Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


VIII

La carta

Recibió el amanecer en la estancia superior de la torre del maestre, la cual estaba reservada exclusivamente para las pajareras. El hedor era nauseabundo, pero ya estaba acostumbrado a él. Cada cuervo tenía una jaula debidamente etiquetada con su lugar de procedencia. Solamente quedaban tres de Rocadragón y uno de Harrenhal.

Cuando Lucerys no era más que un niño, pensaba que los pájaros tenían el poder de volar a cualquier rincón de Poniente, ida y vuelta, sin cansarse. Al crecer, su madre le explicó que los cuervos eran criados en diferentes partes del continente y luego eran llevados a otros asentamientos para ser usados como mensajeros. Los cuervos no tenían el poder de volar a donde quisieran, solamente la sabiduría para regresar a su hogar. Una vez que el ave entregaba el mensaje, tenía que ser trasladado en carruaje al lugar de donde había sido enviado.

Mientras Cedrik alimentaba con un puñado de semillas al último cuervo, Lucerys se apoyó en la ventana. En el horizonte, el cielo gris pálido se fundía con el agua verdosa del Gaznate. Deseó ver a Vermax, el dragón de su hermano mayor, batiendo las alas en dirección a la isla, pero lo único que divisó fueron botes pesqueros que se empequeñecían a medida que se alejaban de la costa.

—¿Ninguna novedad de la guerra?

La última carta la recibieron en el cambio de luna, mucho antes de que su tío llegara herido a lomos de Vhagar. En ella no se revelaba gran cosa porque siempre existía la posibilidad de que el bando enemigo la interceptara. «Los lobos avanzan hacia el sur, las semillas van dando frutos y los Verdes no dejan de caer», escribió Jacaerys luego de volver del Norte.

—No, mi príncipe —lamentó el aprendiz de maestre. Lucerys notó que se sonrojaba cada vez que lo miraba. «Seguro está recordando lo que ocurrió ayer», pensó. En otras circunstancias, Luke también estaría sonrojado, pero no podía cuando aún tenía tan fresco el beso de su tío—. Pero ahí viene un cuervo.

El ave tenía las alas negras como la noche y un pico prominente que lo hacía lucir amenazante. Describió un círculo en el aire antes de posarse en el alfeizar de la ventana. Lucerys no esperó a que Cedrik le diera alimento para distraerlo, le arrancó el rollo de pergamino de la pata y recibió un picotazo como recompensa. No tenía remitente, pero sí destinatario.

Un «para el príncipe Aemond» estaba garabateado sobre el borde superior izquierdo. Seguido del mensaje en tinta oscura: «el dragón ha extendido las alas y los cachorros juegan junto a él».

—No entiendo lo que dice —susurró Luke, más para sí mismo que para su acompañante—. «El dragón ha extendido las alas» —repitió—. ¿Qué significa?

—Quizás refiere a algún dragón de la isla.

Lucerys negó con la cabeza.

Antes de la guerra, Marcaderiva era tan rica en dragones como en barcos. La atención siempre se la robaba Meleys, apodada la Reina Roja, que había sido montada por Alyssa Targaryen, la abuela de su madre, y posteriormente había pasado al dominio de Rhaenys Velaryon, la esposa de lord Corlys.

También estaba Danzarina Lunar, el dragón hembra ligado a su prima, Baela Targaryen, cuyas escamas eran de un verde tan suave que parecía traslúcido.

Y Bruma que había pertenecido a ser Laenor Velaryon hasta el momento de su muerte.

Con la coronación de Aegon el Usurpador, los dragones habían volado lejos de la isla. Meleys hacia las Tierras de los Ríos para detener el avance de Criston Cole y sus huestes; Danzarina Lunar a Rocadragón, ya que Baela debía permanecer junto a su prometido, y Bruma a Ladera, donde un bastardo Targaryen lo aguardaba para reclamarlo.

La idea de buscar semillas del dragón, descendientes de la antigua costumbre de la primera noche —la cual se había abolido durante el reinado de Jaehaerys I—, fue de Jacaerys. Él decía que tenían dragones, pero faltaban jinetes para montarlos. Por eso ofreció títulos y tierras a quienes pudieran pelear a lomos de uno.

Luke no se oponía a la iniciativa sino que le dolía que Jace no hubiera pensado en él para reclamar otro.

En el breve lapso de tiempo que estuvo en Marcaderiva, le basó para ver lo roto que Lucerys estaba. «Tú tienes a Arrax. Él siempre será tu dragón —le dijo con la mano posada en su hombro como cuando eran niños y quería convencerlo de que él tenía razón—. Ya has desempeñado tu papel en la guerra. Ahora debes estar a salvo hasta que Madre recupere su trono.»

—Ya no quedan dragones en la isla, con excepción de Vhagar —repuso Lucerys.

Su mirada buscó al dragón.

La mayor parte de las veces se encontraba en la playa, tendido en la orilla, levantando polvaredas de arena. En alguna ocasión emprendía vuelo hasta el final del Garfio de Massey y se daba un festín con las ovejas que pastoreaban la costa; otras, batía las alas y sembraba el terror en Villaespecia. Los pescadores decían que su sombra ahuyentaba a los peces y que debía hacer algo al respecto, pero Lucerys no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a controlar al dragón cuando ni siquiera podía hacerlo con su jinete?

Una de las condiciones para que el príncipe Aemond permaneciera en Marcaderiva era no enviar ni recibir cuervos. Y, de alguna manera que el maestre Bertram y su aprendiz desconocían, su tío había conseguido enviar una carta y ahora tenía en sus manos la respuesta. Una respuesta críptica que no revelaba dato alguno de sus intenciones, pero una respuesta, al fin y al cabo.

—Avisaré al maestre Bertram.

—No —contestó Luke—. No ganaremos nada con perturbarle el sueño. Dejad que duerma. Y no comentéis el asunto de la carta con nadie. Muchos menos con el príncipe Aemond.

Cedrik asintió.

Lucerys estrujó el pergamino con mano de hierro y se lo guardó dentro de los pliegues de la capa. Descendió rápidamente por las escaleras caracol y pasó por delante de los aposentos del maestre. La fortaleza poco a poco iba cobrando vida con el movimiento de las cocineras y de los mozos. Salió al exterior y dejó que los pulmones se le llenaran del viento fresco que venía del mar.

Iría a buscar a Aemond y demandaría una explicación, pero antes tenía que ver a su dragón.