Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XIII

El paseo

Tres lunas antes

Se encontraban encerrados en la biblioteca, a pesar de que había amanecido despejado, con un sol mortecino que convertía la superficie del Gaznate en un mar lechoso.

Mientras que el ala este estaba reservada para los aposentos del maestre, los de su aprendiz y las pajareras; la norte para los invitados; el ala oeste se dividía entre las cocinas y la biblioteca. Las primeras estaban en la parte superior; a la segunda se accedía por una escalera de peldaños amplios y empinados.

A Aemond Targaryen le parecía un insulto que la biblioteca no tuviera su propia torre con su debida antesala. Él que era un hombre de libros, historia y cultura, no toleraba que su lectura fuera interrumpida por los aromas y cuchicheos que ascendían desde la cocina. Además, los calores que expulsaban los hornos y los braseros eran soporífero. Y la biblioteca no tenía ninguna ventana que perforara sus gruesos muros y la conectara con el exterior, solamente había una claraboya que dejaba pasar la luz del sol.

Del antiguo castillo se habían conservado unos pocos ejemplares que ilustraban las leyendas del mar, hablaban de los primeros Velaryon que habían llegado de Valyria junto a Aenar el Exiliado y contenían las rutas marítimas del mundo conocido. De sus viajes por las Ciudades Libres, lord Corlys había traído poca literatura: unos cuantos pergaminos escritos en idiomas ya perdidos y un solo mapa que mostraba a Asshai de la Sombra, un lugar tan olvidado y maldito como las ruinas de Valyria.

La estancia estaba compuesta por estanterías de cedro, una mesa redonda de patas retorcidas y sillas tapizadas de cuero azul oscuro. Y había decenas de candeleros repartidos aquí y allá para cuando la noche caía sobre la isla, aunque el único que entraba en la biblioteca era Aemond. Los criados habían tenido que sacar capas y capas de polvo y telarañas para que fuera habitable. Y el olor a encierro no abandonaba las paredes del todo.

Aemond estaba sentado, inclinado sobre un libro mientras tomaba apuntes en un pergamino tan viejo que amenazaba con deshacerse cada vez que presionaba la pluma llena de tinta. Estaba trabajando en algo, pero no quería decirle de qué se trataba y le dejaba acompañarlo siempre y cuando no intentará espiar por encima de su hombro. Lucerys sentía curiosidad —por supuesto que sí—, ya que Aemond llevaba semanas centrando su atención en eso, pero también se aburría muchísimo. Él no sentía ningún tipo de interés en los libros —siempre había pensado que eso le pertenecía a su hermano por ser el heredero de su madre— y no podía hacer más que caminar de lado a lado, apoyando el peso sobre una pierna y luego sobre la otra, jugar con sus propios dedos y suspirar cansinamente.

—Ya está bajando la marea —dijo Lucerys. De seguro, los pescadores ya estarían tirando las redes y los niños de Villaespecia estarían recorriendo las calles, mostrando los tesoros encontrados en la costa—. Me gustaría caminar por la orilla.

—Ve. Puedes hacer lo que te plazca.

Luke se mordió el interior de la mejilla.

—Si pudiera hacer lo que me plazca, no tendrías una pluma en la mano sino mi...

—Un príncipe no tendría que hablar como un vulgar campesino —interrumpió Aemond antes que pudiera terminar la frase. No opinaba igual cuando estaban en la cama—. Las paredes tienen oídos, sobrino. Y tú eres muy escandaloso.

A Lucerys le importaban una mierda las paredes. Si fuera por él, destruiría toda la fortaleza con tal de tenerlo otra vez, de sentir su miembro palpitante dentro y sus dientes cerrados en el lóbulo de la oreja. Le encantaría que estuvieran tumbados desnudos sobre la mesa, dejando huellas de tinta por toda la superficie. Aemond entre sus piernas, Lucerys clavándole las uñas en la cadera y los sonidos húmedos llenando toda la habitación. Pero su tío no le permitía darle ni siquiera un casto beso en los labios.

«Es peligroso», decía.

No le faltaba razón. Estaban en un lugar público, donde cualquiera de los guardias o de las doncellas podían aparecer súbitamente y descubrirlos.

El capitán Ritter de vez en cuando preguntaba cuándo se marcharía. «Ya no hay heridas por sanar, entonces ¿por qué sigue en la isla?» le cuestionó al ser Gerold cuando pensó que Lucerys no los estaba escuchando. Levana Mares no cuestionaba su presencia, pero estaba tan intranquila como Ritter. Y ser Gerold no veía con buenos ojos que Aemond no le hubiera jurado lealtad a la Reina, pero consideraba que, al estar en Marcaderiva, significaba que no peleaba por los Verdes.

Lord Corlys también sabía que Aemond estaba en la isla. Si bien era una noticia que Luke prefería comunicarle más tarde que pronto, la presencia del dragón más grande y viejo de Poniente era difícil de ocultar. Su abuelo decía confiar en su criterio, Luke iba a heredar su título cuando la hora le llegara, pero su visión era parecida a la de ser Gerold: no veía a Aemond como un huésped sino como un posible rehén en caso de que el tablero no estuviera a su favor.

«Aemond le cortaría la garganta a quien intentará usarlo de esa forma», pensó Lucerys.

Se puso de pie sin decir una sola palabra y se dirigió a la puerta.

—Eres demasiado insolente, ¿lo sabías, mi señor Strong?

Luke sonrió.

—Creo que me lo has dicho en medio de algún «eres mío» y «no dejes de moverte, pequeño bastardo» —respondió—. ¿Vendrás conmigo a ver que dejó la marea?

Aemond emitió un sonido parecido a un ronroneo y cerró el pesado tomo que estaba leyendo. Acomodó con suma prolijidad el pergamino, la pluma y el tintero, y lo siguió por la escalera por la cual habían ascendido con anterioridad.

Cuando bajaron a la playa, ya estaban descalzos. Fueron recibidos por un viento del norte que hizo ondear el pelo de Aemond.

Los pescadores empujaban los botes hasta hacerse a la mar, cargaban arpones y redes. Algunos usaban la tradicional caña, aunque la pesca les llevara más tiempo y paciencia. A una legua de distancia, en Villaespecia, los niños ya estaban recogiendo caracolas y bañándose desnudos en las aguas.

—Realmente te gusta aquí —dijo Aemond mientras caminaban por la arena—. Creí que no querías Marcaderiva.

Lucerys sonrió con nostalgia.

—No la quiero por el título si es lo que estás pensando. Tampoco por el castillo, a pesar de que es mucho más interesante que Rocadragón. Es por lo apartado que está de la capital y porque aquí a nadie le importa lo que soy.

—¿Un príncipe o un bastardo?

—Ambas. —Pensó en Levana Mares que estaba a cargo del puerto y en Alyn y Addam que ahora llevaban el apellido Velaryon y eran jinetes de dragón—. Y porque aquí comenzó todo —dijo después de un silencio—. Tenías razón. No debí contarle nuestra historia a Cedrik.

Aemond asintió complacido de que se lo reconociera.

Siguieron caminando.

La espuma blanquecina les lamía los dedos de los pies y la brisa del mar les sonrojaba las mejillas. Vieron a un par de gaviotas descender hasta la orilla para picotear los restos de pescado que había arrastrado la corriente y a los cangrejos mover las pinzas.

—Cuando estuvimos en la cueva, me preguntaste si ésa era mi primera vez —recordó Luke—. ¿Qué hay de ti? ¿También fue tu primera vez? —La no respuesta fue más que suficiente—. ¿Con quién fue?

«No tengo derecho a ponerme celoso», pensó. Y aun así…

—Al cumplir trece días de nombre, Aegon me llevó a un burdel en la Calle de la Seda. Allí era conocido por todos. En ese tiempo, todavía no había perfeccionado sus gustos sexuales. —Lucerys no sabía a qué se refería y tampoco quería despejar sus dudas—. Me llevó con una meretriz que tenía más de treinta años. «Tu primera mojada de pincel debe ser con una artista que lleva décadas pintando», me dijo.

»Ella hizo todo lo posible para complacerme. Usó la boca, los pechos y las manos. Pero no llegamos a ningún resultado. Cuando le dije que quería irme, ella se alborotó el pelo y le aseguró a Aegon que lo habíamos pasado maravilloso. Él me sonrió y susurró algo como: «nada de bastardos».

»Mi señora madre no tardó en enterarse de nuestra aventura por los bajos fondos y me prohibió volver a ir. Tenía miedo de que me convirtiera en un segundo Aegon, así que cambió a todas las criadas por sirvientes varones. La mayoría tenían el pelo oscuro y ojos marrones. Ya debes suponer la asociación que hice.

Luke se mordió el labio inferior.

—Me buscabas en ellos. —Era una afirmación, no una pregunta—. ¿Cuándo tu rencor se convirtió en obsesión y la obsesión en deseo?

—Rencor, obsesión, deseo, diferentes emociones que confluían en el mismo punto: tú. —Aemond detuvo la marcha y lo miró a los ojos—. Tienes unos rasgos tan comunes, tan ordinarios, y así ninguno de ellos se parecía lo suficiente. Todos me decían «mi príncipe» o «mi señor», incluso uno me llamó «alteza», y eso rompía la ilusión. Si hubieras sido tú, jamás habrías sido tan complaciente.

Aemond siguió hablando, pero Lucerys Velaryon tenía toda su atención en los médanos de arena. La lluvia había hecho que la hierba que crecía sobre y entre ellos alcanzara la mitad de su cuerpo. Si se tumbaban, quedarían apartados de los ojos curiosos de los pescadores y los guardias que rastrillaban la isla.

—Sígueme.

Mientras caminaban por las dunas, con los pies hundiéndose en la arena tierna y resbaladiza, su tío comentó:

—¿Sabes qué le dijo Criston Cole a mi hermano para convencerlo de sentarse en el Trono de Hierro? —Luke negó con la cabeza—. Que los bastardos eran taimados por naturaleza, pero le faltó decir lo lascivos y desvergonzados que son.

—Tú eres el único culpable. Desde que me besaste, encendiste un fuego que no puedo apagar.

Lanzó esa risita de «tengo razón» y respondió:

—La sangre llama, sobrino.

Lucerys lo tumbó en la arena y se puso a horcadas sobre su regazo. Con la mano derecha le abrió la camisa a Aemond, separando rápidamente los botones de los ojales; con la que tenía libre, se desató sus propios calzones. Sus pupilas se dilataron al contemplar a su tío de esa forma: parche de cuero cubriendo el zafiro, pelo de plata derramado sobre el verde de la hierba, respiración agitada y retazos de piel nívea al descubierto.

No sabía en qué momento se le había puesto dura. Se frotó impúdico contra el vientre cóncavo, buscando una excitación similar a la suya. Le mordió el cuello, la clavícula, el pezón, hasta que su propia cordura se desvaneció. Aemond lo había tomado tres veces durante la madrugada, tenía las piernas adoloridas, y aún anhelaba más.

Su tío tampoco se opuso al deseo que lo desbordaba. Se lamió la mano para tocarlo entre los muslos y prepararlo. Los dos se sorprendieron al ver que Lucerys todavía estaba húmedo por la pasión desatada en las horas de penumbras.

Con suma facilidad, Aemond invirtió las posiciones y lo besó, largo y tendido, como si no pudiera separase de él. «Estamos condenados.» ¿Así se habría sentido su madre cuando los sentimientos por su tío despertaron? ¿Ella lo comprendería si le decía lo que sentía por Aemond? ¿O lo querría alejar igual que hizo el rey con ella?

—Sí quería matar a Jace —confesó Aemond cuando lo penetró.

«Ya lo sabía», pensó. ¿Qué tan enfermo tenía que estar para admitir que eso le erotizaba? La sola idea de que Aemond fuera capaz de matar por él…