Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XIX

El veneno

Después de la llegada de su prima a Marcaderiva, la puerta de Aemond permaneció cerrada a cal y canto.

A Lucerys le preocupaba la cercanía entre las dos habitaciones, apenas una delgada pared separaba la furia silenciosa de su tío y el rencor latente de su prometida. La paz en la isla pendía de un hilo y una sola palabra bastante para acabar con ella. Se esquivaban mutuamente, pero cuando caía la noche y ambos debían apoyar la cabeza en la almohada, no había forma de no saber que el otro estaba ahí, respirando, odiando, interfiriendo en el camino.

La batalla contra la Triarquía estaba demasiado fresca como enfrascarse en otra. Pero el tiempo apremiaba, tenía que descubrir cómo hacer que su vida estuviera balanceada entre el deber y el deseo. Si Rhaena hablaba con la verdad, tenía menos de tres lunas para encontrar la forma de que Aemond se quedara a su lado y sabía que esa única forma era mediante un juramento.

Si él se arrodillaba frente a su madre y le prometía lealtad incondicional, ella lo dejaría conservar la cabeza. Por más íntima y grave que hubiera sido la afrenta en Bastión de Tormentas, la olvidaría si Lucerys le hacía ver lo ventajoso que sería tener su apoyo. Su madre lo adoraba, siempre le decía «mi dulce niño», aunque ya fuera tan alto como ella y tuviera el doble de su musculatura. Lo había llevado en el vientre y alumbrado con dolor. No podía arrebatarle lo que más quería en el mundo.

Y Lucerys no podía estar lejos suyo. Su distancia y frialdad había permeado su piel hasta llegar a su corazón. Necesitaba verlo, hablar con él, sentirlo cerca.

Había intentado rozar su mano en la única ocasión que se cruzaron en uno de los sinuosos pasillos, pero Aemond siguió su camino como si Luke no fuera más que uno de los exóticos adornos de lord Corlys.

Aemond se pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación y salía solamente para surcar el cielo con Vhagar. Cuando lo veía partir, Lucerys temía que esa fuera la última vez, que su tío de verdad no volviera a Marcaderiva.

El temor tampoco disminuyó cuando descubrió que, en sus incursiones más allá del Gaznate, traía trozos de ovejas y cerdos para que Arrax pudiera alimentarse con carne fresca. ¿Cuántas veces le había dicho que un dragón necesitaba más que truchas y bacalao para estar fuerte? Y había encontrado la forma de subsanarlo. Arrax estaba más recio, más vivo, y hasta salía de la cueva para arañar los acantilados en un vano intento de volar.

Lucerys quería agradecerle su esfuerzo y no podía hacerlo si él evitaba verlo.

Pensó en escribirle una carta y pasársela por el rellano de la puerta, pero su letra le generaba inseguridad. Junto a la caligrafía estilizada de Aemond, la suya no era más que los garabatos de un niño torpe.

Así que se dirigió a la biblioteca en aquel día nublado y de mar revuelto, y aguardó. En algún momento tendría que llegar. La biblioteca era el único lugar que visitaba cuando salía del confinamiento al que él mismo se había sentenciado.

Se le hizo extraño entrar en el recinto y que las velas estuvieran muertas en los candeleros, dejando que los libros se tiñeran de oscuridad, que Aemond no se quejara del parloteo de las cocineras y de los mozos de cuadra. «La soledad que hay aquí es abrumadora», pensó Lucerys.

Cuando los pensamientos se le volvieron turbios y desesperados, empezó a trastear en los libros y pergaminos que Aemond leía a diario. Muchos de ellos estaban en idiomas que Luke no dominaba, pero se las arregló para comprender lo que decían.

Se quedó sin palabras al descubrir en lo que Aemond llevaba tantas semanas trabajando. Basándose en antiguos prototipos de las Ciudades Libres, estaba diseñando una prótesis para Arrax. En los pergaminos estaban repletos de dibujos, algunos más perfeccionados que otros, y anotaciones que los explicaban: «no se intenta emular el vuelo, pues el cartílago que conectaba el ala con el resto del cuerpo fue arrancado de raíz» y «el ala de madera le brindará el apoyo suficiente para moverse con menos dificultad».

—¿Por qué estás metiendo la nariz donde no debes, mi señor Strong? —Lucerys dio un respingo al escuchar su voz. Era silencioso como una sombra. Hacia tanto tiempo que no lo llamaba así que el corazón de Luke se agitó—. Eso es privado.

—¿Por qué no me dijiste que estabas diseñando una prótesis para Arrax?

—Porque todavía no sé si funcionará. Tengo los prototipos en el pergamino, pero falta un artesano que sepa interpretarlos y llevarlos a cabo —aseguró Aemond. Hizo que Lucerys dejara sobre la mesa los dibujos que tenía en la mano y los ordenó como estaban antes de que él llegara—. ¿No deberías estar paseando con tu prometida?

Era demasiado esperar que no mencionara el tema que los había llevado a distanciarse en las últimas semanas —semanas que para Lucerys habían sido agónicas— y romper esa rutina que había sido tan suya: mañanas en la biblioteca, paseos por los acantilados y la cueva, noches junto al brasero, madrugadas enredados en las piernas del otro.

—Rhaena ya conoce la isla, no necesita que sea su guía.

Ya compartía suficiente tiempo con su prima. Recorrían las calles de Villaespecia, compraban en el mercado artesanal, escuchaban las inquietudes de los pescadores, pueblerinos y lavanderas. Pasaban las tardes contemplando a Alba, la pequeña cría que crecía exponencialmente con cada semana que pasaba, y hablaban de huevos, dragones y fuego. Y cenaban juntos todas las noches. Sin excepción.

—Invítala a cenar en tu habitación. Estoy cansado de escucharlos al otro lado de la pared, riendo y brindando.

—Esa es la única razón por la cual voy al ala de invitados —confesó Lucerys—. Tengo la esperanza de que…

Aemond se movió con velocidad y lo aprisionó entre su cuerpo y la pared. El púrpura de su ojo le quemaba sobre la piel; la mano en su cuello, le arrancó un gemido de placer y frustración.

—¿De qué, mi pequeño bastardo? —interrogó—. ¿De qué pierda el control como lo estoy haciendo ahora mismo? —Los dedos le acariciaron la mejilla y tantearon sus labios—. Créeme cuando te digo que no quieres verme enfadado.

La última vez que se había enfadado fue poco antes de la batalla, cuando Aemond le dejó los muslos húmedos y temblorosos por tanta lengua y saliva, y Lucerys dijo que iría a buscar a Cedrik para que concluyera el trabajo. Como castigo, su tío se enterró tan profundo en su cuerpo que lo dejó sin respiración y lo hizo correrse así, solamente con su miembro dentro, sin tocarlo en absoluto.

Una descarga eléctrica le recorrió la piel al recordar esa vez en la playa. Además de tomarlo como una bestia en celo, Aemond le había jurado matar al aprendiz de maestre si volvía a mencionarlo durante el acto carnal.

¿Sería capaz de proferir la misma amenaza contra su prometida?

Por supuesto.

—Aemond —susurró Lucerys. Quería besarlo, tocarle, prometerle contra su boca que no existía nadie más que él—. Escúchame. Júrale lealtad a mi madre y nunca dejaré de ser tuyo.

Su tío de apartó súbitamente y le dio la espalda.

—No puedo. Ella jamás me dará la justicia que quiero por mi sobrino y por mi hermana —respondió Aemond—. Renuncia tú a todo lo que amas. —Lucerys quedó petrificado contra la pared—. ¿Ahora entiendes lo estúpido que suena?

—Quiero Marcaderiva —aseguró con una vehemencia que no reconocía en él—. Y también te quiero a ti. A mi lado. Y eso no será posible hasta que le jures lealtad a mi madre.

—No puedes tenerlo todo.

—No eres tú quien dice eso. Es el miedo que habla por ti. El Aemond que conozco habría arrasado con el mundo con tal de tenerlo todo. Dijiste que nunca me dejarías ir.

En las historias que contaban los pescadores, Aemond sería la personificación de la sirena y Lucerys de un marinero. Si él no cedía al canto de su voz, la sirena arañaría su barco hasta hundirlo y arrastraría su cuerpo hacia las profundidades.

Así se sentía con su tío.

—El Lucerys que yo conozco me habría preguntado qué iba a pedirle a cambio de haber salvado Marcaderiva para él —recriminó—. ¿Siquiera has pensado en eso? ¿O ni te importó?

—No es necesario que lo digas para que lo sepa —espetó Luke. En el fondo, siempre había sabido lo que Aemond deseaba. Él tenía un deseo idéntico, pero el deber lo opacaba desmedidamente—. No quieres que me case.

Aemond chasqueó la lengua.

—Ni siquiera entiendo qué ves en ella. Carece de la elegancia de su madre y de la fiereza de su padre. Si no tuviera los ojos violetas y el pelo plateado, sería cualquier lavandera de Villaespecia.

—No es lo que yo vea en ella, tío. Mi madre nos comprometió para reforzar la alianza con los Velaryon. Lady Rhaenys quería que Baela, como primogénita de Laena, tuviera derecho sobre Marcaderiva, pero…

—Tu señora madre no podía acceder sin admitir que ser Vaemond Velaryon hablaba con la verdad. —«Bastardos» los llamó frente a toda la corte. La vergüenza aún persistía. Todos los susurraban, pero él fue el único que se atrevió a decirlo en voz alta—. Entonces propuso un doble matrimonio para alejar a Baela de Marcaderiva y convertirla en la futura reina consorte. Y a ti te legaron las migajas de la segunda hija para seguir siendo heredero de lord Corlys.

—Exactamente.

¿Qué otra cosa podría decirle?

No le gustaba que Aemond hablara de forma tan despectiva, pero no podía hacer nada al respecto. Él era así. Tenía una lengua viperina, cargada de veneno, y sus palabras eran puñales certeros. Siempre lo había sabido.

—No seré tu amante. No calentaré tu lecho cuando tu esposa esté con el vientre lleno y no quiera saber nada de ti.

Por supuesto que él no era ser Joffrey Lonmouth —el Caballeros de los Besos que compartió la juventud con Laenor—, ni Qarl Correy —quien le dio muerte a su padre en el mercado de Villaespecia— y nunca lo sería. Aemond no era una persona dada a compartir, sus instintos eran puro egoísmo y sentido de la pertenencia.

—No me atrevería a insinuar tal cosa.

Lucerys pensó que, luego de sus palabras, su tío tomaría las riendas de la situación, que reclamaría el control como siempre lo hacía. Se le daba bien tomar decisiones; y a Luke, acatarlas. Pero Aemond dio un paso atrás, dejando la elección en su poder, y Lucerys sentía que estaba haciendo malabares con fuego valyrio: no importaba qué tan bien moviera las manos, terminaría ardiendo en cualquier momento.

Luke se mordió el labio inferior, sin saber qué contestar.

—No hagas eso —reprendió Aemond. Se acercó a él y deslizó la yema del pulgar por el labio aterido—. Tu boca es demasiado perfecta para que la destruyas de esa forma.

—Entonces, ¿por qué no me besas?

—Porque no te lo mereces —contestó.

—Es más fácil si lo admitieras —contraatacó Lucerys. Sus manos acariciaron las facciones angulosas de su rostro y lo inclinó levemente hacia él—. Di que no quieres que me case.

Aemond sonrió.

Del bolsillo de su túnica sacó una gema pequeña, tan púrpura que parecía negra, y la colocó a la altura de su mirada.

—¿Sabes lo qué es esto, sobrino?

—Parece una amatista.

—Nunca una amatista ha sido tan peligrosa como este cristal. Si la llevará a tus labios, morirías en cuestión de minutos. Es un veneno extraño y muy costoso. La planta con la que se fabrica crece solamente en el Mar de Jade. Aunque los lysenos y braavosis le asignaron un nombre a la planta y a los cristales, aquí se conoce simplemente como el Estrangulador.

¿Prefería verlo muerto antes que casado con su prima? ¿Por qué molestarse en enseñarle el veneno que iba a usar con él? ¿Por qué no abrirlo en canal con su propio cuchillo de huesodragón?

—Prefiero mi muerte en el mar —dijo Lucerys—. ¿Por qué me enseñas tu veneno?

—No es mío, pequeño bastardo. El veneno es arma de mujer. —Le entregó la piedra—. Se le cayó a tu prometida cuando salió apresurada de las pajareras.

—¿Rhaena? —preguntó incrédulo—. ¿Por qué tendría ella un veneno tan potente?

—Porque piensa usarlo. En ti o en mí. Cualquiera de las dos opciones es posible. —Meneó ligeramente la cabeza—. El Estrangulador no se vende por separado. Hay más piedras como esta y planeo encontrarlas —prometió y se encaminó a la salida de la biblioteca—. Recuerda que hoy cenan en tu habitación.

Lucerys Velaryon se quedó el resto del día encerrado en la biblioteca, jugueteando con la gema violeta. ¿Cómo algo así de pequeño podía ser tan mortífero?