Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
XIV
La huida
En algún momento de la tarde —después de volver de la playa, descalzos y llenos de arena, subieron hasta los aposentos sin ser vistos—, Lucerys Velaryon se quedó dormido con su tío a su lado.
No tenía intención de hacerlo, simplemente sucedió. Los párpados le pesaban como plomo. La mano de Aemond en su mejilla se sentía tan bien, tan reconfortante. Alcanzó a escuchar un «tienes que afeitarte, mi señor Strong» antes de abandonarse a la inocencia.
Cuando despertó, unas horas después, ya era entrada la noche y se había saltado la cena. Pronto se dio cuenta que no había tenido pesadillas —sin cielos tormentosos u olas que lo arrastraran hasta las profundidades— y que no había necesitado de vino del sueño para eso.
Pensó que Aemond estaría a su lado, custodiando su descanso, pero la habitación estaba vacía y sumida en penumbras. Por el rellano de la puerta, se colaba el haz de luz de las antorchas del pasillo. Sintió un frío repentino, necesitaba el calor que emanaba su cuerpo, pero ¿qué le extrañaba? Su tío no era la clase de amante que se quedaba luego de obtener todo el placer que podía darle y Lucerys no era de los que rogaba por cariño.
Y, sin embargo, ahí estaba, deseándolo con cada fibra de su ser. Quería que él volviera a la cama, poder recostarse en su pecho y sentir el latido de su corazón en la palma de su mano. ¿Por qué no se quedaba hasta el amanecer y lo recibían juntos, desnudos y jadeando contra la boca del otro?
Se incorporó y puso las botas. Iba a ir en su búsqueda. Descendió por la escalera que conectaba su torre con una pequeña sala, adyacente al Salón del Trono, que hacía de bodega para los tesoros de lord Corlys que no se podían colocar en otro lado. Una piel de oso pardo cubría todo el suelo, había estantes con jarrones pintados a mano provenientes de Tyrosh y, en la pared más amplia, un retrato de lady Rhaenys que había sido pintado un día antes de su boda, cuando no tenía más que diecinueve años.
La apodaban «la reina que nunca fue», montaba en Meleys desde que era una niña y era una guerrera excelente. Ella había ganado la primera gran batalla de la guerra. «Criston Cole intentó embocarla en las Tierras de los Ríos, pero Rhaenys destruyó a todas sus huestes», fue lo último que escribió la Serpiente Marina. Lamentablemente, Criston Cole no había muerto y estaba reuniendo más abanderados. «Si Arrax pudiera volar, lo prendería fuego dentro de su armadura», pensó Luke, pero su dragón estaba en la cueva, temeroso de salir al mundo.
Al llegar al Salón del Trono de Pecios, se encontró con Cedrik, el aprendiz del maestre Bertram, encendiendo el brasero con una antorcha arrancada de la pared. El rostro se le iluminó al verlo.
Lucerys tragó saliva con dificultad. Llevaba evitándolo desde que Aemond y él habían yacido en la cueva. Ahora comprendía que con Cedrik nunca sentiría lo mismo que con su tío.
Cedrik había sido su primer beso. Gracias a él había descubierto que le gustaban los chicos y que, lo más probable, era que nunca pudiera cumplir con su deber de esposo con Rhaena. Pero también existía una barrera entre ellos, inquebrantable, él nunca quiso ir más allá de besos, caricias por encima de la ropa y el placer que podían darse mutuamente con la boca. Su conciencia y buen juicio le impedían compartir la cama.
Pero su tío carecía de esos escrúpulos. Lo suyo era una relación prohibida, estaba marcada por una doble tragedia —la del ojo y la del dragón— y esa contradicción era lo que lo hacía más adictivo y peligroso. Con Aemond jamás tendría la seguridad que tendría con Cedrik. Estar con él era entrar en una pira funeraria, deseoso de arder hasta las cenizas. «Somos el lema de nuestra casa hecho carne.»
—Todas las noches vengo aquí, enciendo el fuego con la esperanza de que vengáis —dijo Cedrik—. Os he extrañado tanto, mi príncipe. —Caminó hasta él, borrando la distancia que los separaba, e intentó besarlo, pero Lucerys lo esquivó—. ¿Ya no os gusto?
Merecía que le dijera la verdad, pero Luke era un cobarde y no podía romperle el corazón. Cedrik se sentiría usado y reemplazado. Tampoco entendería cómo podía estar con alguien de su familia con un pasado tan violento. Él sabía todo lo que había pasado en la Bahía de los Naufragios. Cedrik fue quien le sacó el agua de los pulmones mientras las fiebres amenazaban con llevárselo.
—Estoy comprometido, Cedrik. Me casaré antes de que termine el año y no puedo seguir… con esto. —No encontraba otro término para describirlo.
—¿Es por vuestro tío? —preguntó. Lucerys se sintió nervioso—. ¿Tenéis miedo de que él se entere y lo usé en vuestra contra? —Cedrik le apartó un mechón castaño que le caía sobre la frente—. El príncipe Aemond se ha marchado a lomos de su dragón. No tenéis que preocuparos más por él.
Luke sintió que el alma se le caía al suelo y rodaba entre sus pies.
—Eso no es posible —susurró. Aemond y él habían compartido la mañana en la biblioteca y habían caminado por la costa del Gaznate en la tarde. Estaban juntos hasta antes que Luke quedara profundamente dormido—. ¿Cuándo se marchó?
—Antes del anochecer.
—¿Por qué los guardias no lo detuvieron? —interrogó.
—El príncipe Aemond era vuestro invitado, no un prisionero, por lo que tengo entendido. Nunca habéis dicho que no podía irse por propia voluntad.
Claro que nunca había dicho que no podía marcharse, porque nunca pensó que lo fuera a hacer. Aemond había acudido a él, herido de gravedad, a punto de morir, le dijo que era suyo y que nunca lo dejaría ir.
No.
No podía ser cierto.
Salió al exterior de la fortaleza, con los ojos llenos de lágrimas, y peinó la isla de sur a norte y de este a oeste. El dragón no estaba en el monte donde solía pasar las noches; tampoco los establos que pertenecían a Meleys. Las dunas tenían sus huellas de la tarde, aunque el viento no tardaría en llevárselas consigo. Y en la cueva estaba solamente Arrax, despedazando un calamar que había sido arrastrado por la corriente.
Al terminar, estaba tan agotado que no le quedaban fuerzas ni para llorar. Su pecho subía y bajaba rápidamente, tratando de recuperar el aliento que había perdido corriendo por la arena.
Aemond no podía haberse marchado sin más, ¿verdad?
Miró el cielo buscando una respuesta a su plegaria, pero ni la luna ni las estrellas le respondieron.
