Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XXIII

El funeral

La mañana en que se llevaría a cabo el funeral de Rhaena Targaryen, Marcaderiva amaneció con un sol espléndido que volvía la superficie del Gaznate oro puro y con la noticia de que Cedrik, el aprendiz del maestre Bertram, se había quitado la vida en las mazmorras.

Los soldados que fueron a comunicárselo, balbucearon excusas patéticas. Ninguno sabía decir cuándo ocurrió. Lo más probable era que hubiera sido durante el cambio de guardia. Cuando Lucerys les preguntó cómo se había suicidado, le respondieron que con su propia ropa. «Desgarró la camisa que llevaba puesta, ató los trozos unos con otros y pasó la cuerda por una viga suelta del techo», relataron. Al quitarle el collar de tela, descubrieron que no tenía pulso y que no se podía hacer nada por él.

El maestre Bertram fue el más afectado por la noticia. El bondadoso anciano —que ya no podía con la tristeza de saber que Cedrik había asesinado a Rhaena— perdió el conocimiento en cuanto Lucerys le anunció el fallecimiento. «Era como un hijo para mí», alcanzó a decir antes de caer en la inconciencia. Luke se arrodilló a su lado y sostuvo su cabeza hasta que volvió en sí.

Al despertar, el maestre Bertram insistió en preparar él mismo el cuerpo para entregarlo a la familia que le quedaba en Villaespecia: una madre sorda de un oído y una hermana de diez años. El anciano le rogó que lo excusara de sus deberes para poder llevar a cabo el ritual. Lucerys Velaryon se lo concedió y así le demostró toda la misericordia que no había podido otorgarle a Cedrik.

Mientras los habitantes de Marea Alta se dirigían a lo alto de los acantilados para las exequias de quien iba a ser su esposa, el maestre Bertram permaneció en sus aposentos, nuevamente con un cadáver sobre la mesa de trabajo, tan conocido como el anterior y, sin duda, mucho más querido.

Lucerys Velaryon encabezó la comitiva, vistiendo los colores de la casa Targaryen. Era su casa y también la de su difunta prima. Un dragón de plata con ojos de rubíes le cerraba la capa con el tricéfalo bordado en la espalda. La sobrevesta era mitad roja, mitad negra, y estaba tachonada con hebillas y botones de oro.

Al verlo con los ojos húmedos, la punta de la nariz enrojecida y las manos temblorosas, nadie tuvo duda alguna de que en verdad lamentaba su muerte. Ni siquiera el capitán Ritter que, incluso después de saber que era Cedrik quien espiaba a Rhaena por las noches, se mantenía escéptico.

Hasta Aemond se preocupó por él e intentó consolarlo con palabras piadosas para guardar las apariencias delante de los presentes.

—Lamento profundamente la muerte de vuestra prima y prometida, príncipe Lucerys —dijo su tío—. Que los dioses atormenten el alma de su asesino como él hizo en vida con lady Rhaena.

Lucerys le agradeció por sus palabras y lo invitó a caminar a su lado en el trayecto que quedaba del camino pedregoso hasta los médanos de arena. Luego, al atravesar los médanos de arena, ser Gerold y Levana Mares se turnaron para expresarles sus condolencias. Luke escuchó, agradeció cada una de sus palabras y se forzó a llorar una vez más.

Al llegar a la cima de los acantilados, tenía el rostro ruborizado por el sol y le escocían los ojos. «Mira Rhaena, yo también puedo actuar», pensó con orgullo. Luego, miró la tumba de madera que contenía el cuerpo de su prima y prometida. Un hábil artesano la había tallado emulando sus facciones en vida; tres pesadas cadenas y un ancla envolvían el cajón para que no saliera a flote una vez que fuera arrojado al océano.

No lamentaba su final. La revelación de Cedrik todavía le pitaba en los oídos. Su prima Rhaena no solamente estaba esperando el momento justo para matarlo sino que, además, planeaba usar a Joffrey para seguir teniendo derecho sobre Marcaderiva. Al pensar en su estrategia para hacerlo a un lado, se borró cualquier macula de culpa que pudiera sentir por lo que había hecho.

Levana Mares levantó el dedo índice y apuntó hacia el horizonte, en ese punto exacto donde los remolinos de bruma que exhalaba el mar le daban lugar a un resplandor dorado y otro granate. Dos pares de alas se agitaron en el cielo y dos bramidos se hicieron escuchar por encima de las olas.

«Son Syrax y Caraxes —comprendió Lucerys. Se había informado a Rocadragón de que el funeral tendría lugar esa mañana. Luke esperaba la presencia de ambos por lo que Rhaena significaba para ellos, pero faltaba un dragón—. ¿Dónde está Danzarina Lunar?»

Los dragones arrastraron un ala por la superficie del agua, dejando un camino espumoso a su paso; luego, descendieron en la playa, clavando las zarpas en la arena. Tanto Syrax como Caraxes detectaron la presencia de Vhagar sobre los acantilados, a pocos pasos del ataúd tallado, pero ninguno de los dragones mostró intenciones de atacar.

Daemon Targaryen ayudó a su esposa a ascender por la ladera escarpada, con una mano apoyada en su espalda y otra en el vientre redondeado; ella, por otro lado, sostenía la caída de la falda para no tropezar. Su madre no llevaba la corona que otrora había portado el rey Viserys, sino que iba de negro de pies a cabeza.

Lucerys corrió a su encuentro.

No la veía desde antes de partir a Bastión de Tormentas cuando le había hecho jurar frente a los ojos de los hombres y de los dioses que no tomaría parte en ninguna pelea. «Irás como emisario, no como caballero.» Y aunque su distancia y frialdad le habían dolido después de despertar en Marcaderiva, con la visita de Jacaerys comprendió que su madre se sentía demasiado culpable por lo que le había sucedido.

Per a Luke poco le importaba. Ella era su madre. La añoraba tanto.

Le pasó los brazos por la cintura, sintiendo cómo se dibujaba el vientre contra su abdomen, y la abrazó. A través de las capas y capas de ropa, pudo sentir el latido del bebé. O quizás era su propio corazón que explotaba de alegría al verla después de tanto tiempo.

Al darse cuenta que esa espontaneidad no era propia de un príncipe para con su reina, se apartó y la miró apenado.

—Lo siento, Alteza —murmuró—. No debí dejarme llevar por mis emociones.

—Mi dulce niño —suspiró ella y le besó el rostro—, no puedo imaginar por cuánto dolor has pasado. Lamento que tengamos que reencontrarnos en estas circunstancias tan funestas. —Sus ojos se elevaron para toparse con la figura de Aemond, alto, pálido y esbelto, permanecía junto a Levana Mares y ser Gerold—. Hablaremos luego de presentar nuestros respetos.

«No es una sugerencia sino una orden. Puede que no haya traído la corona, pero sigue siendo la reina», pensó Lucerys.

—Por supuesto, madre.

Mientras que ella se unía al grupo que estaba despidiendo a Rhaena —ser Gerold desenvainó la espada, la clavó en la tierra áspera y pronunció el juramento de lealtad a la reina en persona—, Daemon Targaryen permaneció al mar, observándolo todo. Su mirada le picaba en la nuca; el porte de Hermana Oscura, en la espalda. Sus ojos siempre habían sido intimidantes, pero ahora despertaban un verdadero terror en él. ¿Y si Daemon podía leer sus pensamientos y descubrir la verdad? ¿O solamente se guardaba el dolor para sí mismo?

Cuando Visenya había llegado al mundo, tan pequeñita y con la piel llena de escamas de dragón, no llegó a llorar. Las comadronas la declararon muerta antes de que su madre pudiera levantarse del lecho sangrante. «Es mi hija. Mi niña —bramó cuando quisieron quitársela de los brazos para envolverla. Había entrado en trabajo de parto en cuanto llegó la noticia de la coronación de su hermano, Aegon el Usurpador—. Yo la prepararé para su cremación.» Y mientras ella le besaba el rostro pétreo y la acunaba con el cariño que solamente una madre podía demostrar, Daemon Targaryen bajaba a la playa de Rocadragón, a aislarse de los gritos y del dolor.

Si lo había traído a Marcaderiva consigo no era solamente para despedir a su hija sino también como verdugo. Lucerys Velaryon debía ser convincente sino quería que la cabeza de Aemond rodara por la vertiente.

Tomó lugar junto a su madre; el viento que soplaba del norte del Gaznate le hizo ondear los rizos castaños y la capa con el dragón de sangre bordado en la espalda.

—Rhaena no solamente era mi prometida sino también mi prima. Una verdadera hermana para mí —comenzó diciendo. Todas las miradas clavadas en él—. Crecimos juntos. Convivimos muchos años en Rocadragón luego de que nuestros padres se unieran y otro más en Marcaderiva.

»Para muchos, el deber constituye un pesar, pero nosotros soñábamos con casarnos y envejecer rodeados de nuestros hijos y nietos. —Una lágrima rodó por su mejilla en el instante exacto. Decían que los hombres no debían llorar, pero todos se conmovían cuando veían a uno regresar a su infancia—. Pero nuestro futuro juntos fue arrebatado injustamente. Y ni la muerte cobarde de su asesino me liberará de esta penuria.

Los presentes guardaron silencio en honor a la memoria de Rhaena Targaryen. Una vez que los respetos fueron presentados, Lucerys Velaryon sujetó las cadenas del lado derecho y Aemond Targaryen tomó las del otro extremo. Juntos levantaron el ataúd y, perfectamente sincronizados, lo arrojaron a las aguas del Gaznate.

Era tan simbólico que fueran ellos quienes la sepultaran en el mar, una broma irónica del destino que solamente Lucerys y Aemond podían entender.