Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XX

La venganza

Rhaena Targaryen acudió a su habitación cuando la noche caía con su pesado manto sobre Marcaderiva.

Llevaba el vestido rosa pálido del día de su llegada, con el hombro bronceado al descubierto —aunque la dragona no estaba posada en él— y el pelo de plata y oro cayendo sobre él. No sonreía, pero tenía una expresión satisfecha en el rostro. Era la primera que Lucerys la invitaba a su habitación —lo hizo mediante una carta enviada con uno de los sirvientes— y no iba a cenar al ala de invitados. Quizás lo consideraba una muestra de buena voluntad, una forma de reconciliarse.

Paseó los ojos por la habitación, recreándose en el mobiliario impersonal que poseía. Un escritorio de madera junto a la ventana para poder escribir a la luz del sol —rara vez lo usaba, prefería que el maestre Bertram escribiera los mensajes por él—, una mampara sobre la cual colgaba la ropa antes de dormir, una cama con un dosel que siempre estaba corrido y una pequeña mesa al lado de la cama. A simple vista, los aposentos podían pertenecerle al heredero de Marcaderiva como a cualquier otro señor de noble cuna. No había nada que lo identificara. Ni siquiera un estandarte con el caballito de mar sobre fondo verde agua.

Rhaena tomó el huevo que descansaba en el cofre de bronce pulido, encima de la mesita.

—¿De dónde sacaste este huevo? —preguntó mientras lo examinaba.

Lucerys se lo quitó de las manos con brusquedad. No quería que ella —ni nadie— lo tocara. Era suyo. Aemond se lo había dado. Y lo cuidaba como el tesoro preciado que era.

—Aemond me lo dio. —Evitó mencionar que era una ofrenda de paz—. Es de Sueñafuego —aclaró, sin saber la razón.

—Ya tienes un dragón, primo. Y está tullido por causa del suyo. ¿O eso también lo has olvidado?

—Por supuesto que lo sé —contestó. No quería enfadarse, pero la ira crecía en su interior. ¿Por qué tenía que mencionarlo? Aemond estaba tratando de compensar lo que había sucedido: lo alimentaba y quería construirle un ala de madera para disminuir sus dificultades, pero no podía decírselo. No serviría de nada—. ¿Nos sentamos?

Luke se comportó como todo un caballero. Le ayudó a acomodarse en la silla y le colocó la servilleta sobre el regazo. También le sirvió una copa de vino y recibió su sonrisa de agradecimiento con otra.

Rodeó la mesa y se sentó frente a ella. Los separaban tres velas que proyectaban sombras oblicuas en su rostro, dos platos de langosta hervida y una fuente de guisantes con mantequilla.

Rhaena se sirvió una porción pequeña.

—¿La cena no es de tu agrado, prima?

—Mi estómago se acostumbró a la comida del Valle —dijo. Picoteó un trocito de langosta—. Aquí la comida no es tan sofisticada.

—Y no hace más que empeorar —advirtió Lucerys—. Las naves mercantes escaseaban desde antes de la batalla, ahora no vendrán hasta la próxima luna. Si no ganamos la guerra, la comida será la menor de nuestras preocupaciones.

Rhaena se sintió avergonzada por quejarse de algo tan superficial.

—Nos enteramos de la batalla a mitad de camino. Sentí tanto miedo por ti, Luke —aseguró. Su mano reptó por la mesa, buscando la suya—. No es mi intención cuestionar las decisiones de nuestro abuelo, pero hizo mal en dejar Marcaderiva tan desprotegida. Tendría que haber apostado una flota en las costas y un regimiento para detener el avance.

Él bebió de su copa con precaución.

—No sabía que eras experta en el arte de la guerra.

—No lo soy, pero es sentido común. Si bien Lady Jeyne Arryn juró lealtad a tu señora madre, como le correspondía debido al vínculo de sangre, lo primero que demandó fue un dragón que protegiera el Valle de los posibles ataques.

Su madre había enviado a Joffrey con Tyraxes, un dragón que era apenas más grande que Arrax, porque sabía que el Valle era inexpugnable y así podría mantenerlo a salvo de la guerra, al mismo tiempo que lo hacía partícipe de ella.

—Marcaderiva también tiene un dragón. El más grande y viejo de todo Poniente.

—No es de Marcaderiva, Luke. Es de Aemond Targaryen. Y ese dragón le arrancó el ala a Arrax e hizo que te precipitaras al mar. Vhagar no es confiable y tampoco su jinete.

Lucerys apretó los puños debajo de la mesa y se forzó a sonreír.

Su relación con Rhaena siempre había sido cálida. Ella lo conocía más que nadie en el mundo. Lo había cuidado y consolado cuando las noches se volvían oscuras y llenas de terrores. «Seré una buena esposa y una buena madre», le prometió el día que se anunció su compromiso.

Pero esa relación se enturbió cuando tuvieron la discusión. No quedaba nada de aquella Rhaena dulce y delicada; ante él tenía a un ser lleno de resentimiento y lengua filosa. Ella ya había detectado que Aemond era un punto débil, un tema de conversación que hacía tambalear su compostura, y lo usaba a su favor constantemente.

—Me preocupa que no tengas una doncella con la cual compartir tu tiempo.

—Alba es la única compañía que necesito, primo. Gracias por tu preocupación —dijo, usando su mismo tono de voz monocorde.

—Antes hubieras dicho que también me necesitabas.

Rhaena dejó de juguetear con los guisantes que, evidentemente, no quería comer y lo miró fijamente. Cruzó las manos y apoyó el rostro sobre ellas.

—Antes no sabía que te guardabas para el aprendiz del maestre Bertram —recordó ella. El color cubrió las mejillas de Lucerys al recordar el día que los descubrió retozando: Luke con los pantalones enroscados en los tobillos y Cedrik con la lengua enroscada en su miembro, toqueteándolo entre los muslos—. No es por tu preferencia, Luke. A tu señora madre nunca le preocupó que a tu padre le gustaran sus caballeros y escuderos, pues ella tenía a Ser Harwin para consolarla.

»Pero yo no tengo a nadie, Luke. Solamente te tengo a ti. Y no soy capaz de tolerar el engaño. Si nos casamos, quiero ser la única persona con la que compartas el lecho.

«No soy tuyo. Jamás lo seré —pensó. Mientras respirara, su aliento llevaría el nombre de Aemond—. Mi cuerpo ya le pertenece. Puede tomar lo que quiera de mí que no opondré ningún tipo de resistencia.»

Miró los ojos, más azules que violetas, pero no encontró el resplandor que encendía su ser. Ese que siempre veía reflejado en la pupila de Aemond.

—¿Nuestro compromiso sigue en pie? —tanteó Lucerys, con el último resquicio de esperanza.

—Por supuesto. Es la voluntad de tu madre y de mi padre. Y también de nuestra abuela —contestó Rhaena. Le faltó decir: «por los derechos sobre Marcaderiva», pero los dos ya lo sabían de memoria—. Será a finales de año. Cuando la reina haya alumbrado y pueda estar presente.

Luke no pudo hacer más que asentir.

Podía imaginar la escena a la perfección. Una ceremonia sobre los acantilados, con las olas rompiendo contra la roca y el aire cargado de salitre. Rhaena con sus trenzas al viento y una sonrisa perlada en el rostro, siendo entregada por su padre, Daemon Targaryen, Príncipe Consorte y Protector del Reino. Jace flaqueando su lado derecho, luciendo tan solemne como le correspondería al heredero, con su prima y prometida, Baela Targaryen, con quien convivía en Rocadragón a pesar de no haber pronunciado los votos. Joffrey llegaría a último momento, a lomos de Tyraxes, y su madre le pediría que se abrochara bien la túnica. Y Aegon y Viserys —que estaban en Pentos hasta que la guerra terminara— quizás también estarían presentes.

Al igual que las semillas del dragón, permanecer separados fue idea de Jacaerys. Él decía que así estarían a salvo, que a los Verdes les resultaría más difícil acabar con la descendencia de su madre. «Tendrán que dividir sus fuerzas y así serán más débiles.»

—No hay nada como una boda para reunir a la familia —suspiró Lucerys.

—¿Brindamos por eso? —preguntó Rhaena.

Bebió vino solamente para complacerla, pero no tenía ganas de brindar.

El pequeño cristal que guardaba en el bolsillo de su túnica ardía. No podía quitarle los ojos encima. Si Aemond tenía razón, al mínimo descuido, Rhaena podría envenenarle la bebida y hacerlo pasar por un accidente. Pero también se preguntaba, si Rhaena tenía el Estrangulador en su poder ¿por qué no lo había utilizado? Ocasión no le faltaba. Todas las noches cenaban en su dormitorio, sin excepción alguna, mientras ella lo distraía con sus anécdotas sobre el Valle.

Tres copas después, Rhaena Targaryen tenía la mente especiada por la bebida y, si bien hablaba sin divagar, arrastraba las palabras. Si quería saber la verdad, ese era su momento.

Le enseñó el cristal púrpura y vio cómo la expresión achispada de Rhaena se desvanecía para darle paso a una de terror.

—¿De dónde lo sacaste? —preguntó. En ningún momento negó que fuera de su propiedad—. Lady Jeyne dijo que, si lo disolvía en tu bebida, nadie sospecharía. Que pensarían que te habías ahogado con un trozo de pescado. Pero yo no pensaba usarlo... Tienes que creerme, Luke.

¿Lady Jeyne Arryn, la llamada Doncella del Valle? ¿Qué tenía que ver ella con una conspiración de asesinato?

—Te creo, Rhaena —dijo. ¿Era justo que cayera sobre ella con rabia virulenta cuando no había llegado a atentar contra su vida, cuando la culpa la estaba devorando por dentro?— Sé que no ibas a usarlo. ¿Te lo dio la Señora del Valle? —Su prima asintió con la cabeza. Se mareó levemente, tuvo que cerrar los ojos—. ¿Por qué?

—Cuando llegué a Nido de Águilas estaba devastada. No podía dejar de pensar en ti y en Cedrik. Me preguntaba cuánto tiempo llevaban divirtiéndose a mis espaldas, si se reían de mí cuando estaban a solas. Y Lady Jeyne percibió mi abatimiento —relató mientras movía las manos con nerviosismo—. No le dije de qué se trataba. Yo jamás haría nada para perjudicarte. Solamente le dije que no me querías.

»Pensé que solamente me había escuchado por compromiso, que se había olvidado con el pasar de las lunas. Pero un día que bajamos a Piedra de las Runas, llegó la noticia de que Vhagar había sido visto en Marcaderiva. Lady Jeyne tomó mi mano, me colocó un frasquito con pequeñas amatistas dentro y me dijo que era hora de buscar mi felicidad.

—Lady Jeyne no quiere tu felicidad, Rhaena, sino los derechos sobre Marcaderiva. —Todo siempre estaba relacionado con la herencia y la legitimidad—. Te está usando.

—Lo sé, Luke. Ahora lo sé. —Se quedó en silencio, mirándose los pulgares—. Te quiero. De verdad te quiero.

Se dio cuenta que estaba llorando. Las lágrimas brotaban de sus ojos violetas y morían en su boca carnosa. Lucerys se puso de pie y la abrazó. El pelo le olía a flores; la piel, a jabón.

—Sé que me quieres.

«Pero yo no puedo quererte de la misma forma», pensó. No tenía sentido lastimarla con esa verdad.

Rhaena se sonrojó y las pupilas se le dilataron.

—Tengo que marcharme. —Al ponerse de pie, trastabilló.

—Quédate aquí —ofreció Lucerys—. No puedes subir las escaleras así.

—No te quiero molestar.

—Eres mi prima —respondió— y mi prometida. No me molestas. —¿Por qué las mentiras salían con tanta naturalidad de su boca?

La ayudó a tenderse en la cama. Le quitó el vestido con cuidado, dejando que la tela le resbalara por la piel tersa, y la ayudó a descalzarse. Rhaena se sonrojó aún más cuando quedó en ropa interior. Tenía enaguas de color crema; el tiempo en el Valle le había ayudado a acentuar sus curvas de mujer.

Si Lucerys Velaryon fuera un muchacho malicioso, se habría aprovechado de su estado de embriaguez y la habría tomado allí mismo. Pero Luke jamás la deshonraría de esa forma, ni a ella ni a ninguna mujer. Jamás. Era un acto aborrecible.

—Luke —lo llamó desde la cama—, ¿te acuestas a mi lado?

Lucerys se dijo a sí mismo que no había nada de malo en ello. La había traicionado. Primero con Cedrik; ahora con Aemond. No la amaba. Nunca iba a hacerlo. Jamás sería feliz con él. ¿Por qué negarle esa muestra de cariño cuando estaba tan frágil?

Se quitó las botas y las dejó junto a sus zapatos. Se desprendió la camisa y la arrojó a suelo. Las noches en aquella época del año estaban cargadas de un beso húmedo que lo hacían sudar copiosamente. Y el cuerpo de su prima, exhalando un calor tan palpable, no lo ayudaba a que las gotas no resbalaran por su frente. Se acomodó a su lado y la contempló sin decir una sola palabra.

En un mundo ideal, su padre —el que le había dado el apellido— jamás habría tenido que casarse con su madre y ella no tendría que haber buscado el amor en los brazos de su otro padre —el que lo había engendrado, pero no podía llamarlo hijo—; en un mundo ideal, Rhaena y él tampoco tendrían que hacerlo.

Ella era hermosa como las doncellas de las que hablaban las canciones. Tendría que quitarse los ojos para poder negarlo. Tenía la sangre de la vieja valyria. Se le notaba en el pelo, en los ojos, en su andar resuelto y confiado. Podía casarse con un hombre de noble cuna, que fuera bueno y gentil con ella, que pusiera su felicidad como prioridad. Cuando su madre ascendiera al Trono de Hierro, no le faltarían candidatos. Si tan solo pudiera dilatar el momento del matrimonio hasta que eso sucediera...

Rhaena se removió a su lado. El aliento le rozó la mejilla. Su respiración se volvió lenta, acompasada.

Lucerys cerró los ojos e intentó conciliar el sueño, pero no podía hacerlo. No cuando Aemond no estaba a su lado para custodiar su descanso. Las pesadillas sobre morir en el mar habían sido reemplazadas por su pelo sedoso, el olor que desprendía su cuello, el terciopelo que era su piel contra la suya. Rhaena no era él y nunca lo sería. Aemond Targaryen era, simplemente, inigualable. Tendrían que pasar cien años antes que naciera alguien como él.

Imaginó un pasado diferente, una vida donde nunca le quitaba el ojo y el rencor no crecía como una enredadera sobre las dos familias. Aemond y él crecían juntos, entrenaban juntos y descubrían el deseo y el amor también juntos. Si Luke hubiera estado a su lado, jamás tendría que haber ido a ese burdel con su hermano mayor. Lucerys le habría dejado que le explorara el cuerpo de la forma que quisiera y así pudiera descubrir qué le gustaba y qué no. Era una bonita fantasía. Una utopía, pero bonita, al fin y al cabo.

Cuando se cansó de sumergirse en un sueño que nunca tendría lugar, despegó los párpados y sus pestañas aletearon. Se estaba frotando los ojos cansados cuando vio la figura que estaba apoyada en el borde de la cama, a tan poca distancia que percibía el latido acelerado de su corazón.

Era Aemond.

Aemond con un puñal que destellaba por la luz de las velas.

Aemond con el ojo inyectado en sangre.

Aemond a punto de vengar la muerte de su sobrino Jaehaerys.

Y Lucerys era el único que podía interponerse entre él y Rhaena. Formó un silencioso «no lo hagas, por favor» con los labios mientras cerró los ojos con fuerzas, esperando el impacto del puñal y el reguero de sangre sobre su cuerpo, pero la cruenta muerte nunca llegó sino que Aemond retrocedió y el sonido del metal rebotó contra las paredes.