Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


IV

La verdad

En la pared frontal de la habitación destinada a los invitados —incluso para los inesperados como su tío— había una ventana que daba al exterior de la fortaleza. Tenía marco y postigos de madera, al igual que todas las ventanas del castillo.

La vista no era privilegiada como en el Salón del Trono. Hacia arriba se veían las cúspides de plata de las torres; hacia abajo, una escena recortada de la playa. Orilla espumosa y hierba verde que crecía en la falda de los médanos. Esa imagen tan cotidiana y ordinaria era interrumpida por la presencia del dragón tan grande que opacaba el sol.

Lucerys Velaryon vio el surco que Vhagar había dejado en la arena al arrastrarse hasta el punto septentrional de la isla, un camino de sangre y humo. Durante el día era más temible que en la noche. En las sombras se podía intuir el peligro que representaba; los rayos de luz no hacían más que confirmarlo.

Tener a Vhagar en Marcaderiva era revivir el terror.

Desde el desafortunado encuentro en Bastión de Tormentas, había fantaseado con ese momento. «¿Qué haría si volvía a verlo?» se preguntaba a menudo.

No podía matarlo. La piel de los dragones estaba recubierta de escamas tan duras como el acero. Era más fácil matar a cien mil hombres antes que a un dragón.

No obstante, los anales de la historia decían que los dornienses habían derribado a Meraxes con escorpiones. Una saeta de hierro con el tamaño adecuado podía matar a un dragón. Incluso al más grande y viejo de Poniente.

«Yo podría hacerlo», pensó. Pero para llegar hasta Vhagar primero tendría que pasar por encima del cadáver de su tío.

—¿Cuál es la razón? —interrogó, maldiciendo internamente por haber caído en su juego.

Las conmensuras de la boca de su tío se curvaron hacia arriba; el ojo sano, destellaba con malicia.

—Primero quiero un juramento solemne de que se me concederá una audiencia.

Luke rodó los ojos.

—Te doy mi palabra de Velaryon que así será.

—Dame tu palabra de Strong y te creeré.

En otro tiempo, esa palabra habría sido una cachetada, le habría hecho retroceder y convertirse en un ovillo; ahora, después de haber sobrevivido a la tormenta y al mar, obligado a convivir con un dolor constante, no le provocaba la menor alteración.

—Si buscas permanecer bajo mi techo y protección, harías bien en morderte esa lengua viperina —demandó Luke. La voz no le tembló ni por un segundo—. Escupe tu verdad y ten tu audiencia.

Al ver que aquella era una pelea perdida, Aemond respondió:

—La razón por la cual te salvé es porque no quería matarte, en realidad. Ni siquiera pensé en seguirte cuando te marchaste a lomos de Arrax. Me bastaba con la imagen que tenía clavada en la retina. Tú, mojado por la lluvia, abatido. Te habías rendido antes de entregar el mensaje a lord Borros. Tan patético —hizo énfasis en la palabra con un suspiro como de alivio—. Para mí era más que suficiente.

»Pero, cuando emprendiste el camino hacia el patio, escoltado por los guardias de Baratheon, la hija de lord Borros, creo que era lady Maris, lanzó unas palabras desafortunadas. «¿Os quitó un ojo o una de vuestras pelotas? Me alegro de que hayáis elegido a mi hermana; quiero un marido con sus partes intactas».

»Tú mismo lo dijiste, sobrino, soy impulsivo, impredecible. No podía permitir que la moza pusiera en duda mi coraje. Así que seguí tus pasos, esperé que emprendieras el vuelo, subí a Vhagar y fui en tu búsqueda.

»No quería matarte, solo asustarte, pero hacer que Vhagar persiguiera a Arrax mientras yo maldecía en valyrio, el lenguaje que tenemos en común, no fue mi mejor decisión y desembocó en una tragedia.

Luke sintió que la sangre le hervía en las venas.

—¿Eso es mi vida para ti? —Sintió el impulso de llevar la mano al puñal y desenfundarlo—. Solo un juego que terminó mal.

—No quería que eso sucediera con tu dragón. Jamás. Yo más que nadie sé lo que no es tener un dragón —juró Aemond. ¿Podía creerle?— Cuando te vi caer al vacío y ser engullido por la Bahía de los Naufragios, entré en pánico. Una parte de mí quería salvarte y llevarte a Harrenhal, a Seto de Piedra o alguna isla perdida del Mar del Ocaso.

»Eras un saquito de huesos, tan mojado y aterrado. No habrías sobrevivido un viaje tan largo. Pensé en llevarte a Desembarco del Rey, pero mi madre no me habría dejado conservarte. Te habría devuelto a mi media hermana como muestra de buena voluntad.

Fue inquietante la forma en que lo dijo. Había un cariz sádico en su voz. Hablaba de él como si fuera un trofeo de guerra, como si le perteneciera.

Le recordó a los Hombres de Hierro que tenían esposas de piedra y esposas de sal. Con las primeras contraían nupcias en sus islas, frente a los ojos de su Dios Ahogado; a las otras, las tomaban como parte del botín y les ponían bastardos en el vientre que se apellidaban Pyke al nacer.

De haberlo llevado a la capital, ¿Aemond lo habría instalado en sus habitaciones y obligado a complacerlo en el lecho? ¿Hasta dónde llegaba su obsesión?

—¿Por qué no me llevaste a Rocadragón?

—Ellos me habrían tomado como rehén para doblegar la voluntad de mi hermano —contestó—. Por eso te dejé en Marcaderiva, el lugar más cercano a Rocadragón. No quería que murieras. Y sabía que lord Corlys no lo permitiría. Por más que la sangre Strong corra por tus venas, la Serpiente Marina te considera su nieto. Y la decisión no estuvo errada porque aquí estás, hablando en su nombre.

—Recuérdalo cuando tengas la audiencia —dijo.

Y se marchó, dejando a su tío con la palabra en la boca.