Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


VI

La ofrenda

Permaneció en el Salón del Trono, incluso después de que los últimos rezagados abandonaran la estancia.

Sobre su regazo descansaba el huevo de dragón. Lucerys Velaryon lo acariciaba con dedos suaves y se regocijaba con el vaho cálido que emanaba de él. «Es hermoso», pensó. Le gustaba que sus escamas tuvieran el color del mar y vetas de luz de luna. No se parecía en nada al cascarón que le habían puesto en la cuna, pero lo fascinaba de igual manera. ¿De verdad su tío lo había robado de Pozo Dragón? ¿Por qué no lo había pedido sin más?

Luke fue consciente del paso de la tarde a la noche cuando los sirvientes encendieron las antorchas y el brasero. El jolgorio de las cocinas pronto se propagó ir la planta inferior del castillo, pero él no fue partícipe. Mientras en Rocadragón se reunían en el comedor para compartir la cena, en Marcaderiva cada cual la recibía en sus aposentos. Era bueno no ser forzado a compartir sonrisas y cortesías, poder replegarse sobre sí mismo y disfrutar de la soledad.

«Me lo dio porque piensa que Arrax murió por su causa —caviló, era incapaz de despegar los ojos del huevo. Ya se lo había dicho cuando le confesó su verdad—. ¿Es culpa lo que siente? ¿O lástima?»

No tuvo tiempo de meditar la respuesta, pues las puertas del salón se abrieron y, por ellas, apareció Cedrik, el aprendiz de maestre.

—No habéis cenado, mi príncipe. Hay empanada de lamprea.

Lucerys estaba cansado de la lamprea, del bacalao salado, de la anguila al horno y del cangrejo a la pimienta. En la isla, los pescadores y señores comían por igual. Todo lo que el mar proveía, terminaba en los platos al anochecer. Pero él añoraba las frutas de verano, el queso curado y la ternera asada con setas.

—No tengo apetito, Cedrik —contestó Lucerys, desganado.

El joven echó un vistazo al pasillo; al ver que nadie se aproximaba, entró en la sala y cerró las puertas a cal y canto.

Su pelo revuelto tenía el color del trigo y sus cejas gruesas le enmarcaban los ojos negros. Debajo de la túnica de lana, se escondía un cuerpo firme, tonificado. Sus primeros quince años de vida, se la había pasado en un bote pesquero, tirando anzuelos y destripando pescado. Tenía una profunda cicatriz en el hombro izquierdo, de cuando un borracho le clavó un arpón pensando que era una orca.

Lucerys y él habían llegado a Marea Alta casi al mismo tiempo. Quizás por eso se llevaban tan bien. Eran dos desconocidos en un mundo completamente novedoso para los dos.

—¿Pensáis que el huevo es de su dragón?

Luke negó con la cabeza.

—Vhagar ya tiene más de dos siglos. Si pusiera una nidada, los huevos no serían más que fósiles. —El huevo que tenía sobre sus piernas estaba vivo, sentía el latido de la criatura a través de las escamas—. Creo que es de Sueñafuego, el dragón de mi tía Helaena. Por los colores —explicó—. Ella es un tanto peculiar, pero es la única de buen corazón en su familia.

—No como vuestro tío —infirió Cedrik; Luke asintió—. ¿Es su presencia lo que tanto os agobia, mi príncipe?

—Más bien es nuestra historia. ¿Sabéis cómo perdió el ojo? —preguntó.

—He escuchado a los mozos hablar sobre ello, pero preferiría que me lo contarais vos.

Lucerys ya tenía la espalda rígida de estar tanto tiempo sentado en el trono y las piernas adormecidas. Invitó a Cedrik a sentarse junto al brasero encendido. El aprendiz lo siguió hasta el fuego y tomó lugar a su lado. Los ojos de los animales disecados estaban clavados en ellos; Luke los ignoró y empezó a narrar los hechos:

—Cuando éramos niños, mis hermanos y yo vivíamos en la Fortaleza Roja, y convivíamos diariamente con mis tíos, exceptuando a Daeron que estaba sirviendo en Torre Alta como escudero. De nosotros, el único que no tenía dragón era Aemond. Y nos burlábamos por ello. La mayoría de bromas eran orquestadas por su hermano, Aegon el Usurpador, pero nosotros le seguíamos el juego.

»Cuando lady Laena Velaryon murió dando a luz, nos trasladamos hasta aquí para despedir su cuerpo y el de su hijito no nato. Las tradiciones de los Targaryen dictan que los muertos deben ser entregados al fuego, pero lady Laena era una Velaryon y sus restos mortales debían terminar en el mar. Se celebró una ceremonia sobre los acantilados que duró hasta la puesta del sol.

»Durante la noche, amparado por la oscuridad, Aemond se escabulló hasta la playa donde Vhagar estaba durmiendo. Sin jinete, la dragona estaba libre para ser montada por quien tuviera el valor suficiente de reclamarla. Y ahí estaba Aemond, quien deseaba un dragón más que nada en el mundo.

»Él pensó que estaba solo, pero lo cierto es que mi hermano pequeño, Joffrey, que en ese tiempo tenía solamente tres años, lo siguió hasta la orilla. Cuando Aemond se dio cuenta de que lo estaba espiando, golpeó a Joff y lo arrojó a una pila de excremento de dragón. Luego, se subió al lomo de Vhagar y emprendió vuelo.

»Al aterrizar, se encontró con Jace y conmigo protegiendo a nuestro hermano. Creo que cogimos espadas de entrenamiento antes de bajar por los médanos. Tampoco nos sirvieron de mucho. Aemond nos desarmó a ambos. —Omitió deliberadamente la parte en donde los había llamado «bastardos Strong»—. Éramos tres contra uno, pero no pudimos vencerlo. Él me rompió la nariz de una patada y amenazó a Jace con un pedrusco.

»Pensé que iba a matarlo. Muchas veces había oído historias de vidas que se iban por un mal golpe. Tomé el objeto más cercano y lo ataqué con él. Era un cuchillo. A Jace se le había caído de la cintura cuando Aemond lo empujó contra la arena. —A Lucerys le escocieron los ojos. No sabía si por el fuego del brasero o por el recuerdo—. El corte fue tan profundo que el maestre Bertram tuvo que extirparle el ojo para cerrarle la herida.

Cedrik estaba azorado por el relato.

—Por lo que me contáis, actuasteis en legítima defensa.

—Lástima que mi tío no piense de la misma forma —respondió—. Así fue que empezó todo.

—Parece que estáis hablando de una guerra más que de una disputa familiar.

—Es una guerra —enfatizó Lucerys— que comenzó cuando no éramos más que niños. —Nuevamente llevó la mirada al huevo entre sus manos—. Y esta es su ofrenda de paz.

El aprendiz elevó la mano y le acarició la mejilla con ternura.

—Ya le habéis permitido quedarse en Marea Alta, ¿también le daréis una paz que no se merece?

Lucerys no tenía respuesta a esa pregunta. ¿Y sí le daba la paz pero su tío quería más de él? Aemond Targaryen era un huracán que arrasaba con todo a su paso. Atraía todo a su centro, ya fuera objeto o persona, y lo destruía en un abrir y cerrar de ojos.

—Las heridas cerrarán antes del cambio de luna. Me lo dijo el maestre Bertram. Cuando esté recuperado, vuestro tío se irá y volveréis a la normalidad. Pero mientras eso sucede, ya sé que os pondría de buen humor.

Cedrik se puso de pie, le quitó el huevo de las manos y lo apoyó en la silla vacía. Las escamas centellearon al ser iluminadas por el fuego. Se arrodilló entre sus piernas y le desató la lazada de los pantalones. Sumergió la nariz entre sus muslos e inspiró el aroma de su piel.

—Cedrik —dijo, era un susurro ahogado.

El aprendiz liberó su hombría de la prisión de tela y se lo llevó a la boca. Lo succionó sin previo aviso, usando la lengua y los dientes como solamente él sabía hacerlo. Lento, muy lento al principio; con más efusividad después. Lucerys enredó los dedos en los mechones de su nuca para acercarlo más. Sus ojos se encontraron mientras gruesos hilos de saliva le caían por la conmensuras de los labios.

Lucerys Velaryon se dijo que podía caer en los brazos de Cedrik con tal de arrancarse a su tío del pensamiento, por más que la cabeza de jabalí frente a sus ojos se pareciera tanto a él.