba? Aemond no lo entendía. Ni entonces, ni ahora—. ¿Por qué estás aquí?
Aemond se incorporó.
Una punzada de dolor le atravesó el cuerpo porque la expresión de su rostro se transformó. Se inclinó levemente hacia la izquierda para tomar el vaso de agua; una gota esquivó sus labios y se deslizó torso abajo hasta anidarse en las vendas.
—No mentí cuando dije que no sabía a dónde ir.
—Podrías haberle ordenado a Vhagar que te llevara a Desembarco del Rey —aventuró. En realidad, no sabía dónde había resultado herido su tío—. ¿Por qué Marcaderiva? Aquí perdiste el ojo.
—Y también gané un dragón —respondió—. Una luna es lo único que pido. Luego de que las heridas sanen, me marcharé y no seré más que un mal recuerdo.
Lucerys cruzó los brazos sobre el jubón azul con el caballito bordado en el borde superior izquierdo.
—No puedo hacer tal concesión sin una audiencia. —Su abuelo lo había dejado al mando de la isla, pero las decisiones debían ser consultadas con el maestre y el Capitán de la Guardia, en quienes lord Corlys confiaba plenamente.
Aemond enseñó una sonrisa.
—Solicitaré una audiencia.
—¿Por qué te la daría? —rebatió Luke—. Ya saldé mi deuda contigo. Vida por vida. No estoy obligado a darte más de mí.
—Eres un pésimo negociador, sobrino. No se trata de lo que puedas darme sino de lo que puedes exigir a cambio.
Luke puso los ojos en blanco y le dio la espalda, emprendiendo el trayecto hacia la puerta.
—No tienes nada que me interese —aseguró con la mano posada sobre la madera.
—¿Seguro? —tentó—. Yo creo que hay verdades que mueres por conocer. Por ejemplo, la razón por la cual traté de matarte y luego te salvé. ¿No quieres saber por qué lo hice?
