Cuando baja la marea

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 3.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


XXVI

El asesinato

Esa noche

La noche que lo cambió todo empezó con la destrucción de la biblioteca.

Lucerys Velaryon no había logrado conciliar el sueño durante la noche —no podía si Aemond no estaba a su lado—, por lo que recibió el amanecer con los ojos hinchados y sombreados por ojeras violáceas. Y, después de que le sirvieran el almuerzo en la intimidad de sus aposentos, había caído rendido en un sueño profundo, pero para nada reparador. Se despertó cubierto por una capa de sudor, sintiendo la imperante necesidad de ver, de estar con su tío.

Aemond y él no hablaban desde que había sucedido el incidente con el puñal. «Él iba a hacerlo. Iba a matarla. Se detuvo solamente porque yo se lo pedí —reflexionó Lucerys en los días posteriores. Aemond estaba enfadado porque había descubierto el poder que tenía sobre él—. Nunca nada ni nadie le impidió torturar, mutilar o asesinar, pero ahora es diferente.» No le dirigía la palabra, le daba su atención con cuentagotas: una caminata por la playa, pateando ostras y algas, una tarde en la biblioteca, rodeado de velas y pergaminos, la mitad de un pastelito con crema de limón.

Luke podía tener el poder de detener su instinto vengativo y rencoroso, pero eso no significaba que Aemond fuera a dar el brazo a torcer. Su tío no quería que él se casara; Lucerys deseaba que le jurara lealtad a su madre. No existía un punto de inflexión.

Aunque tenían momentos, como esas tardes en la biblioteca, donde las palabras sobraban y la compañía del otro era más que suficiente. Aemond se pasaba las horas investigando sobre artilugios, mecanismos, engranajes y los tipos de madera más ligeros. A veces le hacía alguna que otra pregunta, a pesar de que Lucerys no tenía una opinión competente sobre el asunto. Su tío estaba empeñado en construir un ala que sustituyera la que le faltaba a Arrax y no iba a detenerse hasta conseguirlo.

Cuando el ocaso estaba arañando los acantilados y los tejados de Villaespecia, una cocinera golpeó con efusividad la puerta de la habitación, arrancando a Luke del mar profundo que eran sus pensamientos, y le alertó de que algo estaba sucediendo en la biblioteca.

Sin medir palabra alguna, Lucerys se apresuró a colocarse una camisa y anudarse los lazos del pantalón, y echó a correr hacia el ala este, rezando a los Siete para que Aemond no corriera ningún tipo de peligro.

¿Qué estaba sucediendo?

No lo sabía. La chica había sido demasiado críptica a la hora de dar el mensaje.

Al llegar a la amplia estancia que eran las cocinas, dominadas por grandes hornos, chimeneas y fogones, una niña pequeña —no tendría más de siete u ocho años—, de pelo corto y ojos redondos, retorcía el delantal a cuadros entre sus diminutas manos.

—Se me quemó el pan, mi príncipe. Pensé que el humo provenía del horno... no se me ocurrió que pudiera tratarse de la biblioteca...

Antes de que la niña se echara a llorar, Luke colocó las manos sobre sus hombros y le dio el consuelo que necesitaba. La chica que lo había ido a buscar a su habitación era la hermana mayor de la pequeño y se disculpó por su desastroso primer día.

—Hicisteis bien en avisarme. No os preocupéis, no habrá consecuencias para ninguna de vosotras.

—Apagamos el fuego con arena, príncipe Lucerys. Para que los libros no terminaran de estropearse.

Les agradeció a las jóvenes por tal decisión y corrió hacia las escaleras empinadas. En los peldaños flotaba un humo denso, muy oscuro. Siguió el rastro hasta llegar al umbral de la puerta. Allí se encontró con una vela a medio derretir que había goteado sobre un pergamino añejo y ese pergamino, al estar en contacto con otros libros y la mesa de madera, había hecho arder una cuarta parte de la estancia.

Todo estaba cubierto de una generosa capa de arena —que era más efectiva para combatir el fuego que el agua cuando se querían conservar los objetos— y apestaba a cenizas. Tuvo que agitar la mano varias veces para alejar los jirones de humo que flotaban en el aire. «Fue a propósito —comprendió al descubrir que en el área afectada se encontraban apilados los textos que Aemond utilizaba para su proyecto. Los libros habían ardido junto a sus bocetos del ala de madera—. ¿Cómo voy a decírselo?»

No existían palabras que pudieran aderezar lo que había sucedido: alguien había destruido en minutos lo que Aemond había construido durante meses. «Debe haber sido durante el almuerzo —conjeturó Luke— cuando los criados estaban distraídos, sirviendo la comida.» Solamente se le ocurría una persona capaz de iniciar un fuego así de controlado, con lo volátiles que eran las llamas con el pergamino.

—La vela estaba apagada cuando me fui ayer —escuchó que dijo Aemond a sus espaldas. ¿Acaso esperaba que su tío no se enterara de lo que había sucedido? ¿Qué pudiera encontrar al culpable antes de que la noticia le llegara? No. Claro que no—. Alguien tuvo que encenderla y dejarla caer.

Si no supiera que Aemond no lloraba —jamás, ni siquiera cuando le contó que su sobrino había sido asesinado vilmente—, diría que ese resplandor opalescente en su ojo sano era fruto de su imaginación.

—Encontraré a quien lo hizo.

—¿Y de qué servirá, bastardo?

—No quisiste decir eso —replicó Lucerys.

—Es exactamente lo que quise decir. —Aemond chirrió los dientes y se encaminó hacia la puerta.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—A volar en Vhagar.

—¿Cuándo regresarás?

Pero no le contestó.

No tardó en escucharse un «Vhagar, ven a mí» en alto valyrio y el estruendo que sacudió el suelo y las paredes del castillo cuando el dragón acudió al llamado.

Lucerys Velaryon dedicó el resto de la tarde a interrogar al resto de sirvientes que trabajaban en las cocinas y a los mozos de cuadras en el Salón del Trono. Supuso que, si le daba un carácter oficial al asunto, los disuadiría de mentir. Hicieron una fila al otro lado de la puerta y fueron entrando uno a uno. Pero todas las versiones coincidían: no habían visto ni oído nada fuera de lo usual. «La última persona en usar la biblioteca fue el príncipe Aemond» y «nadie extraño entró en las cocinas durante el almuerzo».

Cuando el último mozo se retiró, Rhaena Targaryen entró en la estancia, luciendo su vestido rosa pálido con el hombro al descubierto. En el hueco de su cuello, se encontraba Alba enroscada sobre sus propias alas. Sus crestas negras y puntiagudas contrastaban con la claridad de sus escamas. La dragona había crecido un palmo desde que había llegado a Marcaderiva. Rhaena le daba trocitos de cordero y cerdo a medio cocinar, la dejaba dormir en su almohada y nunca la colocaba en la jaula.

—¿No es demasiado esfuerzo para un puñado de libros, primo? —preguntó.

«No me gusta la forma en que sonríe», pensó Luke.

Se puso de pie y bajó del Trono de Pecios para estar a su altura.

—No cuando se trata de un atentado en mis dominios, querida prima —respondió, utilizando su tono de voz—. Afortunadamente ardió una cuarta parte de la biblioteca, pero ¿si el fuego se hubiera extendido por las escaleras? En las cocinas hay barriles de aceite que hubieran explotado con facilidad. Las puertas, suelos y paredes están hechas en su mayoría de madera —recordó—. Toda Marcaderiva podría haber ardido hasta los cimientos.

Rhaena rodó los ojos en lugar de soltar un «estás exagerando» que no haría más que perpetuar la discusión.

—Debes estar exhausto después de estos interrogatorios. Demos un paseo.

Luke tenía muchas razones para no aceptar su demanda. Seguía sin tener al culpable del incendio. Le dolía muchísimo la cabeza. Quería ver a Aemond y estar con él. Y no le agradaba la petulancia con la que su prima se mostraba después de aquella cena. «Se siente victoriosa.»

Y sin embargo…

—Por supuesto, prima.

Haciendo alarde de su cortesía, le ofreció el brazo para que ella lo tomara. Alba le hizo cosquillas con las crestas cuando entraron en contacto. Rhaena, por otro lado, era toda sonrisas y rubor.

Se encaminaron juntos hacia la puerta de entrada. Los dos lados eran coronados por antorchas encendidas. Los soldados de las almenas estaban haciendo el cambio de guardia. Lo único que se escuchaba era el viento nocturno aullando entre las torres.

Aunque Lucerys la llevaba del brazo era Rhaena quien dirigía la marcha. Lo hizo salir del camino pedregoso, en dirección a los médanos. Caminaron por el follaje. Si Rhaena estaba preocupada por las serpientes de arena que podían morderle los tobillos desnudos, no lo demostró en absoluto.

Desde que tenía a Alba, algo había cambiado en ella. Era más fuerte. Más osada. Lucerys conocía historias de otros Targaryen —como Rhaena, la hija de Aenys I— que, luego de tener su propio dragón, se habían vuelto fuertes y airosas, como las propias criaturas que montaban. Si su prima había sido endurecida por Alba, ¿significaba que Lucerys se había vuelto débil por tener un dragón tullido?

Con cada paso que daban, la silueta de Marcaderiva se empequeñecía y se desdibujaba.

—¿A dónde vamos?

—A la cueva —respondió sin mirarlo.

—La marea está alta. No podemos entrar sin mojarnos.

—¿Temes mojarte el dobladillo del pantalón? —desafió Rhaena.

Mientras que Luke se quitó las botas y se dobló los pantalones hasta encima de las rodillas, Rhaena empapó su vestido hasta la cintura. Descendieron con cuidado, abriéndose paso entre la corriente, formando olas con cada paso que daban, hasta llegar a la grita adornada por estalactitas.

A medida que se adentraban, el nivel del agua iba bajando, perdiéndose entre los recovecos.

—¿Qué hacemos aquí?

La cueva estaba inundada por la oscuridad de la noche cerrada. Alba lanzó un círculo de fuego que se expandió hasta iluminar a Arrax. El dragón de escamas y ala perlada, movió el hocico en dirección a la cría y avanzó. Alba hizo el amague de emprender vuelo, pero cayó antes de conseguirlo. Rhaena fue en su ayuda, pero la cría chilló para alejarla.

—Deja que se reconozcan. Arrax no le hará daño.

—Lo sé. Conozco la naturaleza gentil de Arrax, crecimos juntos. ¿Recuerdas, primo?

Luke miró a Alba danzar alrededor de su dragón y Arrax siguiendo todos sus movimientos con los ojos dorados.

—¿Por qué no lo recordaría?

Rhaena chasqueó la lengua.

—Cuando miras a Arrax, ¿ves a tu dragón o a una cosa defectuosa a la cual arreglar?

—¿Qué estás diciendo? —espetó Luke—. ¡Por supuesto que veo a mi dragón?

—Entonces, ¿por qué dejaste que Aemond Targaryen diseñará un ala de madera para él?

Sus palabras lo indignaron igual que una bofetada.

—¿Cómo lo…? —preguntó. Su voz hizo eco en la caverna. El proyecto de Aemond era un secreto, un secreto entre ellos—. ¡Fuiste tú! ¡Tú incendiaste la biblioteca! ¿Por qué?

Se sintió estúpido por haber pensado que podría haber sido Cedrik en un arranque de celos.

—Porque le has dado demasiado poder. Exceptuando al capitán Ritter, todos lo consideran un héroe al cual deben reverenciar. Incluso tú lo defiendes después de lo que te hizo y le hizo a tu dragón. No iba a permitir que también le entregaras a Arrax.

»Aemond Targaryen y su dragón deberían pagar con fuego y sangre, no ir por la isla como si les perteneciera. Arrax tiene que permanecer así, igual que Aemond tendría que haber aceptado su mutilación por haber robado el dragón de mi madre. Pero no. Se puso un zafiro en la cuenca vacía y lució con orgullo su atrevimiento.

Lucerys, en vez de retroceder instintivamente, avanzó hacia ella.

—¿Qué sucedió contigo? —preguntó, poniéndole las manos en los hombros—. ¿Dónde está la Rhaena que yo conozco? La busco en tus ojos, pero solo encuentro a una extraña.

Ella se apartó de su tacto.

—Murió cuando descubrió que nunca ibas a quererla, que no soy más que un deber para ti.

Luke no tenía nada que replicar a eso. Rhaena hablaba con la verdad. No la quería. Se iba a casar solamente porque su señora madre así lo había dispuesto.

—¿Y por eso te has propuesto has propuesto amargarme la vida?

Su prima lanzó una carcajada irónica.

—Tú no sabes lo que se siente. Que no te quieran. Que te hagan a un lado por no tener un dragón. —¿A qué se refería? Era cierto que Daemon Targaryen no era un padre cálido, afectivo, pero Baela, su hermana gemela, compensaba esa falta de cariño—. Eres un bastardo, pero incluso así tienes más que yo. Tendrás Marcaderiva y todas sus riquezas cuando son mías por derecho de nacimiento.

—Voy a obviar el hecho que has acusado a mi madre, tu reina, de traidora por ser la primera vez que cometes ese desliz —advirtió—. ¿Es Marcaderiva lo que quieres? —Rhaena asintió, los ojos le brillaban. Lucerys se inclinó en su dirección—. Jamás.

—No esperaba que me la dieras por voluntad propia —aseguró Rhaena. Su voz estaba cargada de veneno—. ¿Piensas que no lo sé? ¿Qué no veo la forma en que lo miras, que lo tratas? Sé que has apartado a Cedrik para colocar a Aemond Targaryen en su lugar.

Ahora fue el turno de sonreír de Luke.

¿Para qué seguir manteniendo las apariencias cuando éstas se estaban desmoronando a su alrededor? ¿Qué sentido tenía negar lo evidente cuando su prima ya lo sabía? Rhaena Targaryen había comenzado la danza, ahora era su turno de marcar el compás.

—¿Piensas que esa información te da poder sobre mí? —masculló Lucerys. Sus miradas se encontraron. Castaño y púrpura. Ardiendo, estallando en esa cueva—. Ya no tienes ni la protección ni el veneno de la Doncella del Valle. —Aemond le había ido quitando los cristales uno a uno, a pesar de que Rhaena rotaba el escondite, para ir enloqueciéndola—. Yo, por otro lado, lo tengo todo para salirme con la mía.

Sacó de su bolsillo la pequeña amatista que conservaba desde que Aemond se la había dado. A pesar de que Rhaena le había jurado que no iba a usarlo, Lucerys nunca se deshizo de ella, sino que la conservó para cuando pudiera necesitarla.

—¿Qué harás con eso?

—¿Quieres a Alba? —preguntó Lucerys, jugueteando con el cristal.

Las pupilas de Rhaena Targaryen se dilataron de puro terror.

—Más que a nada en el mundo.

—De la misma forma que yo quiero a Aemond —aseveró—. Él me explicó que este veneno se llama El Estrangulador y que mata en cuestión de minutos. A un dragón como Vhagar no le haría ni cosquillas, pero ¿qué sucedería con una cría pequeña como Alba?

—No te atreverías a hacerle daño. —Una lágrima le corrió por la mejilla—. Ella es inocente.

—Es tu culpa por traerla a un lugar donde no estaría a salvo. —¿Se lo estaba diciendo a ella o a sí mismo por haber llevado a Arrax a Bastión de Tormentas? Quizás ambas—. Nunca se la habías enseñado a Arrax. Puede que ahora la vea como una amiga, pero si le ordeno que la ataque, ¿qué crees que hará? A mi dragón le falta un ala, pero no el instinto y la violencia. —Miró al dragón y a la cría—. Prepárate para atacar —ordenó en valyrio.

—¡No! —gritó Rhaena; su voz se expandió por la cueva.

El dragón levantó la zarpa derecha; las crestas de Alba apuntaron hacia arriba.

—Hay otra opción si quieres que tu dragona siga con vida —dijo Lucerys—. Camina hasta la entrada de la cueva y mete la cabeza en el agua. No la saques hasta que te fallen los pulmones.

—¿Me condenarás a muerte por él? Por esa escoria...

—Es tu vida o la de tu dragona. Elige —apremió.

Lucerys Velaryon pensó que Rhaena Targaryen pelearía por su vida, pero aceptó su muerte con tanta dignidad como le fue posible.

Él la escoltó hasta la entrada de la cueva, donde el nivel del mar le llegaba hasta las rodillas. Rhaena soltó una maldición antes de arrodillarse en el agua y zambullirse. Luke la sujetó por el cabello para evitar que escapara a nado. Cuando a ella le ganó el instinto de supervivencia, Lucerys apretó su agarre para que no consiguiera liberarse. Luchó una, dos, tres veces; luego, se dio por vencida.

«Por Jaehaerys. Por Aemond. Por mí.»

Pensó que arrebatarle la vida a un ser humano sería doloroso, que la culpa lo carcomería por dentro, pero fue todo lo contrario. Cuando Rhaena Targaryen dejó de luchar por su vida y sus extremidades se volvieron laxas, se sintió en paz, aliviado.

El círculo estaba completo.

Él no se casaría, Aemond tendría su venganza y, por ende, le juraría lealtad a su madre, la única y legítima reina de Poniente. Se quedarían juntos para siempre. Ya nada ni nadie podría separarlos.

Tenía que volver a Marea Alta y, al día siguiente, hacer correr la voz de que su prometida estaba desaparecida. Lo adecuado sería asignar un destacamento de guardias para que peinaran la isla de norte a sur y este a oeste. Pero no sería hasta que la marea bajara que descubrirían el cuerpo. Le llenó los bolsillos y los pliegues del vestido de rocas para que lo mantuvieran anclado en las profundidades.

Pero antes esperaría desnudo a Aemond en su habitación, lo ayudaría a desprenderse de la ropa y a sumergirse en la bañera llena de agua caliente. Lo pondría duro con la boca y lo montaría de forma salvaje hasta borrar los límites entre su cuerpo y el suyo. Aemond se correría en su interior mientras le llenaba la piel de marcas de amor y lujuria.

Sería uno los dos.