Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
XV
El ataque
Villaespecia dormía plácidamente; las antorchas refulgían en los tejados de barro y caña. En los riscos, la luna era un ojo gigante, blanco y redondo, que lo bañaba todo con su luz. Era una noche tan hermosa y tan triste al mismo tiempo.
«¿Por qué?» se preguntaba Lucerys.
Los contornos de los acantilados se veían borrosos por las lágrimas que llenaban sus ojos. Permaneció en la playa, incluso cuando el viento comenzó a soplar más fuerte y le erizó el vello de los brazos. No tenía capa en la cual arrebujarse, había salido al exterior con la ansiedad palpitándole en las venas, escuchando más a su corazón que a su instinto de supervivencia.
Se sintió estúpido cuando una sombra alada pasó por encima de su cabeza. Vhagar plegó las alas y comenzó a descender. Una polvareda de arena se levantó cuando enterró las zarpas en el suelo. Su gran mandíbula se abrió y cerró en el aire, y expulsó vapor por las fosas nasales. Aemond se liberó de las cadenas que lo mantenían sujeto a la silla y cayó de pie, con tanta elegancia como de costumbre.
Luke se secó las lágrimas con el dorso de la mano y caminó a su encuentro. Sin pensarlo dos veces, lo abrazó y se llenó con el aroma a jabón que emanaba su camisa y su cuello. Su tío se quedó quieto como una piedra, sin saber qué hacer. Después de un instante, apoyó la mano enguantada en la cabeza de Lucerys y creó un remolino castaño con su pelo.
—¿Qué sucede? —le preguntó luego de romper el contacto.
Estaba tan cerca que sentía el silbido de sus pulmones, el latido de su corazón. Él estaba ahí, con su parche de cuero, su ojo violeta y sus facciones angulosas y su sonrisa cínica.
—Pensé que te habías marchado —respondió Luke. Tenía los ojos húmedos, hinchados por las horas llorando—. Vhagar no estaba por ningún lado y Cedrik dijo…
No lo dejó continuar.
—Mi señor Strong, no debes creer en la palabra de un pescador —ronroneó—. ¿A dónde iría sin ti? —Su mano enguantada se deslizó cuello abajo—. Desde que llegué a Marcaderiva, no he volado en Vhagar. Fui hasta el Garfio de Massey y regresé. Pensé que llegaría antes de que despertaras.
Asintió.
—Supongo que exageré.
—Lo hiciste. —Lo miró, atravesándolo con el púrpura de su ojo. Su pelo de plata le hacía cosquillas en la nariz. Era suave y olía tan bien como su ropa y cuello—. Dime, mi señor Strong, ¿qué pesa más para ti: la posibilidad de ser descubiertos o no tenerme dentro?
Un escalofrío le lamió la espalda.
—Ya sabes la respuesta.
Antes de que pudiera buscar su boca, Aemond lo arrastró junto al dragón, quedando camuflados entre el enorme cuerpo de Vhagar y las dunas de arena.
Aemond capturó sus labios en un beso salvaje, ardiente. Le mordió el labio superior y tiró de él hasta que una gota de sangre acudiendo al llamado de sus dientes.
La espalda de Lucerys chocó con las escamas cálidas de Vhagar. Su tío le quitó las botas con tanta lentitud que Luke pensó que volvería a llorar, esta vez de frustración. Con la camisa no fue tan delicado. La rasgó a la mitad y la llevó hasta sus muñecas. Ahí hizo un torniquete para dejarla las manos inmovilizadas. Esa muestra de control, de dominación, hizo que su glande se volviera grande y pesado y suplicante en sus pantalones. Su tío sonrió complacido cuando empujó la erección contra su vientre, demandando atención.
—Quiero que te corras sin tocarte —gruño Aemond—, solamente conmigo en tu interior. ¿Podrás hacerlo, mi pequeño bastardo? ¿Podrás demostrarme cuánto me necesitas?
Lucerys emitió un «si» penoso, ahogado. Estaba en un torbellino de emociones, tan intenso y contradictorio. El miedo de haberlo perdido le dio paso a la seguridad de tenerlo consigo. Era Aemond, su tío, al que había marcado en su infancia, quien le arrancaba los pantalones con furia. Era Aemond el que estaba hundiendo el rostro entre sus piernas y lo acariciaba con la punta de la nariz.
Sollozó cuando su boca ignoró por completo el miembro erguido y, casi al instante, gritó de placer cuando trazó círculos con la lengua alrededor de su entrada. «Es la primera vez que me prepara así», pensó. Siempre había usado sus dedos, largos y níveos, o lo había guiado para que lo hiciera él mismo, pero su lengua se sentía tan bien. Se sentía jodidamente bien.
Aemond se colocó su pierna encima del hombro, dejándolo aún más expuesto. «Me está devorando desde fuera hacia dentro.» Tenía que contenerse o se derramaría antes de tiempo.
Como si su tío pudiera leerle el pensamiento —a veces creía que era capaz de hacerlo—, se detuvo y tomó distancia para contemplarlo.
—Estás sonrojado, sobrino. Mira cómo escapa el aliento de tus labios, rápido, necesitado. Podría no tomarte e igual te correrías de lo excitado que estás.
«Está jugando conmigo», comprendió Lucerys. Y él también quería hacerlo.
—Si no lo haces, iré a buscar a Cedrik y me entregaré a él. Ya estoy mojado, preparado para que me…
Aemond gruñó como animal en celo. Lo empotró contra el dragón y se hundió en su cuerpo con una sola embestida. Lucerys gimió por la repentina intrusión, pero le enrolló las piernas alrededor de la cintura y clavó los talones en sus glúteos.
—La próxima vez que te atrevas a insinuar algo similar, le abriré la garganta y te tomaré junto a su cuerpo inerte.
¿Se suponía que debía indignarse? ¿Asquearse?
El vaivén de caderas era frenético; las embestidas, impetuosas. Lo llenaba, se demoraba en su interior, se retiraba y volvía a arremeter con violencia.
Lucerys sabía que no iba a tocarlo —mucho menos después de haberlo provocado con el nombre de aprendiz de maestre—, pero necesitaba hacer algo. Lo que fuera. Separó las manos con tanta fuerza que rompió el torniquete; luego, se aferró con fuerza a la nuca de Aemond y lo acercó a su cuello. Su tío lo lamió y lo mordió tan hondo que le dejó un cardenal. No podía verlo, pero la piel le escocía.
Su tío se corrió en su interior, pero se siguió moviendo hasta que a semilla de Luke le salpicó el vientre y los muslos. Aemond y Vhagar gritaron al mismo tiempo y su rugido sometió al viento que arreciaba.
Cuando se separaron, a Luke le costaba caminar y tenía la espalda en carne viva por las escamas de dragón grabadas en su piel. Terminó de desnudarse y se sumergió en el mar para aliviar el ardor; Aemond se quedó en la orilla, limpiándose los restos de placer.
Lo notó pensativo, ausente, con la mirada perdida en las pequeñas olas.
—¿Qué sucede? —fue el turno de preguntar de Luke—. ¿No te gustó? ¿Me excedí nombrando a Cedrik?
—Ya te he castigado por eso —dijo—. Cuando volaba de regreso a Marcaderiva, vi barcos de las Ciudades Libres. ¿Puede ser que vayan nuevamente a los Peldaños de Piedra?
—No. No es posible. Los Peldaños de Piedra ya se encuentran en su poder. —Después de la muerte de la primera esposa de Daemon Targaryen, Rhea Royce, éste había abandonado su asentamiento en los Peldaños de Piedra para ir al Valle a reclamar su herencia. Ninguno de los reyes mercenarios que dejó en su lugar resistieron a la alianza de la Triarquía con los dornienses—. Pero, ¿por qué están navegando tan al norte?
—Porque vienen hacia aquí —concluyó Aemond—. Estamos ante un ataque inminente.
