Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XII

El sudario

Presente

El maestre Bertram le dijo que no era necesario, pero Lucerys Velaryon insistió en hacerlo él mismo.

Rhaena era su prima y prometida, quien iba a gobernar con él Marcaderiva cuando llegara el momento. La conocía desde su nacimiento, debido a la cercanía entre aquella isla y Rocadragón, y su vínculo se volvió más estrecho cuando su madre contrajo segundas nupcias con su padre, Daemon Targaryen.

En Marcaderiva no había Hermanas Silenciosas que prepararan a los difuntos para el Desconocido. Ese trabajo recaía en los hombros del maestre de la fortaleza, lo cual volvía el proceso más rápido, pero más doloroso también. A menudo, el maestre Bertram le cerraba los ojos a hombres que conocía desde sus primeros años en la isla, a mujeres a las que había asistido en partidos y a niños que no podía salvar de las fiebres. ¡Y cuánta pena sentía el anciano cada vez que envolvía un rostro conocido!

Lucerys quería mitigar la tristeza del maestre y también la suya.

«Lo siento tanto —pensó, mirando a su prima. Aunque todavía no atardecía, Cedrik había prendido velas que proyectaban sombras oblicuas sobre el cuerpo blando, sin vida—. Ojalá no hubieras tenido este final.»

La habitación del maestre era una estancia redonda, sencilla, con recubrimientos de madera, estanterías llenas de libros, pócimas y una cama pequeña, abandonada en una de las esquinas. Cada vez que entraba allí, su niño interior luchaba por descubrir los secretos que escondían esos frasquitos de colores. Ahora no tenía la menor curiosidad, lo único que podía ver era la mesa central con su prima apoyada en la superficie. Aunque el olor a mar le inundaba las fosas nasales y le amenazaba con hacerlo vomitar, Lucerys se contuvo.

Comenzó por el pelo. Le quitó los colgajos de algas y las piedritas que arrastraban consigo. Luego, deshizo las trenzas que Rhaena acostumbraba llevar, separó el cabello por mechones, los cepilló hasta que quedaron tan suaves como fue posible, le pasó esencia de rosas —su favorita— y se lo volvió a trenzar como hacía lady Laena.

Retiró las conchas marinas que estaban sobre los párpados con el corazón latiéndole de prisa. Ahogó un grito cuando encontró las dos cuencas vacías, sin ningún rastro de globo ocular. «Los pescadores lo sabían, por eso le taparon los ojos», comprendió.

—¡Infames los animales del mar que no respetan a los muertos! —dijo el maestre Bertram. Sus ojos grises, plagados de arrugas, estaban humedecidos—. Quitarle los dedos y también los ojos...

«Los cangrejos no hacen esto. Y las aves carroñeras picotean, no arrancan de raíz. Esto es obra de un ser humano», pensó. Pero no le hizo ver la diferencia.

Dejó las caracolas en el mismo lugar.

Siguió con el vestido. Recordaba cuán contenta estaba su prima al decirle que había sido un regalo de lady Arryn. Era vaporoso, suave al tacto, y la hacía parecer una doncella sacada de una canción. Tenía una sola manga; el hombro izquierdo quedaba al descubierto para que Alba pudiera posarse en él. «¿Te habrías sentido feliz de saber que será tu sudario?» se preguntó. Le quitó las impurezas y le ató los lazos de los brazos y la cintura.

Por último, le cosió los labios con finas puntadas de modo que pareciera que estaba esbozando una sonrisa, tal como se lo indicó el maestre.

—Los Velaryon tienen la tradición de despedir a los muertos en el mar; los Targaryen, en cambio, erigen piras funerarias y las encienden con sus dragones. Lady Rhaena era mitad Targaryen, mitad Velaryon. ¿Cómo será su funeral, mi príncipe? —preguntó el maestre—. ¿En el agua o en el fuego?

—Rhaena se apellida Targaryen. Su padre era Daemon, el Príncipe Canalla. Debe ser en el fuego —determinó Lucerys—. Cuando encontremos a Alba, la cría encenderá la pira de su dueña. —Su asesino ya había cumplido con los ritos fúnebres de los Velaryon al haberla arrojado al mar.

No llegó a envolver el cuerpo con las tiras de linos, perfumadas con aceites esenciales, porque el ajetreo en el Salón del Trono interrumpió su labor. Escuchó la voz del capitán Ritter, tan atronadora como de costumbre, y a Levana Mares imponiéndose sobre él. Ella y el capitán Ritter se odiaban desde que habían terminado su fugaz relación y a menudo discutían por asuntos demasiado insignificantes. Si Levana decía que el cielo era azul, Ritter alegaba que era verde, solamente por llevarle la contraria. Sin embargo, no eran de montar espectáculos de aquella índole, por eso le sobresaltó tanto.

Lucerys Velaryon se dirigió rápidamente a la sala, con el maestre Bertram siguiéndole los pasos tanto como podía. Al llegar, se encontró con cinco soldados rodeando a su tío y al capitán Ritter con la espada a la altura de su cuello.

—Envaine esa espada, capitán.

—¡Es un asesino y un traidor! ¡Y cualquiera que lo defienda es tan traidor como él!

Junto a Aemond se encontraba la esbelta figura de Levana Mares. La mujer, tan fiera como los hombres a los que mandaba, tenía los ojos encendidos.

—¿De qué me acusáis esta vez, capitán Ritter? —preguntó Aemond, demasiado calmado.

Lucerys reparó en que, posada sobre su brazo, encima de la sobrevesta, se encontraba Alba, la dragona de Rhaena. La cola de la cría colgaba sobre la espalda de Aemond y su cabeza, pequeñita y llena de crestas puntiagudas, se movía de lado a lado con cierta curiosidad.

—De haber asesinado a lady Rhaena —contestó. El capitán se volvió a donde estaba Lucerys—. Yo lo vi, mi príncipe. Tenéis que creerme. Cuando bajó la marea y los pescadores trajeron el cuerpo, el príncipe Aemond se escabulló hasta la playa. Lo seguí hasta la cueva que hay más allá de las dunas y lo vi tomar a la dragona. ¿Cómo iba a saber que estaba allí si él no la hubiera abandonado en la gruta antes de ahogar a lady Rhaena?

Aemond sonrió de la misma forma que lo hizo en Bastión de Tormentas, cuando sabía que ya contaba con las espadas de Borros Baratheon.

—Los dragones buscan la compañía de otros de su clase, capitán Ritter. —A Lucerys le sorprendía que no perdiera las formalidades, a pesar de que lo estaban acusando de un crimen tan terrible—. Al saber que el cadáver de la cría no estaba en la orilla, se me ocurrió que podría seguir viva en alguna parte —explicó—. Arrax habita en la cueva desde que llegó a Marcaderiva, por lo que tengo entendido. Y deduje que Alba podría haber buscado su calor. Y no me equivoqué. —La dragona expulsó vapor por sus narinas—. Pero, ¿qué podéis saber vos de dragones cuando no sois más que un simple sirviente?

Ritter apretó los dientes.

—Sé más de lo que pensáis. Lady Rhaena confiaba en mí, igual que lo hacía su madre. Ella me confió que la espiabais en la noche cuando fingía estar dormida. ¿La matasteis con un almohadón de plumas antes de arrojarla al mar?

A Lucerys se le aceleró el corazón. ¿Rhaena sabía que Aemond había entrado en sus aposentos? ¿Y por qué se lo había confiado al capitán Ritter y no a él? «Porque ya no me quería», se contestó.

—Es cierto que yo no le agradaba y ella a mí tampoco, pero ¿para qué voy a matarla y a buscar a su dragón, sabiendo que podéis usarlo para incriminarme?

—No creo en la inocencia de un traidor. Quien traiciona a su propia sangre, es capaz de cualquier cosa.

—Olvidáis que mi traición os salvó la vida, capitán Ritter. A vos y a toda Villaespecia.

Ritter volvió a mirar a Lucerys.

—Demando que sea puesto bajo arresto y sea enjuiciado tan pronto como sea posible.

Lucerys Velaryon no sabía qué hacer. Estaba entre la espada y la pared. Todo lo que había construido en Marcaderiva se estaba tambaleando, a punto de derrumbarse. Y también estaba Aemond, que lo miraba con su ojo violeta, firme, impávido. Si se oponía al arresto, el capitán Ritter pondría en duda su lealtad y las sospechas aparecerían, perdería el apoyo de la guarnición. Y si lo aceptaba, estaría traicionando a Aemond con su duda. Como futuro Señor de Marcaderiva, ¿qué debía hacer?

Ya no podía camuflar el hecho que Rhaena no se había ahogado sino que la habían asesinado y que él sabía quién era el responsable.

—Confinadlo en su habitación. Nadie puede entrar o salir sin mi permiso —dijo Lucerys, sin atreverse a mirarlo—. Mañana tendrá lugar al juicio, a menos que se hallen pruebas irrefutables de su inocencia.

Lucerys caminó hasta encontrarse frente a él. Aemond le sacaba una cabeza de altura; se sintió aún más pequeño al ser escrutado por el púrpura oscuro de su ojo sano. «¿Me odias?» quiso preguntarle. Sostuvo a Alba con ternura, como cuando le acunaba el rostro antes de besarlo, y se la colocó en el brazo derecho. La dragona lanzó una pequeña llama que le encendió la parte superior de la camisa. Aemond sonrió de medio lado y sopló para apagarla.

—Yo no lo hice —fue lo último que dijo antes que lo arrastraran a su cárcel de seda.