Cuando baja la marea
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Prompt: Prisa.
XXV
Para siempre
Varios años después
El día del séptimo onomástico de Aemon y Aemma coincidió con la baja de la marea.
Lucerys Velaryon despertó abruptamente cuando sus sobrinos entraron sin anunciarse —como siempre acostumbraban— y Aemma saltó en dirección a la cama. Por fortuna, había tenido el buen juicio de dormirse con unos calzones de lana suave y de echar a Aemond de su lecho antes del amanecer.
Aemon hizo abrió de sopetón los postigos de la ventana y la luz de la mañana inundó la habitación por completo. Luke reconoció las siluetas de sus muebles —los mismos que lo acompañaban desde que había llegado a Marcaderiva—, de los libros de Aemond ordenados alfabéticamente encima de la mesa y de las sábanas enroscadas a los pies de la cama.
A escasos centímetros de su rostro, los ojos grandes y expresivos de Aemma lo contemplaban. La niña miró con fascinación la cadena que colgaba sobre su pecho desnudo.
—Qué dragón tan bonito, tío Luke —dijo ella, sujetándolo entre sus pequeñas manos—. Es de ónice, ¿verdad? —Lucerys asintió. El dragón tenía un zafiro diminuto en su ojo izquierdo—. ¿Tío Aemond no tiene uno parecido?
«Lo sabe. Aemma lo sabe», pensó.
A menudo, la niña tenía inquietudes como: «¿por qué el tío Aemond y tú no están casados, pero se comportan como si lo estuvieran?» o «¿por qué el tío Aemond entra en tu habitación por la noche? ¿Es por qué tienes pesadillas y te da pena que lo sepamos?» Y, si bien era gracioso ver cómo Aemond se sonrojaba y balbuceaba justificaciones que ni él se creía, no cabía duda de que Aemma era de lo más precoz e intuitiva.
Mientras que Aemon soñaba despierto, gustaba de vivir aventuras en la cueva y recorrer los mercados de Villaespecia y Casco, Aemma se daba cuenta de todo lo que sucedía a su alrededor y eso era porque prefería la vida en el castillo. Se aparecía de improvisto, no tenía miedo de recorrer los pasillos por la noche y decía lo que pensaba, sin filtro alguno.
—Tiene uno parecido si —contestó Luke—. El suyo es un caballito de mar.
—¿Cómo el que está bordado en el estandarte de los Velaryon?
Luke asintió.
Cuando mandaron forjar las medallas, Lucerys quería que fueran dos dragones, por la casa que los unía, pero Aemond había insistido que el suyo fuera un hipocampo. «Eres Lucerys de la casa Velaryon, Señor de Marcaderiva. Es el caballo de mar el que te acompaña en las reuniones y en la vida cortesana. Y es ese símbolo el que quiero llevar conmigo a donde quiera que vaya», le dijo.
En las bodas tradicionales, se intercambiaban capas bordadas como símbolo de que la doncella pasaba de estar bajo la protección del padre a la de su nuevo esposo. En su caso, habían elegido colgantes en lugar de capas y ambos habían tomado al otro bajo su protección. Un collar era más discreto que un anillo y, al mismo tiempo, más personal. Lo llevaban en el pecho, junto al corazón.
—¿No quieren ver sus regalos?
Aemond y él habían pasado más de una luna viajando por el Mar de Jade para conseguir los regalos adecuados para sus sobrinos: una tiara forjada por la primera descendiente de Khiara la Grande, la diosa emperatriz de Leng, y un sombrero de cola de mono, típico de Yi Ti. Para Aemma y Aemon, respectivamente.
Jacaerys decía que los consentían en demasía, que por eso los niños nunca querían estar en Rocadragón y siempre en Marcaderiva. «Son nuestros sobrinos, los consentiremos tanto como podamos», le respondía Lucerys cada vez que se lo reprochaba.
—¡Queremos ver la orilla, tío Luke! —exclamó Aemon desde la ventana—. Luego habrá tiempo para los regalos.
Lucerys se puso de pie y comenzó a vestirse.
—En verdad tienen prisa por ver la orilla, ¿no es así? —Los dos niños asintieron—. ¿Por qué no despertaron primero al tío Aemond?
—Al tío Aemond no le gusta que lo despierten, exceptuando cuando se trata de ti —dijo Aemma, encogiéndose de hombros—. Y a Aemon le da miedo su zafiro.
—¡Eso no es cierto! —exclamó el niño.
—¡Si lo es!
—¡No!
—¡Si!
Aemma corrió hacia la puerta antes de que Aemon la atrapara; los dos se marcharon a toda velocidad, siendo un torbellino de seda y plata fundida. Tenían el pelo fino y lacio de Helaena, con un solo mechón castaño interrumpiendo en impoluto plateado. Ese rastro almendrado y la nariz respingada hacían ver su parecido con Jacaerys.
Con los cuidados y el cariño de Helaena, Baela Targaryen se había recuperado de las heridas recibidas en la emboscada de Criston Cole, pero cuando Aegon el Usurpador intentó invadir Rocadragón, en una maniobra desesperada de venganza por la caída de Desembarco del Rey, Baela no dudó en ensillar a Danzarina Lunar y enfrentarse personalmente a Fuegosol y su jinete. Helaena fue detrás de ella en Sueñafuego.
Los tres dragones lucharon en la cima de Montedragón. Danzarina Lunar era pequeña y rápida y Sueñafuego no le tenía miedo a la batalla, pero Fuegosol fue más fuerte y más violento. Al ver que no podría ganar el enfrentamiento, se abalanzó sobre Danzarina Lunar e hizo caer tanto a la dragona como su jinete al suelo y las aplastó con su peso y poder.
Se dijo que, embravecida por el ultraje de su hermano y esposo, Helaena Targaryen ordenó a Sueñafuego que descargara una llamarada sobre Fuegosol y su jinete. Mientras que Aegon el Usurpador se rompía las piernas con tal de escapar de la montura, Helaena corrió a donde estaban Baela y Danzarina Lunar y se quedó con ellas hasta que el Desconocido se las llevó.
Jaehaera —que había contemplado la batalla desde la Torre del Dragón Marino— montó en Morghul y fue al encuentro de su padre agonizante y, sin mediar una sola palabra, le clavó un cuchillo en la garganta. Mientras él se desangraba y la miraba con furia contenida, Jaehaera tomó su mano y le susurró: «nunca nos protegiste».
Lo que quedaba de Fuegosol y Aegon el Usurpador fue devorado por Caníbal, uno de los dragones salvajes que habitaba en Montedragón, pero el cuerpo de Baela Targaryen fue despedido con todos los honores correspondientes a su estatus y hazaña. Se decía que nadie había llorado más que la princesa Helaena, quien había encontrado una verdadera amiga y confidente en Baela Targaryen.
Jacaerys guardó todo un año de luto por su prima y prometida, pero él, a diferencia de Lucerys, no podía escudarse en su dolor para no contraer nupcias. Era el hijo primogénito, el heredero de su madre, Príncipe de Rocadragón, debía tener hijos que fortalecieran la descendencia y brindaran solidez al reinado de su progenitora.
Las propuestas de matrimonio llovieron. Los grandes señores deseaban que sus hijas doncellas se convirtieran en futuras reinas de Poniente. Incluso se llegó a mencionar a Sara Nieve, la hija natural de Rickon Stark, hermana de Cregan Stark, y hasta las cuatro hijas de Borros Baratheon, pero con la guerra ganada, las alianzas matrimoniales no eran tan importantes como subsanar la grieta familiar.
Unidos por el dolor de la muerte de Baela, Jacaerys y Helaena se fueron acercando, rememorando anécdotas que habían vivido junto a la hija de Daemon Targaryen, y ambos acordaron casarse para que los Siete Reinos entendieran que la casa del dragón volvía a estar unida. La ceremonia tuvo lugar en Rocadragón. La novia fue a lomos de Sueñafuego y el novio, sobre Vermax. Al final, los dragones danzaron y sus fuegos se volvieron uno solo.
Nueve lunas después, Helaena dio a luz a dos preciosos mellizos a los que llamó Aemon y Aemma, en honor a su hermano y su abuela paterna. Y otras nueve lunas más tarde, nació Baela, tan bella y fuerte como sus hermanos, con el pelo tan rubio como el de su madre.
Luego de haber dado a luz a seis hijos —tres había tenido con Aegon y otros tres con Jacaerys—, se esperaba que la princesa Helaena no quisiera volver a saber nada de estar encinta, pero luego de una segunda luna de miel en Pentos, Jacaerys y ella volvieron con dos niñas a las que llamaron Shaera y Visenya.
A cada uno se les había puesto un dragón en la cuna y todos habían eclosionado, lo que significaba una nueva generación de dragones en la casa Targaryen.
—Buenos días, mi señor Strong —dijo Aemond desde la puerta. Habían pasado los años, pero las viejas costumbres no se perdían—. Esos niños tienen mucha energía. —Aemond debía haber visto la escena como un espectador invisible y silencioso.
—Teniendo en cuenta que tenemos cinco sobrinos y, probablemente seguiremos teniendo muchos más, ¿no intuyes de dónde lo heredaron?
Aemond rió.
—Pienso que tu hermano y mi hermana se han propuesto superar al rey Jaehaerys y la reina Alysanne. Las arcas de la corona quedarán vacías con tantos herederos por mantener —bromeó.
Aemond caminó en su dirección; la luz le hizo resplandecer el pelo de plata y la piel pálida. Vestía cuero negro y ajustado, y el cabello le caía sobre el hombro izquierdo.
—Al menos, dos de ellos corren por cuenta de la casa Velaryon.
Aemma decía que Marcaderiva había sido amor a primera vista, que ya soñaba con la orilla del Gaznate desde el vientre de su madre. Cuando ella y Aemon se convirtieron en jinetes de dragón, convenció a su hermano para escaparse de Rocadragón en medio de la noche y volar hasta Marea Alta.
A la mañana siguiente, Jacaerys se llevó un susto de muerte al ver que sus hijos habían desaparecido; Helaena, mucho más calmada, voló en Sueñafuego hasta la isla, con la férrea convicción de que sus hijos estaban ahí. Ella, Aemond y Lucerys acordaron que los niños quedarían como pupilos en Marcaderiva para evitar otro escape nocturno.
Les asignaron habitaciones contiguas en el ala norte y Aemond fue trasladado al nivel inferior, más cerca de los aposentos de Lucerys. Los niños estudiaban con el maestre, eran entrenados por Aemond a la par —Aemma era bruta y fuerte; Aemon, veloz y certero— y Lucerys les enseñaba todo lo que tenía que ver con dragones.
—¿Sabes lo que me dijo Aemma ayer? —le preguntó su tío mientras le ayudaba a acomodarse el cuello del jubón. Lucerys negó con la cabeza—. Que será la esposa de Aemon y que, si alguna de sus hermanas se atreve a desafiar tal deseo, acabará con ella.
—Aemma sabe lo qué quiere y cómo lo quiere. Me recuerda a cierta persona.
—¿«Cierta persona»? —Se llevó una mano al pecho, afectado—. Me siento profundamente insultado. Después de haber pasado media vida juntos, pienso que merezco otro calificativo.
Luke rodó los ojos.
—Eres mi todo, Aemond. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?
—Todas las que sean necesarias, mi pequeño bastardo.
«Todo lo que hice, lo hice por ti», pensó.
Lucerys sintió el impulso de besarlo.
En esos años que habían compartido, ya aventajaba a Aemond tanto en altura como en corpulencia, lo que facilitaba el imponerse sobre él. Aemond, por su parte, seguía siendo esbelto y ágil como de costumbre, pero llevaba el pelo más largo. A la hora del sexo, se lo trenzaba para que Luke pudiera enredar la mano y enterrarse más profundo en su interior.
Le había llevado dos años tomar el coraje suficiente para sugerirle invertir posiciones. Le gustaba sentirse lleno de Aemond, su miembro latiendo dentro de su cuerpo, las manos viriles ancladas en su cadera y la semilla corriéndole por las piernas. Pero también quería explorarlo, llenarlo a él.
«He estado pensando y me gustaría que fueras arriba —le dijo todo ruborizado. Estaban desnudos, amparados solamente por las ligeras sábanas, Aemond con los dedos enroscados en su miembro y Lucerys succionándole la yugular—. Aunque sea una vez. Para saber qué se siente.»
«Pensé que nunca ibas a sugerirlo», le contestó Aemond.
En aquella ocasión, lo tomó una vez en la cama. Posteriormente, cuando Lucerys se sintió con más confianza para hacer y deshacer a su antojo, lo instó a que lo montara, le ordenó que se apoyara sobre sus manos y rodillas y lo tomó de espaldas, y también encima de la mesa y contra la puerta.
Y a Aemond le gustaba. Claro que le gustaba. Gemía sin pudor alguno, dejaba que lo marcara y que le susurrara «mío» contra el lóbulo de la oreja, y se corría con la misma violencia que Lucerys lo reclamaba. Le encantaba pintar su abdomen con su esencia blanca.
Le gustaba su personalidad dura, aguerrida, con ese lado sumiso a la hora de compartir la cama, que no se contuviera cuando estaba con él. Aemma tenía razón: eran un matrimonio, pero sin la necesidad de estar casados como tal.
—¿En qué estás pensando, mi señor? —preguntó a escasos centímetros de su boca. El aliento le rozó las conmensuras. Los dedos, largos y pálidos, delinearon su mandíbula fuerte y cuadrada—. ¿Estás pensando en lo que hicimos anoche, quizás? —prosiguió. ¿Cómo podía tener una voz tan sensual, tan pecaminosa? Tenía que ser un crimen—. Ahí viene Aemon.
—Mierda —masculló Luke.
En el umbral de la puerta apareció el rostro redondo de Aemon, con su naricita respingada.
—¡Aemma ya bajó a la playa!
«Esa niña no sabe de obediencia.»
Se apresuraron a salir al exterior de la fortaleza, antes de que Aemma decidiera que era una buena idea enfrentarse a un cangrejo o buscar alguna sirena que hubiera quedado varada en la orilla.
Fueron recibidos por un sol que brillaba con intensidad y hacía destellar la superficie del Gaznate. Las barcazas de pesca se mecían al compás del viento y los hombres tiraban redes y festejaban por los peces que había traído la marea; en Villaespecia, las lavanderas salían cargadas con cestos llenos de ropa y los cereros con sus calderos. La costa, por otro lado, era sacudida por las olas que avanzaban y retrocedían con una cadencia armoniosa. La orilla estaba decorada por algas, medusas, cangrejos vivos y muertos, caracolas, ostras y esqueletos de pescado.
Aemma habían dejado un camino de pasos marcados en la arena que desembocaba en la orilla norte. Ella se encontraba allí, con un vestido que ondeaba con el viento y los dedos siendo lamidos por el agua espumosa. La niña estaba armada con un arpón y una bolsa de tela donde iba guardando cada piedra o caracola que quería atesorar.
Hacia el este, sobre los acantilados, retozaban cinco dragones. Susurros —el dragón de Aemma, llamado así porque su bramido era un murmullo en el viento— estaba enrollado sobre sus propias alas. Tenía las escamas de color gris humo y compensaba la falta de sonido con las prominentes crestas de su cabeza. Furia Carmesí —el dragón de Aemon— tenía la cabeza apoyada sobre su hermana y compañera, Susurros, con las escamas rojas como la sangre brillando por el sol.
Alba —que se había mantenido salvaje, indomable desde la muerte de su primera y única dueña— lanzaba pequeñas llamaradas a Arrax para molestarlo, pero éste las esquivaba con facilidad. Después de acostumbrarse al ala de madera que Aemond había diseñado para él, casi parecía ser el mismo de siempre. No podía volar, pero se movía con plena libertad, trepaba hasta los acantilados y jugaba con Susurros y Furia Carmesí como lo hacía con Tyraxes y Vermax, los dragones de Joffrey y Jacaerys respectivamente. Y Vhagar, el más grande y viejo de la camada, era una sombra oscura y alada sobre los dragones más jóvenes y los miraba como una abuela a sus nietos.
Aemond ya no sentía miedo de que Vhagar se volviera violento y atacara nuevamente a otro dragón. Sabía que mientras él no perdiera el control como en aquella tormenta, Vhagar tampoco lo haría.
Lucerys, por su parte, a menudo soñaba con que ponía el huevo que Aemond le había regalado sobre el brasero del Salón del Trono y que éste eclosionaba. En su sueño, del cascarón brotaba una cría con el hocico puntiagudo y ojos de bronce fundido, y lo elegía para ser su jinete. Pero lo que le inquietaba de esa maravillosa visión era que, al mismo tiempo que nacía el dragón, Arrax se consumía como una vela.
Daeron —que estaba versado en sueños y profecías— le dijo que Arrax tenía que morir para que surgiera el nuevo dragón. Lucerys no estaba preparado para dejarlo ir y prefería abandonar la idea de una nueva montura antes que ver partir a Arrax, el dragón que había nacido del huevo puesto en su cuna.
Susurros salió de su letargo cuando Aemma lo llamó en alto valyrio. Con gran facilidad se subió a su lomo —sin necesidad de silla o riendas—, se sujetó de la última cresta y le ordenó que emprendiera vuelo sobre el Gaznate. El dragón extendió las alas y se desliz por encima del nivel del agua, con la cola y parte de las garras trazando un sendero ondeante en la espuma. Alba y Furia Carmesí no quisieron quedarse atrás, batieron las alas de cuero hacia un cielo dorado y brillante y danzaron como hermana y hermano.
—¿No quieres montar en tu dragón? —preguntó Aemond al pequeño.
—Cuando atardezca —respondió Aemon—. Quiero correr por la orilla.
Aemond le ayudó a doblarse las calzas hasta las rodillas para que pudiera chapotear, pero al niño poco le importó terminar empapado. Aemond lo tomó en brazos, lo balanceó de un lado al otro y le hizo el amague de dejarlo caer. Los chillidos y risas inundaron el paisaje, pitando con fuerza en los oídos de Lucerys.
—¡Pareces un gato mojado, tío Aemond! —gritó Aemma desde Susurros.
Luke soltó una carcajada.
Su corazón explotaba de alegría. Ver a Aemond y a sus sobrinos siendo felices, disfrutando de algo tan infantil como era la marea baja, lo hizo emocionarse. Esos niños eran como sus hijos y Aemond era el amor de su vida. Lo sabía. Siempre lo había sabido.
Lucerys le había arrebatado el ojo, pero Aemond se había quedado con su corazón. Tenía su nombre grabado en el pecho, lo llevaba en las costillas, en el aire que invadía sus pulmones. Lo tenía metido debajo de la piel, detrás de los ojos, entre los dedos. Todo su mundo confluía en un solo lugar.
Aemond.
Aemond.
Solamente Aemond.
Se sentía dichoso, realizado. No todos tenían la oportunidad de escapar de su deber y compartir la vida con la persona a la cual amaban. Él era un afortunado entre cientos de desdichados.
Cuando muriera, sería sucedido por su hermano Joffrey quien. en un hábil movimiento político, había zanjado las diferencias con la otra rama de los Velaryon al desposarse con Daenaera Velaryon, la joven más hermosa de los Siete Reinos. Ella siempre había soñado con viajar como su tío abuelo, la Serpiente Marina, pero su padre, el hijo de ser Vaemond Velaryon, nunca se lo permitió. Al casarse, Joffrey le mandó construir un barco —al cual llamó la Bella Daenaera— y, desde entonces, recorrían el mundo a bordo de él. Los dos niños que tenían —llamados Laenor y Baelor— habían nacido en el barco y se criaban entre proas, mástiles y velas. Todos se asentarían en Marcaderiva cuando Joffrey fuera el nuevo Señor de las Mareas, pero mientras disfrutaban de una vida nómada.
Lucerys siguió caminando por la orilla hasta que sus pies desnudos se toparon con un frasco de cristal, muy similar al que usaban los maestres para almacenar sus pócimas o los cereros al exprimir la grasa. Y lo más llamativo era que había un trozo de pergamino dentro con varias manchas de tinta. Se agachó para examinarlo más de cerca.
—¿Qué encontraste, tío Luke? —preguntó Aemon.
—No lo sé con exactitud, pequeño —contestó con sinceridad. Quitó el corcho del frasco y lo agitó para sacar el pergamino—. Parece una botella con un mensaje.
Si bien las palabras habían garabateadas con desprolijidad, estaba claro lo que quería decir. Lucerys se quedó petrificado al comprender su significado. Muchos pensamientos invadieron su mente. «No es posible» y «tiene que tratarse de una broma de muy mal gusto», y muchas preguntas que carecían de respuesta.
Los únicos que sabían la verdad sobre la muerte de Rhaena eran Aemond y él y Cedrik, pero Cedrik estaba muerto y ellos habían hablado una sola vez de eso.
«Yo lo hice, Aemond. Por ti. Por nosotros.»
«Lo sé, mi señor Strong. Sé que tú lo hiciste.»
«¿Por qué no me dijiste que lo sabías?»
«Todos debemos desempeñar un papel. Yo debía fingir no tener conocimiento para que no quitarle genuinidad a tus palabras. Si tu señora madre hubiera detectado cualquier tipo de coacción de mi parte, jamás me habría dejado conservar la cabeza.»
«Pensé que era calculador y egoísta de mi parte mantener esa verdad para mí, pero tú me superas. Ahora no puedo más que conjeturar que la muerte de Cedrik no fue un suicidio. —Aemond no lo negó—. ¿Cómo lo hiciste?»
«Un mago nunca revela sus secretos, querido sobrino. Si Daemon Targaryen lo torturaba, Cedrik iba a cantar y eso no nos convenían. Lo hice por ti. Por nosotros.»
Luego de esa doble revelación, habían relegado ese episodio oscuro al baúl de su memoria, empolvado por el tiempo y recuerdos más felices. Y, sin embargo, alguien lo estaba haciendo resurgir con un pergamino y siete palabras que eran más que suficiente para hacer temblar el mundo ideal de Lucerys Velaryon.
«Sé lo que sucedió con Rhaena Targaryen».
