Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XVIII

La prometida

Dos lunas antes

Lo correcto hubiera sido ir a recibirla al puerto, pero en su lugar fue ser Gerold, a lomos de un caballo lozano, con una armadura de plata con remolinos de agua y el estandarte del hipocampo sobre verde mar. Podía imaginar al caballero, improvisando una disculpa que nada tenía de verdad.

Lucerys Velaryon estaba tan ofuscado por la noticia que sabía que, en caso de presentarse, no podría disimular en absoluto su disgusto. ¿Por qué Rhaena había regresado? ¿Cuánto tiempo se quedaría en Marcaderiva? ¿Acaso era un castigo de los dioses por no haber pensado en ella desde su partida, por yacer con su tío cada vez que su cuerpo se lo pedía?

Cuando el capitán Ritter comunicó el arribo de su prima, la magia se desvaneció por completo entre su tío y él. Aemond estaba enfadado. No lo decía, su silencio y su mirada esquiva eran más que suficiente.

—Se fue al Valle de Arryn poco después de que volviera de Bastión de Tormentas, no sabía que iba a volver —aseguró Lucerys, tenía la constante necesidad de justificarse.

Aemond estaba a su lado, pero era como si no estuviera. Ausente y etéreo, era más un fantasma que una persona. Embutido en una túnica color marrón que le llegaba hasta las rodillas y en una camisa que dejaba un retazo de piel blanca al descubierto, estaba elegantemente tendido en la cama.

—Es tu prometida, en algún momento iba a regresar.

—Tú también estás comprometido con una de las hijas de Borros Baratheon. —Tenía cuatro, no recordaba con cuál. Cuando él arribó a la fortaleza, el compromiso ya estaba sellado y ya se estaba hablando de dotes—. ¿Lady Cassandra?

Aemond dejó de mirarlo.

—Soy un traidor, ¿recuerdas? ¿De qué le vale a lord Borros que depose a su hija? Ya no existe tal compromiso —respondió con frialdad—. Pero el tuyo está más sólido que nunca.

Si esos aposentos no le pertenecieran desde que había llegado a Marcaderiva, estaba seguro de que Aemond se hubiera marchado con un sonoro portazo. En cambio, lo invitó a retirarse con un movimiento de cabeza y una mirada que decía: «ve, tu prometida te espera».

Lucerys se puso las botas y se ató los cordones y se marchó de la habitación con un orgullo que no merecía ostentar. En el fondo de su corazón, sabía que ese momento llegaría. Rhaena no podía permanecer infinitamente en las montañas nevadas si su compromiso seguía en pie, pero esperaba que fuera más tarde que pronto.

No tuvo más alternativa que dirigirse a la entrada, donde las puertas estaban abiertas de par en par y enseñaban el camino pedregoso que discurría isla abajo hasta llegar a la playa. Por él subían, escoltados por un sol incipiente, un destacamento de soldados que portaban el blasón del halcón y la luna y su prima.

De haberse encontrado en la capital, ella habría llegado en un carruaje con opulentos cortinajes, pero en Marcaderiva, el suelo era escabroso e irregular, por lo que era propicio moverse en caballo o, en su defecto, a pie. Su prima no era tan buena amazonas como su hermana —siempre habían estado unidos por el complejo de inferioridad, tapados por las sombras de sus hermanos mayores—, pero se las arreglaba para mantener el control de la yegua.

Rhaena Targaryen llevaba un vestido rosa pálido, con incrustaciones de madreperla y brocados de hilo de plata. Su pelo, largo y rubio, estaba trenzado y acomodado en un moño. Y ella sonreía. Vaya que sonreía.

Lucerys comprendió su felicidad en cuanto la vio. Reptando sobre el hombro que le quedaba al descubierto había una cría de dragón; sus escamas eran tan suaves que se confundía con el vestido y sus ojos eran de oro líquido. La criatura oteó el alrededor con curiosidad y enseñó los dientes finos y puntiagudos.

Rhaena se había llevado consigo tres huevos de dragón al Valle de Arryn, con la esperanza de que uno de ellos eclosionara. A diferencia de su hermana Baela, la cría que había nacido del huevo colocado en su cuna, no sobrevivió demasiado tiempo. Era una cría enfermiza, débil, con las alas pegadas al cuerpo. Carecía de la vitalidad del dragón que tenía ahora.

—Se llama Alba —dijo Rhaena cuando llegó a su altura. Era un nombre propicio, la dragona tenía el amanecer capturado en las alas y las escamas—. Es pequeña de momento, pero irá creciendo con el tiempo.

La ayudó a descender de la montura.

—No escribiste —dijo Luke. No le reprochaba las lunas de silencio y rencor que, seguramente, le había profesado. Pero ¿cómo no iba a decirle que uno de los huevos había eclosionado? Tendría que haberlo compartido con él—. ¿Qué tal el Valle?

—Maravilloso —respondió su prima—. Lady Jeyne es una gran anfitriona.

«Entonces, ¿por qué estás aquí?» quiso preguntarle, pero se mordió la lengua.

—¿Cómo está Joffrey? —Su hermano permanecía en la seguridad de la montaña desde que Luke había caído en la Bahía de los Naufragios y lo dieron por muerto—. No recuerdo la última vez que escribió.

—En época de guerra, no es seguro enviar cuervos, primo. No lo tomes como personal. Joffrey y Tyraxes han crecido como uno solo. Ya puede montar en su lomo y sobrevolar las Montañas de la Luna.

—Me alegro de que hayas encontrado placer en su compañía, prima —dijo con sinceridad—. Y que tu estadía haya sido lo que esperabas. De seguro debes estar cansada por el largo viaje. Tus habitaciones ya están prontas.

Rhaena negó con la cabeza; la dragona acompañó su movimiento.

—Lo único que quiero es darme un baño y cambiarme de ropa. Luego, podremos cenar juntos.

Lucerys asintió.

Muchos decían que Baela y Rhaena eran dos gotas de agua, tanto en apariencia como en carácter, pero Lucerys que las conocía a ambas sabía que no era así. Mientras que Baela era dura, aguerrida, dada a no callarse cuando algo le disgustaba y afrontar las consecuencias de sus actos, Rhaena era todo lo contrario. Sabía camuflar sus emociones en una capa de cortesía, retenerlas y lanzarlas en forma de puñales. Como había hecho el día de la discusión. «Maldito seas, Lucerys Velaryon», le dijo antes de marcharse.

Cuando los colores rosa y púrpura del ocaso le dieron paso al manto oscuro y estrellado, Lucerys ordenó a los criados que sirvieran la cena en el Salón del Trono. Si bien en Marcaderiva se estilaba cenar cada uno en sus aposentos, Luke no quería llevar a su prima a la intimidad de la suya y tampoco hablar en la de invitados, a tan poca distancia de Aemond.

Rhaena apareció poco después de que colocaran los platos con bacalao en sazón y la empanada de lamprea junto al brasero. Llevaba una túnica rosa palo y el pelo suelto, cayéndole como una cascada sobre los hombros y la espalda.

—Hablemos con sinceridad, prima. ¿Por qué estás aquí? —preguntó antes de tocar la comida.

Rhaena apoyó el cubierto en el borde del plato.

—¿Por qué está él aquí? —contraatacó—. Al Valle llegaron rumores de sangre y traición, de un dragón grande y arrugado como un lagarto que estaba reposando en Marcaderiva. Me dije a mí misma: «Luke jamás lo permitiría. Él habla en nombre de nuestro abuelo. Tiene que haber otra explicación».

»Y cuando llego a la isla, lo primero que veo es a dicho dragón sobre los acantilados, mirando hacia el mar como si le perteneciera, y al acomodarme en mi cuarto, descubro que al otro lado de la pared duerme su jinete, quien casi te mata en Bastión de Tormentas.

—Aemond estaba herido, no sabía a dónde más ir, y yo no podía dejarlo morir sin más.

—Tiene parientes en Torre Alta y aliados en Seto de Piedra. ¿Por qué no fue allí?

—Ya no tiene aliados, Rhaena. Es un traidor para los Verdes —dijo Lucerys. No quería revelarle una verdad que solamente él conocía en Marcaderiva, pero sabía que su prima no se daría por vencida hasta obtenerla—. Ayudó a escapar a su hermana y a sus sobrinos de Desembarco del Rey.

Ella se quedó un instante en silencio, pensando.

—Entonces es verdad lo que escribió Baela. Helaena y sus hijos están en Rocadragón. Ella no dijo cómo escapó, solamente le pidió asilo a la reina.

—Aemond fue quien tramó el plan, pero Aegon los descubrió y lo atravesó con tres saetas y Fuegosol hirió a Vhagar.

—Sigo sin confiar en él, Luke. Y tú tampoco deberías hacerlo.

—Él quemó la flota de la Triarquía para salvar Marcaderiva. Gracias a Aemond es que estamos vivos.

—¿Y no pensaste en la probabilidad de que lo haya hecho porque sabía que tu señora madre jamás le perdonaría lo que te hizo en la Bahía de los Naufragios?

Rhaena bebió de su copa de vino, pero Lucerys se puso bruscamente de pie. Tenía el estómago cerrado como un puño y no tenía sentido obligarse a comer.

Ella jamás iba a entender que ya no existiera odio y rencor sin contarle el tipo de relación que mantenían ahora.

—Es parte del pasado.

—De un pasado demasiado reciente —insistió Rhaena—. Tu madre está encinta nuevamente. Es un secreto de momento. No quiere que se propague la noticia después de lo que sucedió con Visenya. —La hermanita de Lucerys había nacido muerta, maltrecha y con un cuerpo repleto de escamas—. Cuando el niño o la niña nazca, ella vendrá a Marcaderiva y exigirá su cabeza. Si tanto aprecio le tienes, debes convencerlo para que se vaya de aquí.

«No es posible», pensó Lucerys.

Tenía que encontrar la forma de evitar que Aemond fuera ejecutado y que, al mismo tiempo, se quedara a su lado para siempre.