Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Prompt: Gruñir.
XXI
El alma
Presente
Los dos guardias que custodiaban los aposentos de Aemond estaban vestidos con los colores de la casa Velaryon: armadura de plata y capa verde agua. Hicieron una reverencia con una expresión solemne en el rostro cuando lo vieron llegar y le permitieron el paso incluso antes de que se los ordenara. Eran hombres leales y justos que estaban al servicio de su abuelo desde que habían aprendido a sostener la espada.
—El príncipe Aemond estará bajo mi custodia a partir de este momento. Pueden marcharse. Os pediré ayuda en caso de necesitarla. —Lucerys hizo a un lado su capa, revelando el puñal de huesodragón que llevaba enfundado en la cintura. Los hombres miraron la hoja con respeto y curiosidad a partes iguales—. No deseo ser interrumpido.
Si los guardias dudaron de su orden, no lo demostraron en absoluto. Estaban hechos para servir y obedecer.
—Si, mi príncipe —dijo uno de ellos.
Lucerys Velaryon aguardó a que los guardias desaparecieran por la arcada del pasillo y que el sonido de sus espadas dejara de percutir contra la cota de malla para abrir la puerta.
Dentro de la habitación, Aemond Targaryen estaba sentado en el borde de la cama. En una cama tendida cuidadosamente, con las sábanas cayendo equitativamente de un lado y el otro, y los almohadones ordenados en perfecta armonía. Tenía el pelo plateado sujeto en una coleta, dejando sus facciones angulosas expuestos por completo; en el centro de su rostro, el zafiro ardía como hielo de invierno. El parche descansaba en su mano contraía. ¿Era furia lo que sentía? ¿O resignación?
Aunque los postigos de la ventana estaban cerrados por completo, la luz que se colaba a través de las rendijas era suficiente para iluminarle el pecho desnudo y resaltarle las cicatrices que lo surcaban. Tres por las saetas de Aegon; infinitas por sus entrenamientos con Criston Cole.
—Mi señor Strong, por fin te dignas a aparecer —gruñó. Elevó la mirada, violeta y azul quemándole el corazón—. Pensé que mandarías a un guardia a interrogarme. Pero a ti te gusta tomar justicia por mano propia, ¿no es así? —Sus palmas callosas le recorrieron los costados del cuerpo, haciendo a un lado las capas de ropa que le impedían recorrerle la piel—. Sé que crees en mi inocencia.
Como acto reflejo, Lucerys le tocó los labios; Aemond atrapó el pulgar entre sus dientes como un cachorro que juega con su dueño.
—No importa lo que yo crea —aseguró Luke. El miedo de perderlo todavía le atenazaba las entrañas. Pensó que Aemond volvería a odiarlo después de haber ordenado su confinamiento, pero ahí estaba: deseándolo como antes de que Rhaena volviera a Marcaderiva—. Tú encontraste a la dragona. Y a Rhaena le faltan los ojos. Todo apunta en una misma dirección.
Aemond podría haberle desatado las lazadas de los calzones y haber dejado su miembro expuesto ante su mirada bicolor, pero lo único que hizo fue introducir la mano dentro de los pantalones, tanteando, provocándolo.
La neblina de la preocupación se estaba disipando para darle lugar a una más fuerte y oscura: la del deseo.
—Como dije antes, pediré un juicio por combate. Estoy en todo mi derecho de pedir la justicia de los dioses si no creo en la de los hombres.
—Jamás dejaría que te hicieran daño —aseguró Luke—. Pero, ¿cómo sé que estás hablando con la verdad? —Aunque el incidente del puñal había sido enterrado en las arenas del tiempo, no podía evitar pensar en Aemond con el cuchillo, a punto de bañarlo con su sangre—. Esa noche ibas a matarla. Ibas a obtener tu venganza.
Aemond le mordisqueó el hueso de la cadera y trazó el relieve con la yema de sus dedos.
Cualquiera pensaría que Lucerys lo estaba torturando con el puñal de huesodragón, arañando su cordura para arrancarle la verdad, pero era todo lo contrario: era Aemond quien lo estaba enloqueciendo a él, llevándolo al borde de la desesperación.
—No iba a matarla por mi venganza. Iba a hacerlo por ti. Rhaena Targaryen no tenía ningún derecho a decir que solamente te tenía a ti. Hizo lo mismo que con Vhagar. Pensó que era suyo solo porque estaba ahí. —Su tío lo dejó con la lujuria enroscada en el vientre porque se alejó de repente y le acomodó los lazos—. Yo te reclamé antes. Te monté. Te tomé de todas las formas posibles. Y, aún así, ella chilló y pataleo como cuando era una cría.
Luke tragó saliva.
—Tú estabas allí. Lo escuchaste todo.
—Siempre, sobrino. Soy tus ojos y oídos dentro de esta fortaleza —se rió de su propia ocurrencia—. Soy tu sombra, la oscuridad que te acompaña en las noches de terror y la luz que te ciega cuando abres los ojos y no recuerdas si sobreviviste al mar o a la tormenta. No puedes tener ningún secreto conmigo, ¿lo sabes, verdad? —Lucerys asintió—. Eres mío.
«Para pertenecerte tendría que tomarme en cuerpo y alma», le dijo en la cueva.
Aemond conocía cada recoveco de su cuerpo, todos esos puntos sensibles que al succionarlos o frotarlos lo hacían sollozar de placer. Sabía que le gustaba que lo hiciera suyo de forma ruda, que le tirara del pelo hasta que el cuero cabelludo le escociera y que la habitación fuera inundada del golpe húmedo de sus caderas contra las suyas. También que no necesitaba prepararlo para su llegada. Estaba tan acostumbrado a su hombría que la devoraba en cuanto lo tenía entre los muslos.
Pero su alma, ¿también le pertenecía? ¿Era suyo por completo?
—¿Sabes qué pienso? —Luke tiró de él para acercarlo nuevamente—. Que sabes quién es el asesino y lo estás protegiendo.
—Me conoces bien, pequeño bastardo. ¿Por qué no apoyaría al asesino de tu prometida? Ahora que Rhaena Targaryen está muerta y a punto de ser enterrada, he cumplido mi venganza. Daemon Targaryen ha perdido a alguien tan valioso para él como Jaehaerys lo era para mí. —Sonrió. Sus dientes perlados capturaron toda su atención. Nunca lo había visto tan feliz—. ¿Sabes qué sucede cuando alguien mata por ti? —No esperó su respuesta—. Te entrega su alma. Muchos se rasgan las vestiduras, asegurando que morirían por la persona que aman, pero ¿matar? Eso no lo hace cualquiera.
—Si tuvieras que elegir una palabra para definir ese acto, ¿cuál sería?
—Amor, sobrino. Le llamaría amor.
Lucerys Velaryon dejó que su sonrisa lo contagiara.
—¿Le jurarás lealtad a mi madre?
—Cuando venga a Marcaderiva, me postraré a sus pies y la llamaré «mi legítima reina». Tienes mi palabra.
Estaba tan emocionado que una lágrima le rodó por la mejilla; Aemond la atrapó entre el dedo índice y pulgar antes que llegara a deslizarse por su cuello. Miró fascinado la gota opalescente; luego, se la llevó a sus labios.
—Eso es lo único que deseo —juró Luke—, que te quedes a mi lado para siempre. —La última palabra se propagó en los aposentos, sellando la promesa de sus corazones.
—Nada, ni nadie me podrá volver a separar de ti, mi señor Strong.
Lucerys le sujetó la cara entre las manos y lo besó.
Sus labios se volvieron uno y las lenguas danzaron frenéticamente. Chocaron dientes e intercambiaron saliva de forma desesperada, como la primera vez que se besaron. Luke gimió dentro de su cavidad y su mente quedó en blanco. Ese era el efecto del hechizo de Aemond, nocivo y adictivo.
Quería desnudarlo, ponerlo duro con la boca y montarlo salvajemente, de la misma forma que lo había hecho esa noche, cuando se sintió a salvo de la tempestad y más unido a él que nunca. Pero, ¿cuándo los dioses estaban de su lado?
Al otro lado de la puerta, se escucharon los pasos apresurados del guardia y su voz no tardó en hacerse oír:
—Lamento interrumpiros, príncipe Lucerys. Pero hemos encontrado los ojos de lady Rhaena. Tenéis que acompañarme inmediatamente al ala este.
Luke quedó atónito con la noticia.
En el ala este de Marea Alta se encontraban las habitaciones del maestre Bertram y de su aprendiz.
