Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Prompt: Delito.
XXII
El cómplice
Lucerys Velaryon no pudo creer en la culpabilidad de Cedrik hasta que lo vio con sus propios ojos.
En un frasco de vinagre, junto a trocitos de cebollas y rábanos encurtidos, se encontraban nadando los ojos oculares de su prima. Ninguno de los guardias se había atrevido a tocarlo. El frasco seguía allí, apoyado en la estantería, con los libros que guardaban su escondite a los lados. El aprendiz los había extraído con tanto cuidado que aún conservaban la raíz nerviosa.
Sabía que el joven tenía mente fría y pulso certero a la hora de colocar sanguijuelas para que extrajeran la mala sangre y bajaran las fiebres, para coser las heridas más profundas y para extraer los anzuelos que los niños de Villaespecia se incrustaban por accidente, pero nunca pensó que tuviera esa misma frialdad y precisión para arrancar un ojo. Mucho menos dos.
Sujetó el frasco entre sus manos; el contenido se agitó, los ojos quedaron sepultados por las cebollas y los rábanos. El vinagre había diluido el lila del iris, pero todavía quedaba el rastro. No cabía duda alguna de que le pertenecían a su difunta prima.
Los guardias mantenían a Cedrik con las rodillas clavadas en el suelo y las manos en la espalda. Tenía la frente cubierta de sudor y los mechones se le adherían, camuflando sus ojos pequeños y oscuros.
La habitación era un caos de túnicas grises y marrones, pergaminos nuevos y viejos, hierbas medicinales, vendas de lino y candelabros con restos de cera endurecida. «Indagaron en todos los rincones —comprendió el príncipe. El urinal había rodado hasta llegar al armario, dejando un camino líquido a su paso. Pero el frasco estaba en el último lugar que habían revisado: la estantería junto a la puerta—. ¿Fue muy inteligente de tu parte esconderlo a plena vista o muy estúpido?»
Cuando Lucerys Velaryon ordenó que requisaran todas las habitaciones del castillo —incluyendo las cocinas, la biblioteca y hasta los establos—, lo hizo con la esperanza de ganar tiempo para su tío. Nunca imaginó que los soldados pudieran encontrar algo en el ala este, en el cuarto de Cedrik. «Todo este tiempo tuve a un monstruo bajo mi techo —pensó. Su mirada se encontró con la del joven aprendiz—. ¿En esto nos convierte el amor? ¿Solamente somos monstruos capaz de hacer cualquier cosa con tal de ser amados?»
—¿Por qué lo hicisteis?
Él no respondió hasta que el guardia que estaba a su derecha le tiró el pelo y lo obligó a levantar la cabeza.
—El príncipe os ha hecho una pregunta. ¡Responded!
—Porque ella no os merecía —contestó.
«Te equivocas, Cedrik. Yo no la merecía», rectificó en su mente.
Luke le hizo una seña al hombre para que lo liberara, no quería que fuera tratado con esa violencia cuando, tarde o temprano, terminaría por hablar. También estaba seguro que Cedrik no intentaría escapar. Y, aunque lo intentará, no llegaría muy lejos. Para ese punto, toda Marea Alta sabía que se habían encontrado los ojos de lady Rhaena en sus aposentos.
—Eso no os incumbía, Cedrik. —Él merecía que lo llamara por su nombre, que tuviera el valor de mirarlo a los ojos antes de sentenciarlo—. ¿Por qué habéis hecho eso? —Observó con repugnancia el contenedor de vidrio.
—Sé que le teníais cariño, que queríais que vuestro matrimonio prosperara. Pero lady Rhaena no era quien vos creías. No era digna de vuestro amor ni de vuestro respeto.
—¿A qué os referís? —interrogó.
Por un instante, tuvo miedo de que Cedrik revela lo que había sucedido entre ellos en el pasado. Si contaba esa verdad, ¿qué sería de él? Perdería el respeto de la guarnición. Y también podrían vincularlo a la muerte de su prometida. ¿Cómo podía probar que no se habían complotado para acabar con ella?
—Después de su llegada, lady Rhaena se escabullía a menudo a las pajareras. Escribía cartas durante las noches y las enviaba al amanecer, antes que el castillo despertara. La sorprendí en dos ocasiones y ella se puso sumamente nerviosa. Me ordenó que no lo comentara con nadie y eso me extrañó. ¿Por qué necesitaba ocultar que mandaba correspondencia?
»Pensé que escribía a su padre o a su hermana, pero los cuervos de Rocadragón escaseaban, y no fue hasta hace una luna que un carromato trajo las pajareras de la isla. Entonces noté que los cuervos del Valle iban desapareciendo con cada incursión de la señorita en la torre.
»Me pregunté qué tanto debía comunicar al Nido de Águilas cuando apenas había llegado de ahí. Después de noches y noches entrando en su habitación, rebuscando en sus baúles mientras ella dormía, descubrí una carta que estaba dirigida a la Señora del Valle, una carta que envió al día siguiente.
»En ella decía que la habíais descubierto y que tendría que esperar para usar lo que quedaba de veneno. Y también le preguntaba a Lady Jeyne Arryn cómo haría para casarse con vuestro hermano, Joffrey Velaryon, una vez que hubierais muerto. «Joffrey sentirá que traiciona la memoria de su hermano si se insinúa la posibilidad de un compromiso, ¿cómo haré para acercarme a él?», escribió.
»Lo único que le importaba era el derecho sobre Marcaderiva.
Cedrik no tenía razón para mentirle, estaba siendo arrestado por asesinato. Pero si él hablaba con sinceridad, significaba que Lucerys había cometido un grave error al confiar en la falsa fragilidad de su prima. Rhaena había desempeñado el mejor de los papeles, llorando y rogando para que se quedara a su lado. ¿Cómo no se había dado cuenta que era una maniobra de distracción, una forma de manipularlo? ¿Cómo había sido tan ciego?
—¿Por qué no vinisteis a mí con la verdad?
Cedrik se encogió de hombros.
—No tenía pruebas. Ella quemaba todas las cartas que recibía, enseguida de leerlas. Iba a ser mi palabra contra la suya, ¿y a quién le habíais creído, mi príncipe?
«A ella. Igual que le creía cuando dijo que no pensaba usarlo, que todo había sido una conspiración orquestada por la Doncella del Valle.»
—Cometisteis un delito, Cedrik. Y debéis pagar por ello.
—Lo sé. Quería que supierais por qué lo hice —dijo; sus ojos, profundos y expresivos, añadieron un «por ti»—. Iba a mataros y a quedarse con todo lo que os pertenece… Yo no… —Las lágrimas le borraron las palabras.
Lucerys sintió lastima por Cedrik y por su destino.
Habían compartido demasiados momentos juntos. El primer beso. El primer acercamiento sexual. El descubrir que prefería la compañía de otros muchachos antes que la de las mujeres. Le debía saber la naturaleza lasciva y desvergonzada que se escondían debajo de su piel de príncipe.
¿Por qué el punto final de su historia tenía que ser tan violento y trágico? ¿Por qué Cedrik no se había olvidado de él y seguido adelante con su vida? «Porque me quiere. Me quiere. Y yo nunca podré hacerlo», comprendió.
Le hubiera gustado eximirlo de una condena tan dura como era el mordisco de Hermana Oscura, pero no podía mandarlo al Muro para que vistiera el negro. Rhaena era la hija de Daemon Targaryen, sangre de su sangre, y el Príncipe Canalla no aceptaría menos que la cabeza de su verdugo.
—Llevadlo a las mazmorras —ordenó Lucerys sin mirarlo. Los soldados lo obligaron a ponerse de pie y a punta de espada, lo llevaron hasta la puerta. Antes de que lo arrastraran hasta el subsuelo de la fortaleza, le preguntó—: ¿Por qué le quitasteis los ojos?
—Para que pensarais que lo había hecho vuestro tío.
«Y funcionó. Por un momento pensé que Aemond la había encontrado y se los había arrancado para completar su venganza», reflexionó.
—Esos mismos ojos fueron los que os delataron.
—Ahora comprendo mi error —afirmó Cedrik—. Cuando la vi en la orilla. Rhaena Targaryen ya estaba muerta —susurró al pasar a su lado, le rozó el hombro con el suyo—. Yo solamente terminé lo que comenzó el asesino.
Poco le importó que los soldados escucharan esas últimas palabras, si alguno tenía la osadía de preguntar al respecto, Lucerys Velaryon diría la verdad: Cedrik no era más que un asesino que quería disfrazarse de cómplice para hundir a otro con él.
