Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XVI

La batalla

Los exploradores confirmaron lo que Aemond había dicho: veinte naves lysenas avanzaban rápidamente desde el este.

No era posible que se dirigieran a Rocadragón con todos los dragones que defendían la fortaleza y tampoco a Desembarco del Rey, pues el grueso de la flota Velaryon estaba en la Bahía del Aguasnegras, a punto de invadir la capital. Los barcos de la Triarquía no eran suficiente para romper el bloqueo, ya habían caído antes y volvería a hacerlo si se enfrentaban a lord Corlys. Su objetivo era Marcaderiva por lo que significaba para la Serpiente Marina. Era su orgullo, su legado, y estaba desprotegida.

Mientras el Consejo de Guerra tenía lugar en el Salón del Trono, Cedrik se dirigió a las pajareras para enviar el último cuervo que les quedaba a Rocadragón, pidiendo ayuda. «No llegará a tiempo —pensó Lucerys. Cuando los lysenos vieran al ave volando por encima de los mástiles, un arquero la derribaría para que no entregara el mensaje—. Tendremos que defendernos solos.»

Tendieron una larga mesa sobre caballetes de madera y extendieron un mapa que mostraba las Tierras de la Corona. Marcaderiva era insignificante comparada a la basta extensión del Garfio de Massey y Punta Zarpa Rota.

Lucerys Velaryon estaba a la cabeza, con Aemond a su derecha y ser Gerold a la izquierda; en el extremo opuesto, se encontraba Levana Mares, vistiendo cota de malla y armada con su espada corta que brillaba a la luz de las velas, y el capitán Ritter, con el yelmo pulido debajo del brazo.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que lleguen? —preguntó Levana Mares.

—Menos de un día —respondió Luke—. La flota de la Triarquía se ha perfeccionado después de la Guerra de los Peldaños de Piedra. Antes, sus barcos eran botes pesqueros junto a los acorazados de la Serpiente Marina; ahora pelean de igual a igual.

—Las naves no importan ahora —espetó Aemond—. Hablemos de espadas, ¿cuántas tenéis para defender la isla?

Levana y Ritter se miraron con incomodidad.

—Más de cincuenta, pero menos de cien —contestó el capitán—. Lord Corlys confiaba que, en caso de que Marcaderiva fuera atacada, llegaría a tiempo para defenderla.

—Y aunque tuviéramos más, no hay hombres que las empuñen. En Villaespecia solo hay viejos, tullidos y niños más verdes que la hierba —habló ser Gerold—. Los hombres fueron a la guerra.

—¿Qué hay de las mujeres? ¿También fueron a la guerra?

Ritter río. Aemond lo fulminó con el ojo sano y Levana Mares estuvo a punto de apuntarlo con su espada.

—No digáis sandeces, príncipe Aemond. Las mujeres no luchan, no pelean, solamente son tomadas como botín de guerra durante los saqueos. —Chasqueó la lengua—. ¿Por qué estáis aquí en primer lugar? Es un consejo privado.

—El príncipe Aemond está de nuestro lado —aseguró Lucerys.

—Eso es lo que él dice, pero la Triarquía fue cosa de su abuelo, la Mano del Rey Usurpador.

Después de que Harrenhal hubiera caído bajo la espada de Daemon Targaryen y los Verdes hubieran sido derrotados en lo que, posteriormente, se conoció como la Batalla de Molino Quemado —por el lugar donde se desarrolló—, Otto Hightower había firmado un acuerdo con tres de las Ciudades Libres para enfrentarse a los aliados de la Reina y su Príncipe Canalla.

—Convengamos que lord Corlys se ganó la enemistad de Lys, Myr y Tyrosh en los Peldaños de Piedra —recordó Aemond. No carecía de razón. La Triarquía no necesitaba una gran oferta para unirse a la guerra y tomar revancha por lo acontecido años atrás—. Sé que no confiáis en mí, especialmente vos, capitán Ritter. Porque soy un traidor y todo ese parloteo que decís habitualmente y que traéis a colación ahora cuando estamos por ser atacados, pero soy vuestra única opción si no queréis ser masacrados.

Levana Mares enarcó una ceja.

—¿Tenéis un plan?

Aemond Targaryen caminó hasta el centro de la mesa, con las manos en la espalda; luego, se inclinó sobre el mapa y movió los barcos tallados en madera.

—La Triarquía estará aquí, en el Gaznate. No se van a arriesgar a que Rocadragón sepa del ataque y envíe a sus dragones y jinetes para detenerlos, por lo que lo harán rápido. Saquearán Villaespecia, violarán a sus mujeres y mayarán a los hombres. Y cuando terminen de hacerlo, seguirán con Marea Alta y prenderán fuego al castillo antes de regresar al mar.

—¿Cómo sabéis lo qué harán? —intervino ser Gerold.

—Porque son extranjeros. Tienen poder marítimo, pero carecen de estrategias cuando de rencor se trata. Lo único que buscarán es destruir a la casa Velaryon, nada más —prosiguió su tío. A ser Gerold le tenía respeto, no como a Ritter—. Villaespecia tiene que ser evacuada lo más pronto posible, pero no debe parecer que el pueblo está abandonado, sino vendrán a atacar directamente Marea Alta.

—Yo puedo encargarme. Al sureste de Villaespecia hay acantilados que encierran cuevas, no muy profundas, pero son un buen refugio mientras dura el ataque —dijo Levana Mares.

—Haced eso —indicó Lucerys—. Que dejen todas sus pertenencias y las antorchas de los tejados encendidas. Si alguien quiere pelear, no se lo impidáis, toda la ayuda es bien recibida.

La mujer hizo una reverencia en su dirección y otra para Aemond —algo que sorprendió y alegró a Lucerys a partes iguales—, y se marchó a paso apresurado. Levana Mares se había criado en Villaespecia y envejecido en el puerto, si alguien estaba capacitada para hacerse escuchar con los pescadores y guiarlos a las cuevas, ésa era ella.

—Necesitaremos barriles de brea y aceite. Todos los que sean necesarios. Hay que volcarlos a lo largo de la costa, en el grueso del Gaznate, pero hay que esperar a que los hombres desciendan de las naves —prosiguió Aemond—. Una vez que sean encendidos, se creará un cinturón de fuego. No todos morirán por las llamas, por supuesto, por eso hay que apostar arqueros en las almenas y lanceros en las puertas.

—Yo subiré a las almenas —dijo Lucerys— y dispararé las flechas.

Aemond lo miró con curiosidad, pero no se atrevió a cuestionarle sus habilidades de arquería. Lucerys no era tan bueno como Jace, que estaba entrenado en el arte de la espada, la espada corta, maza, arquería y combate de cuerpo a cuerpo, pero tenía una excelente puntería.

El capitán Ritter dirigiría a los otros arqueros y ser Gerold organizaría la defensa de las puertas en caso de que las huestes llegarán a Marea Alta.

—¿Qué haréis vos, príncipe?

—Yo montaré en Vhagar, capitán Ritter. Y veréis porque es bueno contar con un dragón y su jinete traidor en Marcaderiva.

Su tío se marchó a la fragua.

La forja se encontraba en la parte inferior de la fortaleza, muy cerca de las estrechas mazmorras, y el aire era tan soporífero que recordaba a la prisión de Rocadragón, por la cual fluían las venas del volcán. Lucerys no iba nunca allí, todo lo que necesitaba estaba en el patio de armas y siempre llevaba consigo el puñal de huesodragón, pero estaba seguro que Aemond encontraría una armadura y una espada acorde a él. Cuando llegó a la isla, su coraza estaba tan abollada y deteriorada que el herrero sugirió derretirla y aprovechar el escaso metal en espadas cortas.

Luke no tenía escudero que lo ayudara a prepararse para la batalla, por lo que hizo la mayor parte solo. Se puso la cota de malla con gruesas anillas metálicas que se entrelazaban unas con otras, se sumergió en la espaldera y metió las piernas en las perneras de hierro. Un guardia —cuyo nombre no conocía— le ayudó a colocarse el carcaj al hombro y le acomodó las flechas dentro. Eran más de quince y, aun así, no serían suficientes si conseguían llegar al castillo.

Le hubiera gustado que demoraran medio día en llegar a Marcaderiva, pero las naves aparecieron en el horizonte junto con el débil resplandor del amanecer. Velas, mástiles y tantos remos que no le daban la vista para contarlos. No llevaban arietes o catapultas para atacar el castillo. Iban a hacer lo que Aemond había predicho: saquear Villaespecia y violar a las mujeres y luego partir hacia Marea Alta.

A Levana Mares le había dado tiempo de evacuar a la mitad de Villaespecia; la otra, se había quedado a pelear, a defender su territorio. «Será una carnicería —pensó Luke. Desde lo alto de las almenas, tenía una vista panorámica de toda la isla: acantilados, puerto, fondeadero y dunas— si la cadena de fuego no consigue detenerlos.»

Cuando los hombres descendieron de los barcos como un enjambre de insectos de brillante armadura, mazas y espadas afiladas, una antorcha descendió sobre la línea de brea y aceite que se dibujaba a lo largo de la costa y una pared de fuego se elevó. Las llamaradas eran tan altas que parecían lamer el cielo. Muchos soldados ardieron al instante y sus gritos inundaron el alba; otros, esperaron a que el fulgor menguara para abrirse paso a través de las llamaradas.

Colocó la flecha en el arco, tensó la cuerda, apuntó y disparó. El primer hombre cayó como un costal de papas; el segundo, avanzó con la flecha incrustada en el ojo, pero se derrumbó antes de ascender por el camino pedregoso. El tercero detuvo la flecha con la mano antes de que le impactara en el pecho y se movió con rapidez, pero Luke fue más veloz todavía: cargó otra flecha y la lanzó.

Al terminar las quince flechas que tenía en el carcaj, sentía los nudillos entumecidos y que la desesperación se estaba apoderando de su ser. Él nunca había participado de una batalla y no tenía a Arrax. Si tan solo pudiera subirse a su lomo y hacer algo al respecto, pero pensar en eso era contra fáctico, Arrax solamente tenía un ala y estaba refugiado en la cueva. Jamás saldría de ella.

Un ala negra como la brea que ardía en la playa le rozó la cara; Vhagar levantó la cabeza que tenía apoyada en la arena y lanzó un chillido que hizo vibrar los ventanales de la fortaleza. Al ladear el cuerpo, vio a su tío sobre la montura, con las piernas sujetas por cadenas de hierro. Llevaba una armadura con un dragón marino grabado en el pecho y las hombreras se retorcían como colas de sirena.

—Si tomas parte en la batalla, ya no habrá vuelta atrás —le dijo Lucerys—. Llevo queriendo decírtelo desde que empezaste a planear el ataque. No podrás regresar con tu familia.

Aemond sonrió de medio lado.

—Eso ya lo sabía desde que ayudé a Helaena y los niños a salir de Desembarco del Rey. Ellos son mi familia. Y también tú —aseguró. Lucerys sintió el impulso de besarlo, pero se contuvo—. No dejaré que destruyan todo lo que amas. Y si no intervengo, todos morirán. Son demasiados soldados.

El corazón se le encogió en el pecho.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Cuál es el lema de nuestra casa?

No se refería al de la casa Velaryon: «el Viejo, el Verdadero, el Valiente»; se refería al lema que los hacía tío y sobrinos, encadenados por la misma pasión y locura hasta el final.

—Fuego y sangre.

—Eso es lo que le daré a los hombres de la Triarquía. Fuego y sangre. Como Aegon el Conquistador y todos los que vinieron después de él.

Aemond le ordenó a Vhagar que volara. A la dragona le costó batir las alas y quitar las zarpas del suelo arenoso, pero cuando ascendió, no quedó ninguna duda de que el aire le pertenecía. Su sola presencia era suficiente para opacar el sol de mediodía.

—¡Dracarys! —La voz de su tío hendió el aire como una espada.

Vhagar separó las enormes fauces y, de entre sus dientes amarillentos, surgió una llamarada tan caliente que los barcos que no perecieron bajo su yugo, se derritieron como velas en los candeleros. Metal, madera, tela y carne, todo ardió por igual.

«Pensaron que estaríamos solos, desprotegidos, pero se encontraron con el dragón más grande y viejo de todo Poniente», pensó.

De este a oeste, una lluvia inclemente de fuego cayó sobre la flota de la Triarquía y los hombres se convirtieron en amasijos de metal y carne chamuscada y sus gritos desgarraron el amanecer.

Lucerys Velaryon lo vio todo arder y nunca algo le había parecido tan maravilloso.