Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


V

La audiencia

Lucerys Velaryon le dio su palabra de concederle una audiencia, pero nunca especificó cuándo se la daría. Dejó que transcurrieran tres largos días antes de llamarlo al Salón del Trono.

El maestre Bertram le informaba cada mañana sobre su mejoría y, de vez en cuando, dejaba caer comentarios como: «el príncipe está inquieto, parece un gato enjaulado» o «el príncipe quiere veros». Pero Lucerys nunca cedía ante su demanda. Sabía que, cuando su tío se encontrara completamente recuperado, ya no demandaría con palabras sino con acero. Era capaz de abrirse paso de esa forma con tal de no ser ignorado. Mientras estuviera postrado en la cama y dependiendo de los criados para vestirse, comer e ir al urinal, no tenía de qué preocuparse.

Al tercer día, cuando el maestre Bertram le dijo que el príncipe Aemond ya estaba de pie y listo para hacerle cumplir su promesa, Lucerys proclamó una audiencia.

Las puertas del castillo se abrieron de par en par para recibir a todos los ciudadanos que quisieran hacerse escuchar. Pescadores, lavanderas y cereros llegaron desde Villaespecia para apiñarse en el Salón del Trono. Todos le echarían la culpa a la guerra por sus desgracias, incluso si éstas nada tenían que ver con el conflicto bélico. Lord Corlys ya se lo había advertido: «no hay nada como la guerra para que el pueblo acuda a su señor con quejas absurdas. Escucha cada una de sus demandas y responde a ellas en la medida de lo posible. Porque será ese mismo pueblo el que tome las espadas y marche por ti.»

Por eso Lucerys se envistió de paciencia, tranquilidad y los hermosos colores de su casa. «Hoy más que nunca tengo que ser un Velaryon», se dijo. No podía permitir que su tío también hiciera tambalear los cimientos de lo único seguro que tenía en ese mundo: la autoridad que tenía en ese frágil rincón de Poniente.

Jacaerys, su hermano mayor, era el heredero de su madre, la sucedería en el Trono de Hierro —«si alguna vez se sienta en él», susurró una voz maliciosa, muy parecida a la de Aemond— y los Siete Reinos le pertenecerían; Lucerys, en cambio, no era más que un segundo hijo que heredaría Marcaderiva solamente porque Ser Laenor le había dado el apellido y lord Corlys le profesaba amor como si en verdad fuera su nieto. Las palabras «bastardo» y «Strong» eran una carga demasiado pesada para soportar cuando eran lanzadas en la vida cortesana.

—Se os ve regio, mi príncipe —halagó Cedrik para insuflarle valor—. Deberías usar más seguido los colores de vuestra casa.

El aprendiz de maestre lo acompañó durante el camino desde su habitación hasta el Salón del Trono.

Ambas estancias se encontraban en la parte inferior de la fortaleza y eran bastante similares en cuanto a estructura y tamaño. La única diferencia radicaba en los variopintos objetos que decoraban el salón: cabezas disecadas de animales que Lucerys nunca había visto —ni siquiera en los libros de historias—, cristales coloreados que absorbían la luz del sol y la reflejaban de una forma tan hermosa y mágica que dejaba sin aliento, armas que solo se fabricaban en las Ciudades Libres y tapices de Tyrosh y Myr.

Sobre la tarima de madera, junto al Trono de Pecios, se encontraban las tres personas de mayor confianza de su abuelo y, ahora, también de Lucerys: el maestre Bertram, ser Gerold —caballero más antiguo y renombrado de Marcaderiva— y Levana Mares.

Los pueblerinos hicieron sendas reverencias cuando Lucerys pasó a su lado. Todos eran hombres y mujeres con la piel dorada por el sol y rostros curtidos por los vientos y el mar. Vestían de forma sencilla: lana suave, vestidos bastos y cuero reblandecido de tanto uso. Y todos olían a humo y a pescado, el aroma característico de Villaespecia.

Al hombre que había perdido su bote de pesca durante la tormenta, le dio una bolsa de venados de plata para que pudiera construir otro. A la mujer cuyo hijo fue llevado por las fiebres, le dio el honor de nombrar como el niño fallecido al próximo barcoluengo de la flota Velaryon. Al anciano que estaba enfermo y le costaba caminar, lo eximió de su labor como pescador y lo colocó en el molino. Y a la niña que le temblaban las piernas por el miedo de que la guerra llegara a las costas, le ofreció consuelo, asegurándole de que lord Corlys haría todo lo que estuviera en su mano para impedirlo.

Cuando fue el turno de su tío, ya era media tarde. Los colores del ocaso entraban por el ventanal y teñía el salón con tonos sangrantes. Para recibir a Aemond de la casa Targaryen, Lucerys Velaryon hizo lo nunca acostumbraba: sentarse en el Trono de Pecios.

—Me habéis hecho esperar como a un vulgar pescador —se quejó. Luke notó que también vestía como uno. En Marcaderiva no se usaba el cuero negro y ajustado que su tío acostumbraba, las ropas eran más simples y prácticas para la vida en el mar—. ¿Ese es el trato que les das a tus invitados...?

—Estáis en una audiencia, príncipe Aemond. Respetad las formalidades —interrumpió el maestre Bertram—. Os dirigiréis al príncipe Lucerys como tal o vuestra demanda terminará antes de empezar.

La boca de su tío pronunció un apretado «mi príncipe», pero lo que su ojo y sonrisa decían era: «mi señor Strong».

—Aquí os ponéis nervioso cuando se habla de bastardos.

—Cuidad vuestra lengua, príncipe Aemond —espetó Levana Mares. Era una mujer que pasaba la treintena, de pelo negro y brazos anchos por haber remado toda su vida, que capitaneaba el puerto—. Aquí no nos inquieta hablar de bastardos, siempre que las palabras no provengan de un traidor.

—Curioso que me llaméis traidor, bastarda —hizo énfasis en la palabra—. Podría deciros lo mismo de vos.

—Si tanto amáis la guerra, volved con vuestro hermano el usurpador.

Aemond rechinó los dientes.

—Habéis solicitado permanecer en Marcaderiva, ¿verdad, príncipe Aemond? —interrumpió Lucerys—. Antes de brindaros la hospitalidad de la casa Velaryon, sería justo que habléis con sinceridad. ¿Cómo os heristeis?

Su tío lo fulminó con el ojo sano. «Esto no era parte del trato, pequeño bastardo», parecía decirle.

—No tomé parte de ninguna batalla con vuestro bando, si es lo que estáis pensando. Tuve una disputa con mi hermano mayor. —Lucerys arqueó las cejas levemente, estaba sorprendido.

—¿Por qué motivo? —quiso saber el maestre Bertram.

—¿Os incumbe? —Aemond movió la cabeza de lado a lado—. Digamos que no vio con buenos ojos que tomara un huevo de Pozo Dragón. Si vuestro capitán tiene la amabilidad de devolvérmelo, os lo enseñaré.

El capitán Ritter dio un paso al frente al sentirse aludido. Estaba al final del salón, junto a las puertas reforzadas. Era un hombre esbelto, con la piel curtida por el viento y el mar que lo hacían parecer más viejo de lo que en realidad era. Siempre llevaba cota de malla y el ceño fruncido.

La mano enguantada levantó un huevo recubierto de escamas azules con vetas plateadas.

—Se lo confisqué cuando bajó a la playa durante la madrugada. Pensé que se trataba de un arma. O que intentaba escapar.

—Prácticamente estoy suplicando para que me dejéis quedarme, ¿por qué escaparía? ¿Todos los hombres al servicio de lord Corlys tienen los sesos de pescado?

Lucerys ignoró el comentario final y ordenó que el capitán Ritter también lo hiciera.

—Devolvedle el huevo al príncipe Aemond.

El capitán lo lanzó en su dirección; su tío lo atrapó con un hábil movimiento. Luego, caminó hasta la tarima que elevaba el Trono de Pecios y lo colocó en el primer peldaño.

—Tomadlo como una ofrenda de paz, mi señor Velaryon.

«Es para mí», pensó Lucerys. El corazón le latía tan fuerte que creía que todos los presentes lo percibían. ¿Era porque se trataba de un regalo de su tío para él? ¿O por qué era un huevo de dragón?

—Podéis quedaros en Marcaderiva en lo que os reponéis de las heridas. Mientras estéis en Marcaderiva, no empuñaréis ningún tipo de arma contra ninguno de los hombres de lord Corlys o de la Reina —dictaminó Lucerys Velaryon—. Un guardia os acompañará cada vez que salgáis de Marea Alta. Tampoco podéis mandar o recibir cuervos. Romped una sola de las reglas y nuestra hospitalidad se desvanecerá.

Su tío sonrió complacido, como si ya supiera que ese iba a ser el veredicto.