Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XVII

El después

Los barcos ardieron durante el día y la noche siguiente. Cuando las llamas se consumieron, los mástiles y velas no eran más que esqueletos de cenizas. El mar estaba salpicado de hollín y escupía cuerpos calcinados a la orilla. Un hombre al servicio de la casa Velaryon caminaba por la costa y apilaba a los muertos encima de un carromato.

Lucerys Velaryon se preguntaba qué harían con tantos cuerpos; Aemond ya tenía la respuesta: encender una pira funeraria. La más grande que Poniente haya visto desde la Batalla de Campo de Fuego y que Vhagar y Arrax se den un festín. «Lo más probable es que se culpen los unos a los otros por la derrota y comiencen una guerra entre ellos mismos», auguró Aemond. Lucerys esperaba de todo corazón que fuera así. Sin el apoyo de las Ciudades Libres, los Verdes no eran rivales para la flota Velaryon.

Decretó que no se trabajaría durante los siguientes tres días. Los guardias de Marea Alta bajaron bolsas de grano por la ladera y llevaron fruta fresca a los habitantes de Villaespecia que habían sobrevivido al ataque. Un banquete tendría lugar por la noche para celebrar la victoria sobre los invasores y honrar la memoria de todos aquellos que dieron la vida para asegurarla.

«Tendrían que brindar por ti también», le dijo Luke a Aemond cuando se encontraron a solas. Le entusiasmaba la idea de que todos los adoraran tanto como él. Pero Aemond no quería banquete, tampoco brindis, ni otro tipo de reconocimiento. Lo único que quería era descansar.

Lucerys ordenó que pusieran una bañera en su habitación, la llenaran de agua caliente y aceites esenciales. Lo desnudó lentamente, dejando que los retazos de tela chamuscada resbalaran por sus extremidades. A sus pies, se formó una pila de ropa que ya había perdido su vida útil. Lucerys deslizó las manos por su espalda y se deleitó al sentir cómo se contraían los músculos bajo su tacto. Se le acumuló la saliva en el paladar y su lengua empujó contra sus dientes para contenerse. Aemond Targaryen apestaba a sangre, sudor y cenizas, y aun así era lo más hipnótico que existía.

Emitió un leve quejido cuando se introdujo en la bañera. ¿El agua estaría demasiado caliente? ¿Lo habrían lastimado en una batalla y no se había dado cuenta? Luke no pudo evitar preocuparse.

—Estoy bien —aseguró su tío—. Lo que me sorprende es que todavía lleves ropa.

—Cuando hablas así, parece que te molestara mi naturaleza de bastardo lascivo y desvergonzado —contestó, usando las mismas palabras que él en los médanos.

—Siempre que la reserves para mí, no me disgusta en absoluto.

Lucerys mentiría si dijera que no sentía la tentación de besarlo, de acariciarlo en esos puntos sensibles que le hacían perder el control, pero no estaba allí por eso. Quería recompensarlo por todo lo que había hecho por él, por Marcaderiva.

—Apoya la cabeza en el borde —indicó.

Aemond obedeció.

Lucerys se arrodilló junto a la bañera de latón y dobló las mangas de su camisa hasta la altura de los codos. Con cuidado le quitó la cinta con la que ataba su cabello y le pasó los dedos entre los mechones. Era fino, delicado y del color de la plata pulida.

Cuando no hubo más nudos, tomó el cuenco con agua tibia y dejó que ésta cayera por su cabeza. Se untó las manos con esencia de cedro y lavó las hebras con mimo. El aroma le recordó a la mesa de la biblioteca donde Aemond pasaba tantas horas leyendo y haciendo anotaciones, a los barcos que se anclaban en el fondeadero oeste, a su hogar. Y Aemond estaba impregnado de ese aroma, de él.

Se notaba que su tío no estaba acostumbrado a ese tipo de atenciones, que para él no era sencillo cederle el control de su cuerpo y su deseo. Sus músculos estaban tensos, contraídos, como si todo su ser estuviera vibrando con el instinto de supervivencia, preparado para otro ataque inminente.

Pero Luke no iba a atacarlo, tampoco iba a exigirle ningún tipo de retribución. Lo que estaba haciendo era un mero acto desinteresado, en agradecimiento por todo lo que había hecho por Marcaderiva.

—Si tan fácil es hacer el amor, ¿por qué siempre hicimos la guerra? —dijo Lucerys. Era un pensamiento dicho en voz alta.

—Porque nos robaron nuestra infancia y adolescencia —contestó Aemond. Ladeó el cuello para que Lucerys pudiera acariciarlo ahí, donde la carótida latía con vida propia—. Si hubiéramos crecido juntos… todo habría sido diferente. Pero te arrancaron de mi lado.

Luke sabía que su madre no se había marchado a Rocadragón por voluntad propia. Había contenido la situación tanto como le fue posible, pero lo acontecido en Marcaderiva había sido la gota que desbordó el vaso.

Ya desde niños a la reina Alicent le molestaba que entrenaran a la par, que compartieran las lecciones con el maestre de la Fortaleza Roja, que se reunieran para cenar; luego de que Lucerys le arrebató el ojo a Aemond, estaba seguro de que no tenía más palabras que palabras de rabia y de venganza para él y sus hermanos. Y Aemond había crecido con eso, escuchando, absorbiendo, alimentando su propio rencor. Y eso lo había llevado a exigir su ojo en el salón de Bastión de Tormentas o su vida.

Cuando se dio cuenta de lo que sentía por él, debía haber sido una contradicción en sí misma —todavía lo era—, una burla cruel de los dioses. Desear a su sobrino bastardo que le quitó el ojo cuando tenía diez años.

«Pero ahora está conmigo —pensó. Con la punta de los dedos, le recorrió la nuca, el inicio de la columna vertebral y los omoplatos—. Y es tan mío como yo soy suyo.»

Tomó la pastilla de jabón, la frotó entre sus manos hasta que se volvieron resbaladizas y las deslizó por su piel. Empezó por los hombros, masajeando, eliminando cualquier tipo de contractura. Después, descendió por la espalda y por sus costados, delineando el relieve de las costillas.

No entraban los dos en la bañera porque Lucerys había crecido en los años que pasó en Rocadragón. Las extremidades se alargaron y engrosaron, pero eran esos mismos brazos lo que le permitían rodear a Aemond, incluso estando de espalda.

Le acarició las cicatrices que le habían quedado de la ballesta de su hermano. Si tocaba con lentitud, podía percibir el rastro de los puntos de sutura. Tembló al pensar que podría haber muerto desangrado. Y que también podría haberlo hecho durante la batalla, a lomos de Vhagar, por más que estuviera embutido en una armadura de metal.

—Ya has visto todo lo que soy capaz de hacer —dijo en un susurro—. Quemar una flota entera y convertir a los hombres en antorchas humanas. —Cambió de posición para poder ver a Lucerys a los ojos—. Salvé Marcaderiva por lo que significa para ti. ¿Puedo pedirte una cosa?

—Lo que quieras, tío. Pídelo y te lo daré.

Aemond sonrió y lo atrajo hacia él.

A diferencia de las veces anteriores, el beso fue simple, casto, apenas un roce de labios. Cuando se separaron, sus frentes quedaron unidas. La mano de su tío anclada en su nuca, impidiéndole separarse.

Su cercanía, su aroma, lo enloquecían. Tenerlo contra su piel le impedía pensar con claridad. Era capaz de abrirse las venas y bañarlo con su sangre si ese era su deseo. Pero Aemond no le dijo lo que quería, como si se hubiera arrepentido de haberlo mencionado.

Lucerys lo dejó correr, convenciéndose a sí mismo de que su tío necesitaba tiempo para decirle el anhelo de su corazón, que existía una lucha interna de sus sentimientos en la cual no podía intervenir.

Durante los siguientes cinco días todo fue besos y sonrisas, mañanas en encerrados en la biblioteca, envueltos por el olor de la cera y los pergaminos, noches de sábanas húmedas por la pasión, rastros de mordiscos en los muslos y la espalda, y palabras inconexas susurradas contra la boca del otro. Pura felicidad corriéndole por la boca, los dedos y las piernas.

Hasta que una luna después el capitán Ritter anunció que un destacamento de soldados del Valle de Arryn llegaban por el puente de piedra que unía Marcaderiva con el resto del continente. Y eso solamente podía significar que su prima y prometida, Rhaena Targaryen, regresaba de su autoexilio en Nido de Águilas.