Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
XI
El cuerpo
Cuando Aemond Targaryen finalizó su relato, la tormenta estaba en su apogeo. Tuvieron que alejarse de la boca de la cueva para que las furiosas ráfagas de lluvia no los alcanzaran. Desde su posición, se podían ver los relámpagos que caían del cielo gris ceniza a un mar negro y revuelto. Tan revuelto como los pensamientos de Lucerys Velaryon en ese instante.
¿Qué debía hacer cuando su tío se había abierto en canal y lo había bañado con sus emociones más profundas? No estaba herido como la noche que llegó a Marcaderiva, sangrando y tambaleándose, a punto de perder el conocimiento, pero lo percibía igual de desvaído.
No podía imaginar la agonía de Helaena al ser obligada a elegir entre la vida de sus hijos y que, como una macabra broma del Desconocido, los asesinos le hubieran decapitado al mayor frente a los ojos de los otros dos.
Solo había visto una vez a Jaehaerys durante el banquete que el rey Viserys —bendita sea su memoria— había organizado con la finalidad de reconciliar a las dos familias. Le pareció un niño tímido, asustadizo, pálido como un fantasma, aferrado siempre al brazo de su hermana melliza. Pero a Helaena sí la conocía de sus años en Desembarco del Rey.
La niña peculiar a la que le encantaba clasificar insectos —cuantas más patas, más agradables a su vista— y retratarlos en su cuaderno de campo, había crecido para convertirse en una madre cariñosa y sobreprotectora con sus hijos. Era cierto que a veces se quedaba mirando un punto fijo y susurraba palabras que solamente tenían sentido dentro de su mente, pero era la más pura e inocente de todos ellos.
Si alguien no merecía estar en el fuego cruzado era ella y sus hijos.
—Mi madre ama a Helaena. Siempre la llama «hermana» y habla con afecto de ella. De haber sabido la verdad, jamás hubiera permitido que le hicieran daño.
—No lo pongo en duda. El Príncipe Canalla fue el único artífice del asesinato y debe pagar por ello. —Cualquier otro hombre habría maldecido y cerrado el puño para enfatizar sus palabras, pero Aemond tenía la mirada fría y eso lo hacía aún más peligroso—. Pero mientras le llega su hora, sé que mi hermana está protegida en Rocadragón.
«Nunca le jurará lealtad a mi madre con Daemon a su lado», razonó.
—¿Y qué papel desempeñó yo en todo esto?
—Ninguno —respondió con franqueza—. Terminar en Marcaderiva no formaba parte del plan. Vhagar estaba herido; yo también. No íbamos a conseguir llegar a Valle Oscuro, mucho menos a Lys. Fue una maniobra de escapismo. Como cuando sabes que te estás ahogando porque te adentraste mucho en el mar, a pesar de que tu madre te advirtió que no lo hicieras, y das manotazos al agua para salir a la superficie. Sabes que es inútil, pero el instinto de supervivencia te impide darte por vencido.
—Pero venir aquí no fue inútil. Estás vivo y Vhagar también. —Lo más probable era que el dragón estuviera pertrechado entorno a una torre o en el establo que antes era ocupado por Meleys, la Reina Roja.
—Porque me salvaste la vida, aunque podrías haberme dejado morir desangrado en la playa.
—Y es por eso que elegiste Marcaderiva. Sabías que jamás te dejaría morir.
—En tu lugar, yo lo habría hecho.
«Mentiroso. Me habrías salvado, igual que lo hiciste en la Bahía de los Naufragios.»
Un silencio se elevó entre ellos como una pared.
Lucerys se dijo que ese era el momento para ponerse a prueba a sí mismo, para descubrir si ese fuego que se había despertado en su interior era real. No podía flaquear.
—Dijiste que te pertenecía —dijo Lucerys. Las palabras «desde que me marcaste, eres mío» hicieron eco en su memoria—, pero no es cierto. Para pertenecerte tendrías que tenerme en cuerpo y alma.
Su tío también lo deseaba. ¿Por qué lo habría besado en dos ocasiones sino? Lo veía reflejado en la pupila que se dilataba al posarse en él, en la ascua que ardía en el profundo violeta de su ojo sano. Buscó su mano apoyada en el suelo y se humedeció los labios antes de elevarse en su dirección. No despegó en ningún momento la mirada de él, atento a cualquier movimiento que lo hiciera desistir de su cometido, pero su tío no lo apartó. Su boca recibió la suya como a una vieja amiga.
De alguna forma terminó sobre su regazo, con sus manos viajando hasta su nuca y tomándose el atrevimiento de tirar del pelo hacia atrás. Un jadeó de sorpresa emanó de la garganta de su tío y Lucerys sonrió al escucharlo.
—Si te quito la ropa y te tomó, jamás te dejaré ir. Lo comprendes, ¿verdad? —gruñó Aemond entre beso y beso.
—No me iba a deshacer de ti de cualquier forma. —Rió mientras que Aemond descendía hasta su cuello y le dejaba marcado los dientes en la piel—. Déjame verte —demandó. Su tío levantó la cabeza para que sus ojos se encontraran. Lucerys le arrancó el parche y le acarició la cicatriz con delicadeza—. No sabes cuánto lo siento.
—Cállate, mi señor Strong —espetó. Sus palabras restallaron como un látigo en la espalda de Lucerys y lo hicieron arquearse de placer. O quizás era la lengua de Aemond que trazaba círculos invisibles en su pecho o la mano hábil que tiraba de las lazadas de los calzones. No lo sabía y tampoco le importaba—. Tus muslos son lo único quiero en este momento. Dime, ¿es tu primera vez?
Luke sintió que las mejillas le ardían.
—Cedrik jamás… Nunca quiso tomarme.
—Mejor. O si no tendría que matarlo por haber llegado antes —dijo y lo tumbó. Mientras lo besaba, le separó las piernas y le pasó una mano entre ellas. Sintió lo duro que estaba. Se frotó contra él, sucio, impúdico, y Lucerys creyó que iba a correrse de esa forma, solamente con el roce de su miembro inhiesto—. Humedéceme los dedos para que pueda prepararte para mí.
Lucerys quería quitarle la camisa de lino, trazar el relieve de las vendas que le cubrían las heridas y recorrerle el torso con los dedos y la boca. Quería grabarse a fuego cada recodo de su cuerpo, los tiernos y los curtidos por la ducha, saber dónde tenía cosquillas y dónde se ocultaban sus lunares. Pero también estaba urgido, tan excitado que creía que el placer le iba a rasgar la piel.
Así que obedeció.
Separó los labios y dejó que Aemond introdujera su dedo índice y medio. Los succionó con ahínco, empapándolos gruesos hilos de saliva, sin dejar de observarlo. El ojo violeta estaba turbado por el deseo; el azul también gritaba su nombre.
Primero lo toqueteó con uno, explorando ese punto inhóspito; luego, con el segundo. Lo hizo lento y con cuidado para no lastimarlo. Lucerys, en su desesperación por obtener más contacto, elevó las caderas y pronto sintió que sus dedos se abrían paso a paso, falange a falange.
Y gimió, ronco, fuerte. Y masticó un «Aemond» apretado mientras su tío se posicionaba entre sus muslos.
—Eres mío —susurró él, acompañando la primera embestida. Una mano tenía clavada los dedos en la cadera de Lucerys; con la otra bombeaba su miembro, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, y se recreaba en la punta con esmero—. Mío —repitió. Lucerys le clavó las uñas en la espada y separó más las piernas para sentirlo dentro, profundo, como a nadie antes que él—. Tú querías verme, yo quiero escucharte. Dilo, mi pequeño bastardo. Di que eres mío y te daré tanto placer que sentirás vacío cuando no me tengas dentro.
Lucerys ni dudó. Haría cualquiera cosa con tal de prolongar el éxtasis que le abrazaba el cuerpo.
—Soy tuyo —farfulló su mejilla. Sentía las vaharadas húmedas de su respiración contra su cuello—. Tuyo. Solamente tuyo.
Una, dos, tres embestidas más y sintió la esencia de Aemond llenándolo. Era cálida y agradable. Y lo hizo sentir lleno, desbordado.
Pronto le siguió él, gimiendo una vez más su nombre y ahuecando los omoplatos de su espalda. El pelo plateado le caía a ambos lados del rostro, Lucerys se lo apartó para poder besarlo una vez más y decirle que no se retirara, que quería seguir sintiéndolo en su interior.
En el exterior de la cueva, llovía y llovía, pero ellos ardían y ardían.
