Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


IX

El dragón

Bajó por el camino pedregoso que llevaba hasta la playa, pero en vez de llegar a la costa, viró hacia la izquierda y se adentró entre los médanos de arena.

Desde ellos, pudo ver el fondeadero oeste repleto de galeras mercantes que traían provisiones antes de que la marea subiera y bloqueara el puente de piedra que los conectaba con el continente. Su abuelo decía que esa era su mayor fortaleza y su mayor debilidad.

Los suelos de la isla eran yermos, infértiles. Los campesinos no podían hacer otra cosa que rezar a los dioses por cultivos que nunca llegaban. Tomaban todo lo que el mar les proveía y el resto debía ser importado.

Gracias a la fortuna que lord Corlys había amasado en sus viajes a las Ciudades Libres, la compra de grano y ganado no suponía un problema para la casa Velaryon, pero eso había cambiado con la guerra. Las rutas marítimas fueron las primeras en modificarse; los sitios navales eran la forma más efectiva —aunque no tan rápida— de doblegar a un enemigo, y cada bando temía que los contrabandistas se aprovecharan del quiebre para asaltar los barcos mercantes.

En la ladera escarpada, entre grandes peñascos, había una cueva que, en los tiempos del Rey Tritón, los hombres usaban para refugiarse de la tormenta cuando ésta llegaba de improvisto. Ahora, siglos después, no era más que un lugar deshabitado, cuyas paredes estaban cubiertas de un musgo verde y resbaloso que volvía traicionera cualquier saliente de la cual afirmarse.

La luz del sol detenía su paso en la entrada de la cueva, por lo que, a medida que se adentraba en la gruta, la oscuridad lo iba abrazando. Se encontró con un reguero de huesos de animales y un hedor a muerte que se le adhirió como una segunda piel.

El dragón se encontraba acurrucado sobre sí y se cubría el hocico con la única ala que le quedaba. En otra vida, sus escamas habían sido blancas como perlas; con el pasar de las lunas, se tornaron grises como el humo.

Arrax, soy yo —dijo en valyrio, acercándose lentamente. Se quitó el guante que le envolvía la mano y la llevó hasta las narinas humeantes para que reconociera su olor—. Lamento no haber venido antes. ¿Podrás perdonarme?

El dragón se desperezó y batió el ala sana; en el lugar donde debía estar la otra, las escamas se habían ennegrecidos y una membrana dura como la piedra le cubría la herida. Arrax echó humo por las fosas nasales y Lucerys sintió las gotas de sudor corriéndole por el rostro.

Cuando el dragón bajó la cabeza, le acarició entre las crestas de la cabeza. Y no chilló cuando vació la bolsa de pescado entre sus garras.

Sabe mejor de lo que huele —prometió—. Tampoco me gusta el pescado, pero esto es lo que tenemos. —Las reservas de ganado para dragones se habían acabado durante la visita de Jacaerys. Vermax estaba hambriento, después de haber volado desde Rocadragón hasta Harrenhal y, luego, de Harrenhal hasta Marcaderiva—. También extraño el cordero asado.

Después de que Vhagar le arrancara el ala de cuajo, Arrax había perdido el instinto de supervivencia. Comía lo que le arrojaba y rara vez salía de la cueva. Arrastrarlo desde la Bahía de los Naufragios hasta Marcaderiva le había costado tres barcos y diez hombres a lord Corlys. «Nunca pensé que una bestia pudiera luchar tanto para volar», le dijo cuando lo bajaron de la embarcación. Una vez en tierra firme, el dragón se arrastró hasta la cueva e hizo de ésta, su nueva morada.

Arrax lanzó una dentellada al aire tan sorpresiva que hizo trastabillar a Lucerys y caer sobre el suelo. Al mirar hacia la entrada de la cueva, vio la silueta de su tío a contraluz. Tenía el pelo húmedo por la ligera llovizna que caía en el exterior.

—¿Por qué no me dijiste que tu dragón sobrevivió? —demandó con voz gélida—. Pensé que estaba muerto.

Luke se puso de pie y se sacudió la ropa.

—Es como si lo estuviera. Nunca más volverá a volar porque Vhagar lo dejó tullido.

Aemond dio un paso hacia adelante, pero el dragón retrocedió y se internó en los confines de la caverna. Antes de desaparecer, se llevó un bacalao que todavía aleteaba entre sus fauces.

—No puedes alimentar a un dragón a base de pescado. Necesita cazar y rostizar su propia comida.

—Arrax no sale de aquí. No caza. Come los animales que se adentran en la gruta o, en su defecto, lo que le arrojo.

Su tío movió la cabeza ligeramente. No sabía si se trataba de un asentimiento o de enfado. Supo que se trataba de la segunda opción cuando escupió:

—Eres un mentiroso, mi señor Strong.

—No lo soy —se defendió Lucerys—. No quería que supieras que Arrax estaba vivo. ¿Por qué me seguiste? —quiso saber—. ¿Dónde está el guardia que debe acompañarte cuando sales del castillo?

—Lo despisté. No fue tan difícil. La guarnición de Marea Alta es penosa. Si los soldados que lord Corlys se llevo a la guerra son así de inútiles, mi hermano la ganará antes de que termine el año. —Al dar un puntapié, su zapato se topó con un objeto. Cuando lo levantó, el metal resplandeció—. Bonito puñal. Se parece mucho al que usaste en la madrugada.

Lucerys le vio la línea rojiza que tenía en el cuello.

—Úsalo y ya no quedarán más reglas por romper —advirtió—. Me acusas a mí de mentiroso, pero ¿qué hay de ti? —Aemond lo miró en silencio—. ¿O negarás que enviaste una carta cuando se te prohibió explícitamente que no lo hicieras?

—La única forma de que tengas conocimiento de mi incursión a las pajareras es porque recibí una respuesta. —Aemond lo aprisionó entre la pared y su cuerpo y le acarició la mejilla con la punta del cuchillo. Lucerys ladeó el rostro y la piel se le llenó del musgo verdoso—. ¿La tienes aquí? —preguntó. La mano libre le recorrió el torso, el bordillo de los pantalones y la entrepierna—. Dame mi carta y no tendré que destriparte como a un pescado.

Luke estaba tan nervioso que las manos le temblaron mientras rebuscaba entre los pliegues de la capa. Al encontrar el trozo de pergamino, lo tendió en su dirección.

Aemond clavó el ojo en la carta, absorbiendo cada una de las palabras grabadas con tinta negra; una media sonrisa apareció en su rostro cuando terminó de leer.

Acortó una vez más la distancia entre ellos, lo empotró contra la pared y le estampó un beso. Lucerys se lo correspondió —lo deseaba tanto—, buscó sus labios como un dorniense en el Desierto Rojo, quería aferrar los dedos a su nuca, pero su tío se separó tan rápido como se acercó.

«Es la segunda vez que lo hace —pensó Luke, sintiéndose ridículo, tonto. Se quitó el musgo de la cara y se alisó la capa—. Primero en mi habitación y ahora aquí.»

¿Y qué significaban esas palabras para causar ese efecto en él? Nunca lo había visto sonreír con tal sinceridad.

—Te sonrojas como una doncella en el día de su boda. Eres tan adorable, pequeño bastardo.

Odiaba más que lo llamara «pequeño» que «bastardo». Al segundo término estaba más que acostumbrado, sobre todo con su tío, pero cuando le decía de la otra forma, sentía que le restaba importancia, que lo veía con un inferior.

Y él ya no era un niño —estaba por cumplir dieciocho días de nombre—, nunca más volvería a serlo. Después de haber sido engullido por la Bahía de los Naufragios, se sentía viejo y cansado como un anciano que había vivido miles de vidas.

—No vuelvas a besarme o a tocarme.

Aemond elevó una ceja plateada, divertido.

—Ni tú te lo crees, mi señor Strong. Has boqueado como pez fuera del agua cuando te rocé con la boca. Tú tampoco puedes contener el deseo que sientes por mí.

Lucerys le arrebató el puñal de huesodragón, lo envainó en su cintura y enfiló hacia la entrada de la cueva. En el exterior, la lluvia se había vuelto más intensa y el cielo, de un gris oscuro, se estaba tornando negro. Una tormenta se avecinaba.

—¿A dónde vas, sobrino?

—Al castillo —respondió sin mirarlo—. Ya he tenido suficiente de ti. No permitiré que me desafíes y te sigas burlando de mí.

No podía verlo, pero estaba seguro que sonreía al decirle:

—Tienes razón. Soy un mentiroso. No me hirieron por haber robado el huevo de Pozo Dragón. —«Ya lo sabía», pensó Luke, pero no dijo nada—. No me dejes, sobrino. Ponte cómodo que voy a contarte la historia de cómo me convertí en un traidor.