Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
VII
El sueño
En su sueño, Lucerys Velaryon veía el mundo a través de un solo ojo.
Su tío estaba sentado en el Trono de Pecios y clavaba su puñal —el de huesodragón y acero valyrio que Luke siempre llevaba enfundado en el cinturón— en el brazo de madera. El pelo de plata le caía junto al ojo púrpura y al azul. Uno era cálido como el fuego y sonreía; el otro, frío como el hielo, reflejaba pura maldad. A sus pies, un camino de cráneos resecos y amarillentos se extendía como una alfombra.
«Ven a mí, mi señor Strong», ordenó.
Lucerys no quería hacerlo, pero sus extremidades no le obedecían, se movían con vida propia. Avanzó hasta el trono. Los huesos se partieron como hojas a medida que los profanaba con tal de llegar hasta su tío. Sintió que sus pies descalzos eran de plomo mientras subía a la tarima.
Aemond extendió una mano pálida, llena de venas azuladas, para tomarlo. Lo dejó caer sobre su regazo; inmediatamente, Lucerys le enseñó lo que llevaba consigo. Era un ojo viscoso y sangrante. Su ojo viscoso y sangrante, completamente para él.
«Ahora somos iguales, tío», susurró una voz cavernosa que no le pertenecía. «¿Ya me quieres?»
Aemond rió contra su oreja. Era una risa líquida, escalofriante. Le mordió el lóbulo con dientes tan afilados como cuchillos, pero Luke no era consciente del dolor sino del placer que hacía vibrar cada poro de su piel.
«Siempre te he querido, pero estabas tan ciego que no te dabas cuenta.»
Lucerys despertó jadeando, empapado en sudor.
Era la primera vez que no soñaba con el vacío y un mar negro recibiéndolo con los brazos abiertos. Nada de lluvia, relámpagos o el chillido del dragón restallando en medio de la tormenta. Pero el reemplazo de la pesadilla era más tétrico que ésta.
Antes de marcharse pasada la hora del murciélago, Cedrik le había dejado una vela encendida que se ahogaba en su charco de cera y una jarra rebosante de agua fresca. Lucerys bebió directamente de ella para sacarse el mal gusto que le dejó el sueño.
Le extrañó percibir una segunda respiración.
Cedrik nunca se quedaba a dormir por miedo a que los descubrieran —temía que sus encuentros clandestinos le hicieran perder el puesto de aprendiz de maestre y que la reputación de Lucerys pudiera salir perjudicada—, por lo que solamente existía una persona capaz de colarse en sus aposentos por la noche.
—¿Has venido por mi ojo, tío? ¿O solamente te gusta observarme dormir?
—Si te quito el ojo, ¿me dejarás ponerte un zafiro en su lugar? —Aemond estaba contra la pared, pétreo como una gárgola—. Los criados dicen que no puedes dormir sin vino del sueño. Se les olvidó mencionar que te llevas al pescador a la cama.
Luke se sonrojó violentamente al verse descubierto.
—No te incumbe —espetó—. Y Cedrik no es un pescador, es el aprendiz del maestre Bertram.
—Aunque nunca se convertirá en uno —señaló—. ¿Qué piensa tu prometida de que te acuestes con el pescador? —interrogó.
Su prima Rhaena, con quien su madre lo había comprometido para reforzar la alianza con los Velaryon, se encontraba en el Valle de Arryn, a cientos de leguas de allí. Quería a Rhaena como a una prima, como a una confidente; y, si bien había pensado que con el tiempo podría verla como su esposa, sabía que su matrimonio estaba condenado al fracaso. No habían pronunciado los votos y ya estaban distanciados. «Maldito seas, Lucerys Velaryon», le dijo la última tarde que la vio.
Pero, por supuesto, no iba a confiarle tal intimidad a su tío.
—Rhaena está lejos de Marcaderiva. Cada cual hace lo que le plazca.
—Como tu madre y tu falso padre. La fruta nunca cae lejos del árbol, ¿verdad? —Aemond avanzó hacia él como un depredador con su presa; Lucerys se llevó las mantas hasta el pecho, usándolas como escudo contra la furia de su tío—. Te ha dejado su hedor impregnado en el cuerpo.
—¿Qué más te da? —inquirió Luke, cansado de su comportamiento—. No te pertenezco.
Él se rió igual que en su sueño y le arrancó las mantas de un tirón. Lucerys ahogó un gemido de sorpresa al verse desnudo ante su mirada voraz. Una pared de fuego se elevó entre sus cuerpos, podía sentir las chispas quemándole la piel.
—Te equivocas, sobrino. Desde que me marcaste, eres mío. Completamente mío. —Se arrancó el parche de cuero que le cubría el zafiro y le obligó a tocar la carne rosácea y retorcida que le cruzaba desde la ceja hasta el pómulo—. Te di ese huevo como ofrenda de paz. Era conmigo con quien debías disfrutarlo, no con ese pescador con ínfulas de maestre.
—Aemond... —susurró Lucerys.
Nunca había sentido tanta ansiedad, ni siquiera cuando cayó de su dragón hacia las aguas embravecidas de la Bahía de los Naufragios.
—¿Por qué le contaste nuestra historia? —gritó—. Es nuestra. Tuya y mía. De nadie más.
—¿Nos escuchaste? —preguntó—. ¿Cómo?
—Es fácil confundirse con tanto animal disecado adornando el salón.
Rápidamente comprendió que su mente no le había jugado una mala pasada mientras llenaba la boca de Cedrik con su semilla. No era una cabeza de jabalí con los contornos difusos lo que había contemplado sino a su tío, siendo un espectador silencioso del intercambio de placer.
Sintió vergüenza y enfado. Había invadido su intimidad, de la misma forma que lo estaba haciendo en ese momento, pero no podía evitar sentirse eufórico por el descubrimiento.
—Hay un capítulo que no le conté —dijo con cautela. La respiración de su tío pasó de ser errática a acompasada al escucharlo—. Antes de marcharnos de Marcaderiva, te escribí una carta para disculparme por lo sucedido. Sabía que no había palabras que pudieran darte consuelo, pero quise intentarlo de igual manera.
»Pero Daemon me descubrió saliendo de la habitación a hurtadillas y me arrancó la carta de la mano. La lanzó al fuego y me dijo que volviera a la cama. «Tu madre llevará una cicatriz de por vida como retribución por el ojo que le quitaste al crío. Deja las cosas como están», fueron sus palabras.
Aemond se humedeció los labios finos.
—¿Y qué decía la carta?
—Decía que podías tomar lo que quisieras de mí —confesó sin mirarlo directamente.
—¿Lo sigues sosteniendo? —quiso saber. Su tío saboreó cada una de sus palabras—. ¿Puedo tomar lo que quiera de ti?
Su mano se posó en su tobillo y tiró de él hacia abajo. Lucerys sintió la espalda impactando contra el colchón de plumas. Las yemas de los dedos danzaron hasta llegar a sus muslos y allí se recrearon en el vello oscuro que los sombreaba. Luke contuvo la respiración para no gemir. ¿Por qué sus caricias tenían que sentirse tan bien? ¿Por qué la mano de su tío podía encenderlo, a él que había muerto y renacido en el mar? Estaba en conflicto consigo mismo.
—Ya tomaste todo de mí en la Bahía de los Naufragios. —Le dio una patada en el pecho que lo hizo trastabillar hacia atrás. Aemond aulló de dolor y se llevó la mano a las heridas vendadas—. No tienes derecho a nada más.
Con un hábil movimiento, Lucerys Velaryon sacó el puñal que guardaba debajo del almohadón y lo sostuvo contra la garganta de su tío cuando éste se le echó encima. Un hilo de sangre le corrió por la piel pálida cuando el metal lo arañó. Aemond le enseñó una sonrisa amplia y peligrosa.
Y lo besó, sin importarle que el acero se interpusiera entre ellos. Los labios le sabían a vino y a desenfreno. Le mordió el labio inferior para obligarlo a profundizar el beso. Su lengua, húmeda e inquisitiva, le recorrió la boca sin tapujo alguno. Se escuchó un gemido, no sabía de quién provenía. Se entremezclaron hasta volverse un manojo de dientes, saliva, lenguas y labios hinchados.
Cuando se separó repentinamente de él, Lucerys se sintió vacío. ¿Acaso estaba perdiendo el último vestigio de cordura que le quedaba?
Quería más.
Necesitaba más.
Pero Aemond se marchó antes que pudiera hacer nada al respecto.
