Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


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La traición

Ponerse cómodo en aquella cueva era un eufemismo.

El suelo era duro, irregular, y estaba lleno de huesos. Algunos quemados; otros con sangre aún fresca y colgajos de carne. El techo no era más reconfortante. Estaba plagado de estalactitas que amenazaban con puntas afiladas como cuchillos.

Mientras que Lucerys se dejó caer sin cuidado alguno, su tío hizo una floritura antes de sentarse sobre sus piernas cruzadas. «¿Cómo puede tener tanta elegancia? —se preguntó. Podía vestir como un pescador común y corriente de Villaespecia o como un mono de feria ambulante e igualmente seguiría teniendo ese porte aristocrático—. Es la sangre del dragón —comprendió—, la sangre de Valyria.»

Antes, había deseado ser así, perfecto como su madre y el resto de su familia, con ese pelo de plata y esos ojos tan violetas. Pero los dioses, siempre tan despiadados, se burlaron de sus plegarias y volvieron su pelo y ojos más oscuros de lo que ya eran. ¿Si se hubiera parecido más a un Targaryen, su tío lo habría querido desde el principio?

Nunca iba a saber la respuesta.

—Antes de que te relate cómo me convertí en un traidor, debes saber que hay detalles que ignoras, pero antes de interrumpirme y poner en duda mi palabra, déjame terminar. —Lucerys asintió.

»Cuando Vhagar le arrancó el ala a Arrax y te precipitaste hacia el mar, lord Borros envío un cuervo a Rocadragón, asegurando que habías muerto cerca de Bastión de Tormentas. Temía incurrir en la ira de tu madre o de tu padrastro, ya que habías sido enviado como emisario a su fortaleza. Y esto lo sé porque me lo confío lady Cassandra, quien pensó que anularía nuestro compromiso cuando me enterara. Ella necesitaba hacerme saber que la carta fue iniciativa de su padre y solo de su padre.

»Un cuervo voló de Bastión de Tormentas hacia Rocadragón, pero regresó sin respuesta. En cambio, desde la isla se comunicó la noticia a Harrenhal, castillo que recientemente había caído en manos de los Negros. El castellano, Simon Strong, se rindió antes que pasaran por la espada a toda su guarnición.

»Daemon, que aún conservaba buenos amigos de sus tiempos como Comandante de la Guardia de la Ciudad, envió a dos asesinos, conocido en los tugurios como Sangre y Queso para vengar tu supuesta muerte.

»Usando los pasadizos secretos de la Fortaleza Roja, llegaron hasta la habitación de mi madre, la amordazaron y mataron a su doncella para que no gritara. Sabían que Helaena acostumbraba ir todas las noches con los niños para saludarla, así que aguardaron.

»Cuando Helaena llegó, mataron al caballero que la protegía y la obligaron a elegir entre la vida de sus dos hijos, Jaehaerys y Maelor. Ella imploró que tomaran su vida en lugar de la del niño, pero Sangre y Queso le dijeron que tenía que ser uno de los niños y amenazaron con violar a Jaehaera si no se decidía pronto.

»Con todo el dolor del mundo, mi hermana susurró el nombre del más pequeño, pensando que sufriría menos al no entender lo que estaba sucediendo, pero los asesinos decapitaron a Jaehaerys de un solo golpe. Y Helaena tuvo que contemplarlo sin poder hacer nada al respecto.

»Yo estaba en las Tierras de los Ríos, planeando la forma de recuperar Harrenhal. Conocía una forma muy sencilla de entrar en la fortaleza y matar a tu padrastro mientras dormía. La victoria estaba allí, al alcance de mi mano, pero cuando llegó la noticia, poco me importó. Lo único que me interesaba era abrazar a Helaena y a los niños.

»Despedimos los restos de Jaehaerys en el patio de la Fortaleza Roja. Sueñafuego prendió la pira mientras que Helaena lloraba desconsoladamente en mi hombro. Jaehaera no hablaba y Maelor berreaba como cualquier bebé de pecho.

»Mientras que el cuerpo de su hijo se consumía hasta las cenizas, Aegon estaba en un lupanar de la Calle de la Seda, pagando por la virginidad de una doncella y bebiendo hidromiel de sus muslos. No había protegido a su esposa e hijos, y tampoco tuvo la decencia de presentarse en el funeral.

»Entonces, comprendí que yo era el único que podía y debía velar por su futuro. Si Helaena y los niños permanecían en la capital, correrían el mismo destino que Jaehaerys. —Los párpados le temblaron ligeramente—. ¿Cuál era el crimen de mi hermana? ¿Ser esposa y hermana del recién coronado rey? Helaena no lo eligió. Fue nuestra madre la que la obligó a pronunciar los votos. Ella junto a ser Criston Cole y Otto Hightower fueron los que conspiraron para sentar a Aegon en el Trono de Hierro. Pero en la guerra de los grandes señores siempre son los inocentes los que más sufren, poco importa que hayan elegido su posición o no.

»Así que empecé a planear la forma de sacarlos de la ciudad. Sabía que Aegon jamás lo permitiría. Helaena era querida por el pueblo llano, gritaban su nombre cada vez que la veían pasar. Sin su esposa y sus hijos se debilitaría el reclamo al Trono de Hierro. No mentía cuando dije que ellos se complotaron para sentarlo en la silla de púas, pero, una vez que tuvo la corona de rubíes de Aegon el Conquistador, a mi hermano le empezó a gustar el poder.

»Pensé en raparles la cabeza, vestirlos como campesinos y sacarlos por la Puerta del Lodazal, pero ¿cómo íbamos a llevarnos a los dragones? Jaehaera acababa de perder a su hermano mellizo y estaba al borde de la locura, ¿qué sucedería si también perdía a Morghul? No lo iba a soportar. Moriría de tristeza. Y mi hermana tampoco habría dejado atrás a Sueñafuego.

»Así que nos escabullimos hasta Pozo Dragón para tomar nuestras monturas. Helaena montó en Sueñafuego con Maelor en sus brazos, Jaehaera subió en Morghul y yo fui tras ellos en Vhagar. Teníamos que llegar hasta Valle Oscuro y ahí tomarían un barco que los llevaría a Lys. Pero Aegon nos descubrió y persiguió a lomos de Fuegosol.

»Le dije a Helaena que siguiera adelante con Maelor y Jaehaera, que yo me enfrentaría a él para ganarles tiempo. Aegon sabía que Vhagar era superior a su dragón, pues estaba curtido en batalla y nuestro enfrentamiento en la Bahía de los Naufragios era prueba de ello, así que se armó con un arco y quince saetas. De todas las que disparó, tres dieron en el blanco, y Fuegosol consiguió lastimar a Vhagar.

»Perdí el conocimiento por un instante y, de no ser por las cadenas que me mantenían sujeto a la silla, habría caído. Vhagar siguió volando, herido como estaba, hasta que perdimos a Aegon y a Fuegosol. Y también a Helaena y los niños.

»No sabía qué hacer o a dónde ir. No podía volver a Desembarco del Rey porque soy un traidor, pero ser un traidor para los Verdes no me convierte en un aliado de los Negros. Pero Helaena no lo pensó de esa forma y se dirigió a Rocadragón, confiando en que nuestra media hermana la protegería.

»Y así fue. «El dragón ha extendido las alas» significa que está en Rocadragón y «los cachorros juegan junto a él» que tanto Jaehaera como Maelor llegaron sano y salvos a la isla.

Luke se mordió el labio inferior antes de decir:

—¿Cómo sabía Helaena que estabas aquí, en Marcaderiva?

—Helaena es especial. Ella puede ver el pasado en sus sueños y predecir el futuro por medio de palabras crípticas. Tal vez lo vio o quizás me conoce más que yo mismo —contestó. Le acarició la mejilla con una ternura que no sabía que poseía —. Helaena no sabe de burlas o de maldad. Por eso jamás podré perdonar el daño que le hicieron al arrebatarle a su primogénito de esa forma tan brutal.

»Daemon sabía que estabas vivo porque lord Corlys le envió un pájaro a él antes que a tu madre y, de todas formas, mandó a ejecutar a mi sobrino —reveló Aemond—. Esa fue su excusa para empezar la guerra: una muerte que nunca sucedió. Y no puedo permitir que quede impune por su crimen. No descansaré en paz hasta que logre arrebatarle a alguien tan preciado para él como Jaehaerys lo era para mí.

Lucerys sintió que un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

Aemond Targaryen estaba proclamando su venganza contra Daemon, el segundo esposo de su madre, y la hija de éste era su prometida.