Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 7
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
Las Reliquias de la Muerte
CAPÍTULO 4 Los siete Potters
—¿Qué pasó? —comentó Harry al ver que Dudley suspiraba y colocaba el pergamino en el atril.
—Que el capítulo terminó así —dijo Dudley, extrañado.
—No. No. Parece que la señora Rowling no entendió esa despedida de tía Petunia —comentó Harry, atrayendo la atención de Lily—. Recuerdo que cuando ella se volteó, miro alrededor antes de verme y decirme "¿Sabes? Es la primera vez en veinte años que salgo de esta casa sin saber si voy a regresar a ella. Y no te culpo, quizás así tenía que ser, pero quiero que sepas algo. Ese día de Halloween de hace casi dieciséis años, no sólo tú perdiste a tu madre. Yo perdí a mi hermana". Y ahí fue cuando ella sacudió la cabeza y salió. Por supuesto —reconoció al ver la sorpresa reflejada en el rostro de Lily—, yo me quedé en una pieza, nunca pensé que me diría eso.
—Pues yo tampoco —dijo Lily, mientras una solitaria lágrima rodaba por su mejilla derecha.
—Algún sentimiento tenía la jirafa chismosa —comentó James, tratando de distender el ambiente, lo que apenas logró. Un nuevo suspiro se escuchó cuando Fleur vio el atril delante de su asiento.
—¿Qué pasó, mamá? —preguntó Louis, dando palabras a las miradas extrañadas de sus hermanas.
—Que me imaginaba que me tocaría leer lo que pasó con Los siete Potters —reconoció Fleur.
—¿Siete? —preguntó Lilu—, ¿por qué siete?
—Seguramente lo leerá la tía Fleur —dijo Harry, haciéndole un gesto de calma a la aludida, quien se removió incómoda antes de comenzar a leer
Harry subió corriendo a su habitación y se acercó a la ventana justo a tiempo de ver cómo el coche de los Dursley salía por el camino de la casa y enfilaba la calle. Distinguió el sombrero de copa de Dedalus en el asiento trasero, entre tía Petunia y Dudley. El coche torció a la derecha al llegar al final de Privet Drive y los cristales de las ventanillas se tiñeron de rojo un instante, bañados por la luz del sol poniente; luego se perdió de vista.
Cogió la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochila, le echó una última ojeada a su dormitorio, mucho más ordenado de lo habitual, y bajó otra vez con andares desgarbados al recibidor. Dejó la jaula, la escoba y la mochila junto al pie de la escalera. Oscurecía rápidamente y el recibidor estaba quedando en penumbra. Le producía una sensación extrañísima estar allí plantado, en medio de aquel completo silencio, sabiendo que se disponía a abandonar la casa por última vez.
En otras ocasiones, cuando se quedaba solo porque los Dursley salían a divertirse, las horas de soledad suponían todo un lujo, pues iba a la cocina, cogía algo que le apetecía de la nevera y subía para jugar con el ordenador de Dudley, o encendía el televisor y zapeaba a su antojo. Recordando esos momentos tuvo una extraña sensación de vacío; era como recordar a un hermano pequeño al que hubiera perdido.
—Te entiendo —reconoció Sirius—, porque así me sentí cuando me escapé de la casa de mi querida madre, y después cuando estuve en Azkabán.
James asintió en silencio, mientras Lily le ofrecía una leve sonrisa a Sirius.
—¿No quieres echarle un último vistazo a la casa? —le preguntó a Hedwig, que seguía enfurruñada, con la cabeza bajo el ala—. No volveremos a pisarla, ¿sabes? ¿No te gustaría recordar los momentos felices que hemos pasado aquí? Mira ese felpudo, por ejemplo. ¡Qué recuerdos! Dudley vomitó encima de él después de que lo salvara de los dementores. Y resulta que el pobre estaba agradecido y todo, ¿te imaginas? Y el verano pasado Dumbledore entró por esa puerta…
Harry perdió el hilo de lo que estaba diciendo y la lechuza no lo ayudó a recuperarlo, sino que siguió inmóvil, sin sacar la cabeza. Harry se puso de espaldas a la puerta de entrada.
—No entiendo —dijo Al con mucha seriedad—, a mí no me parecen momentos muy felices que se digan.
—Depende del punto de vista, Alburrido —atacó Rose, provocando algunas risas en una audiencia expectante.
—Y aquí, Hedwig —prosiguió, abriendo la alacena que había debajo de la escalera—, es donde dormía antes. Tú no me conocías cuando… ¡Caray, qué pequeña es! Ya no me acordaba.
Paseó la mirada por los zapatos y paraguas amontonados y recordó que lo primero que veía todas las mañanas al despertar era el interior de la escalera, casi siempre adornado con una o dos arañas (Ron volvió a poner los ojos en blanco, pero no interrumpió a Fleur). En esa época todavía no conocía su verdadera identidad ni le habían explicado cómo habían muerto sus padres ni por qué muchas veces ocurrían cosas extrañas en su entorno. Pero todavía recordaba los sueños que ya entonces lo acosaban; sueños confusos en que aparecían destellos de luz verde, y en una ocasión (tío Vernon estuvo a punto de chocar con el coche cuando se lo explicó) una motocicleta voladora…
—La niña —comentó soñadoramente Sirius, provocando aún algo más de risas.
De pronto se oyó un rugido ensordecedor fuera de la casa. Harry se incorporó bruscamente y se golpeó la coronilla con el marco de la pequeña puerta. Se quedó quieto sólo lo necesario para proferir algunas de las palabrotas más selectas de tío Vernon y, frotándose la cabeza, fue tambaleante hasta la cocina.
—Harry.
La forma amenzante en que Lily pronunció el nombre de su hijo provocó un alud de carcajadas que le hicieron sonreir. Después de eso, sólo le hizo señas a Fleur para que siguiera leyendo.
Miró por la ventana que daba al jardín trasero. Observó unas ondulaciones que recorrían la oscuridad, como si el aire temblara. Entonces empezaron a aparecer figuras, una a una, a medida que se desactivaban sus encantamientos desilusionadores. Hagrid, con casco y gafas de motorista, destacaba en medio de la escena, sentado a horcajadas en una enorme motocicleta con sidecar negro. Alrededor de él, otros desmontaban de sus escobas, y dos de ellos de sendos caballos alados, negros y esqueléticos.
Harry abrió de un tirón la puerta trasera y corrió hacia los recién llegados. En medio de un griterío de calurosos saludos, Hermione lo abrazó y Ron le dio palmadas en la espalda.
—¿Todo bien, Harry? —preguntó Hagrid—. ¿Listo para pirarte?
—Ya lo creo —respondió sonriéndoles a todos—. Pero… ¡no esperaba que vinieran tantos!
—Ha habido un cambio de planes —gruñó Ojoloco, que llevaba dos grandes sacos repletos y cuyo ojo mágico enfocaba alternativamente el oscuro cielo, la casa y el jardín con una rapidez asombrosa—. Pongámonos a cubierto y luego te lo explicaremos todo.
—Fue lo que se acaba de leer —recordó Rose—, que en lugar de una aparición conjunta con el señor Moody iban a usar otra estrategia.
—Exactamente —confirmó Moody con un gruñido.
Harry los guió hasta la cocina. Riendo y charlando, algunos se sentaron en las sillas y sobre las relucientes encimeras de tía Petunia, y otros se apoyaron contra los impecables electrodomésticos. Estaban: Ron, alto y desgarbado; Hermione, que se había recogido la espesa melena en una larga trenza; Fred y George esbozando idénticas sonrisas; Bill, con tremendas cicatrices y el pelo largo; el señor Weasley, con expresión bondadosa, algo más calvo y con las gafas un poco torcidas; Ojoloco, maltrecho, cojo, y cuyo brillante ojo mágico azul se movía a toda velocidad; Tonks, con el pelo corto y teñido de rosa, su color preferido; Lupin, con más canas y más arrugas; Fleur, esbelta y hermosa, luciendo su larga y rubia cabellera (al leer esto, esbozó una amplia sonrisa); Kingsley, negro, calvo y ancho de hombros; Hagrid, con el pelo y la barba enmarañados, encorvado para no darse contra el techo, y Mundungus Fletcher, alicaído, desaliñado y bajito, de mustios ojos de basset y pelo apelmazado. Harry tuvo la impresión de que su corazón se agrandaba y resplandecía ante aquel panorama; los quería muchísimo a todos, incluso a Mundungus, a quien había intentado estrangular la última vez que se vieron.
—Bueno, si descubres que han estado saqueando la casa recién heredada a tus espaldas —comentó Frank—, es lo menos que puede esperar que pase.
Harry y Sirius asintieron en silencio.
—Creía que estabas protegiendo al primer ministro muggle, Kingsley —comentó.
—Puede pasar sin mí por una noche. Tú eres más importante.
—¿Has visto esto, Harry? —dijo Tonks, encaramada en la lavadora, y agitó la mano izquierda mostrándole el anillo que lucía en un dedo.
—¿Se casaron? —preguntó Harry mirándola, y luego a Lupin.
—Lamento que no pudieras asistir a la boda, Harry. Fue una ceremonia muy discreta.
—¡Qué alegría! ¡Felici…!
—Bueno, bueno, más adelante ya habrá tiempo para cotilleos —intervino Moody en medio del barullo, y todos se callaron (—Y así es como se le quita lo divertido a la vida —dijo Freddie, provocando risas). Dejó los sacos en el suelo y se volvió hacia Harry—. Como supongo que te habrá contado Dedalus, hemos tenido que desechar el plan A, puesto que Pius Thicknesse se ha pasado al otro bando. Por consiguiente, nos hallamos ante un grave problema. Ha amenazado con encarcelar a cualquiera que conecte esta casa a la Red Flu, ubique un traslador o entre o salga mediante Aparición. Y todo eso lo ha hecho, en teoría, para protegerte e impedir que Quien-tú-sabes venga a buscarte, aunque no tiene sentido, porque el encantamiento de tu madre ya se encarga de esas funciones. Lo que ha hecho en realidad es impedir que salgas de aquí de forma segura.
—Lo que ya se había leído al principio —recordó Rose—, en la reunión de Voldemort con sus secuaces.
—Segundo problema: eres menor de edad, y eso significa que todavía tienes activado el Detector.
—¿El Detector? No…
—¡El Detector, el Detector! —repitió Ojoloco, impaciente—. El encantamiento que percibe las actividades mágicas realizadas en torno a los menores de diecisiete años, y que el ministerio emplea para descubrir las infracciones del Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad. Si alguno de nosotros hiciera un hechizo para sacarte de aquí, Thicknesse lo sabría, y también los mortífagos. Pero no podemos esperar a que se desactive el Detector, porque en cuanto cumplas los años perderás toda la protección que te proporcionó tu madre. Resumiendo: Pius Thicknesse cree que te tiene totalmente acorralado.
Harry a su pesar, estaba de acuerdo con lo que creía ese tal Thicknesse.
—Hombre de poca fe —comentó Ginny en un susurro mal contenido, que provocó algo de risas entre los más jóvenes que lograron escucharla y una sonrisa culpable en Harry.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Utilizaremos los únicos medios de transporte que nos quedan, los únicos que el Detector no puede descubrir, porque no necesitamos hacer ningún hechizo para utilizarlos: escobas, thestrals y la motocicleta de Hagrid.
—¡¿Perdón?! —saltó Sirius, claramente ofendido.
—En ese momento era de Hagrid —recordó Moody—, y él nunca nos dijo quién se la había dado. Aunque tampoco se lo preguntamos —reconoció después.
Hagrid asintió gravemente.
Harry entrevió algunos fallos en ese plan; sin embargo, no dijo nada y dejó que Ojoloco siguiera con su explicación.
—Veamos. El encantamiento de tu madre sólo puede romperse si se dan dos circunstancias: que alcances la mayoría de edad, o… —Moody abarcó con un gesto del brazo toda la inmaculada cocina— que ya no llames hogar a esta casa. Tus tíos y tú van a tomar distintos caminos esta noche, conscientes de que nunca volverán a vivir juntos, ¿correcto? —Harry asintió—. De modo que esta vez, cuando te marches, ya no podrás regresar, y el encantamiento se romperá apenas salgas de su radio de alcance. Así pues, hemos decidido romperlo antes de hora, porque la otra opción es esperar a que Quien-tú-sabes venga aquí y te capture el día de tu cumpleaños. Lo único que tenemos a nuestro favor es que Quien-tú-sabes ignora que vamos a trasladarte esta noche, porque hemos dado una pista falsa al ministerio: creen que no te marcharás hasta el día treinta. Sin embargo, estamos hablando de Quien-tú-sabes, así que no podemos fiarnos simplemente de que él tenga la fecha equivocada; seguro que hay un par de mortífagos patrullando el cielo por esta zona, por si acaso. Por eso les hemos dado la mayor protección a una docena de casas diferentes. Todas parecen un buen sitio donde esconderte y todas tienen alguna relación con la Orden: mi propia casa, la de Kingsley, la de tía Muriel… Me sigues, ¿verdad?
—Sí… sí —contestó Harry, no del todo sincero, porque todavía veía un gran fallo en el plan.
—Muy bien. Pues irás a la casa de los padres de Tonks. Cuando te encuentres dentro de los límites de los sortilegios protectores que hemos puesto en esa casa, podrás utilizar un traslador para llegar a La Madriguera. ¿Alguna pregunta?
—Yo —levantó la mano Alisu, provocando algo de risas, que rápidamente acalló al endurecer la voz—. ¡Ya va! Es que no entiendo algo. ¿Hicieron como cuando lo escoltaron en quinto año?
—¿Todos juntos? —preguntó Tonks, pero antes de responder, Harry interrumpió:
—Esperemos a ver que lee Fleur, por favor.
Alisu se acomodó sus lentes algo enfadada, lo que controló Hannah al colocar su mano en el hombro de su hija mayor.
—Pues… sí. Quizá al principio ellos no sepan a cuál de las doce casas seguras voy a ir, pero ¿no resultará evidente cuando… —hizo un rápido recuento— vean a catorce personas volando hacia la casa de los padres de Tonks?
—¡Vaya —masculló Moody—, se me ha olvidado mencionar la clave fundamental! Es que no verán a catorce personas volando hacia la casa de los padres de Tonks, porque habrá siete Harry Potters surcando el cielo esta noche, cada uno con un acompañante, y cada pareja se dirigirá a una casa segura diferente.
—Por eso "Los siete Potters" —reconoció Al, a la vez que Alisu asintió en silencio.
Moody sacó de su capa un frasco que contenía un líquido parecido al barro. Y no hizo falta que dijera nada más: Harry comprendió de inmediato el resto del plan.
—¡No! —gritó, y su voz resonó en la cocina—. ¡Ni hablar!
—Ya les advertí que te lo tomarías así —intervino Hermione con un deje de autocomplacencia.
—Lo normal en Granger —comentó Draco con sarcasmo, recibiendo como respuesta un leve shhh por parte de Ron.
—¡Si creen que voy a permitir que seis personas se jueguen la vida…!
—Como si fuera la primera vez que lo hacemos —terció Ron.
—¡Esto es diferente! ¡Hacerse pasar por mí, vaya idea!
—Mira, a nadie le hace mucha gracia, Harry —dijo Fred con seriedad—. Imagínate que algo sale mal y nos quedamos convertidos en unos imbéciles canijos y con gafitas para toda la vida.
Las risas explotaron en la Sala a la vez que Fred encogía los hombros.
Harry no sonrió y razonó:
—No podrán hacerlo si yo no coopero. Necesitan pelo de mi cabeza.
—¡Vaya! Eso echa por tierra nuestro plan —intervino George—. Es evidente que no hay ninguna posibilidad de que entre todos te arranquemos unos cuantos pelos.
—Sí, claro, trece contra uno que ni siquiera puede emplear la magia. Lo tenemos muy mal, ¿eh? —añadió Fred.
—Muy gracioso —le espetó Harry—. Me parto de risa.
—Entiendo lo que Harry estaba pensando —reflexionó Lily—, quería evitarles algún riesgo, especialmente a quienes han sido más cercanos a él.
Harry asintió en silencio, confirmando lo que su madre había comentado.
—Si hemos de hacerlo por la fuerza, lo haremos —gruñó Moody y su ojo mágico tembló un poco mientras miraba fijamente a Harry—. Todos los que estamos aquí somos mayores de edad, Potter, y estamos dispuestos a correr el riesgo.
Mundungus se encogió de hombros e hizo una mueca; el ojo mágico se desvió hacia un lado para observarlo.
—Será mejor que no sigamos discutiendo. El tiempo pasa. Arráncate ahora mismo unos pelos, muchacho.
—Esto es una locura. No hay ninguna necesidad de…
—¿Que no hay ninguna necesidad? —gruñó Moody—. ¿Con Quien-tú-sabes campando a sus anchas y con medio ministerio en su bando? Con suerte, Potter, se habrá tragado el cuento y se estará preparando para tenderte una emboscada el día treinta, pero sería estúpido si no ha enviado un par de mortífagos a vigilarte: eso es lo que haría yo. Quizá no consigan cogerte ni entrar aquí mientras funcione el encantamiento de tu madre, pero está a punto de romperse, y ellos conocen más o menos la ubicación de la casa. Lo único que podemos hacer es usar señuelos. Ni siquiera Quien-tú-sabes puede dividirse en siete.
Harry echó un rápido vistazo a Hermione y desvió la mirada.
—Sí —reconoció Moody—, ya sé que lo hizo, y porque estoy acá en esta lectura, porque ni siquiera al cruzar el velo lo supe.
—Así que… los pelos, Potter, por favor.
Entonces el muchacho miró a Ron, que le sonrió como diciéndole: «Va, dáselos, hombre.»
—¡Ahora mismo! —ordenó Moody.
Con todas las miradas fijas en él, Harry se llevó una mano a la cabeza y se arrancó varios pelos.
—Auch! —exclamaron varios en la Sala, provocando luego algunas risas.
—Muy bien —dijo Moody y, cojeando, se acercó y quitó el tapón del frasco—. Mételos aquí.
Harry lo hizo. En cuanto entraron en contacto con aquella poción semejante al barro, ésta produjo espuma y humo, y de repente se tornó de un color dorado, limpio y brillante.
—¡Oh! Estás mucho más apetitoso que Crabbe y Goyle, Harry —observó Hermione y Ron arqueó las cejas; entonces ella se sonrojó ligeramente y añadió—: Bueno, ya sabes a qué me refiero; la poción de Goyle parecía de mocos.
—Eso fue lo que se leyó cuando hicieron la poción multijugos en segundo año —comentó Rose, haciendo que Fleur marcara el punto de la lectura en el que se había detenido—. Recuerdo que se leyó que tío Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y papá, el pelo de Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y turbio. Enseguida comenté Dicen, no me crean, que la poción multijugos adopta la esencia de la persona de la que se va a simular ser; mientras más pura su esencia es, mejor sabe su poción multijugos. Y mamá dijo Es cierto, mi niña, silban y echan espuma igual, pero su sabor es totalmente distinto. En eso Nique le preguntó a la tía Fleur que cómo lo sabía, y papá dijo Falta bastante, pero eso se debe narrar, fue en el que debió ser nuestro séptimo año, ¿no, Harry? Entonces este debe ser ese momento del que hablaba papá.
—Exactamente —confirmaron Hermione, Fleur, Ron y los gemelos, entre las risas de los más jóvenes.
—Muy bien. Que los falsos Potters se pongan en fila aquí —indicó Moody. Ron, Hermione, Fred, George y Fleur formaron una fila enfrente del reluciente fregadero de tía Petunia.
—Falta uno —observó Lupin.
—Está aquí —indicó Hagrid con aspereza. Levantó a Mundungus por la nuca y lo puso al lado de Fleur, que arrugó la nariz sin disimulo y se colocó entre Fred y George.
—Olía muy mal —reconoció Fleur—, parecía que había estado bebiendo todo el día.
—No me extrañaría —comentó sombríamente Dumbledore.
—Ya se los dije, prefiero ir de escolta —protestó Mundungus.
—Cállate —ordenó Moody—. Como ya te he explicado, gusano asqueroso, si nos encontramos a algún mortífago, éste intentará capturar a Potter, pero no matarlo. Dumbledore siempre dijo que Quien-tú-sabes quería acabar con Potter personalmente. Así pues, los que corren mayor riesgo son los escoltas, porque a ellos los mortífagos sí intentarán matarlos.
Esta explicación no tranquilizó demasiado a Mundungus, pero Moody ya había sacado media docena de copitas —del tamaño de una huevera— de debajo de su capa y, tras verter en ellas un poco de poción multijugos, se las fue dando a cada uno.
—Vamos, todos a un tiempo…
Ron, Hermione, Fred, George, Fleur y Mundungus bebieron.
—¡Salud! —gritaron los bromistas en la Sala, provocando risas.
En cuanto tragaron la poción se pusieron a hacer muecas y dar boqueadas, y a continuación las facciones se les deformaron y les borbotearon como si fueran de cera caliente: Hermione y Mundungus se estiraron; Ron, Fred y George, en cambio, menguaron y el cabello se les oscureció, mientras que a Hermione y Fleur se les echó hacia atrás adherido al cráneo.
—Podría saber muy bien tu poción, Harry —comentó Ron—, pero la sensación siempre va a ser la misma, como si lo metieran a uno en un horno o en un molde y lo rellenaran con algo caliente.
Los que habían tomado esa poción asintieron gravemente.
—De la que nos salvamos, mamá —dijo Teddy, provocando una sonrisa amplia en Tonks.
Moody, que no parecía en absoluto preocupado, se puso a desatar los nudos de los voluminosos sacos que había llevado consigo. Cuando volvió a enderezarse, había seis Harry Potters boqueando y jadeando ante él. Fred y George se miraron y exclamaron al unísono:
—¡Vaya! ¡Somos idénticos!
—Sí, pero no sé, creo que aun así yo soy más guapo —alardeó Fred examinando su reflejo en la tetera.
—Ambos siempre serán guapos —comentó Molly al borde de las lágrimas, antes de levantarse a abrazar otra vez a sus gemelos.
—¡Bah! —dijo Fleur mirándose en la puerta del microondas—. No me migues, Bill. Estoy hogogosa.
—Gracias —comentó Harry haciendo sonrojar aún más a Fleur—, yo sé que nunca fui un galán agraciado como Bill.
—No lo decía por eso, Harry —replicó Fleur, acariciando el brazo de su esposo.
—Aquí tengo ropa de talla más pequeña para aquellos a los que se les haya quedado un poco amplia —dijo Moody señalando el primer saco—, y viceversa. No se olviden de las gafas: hay seis pares en el bolsillo lateral. Y cuando se hayan vestido, en el otro saco encontrarán el equipaje.
El Harry auténtico pensó que aquello era lo más raro que había visto jamás, y eso que había visto cosas rarísimas. Se quedó mirando cómo sus seis clones rebuscaban en los sacos, sacaban prendas, se ponían las gafas y guardaban sus propias cosas. Cuando todos empezaron a desnudarse sin ningún recato, le habría gustado pedirles que tuvieran un poco más de respeto por su intimidad, pues parecían más cómodos exhibiendo el cuerpo de Harry de lo que se habrían sentido mostrando el suyo propio.
Con este comentario estallaron las risas, mientras Tonks, Remus y Bill asentían sonriendo a la vez.
—Pobre papá —comentó Lilu—, me imagino como te verías viendo como dos de tus clones se quitaban sujetadores.
—No fue una imagen muy agraciada —dijo Harry, asintiendo a la vez.
—Me imagino —comentó JS, a lo que Ginny replicó:
—Pues no imagines de a mucho, jovencito. Recuerda que esas dos son tus tías.
—Por eso lo digo, mamá —se defendió JS—, esa imagen se va a quedar en mi mente por mucho tiempo, papá con sujetador.
Estallaron nuevamente las risas, hasta que Fleur, apenada, siguió leyendo.
—Ya sabía yo que Ginny mentía sobre lo de ese tatuaje —comentó Ron mirándose el torso desnudo.
—Oye, Harry, tienes la vista fatal, ¿eh? —dijo Hermione al ponerse las gafas.
—Otra marca distintiva de los Potter —reconoció James.
—Aunque yo no tengo tantos problemas de la vista —comentó Lilu—, sólo que me molesta mucho cuando salgo al sol directo.
—Pues te salvaste, porque nosotros —Al se señaló a sí mismo y a JS—, sí que estamos en problemas.
Una vez vestidos, cada uno de los falsos Harrys cogió del segundo saco una mochila y una jaula que contenía una lechuza blanca disecada.
—Estupendo —murmuró Moody cuando por fin siete Harrys vestidos, con gafas y cargados con el equipaje se colocaron ante él—. Las parejas serán las siguientes: Mundungus viajará conmigo, en escoba…
—¿Por qué tengo que ir yo contigo? —gruñó el Harry que estaba más cerca de la puerta trasera.
—Porque eres el único del que no me fío —le espetó Moody, y con su ojo mágico, efectivamente, no dejó de observarlo mientras continuaba—: Arthur y Fred…
—Yo soy George —aclaró el gemelo al que Moody estaba señalando—. ¿Tampoco nos distingues cuando nos hacemos pasar por Harry?
—Perdona, George…
—¡Ja! Sólo te estaba tomando el pelo. Soy Fred.
—¡Basta de bromas! —gruñó Moody—. El otro, George, Fred o quienquiera que sea, va con Remus. Señorita Delacour…
—No era momento para bromear —comentó Angelina con seriedad.
—No pude evitarlo —reconoció Fred.
—Además —complementó George—, ¿cuándo nos tomamos alguna situación con seriedad?
—Yo llevaré a Fleur en un thestral —se adelantó Bill—. No le gustan las escobas.
Fleur se puso al lado de su prometido y le dirigió una mirada sumisa y sensiblera. Harry suplicó que aquella expresión jamás volviera a aparecer en su cara.
Nuevamente explotaron las risas en la Sala, haciendo que Fleur volviera a sonrojarse. Cuando intentó disculparse de Harry, éste le hizo señas para que no se preocupara.
—La señorita Granger irá con Kingsley, también en thestral…
Hermione sonrió aliviada a Kingsley. Harry sabía que ella tampoco se sentía muy segura encima de una escoba.
—¡Sólo quedamos tú y yo, Ron! —exclamó Tonks, derribando un soporte de tazas al hacerle señas con la mano. Ron no parecía tan satisfecho como Hermione.
—Y tú vienes conmigo, Harry. ¿Te parece bien? —dijo Hagrid con cierta aprensión—. Iremos en la motocicleta, porque ni las escobas ni los thestrals soportan mi peso. Pero no queda mucho espacio en el asiento, así que tendrás que viajar en el sidecar.
—Genial —dijo Harry con escasa sinceridad.
—Seguía preocupado por ese plan —reconoció Harry, a lo que Moody asintió en silencio.
—Creemos que los mortífagos supondrán que vas en escoba —explicó Moody como si le hubiera leído el pensamiento—. Snape ha tenido mucho tiempo para contarles hasta el mínimo detalle sobre ti, así que si tropezamos con alguno de ellos, lo lógico es que persiga al Potter que dé la sensación de ir más cómodo encima de la escoba. Muy bien —murmuró mientras cerraba el saco con la ropa que se habían quitado los falsos Potters y los precedía hacia la puerta—. Faltan unos tres minutos para partir. No tiene sentido que cerremos la puerta, porque eso no impedirá entrar a los mortífagos cuando vengan a buscarte. ¡Vamos!
Harry pasó por el recibidor para recoger la mochila, la Saeta de Fuego y la jaula de Hedwig antes de reunirse con los demás en el oscuro jardín trasero.
Vio varias escobas saltando a las manos de sus conductores; Kingsley ya había ayudado a Hermione a montar en la grupa de un enorme thestral negro, y Bill había hecho lo propio con Fleur para instalarla en el suyo. Hagrid estaba plantado junto a la motocicleta, con las gafas de motorista puestas.
—¿Es ésta? Pero… pero ¿no es la motocicleta de Sirius?
—Así es —confirmó Hagrid con satisfacción—. Y la última vez que montaste en ella cabías en la palma de mi mano, Harry.
Sirius se enderezó mientras sonreía, pero no interrumpió a Fleur.
El chico se sintió un poco ridículo cuando se metió en el sidecar, pues se hallaba varios palmos más abajo que todos los demás. Ron compuso una sonrisita al verlo allí sentado, como un crío en un auto de choque. Harry dejó la mochila y la escoba en el suelo, entre los pies, y se puso la jaula de Hedwig entre las rodillas. Estaba sumamente incómodo.
—Arthur le ha hecho unos pequeños ajustes —comentó Hagrid sin reparar en la incomodidad de su pasajero. Enseguida se montó en la motocicleta, que crujió un poco y se hundió unos centímetros en el suelo—. Ahora lleva algunos trucos en el manillar. Ese de ahí fue idea mía —Con un grueso dedo, señaló un botón morado al lado del velocímetro.
—Ten cuidado, Hagrid, te lo suplico —le advirtió el señor Weasley, que estaba de pie a su lado sujetando la escoba que iba a utilizar—. Todavía no estoy seguro de que eso fuera aconsejable, y, desde luego, sólo hay que usarlo en caso de emergencia.
—¡Ay, por Dios! —exclamó Lily—, Arthur, ¿qué le pusiste a esa moto de los mil infiernos?
—Nada que no fuera estrictamente necesario para defenderse —replicó Arthur, algo nervioso, mientras Sirius veía a su comadre con extrañeza.
—¡Atención! —dijo Moody—. Todo el mundo preparado, por favor. Quiero que salgamos todos al mismo tiempo, o la maniobra de distracción no servirá para nada.
Las cuatro parejas que iban a viajar en escoba montaron en ellas.
—Sujétate fuerte, Ron —aconsejó Tonks, y Harry se fijó en que su amigo le lanzaba una mirada furtiva y culpable a Lupin antes de agarrarse con ambas manos a la cintura de la bruja.
—Me preocupaba más que estuvieran seguros —comentó Remus—, no tanto que la abrazaras por la espalda.
Ese comentario hizo sonrojar a Ron y reir descaradamente a Tonks.
Hagrid puso en marcha la motocicleta, que rugió como un dragón, y el sidecar vibró.
—¡Buena suerte a todos! —gritó Moody—. Nos veremos dentro de una hora en La Madriguera. ¡Contaré hasta tres! ¡Uno… dos… TRES!
La motocicleta arrancó con un rugido atronador y el sidecar dio una fuerte sacudida. Al elevarse a gran velocidad, a Harry le lloraron un poco los ojos y el viento le echó atrás el cabello despejándole la cara. Alrededor de él, las escobas ascendieron también, y un thestral lo rozó levemente con la larga cola negra al pasar por su lado. Le dolían las piernas y las notaba entumecidas, apretujadas al haber colocado entre ellas la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochila. Iba tan incómodo que casi se le olvidó echar un último vistazo al número 4 de Privet Drive, pero cuando se asomó por el borde del sidecar ya no logró distinguir la casa. Siguieron ganando más y más altura…
Y de pronto se vieron rodeados. Al menos treinta figuras encapuchadas, aparecidas de la nada, se mantenían suspendidas en el aire formando un amplio círculo en medio del cual los miembros de la Orden se habían metido sin darse cuenta…
—¡Por un demonio! ¡Lo que faltaba! —exclamó Hugo, alertando a los más jóvenes, quienes se enderezaron en sus asientos, al igual que varios de los mayores.
—Los estaban esperando —comentó Rose—, lo que hablaron en esa reunión de Voldemort con los mortífagos.
Los que habían vivido esa aventura asintieron en silencio.
Chillidos, una llamarada de luz verde a cada lado… Hagrid soltó un grito y la motocicleta se puso boca abajo. Harry perdió el sentido del espacio: veía las farolas de la calle por encima de la cabeza, oía gritos alrededor y se agarraba desesperadamente al sidecar. Sus cosas le resbalaron entre las rodillas…
—¡No! ¡HEDWIG!
La escoba cayó girando sobre sí misma, pero Harry consiguió atrapar el asa de la mochila y sujetar la jaula, al mismo tiempo que la motocicleta volvía a girar y se colocaba en la posición correcta. Hubo un segundo de alivio… y luego otro destello de luz verde. La lechuza chilló y se desplomó en la jaula.
—¡No! ¡NOOO!
Ese mismo grito lo dieron varios en la Sala, viéndose más afectados Alisu y Colin.
—¡Pobrecita! —exclamó la niña, al borde de las lágrimas.
—Sí —comentó Colin—, fue una lechuza muy linda e inteligente.
Hagrid aceleró y Harry vio cómo los encapuchados mortífagos se dispersaban ante la motocicleta, que arremetía a toda velocidad contra el círculo que habían formado.
—¡Hedwig! ¡Hedwig!
La lechuza, inmóvil y patética como un juguete, yacía al fondo de la jaula. Pero Harry no podía ocuparse de su mascota; en ese momento, su mayor preocupación era la suerte de los demás.
Miró hacia atrás y vio un enjambre de personas en movimiento, destellos de luz verde y dos parejas montadas en sendas escobas que se alejaban a toda velocidad, pero no las reconoció.
—¡Tenemos que dar media vuelta, Hagrid! ¡Tenemos que volver! —gritó por encima del estruendo del motor. Sacó su varita mágica y dejó la jaula en el suelo, resistiéndose a creer que la lechuza hubiese muerto—. ¡DA MEDIA VUELTA, HAGRID!
—¡Mi misión es llevarte sano y salvo, Harry! —bramó Hagrid, y aceleró aún más.
—Tiene toda la razón, Harry —comentó James con seriedad—, si no se separaban, no había posibilidad real de sacarte a salvo de ese combate.
—En ese momento no me importaba —reconoció Harry—, ya había muerto Hedwig —lo que hizo hipar a Alisu—, no quería que nadie más resultara lastimado o muerto.
—Esa maldita necesidad de proteger a los demás sin importar que todo se vaya a la cañería —exclamó Sirius con molesta—. Se nota que no habías aprendido, Cachorro.
—Es verdad, lo acepto —reconoció Harry—, no quería ver a nadie morir por mi culpa. No digan más nada —indicó con firmeza cuando vio que James y Sirius se preparaban para replicar—. Fleur, por favor.
La aludida suspiró antes de retomar la lectura.
—¡Detente! ¡DETENTE! —chilló Harry. Pero cuando volvió a mirar atrás, dos chorros de luz verde pasaron rozándole la oreja izquierda: cuatro mortífagos se habían separado del círculo y los perseguían apuntando con sus varitas a la ancha espalda de Hagrid.
El guardabosques hizo un viraje brusco, pero los mortífagos se acercaban peligrosamente; no cesaban de lanzarles maldiciones y Harry tuvo que agacharse para evitarlas. Retorciéndose en el asiento, gritó «¡Desmaius!» y su varita despidió un rayo de luz roja que abrió una brecha entre sus cuatro perseguidores, que se separaron para eludir el encantamiento.
—¡Sujétate, Harry! ¡Se van a enterar! —rugió Hagrid, y el muchacho alcanzó a ver cómo el guardabosques apretaba con un grueso dedo el botón verde situado junto al indicador de la gasolina. Por el tubo de escape salió una pared, una sólida pared de ladrillo. Harry estiró el cuello y vio cómo la pared se extendía por el cielo. Tres mortífagos viraron a tiempo y la esquivaron, pero el cuarto no tuvo tanta suerte: se perdió de vista y de súbito cayó como una piedra por detrás de la pared, con la escoba hecha añicos. Uno de sus compinches intentó socorrerlo, pero tanto ellos como el muro volador desaparecieron en la oscuridad.
Se escucharon varias carcajadas, pero Fleur no se detuvo en la lectura.
Hagrid se inclinó sobre el manillar y volvió a acelerar. Los otros dos mortífagos seguían lanzando maldiciones asesinas que pasaban rozándole la cabeza a Harry. Éste respondió con más hechizos aturdidores: el rojo y el verde chocaban en el aire produciendo una lluvia de chispas multicolores que le recordaron los fuegos artificiales. ¡Y pensar que los muggles que vivían allá abajo no tenían ni idea de lo que estaba pasando!
—¡Vamos allá, Harry! ¡Agárrate bien! —gritó Hagrid, y pulsó otro botón. Esta vez una gran red salió por el tubo de escape, pero los mortífagos estaban alertas y la esquivaron. Y el que había reducido la marcha para socorrer a su camarada, surgiendo de pronto de la oscuridad, los había alcanzado ya. De modo que los tres siguieron persiguiendo la motocicleta y lanzando a sus ocupantes una maldición tras otra.
—¡Esto los detendrá, Harry! ¡Sujétate fuerte! —bramó Hagrid, y el chico vio cómo apretaba con toda la mano el botón morado.
—¡Ay, por Merlin! —exclamó Lilu, resumiendo la tensión de la mayoría de los asistentes.
Con un inconfundible fragor, un chorro de fuego de dragón —blanco y azul— brotó del tubo de escape. El vehículo salió despedido hacia delante como una bala y produjo un ruido de metal desgarrándose. Harry vio cómo los mortífagos se alejaban virando para esquivar la letal estela de llamas, y al mismo tiempo notó que el sidecar oscilaba amenazadoramente: la pieza que lo sujetaba a la motocicleta se había rajado debido a la fuerza de la aceleración.
Algunos gestos de sorpresa y tensión se dejaron escuchar en la Sala, pero Fleur siguió leyendo.
—¡No pasa nada, Harry! —gritó el guardabosques, bruscamente inclinado hacia atrás por el repentino incremento de la velocidad. Pero ya no dirigía la motocicleta y el sidecar daba fuertes bandazos a su cola—. ¡Yo lo arreglaré, no te preocupes! —chilló, y del bolsillo de la chaqueta sacó su paraguas rosa con estampado de flores.
—¡Hagrid! ¡No! ¡Déjame a mí!
—¡REPARO!
Se oyó un estallido ensordecedor y el sidecar se soltó por completo. Harry salió despedido hacia delante, propulsado por el impulso de la motocicleta, y el sidecar fue perdiendo altura… Desesperado, Harry intentó arreglarlo con su varita y gritó:
—¡Wingardium leviosa!
El sidecar se elevó como si fuera de corcho; Harry no podía dirigirlo, pero al menos no caía. Sin embargo, el chico sólo tuvo ese momento de respiro, porque los mortífagos se les echaron encima de nuevo.
—¡Apúrate, Hagrid! —exclamó Lily, olvidando que lo que se leía ya había pasado, pero por la tensión nadie se lo comentó.
—¡Ya voy, Harry! —gritó Hagrid desde la oscuridad, pero el muchacho vio que el sidecar comenzaba a perder altura otra vez. Se agachó cuanto pudo, apuntó a sus tres perseguidores con la varita y gritó:
—¡Impedimenta!
El embrujo le dio en el pecho al mortífago del medio. El individuo se quedó suspendido en el aire con los brazos y las piernas extendidos, en una postura ridícula, como si se hubiera empotrado contra una barrera invisible, y uno de sus compinches estuvo a punto de chocar con él… Entonces el sidecar se precipitó en picado. Uno de los mortífagos que seguía persiguiéndolos lanzó una maldición que pasó rozando a Harry. El muchacho se agachó bruscamente en el hueco del sidecar y, al hacerlo, se golpeó los dientes contra el canto del asiento.
—¡Ya voy, Harry! ¡Ya voy!
Una mano enorme lo agarró por la espalda de la túnica y lo levantó, sacándolo del sidecar, que continuaba cayendo a plomo. Consiguió coger la mochila y se las ingenió para trepar al asiento de la motocicleta, hasta que se encontró instalado detrás de Hagrid, espalda contra espalda.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Lily, dando palabras al alivio que varios sintieron en la Sala.
Mientras ascendían a toda velocidad, alejándose de los dos mortífagos restantes, Harry escupió sangre, apuntó con su varita al sidecar y gritó:
—¡Confringo!
El sidecar explotó y Harry sintió una tremenda punzada de dolor por Hedwig, como si le arrancaran las entrañas. El mortífago más cercano cayó de su escoba y se perdió de vista; su compinche cayó también y se desvaneció.
—¡Lo siento, Harry, lo siento! —gimió Hagrid—. No debí intentar repararlo yo mismo… Ahí no tienes sitio…
—¡No pasa nada! ¡Sigue volando! —le gritó Harry al ver que otros dos mortífagos surgían de la oscuridad y se les aproximaban.
—No era tiempo para lamentos, Hagrid —comento James—, hiciste lo que creías que podías hacer.
—Además —dijo Arthur—, es muy probable que las uniones del sidecar con la moto no quedaran bien firmes, y más al someterlas a tanta vibración.
Hagrid viraba hacia uno y otro lado, zigzagueando, mientras las maldiciones volvían a destellar en el espacio que los separaba de sus perseguidores. Harry comprendió que Hagrid no se atrevía a apretar el botón del fuego de dragón por temor a que él resbalara del asiento, de modo que no cesó de lanzar un hechizo aturdidor tras otro contra los mortífagos, pero a duras penas lograba repelerlos. Entonces les arrojó otro embrujo bloqueador. El mortífago más cercano viró para zafarse y le resbaló la capucha. Al iluminarlo la luz roja del siguiente hechizo aturdidor, Harry distinguió la cara extrañamente inexpresiva de Stanley Shunpike, Stan.
—¡Expelliarmus! —bramó Harry.
—¡Es él! ¡Es él! ¡Es el auténtico!
—Creo que te descubrieron, papá —comentó Al con preocupación.
—¡Claro que lo descubrieron! —exclamó Frank—, si saben que ese es su hechizo-firma. Mientras estuvo lanzando otras maldiciones estaba a cubierto, pero al soltar el hechizo desarmador se delató.
Harry asintió en silencio.
El grito del mortífago encapuchado llegó a oídos del muchacho pese al rugido de la motocicleta. Al cabo de un instante, ambos perseguidores se habían quedado atrás y perdido de vista.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hagrid—. ¿Dónde se han metido?
—¡No lo sé!
Pero Harry estaba asustado: el mortífago encapuchado había gritado «es el auténtico»; ¿cómo lo había descubierto? Miró alrededor escudriñando el oscuro cielo, aparentemente vacío, y tuvo miedo. ¿Dónde se habían metido los mortífagos?
—Seguramente le avisaron a Voldemort —supuso James, a lo que Remus asintió gravemente.
Se dio la vuelta en el asiento, se colocó mirando al frente y se sujetó a la espalda de Hagrid.
—¡Suelta el fuego de dragón otra vez, Hagrid! ¡Larguémonos de aquí!
—¡Agárrate fuerte, chico!
Volvió a oírse un rugido ensordecedor y Harry resbaló hacia atrás en el poco trozo de asiento que le quedaba. Hagrid también salió despedido hacia atrás y aplastó a su pasajero, aunque se sujetó por los pelos al manillar.
—¡Me parece que los hemos despistado, Harry! ¡Lo hemos conseguido! —gritó el guardabosques.
Pero Harry no estaba tan convencido. Presa del miedo, siguió mirando a derecha e izquierda en busca de perseguidores, pues sabía que volverían. ¿Por qué se habían retirado? Uno de ellos todavía conservaba su varita. «Es él, es el auténtico», habían gritado después de que intentara desarmar a Stan.
—No entiendo por qué quisiste desarmarlo, Harry —preguntó Lily, angustiada.
—Creo que lo explico después —reconoció Harry—, pero para responderte, cuando vi a Stan, me pareció que estaba sometido a la maldición Imperius, y no me pareció correcto aturdirlo, era casi como matarlo.
—¿A riesgo de delatarte con el Expelliarmus? —reclamó James, a lo que Harry no pudo responder.
—¡Ya estamos llegando, Harry! ¡Casi lo hemos logrado! —exclamó Hagrid.
El muchacho notó que la motocicleta descendía un poco, aunque las luces que se distinguían abajo todavía eran como estrellas remotas. De repente, la cicatriz de la frente comenzó a arderle como si fuera fuego. En ese momento aparecieron dos mortífagos, uno a cada lado de la motocicleta, y dos maldiciones asesinas lanzadas desde atrás pasaron rozándolo.
Y entonces lo vio: Voldemort volaba como el humo en el viento, sin escoba ni thestral que lo sostuviera; su rostro de serpiente destacaba en la oscuridad y sus blancos dedos volvían a levantar la varita…
La tensión era palpable en la Sala. Nadie, en este punto de la narración, interrumpía a Fleur.
Hagrid soltó un chillido de pánico y lanzó la motocicleta en un descenso en picado. Agarrándose con todas sus fuerzas, Harry arrojó hechizos aturdidores a diestro y siniestro. Vio pasar a alguien volando por su lado y comprendió que había alcanzado a uno, pero entonces oyó un fuerte golpe y observó que salían chispas del motor. La motocicleta comenzó a caer trenzando una espiral, fuera de control…
Los mortífagos continuaban lanzándoles chorros de luz verde. Harry no tenía ni idea de dónde era arriba y dónde abajo; seguía ardiéndole la cicatriz y suponía que moriría en cualquier momento. Un encapuchado montado en una escoba llegó a escasos palmos de él, levantó un brazo y…
—¡NO!
Con un grito de furia, Hagrid soltó el manillar y se abalanzó sobre el encapuchado. Harry, horrorizado, vio que el guardabosques y el mortífago caían y se perdían de vista, porque el peso de ambos era excesivo para la escoba…
—¡Mi madre! —exclamó Paula con aspavientos, mientras Hagrid le pedía disculpas a los Potter con la mirada.
Mientras se sujetaba con las rodillas a la motocicleta, que seguía cayendo, oyó gritar a Voldemort:
—¡Ya es mío!
Todo había terminado. Harry ya no veía ni percibía dónde estaba su enemigo, pero distinguió cómo otro mortífago se apartaba y oyó:
—¡Avada…!
El dolor de la cicatriz obligó a Harry a cerrar los ojos, y entonces su varita actuó por sí sola. Percibió que ésta tiraba de su mano, como si fuera un potente imán; vislumbró una llamarada de fuego dorado a través de los entrecerrados párpados y oyó un estruendo y un chillido de rabia.
Dumbledore, Moody y James se sorprendieron con esta información, pero dejaron que Fleur siguiera leyendo.
El mortífago que quedaba gritó y Voldemort chilló: «¡No!» En ese momento el muchacho se dio cuenta de que tenía la nariz casi pegada al botón del fuego de dragón: lo apretó con una mano y la motocicleta volvió a lanzar llamas hacia atrás y se precipitó derecha hacia el suelo.
—¡Hagrid! —chilló Harry sujetándose desesperadamente—. ¡Hagrid! ¡Accio Hagrid!
—No creo que pudieras traerlo —dijo Kevin con inocencia, provocando algunas risitas.
La motocicleta aceleró aún más, atraída por la fuerza de la gravedad. Con la cara a la altura del manillar, Harry sólo veía luces lejanas que se acercaban más y más. Iba a estrellarse y no podría evitarlo. Oyó otro grito a sus espaldas…
—¡Tu varita, Selwyn! ¡Dame tu varita!
Sintió la presencia de Voldemort antes de verlo. Miró de refilón, vio los encarnados ojos de su enemigo y tuvo la certeza de que eso sería lo último que vería: a Voldemort preparándose para lanzarle otra maldición…
Pero de pronto éste se desvaneció. Harry miró hacia abajo y vio a Hagrid tumbado en el suelo con los brazos y las piernas extendidos. El muchacho tiró con todas sus fuerzas del manillar para no chocar contra él y buscó a tientas el freno, pero se estrelló en una ciénaga con un estruendo desgarrador, haciendo temblar el suelo.
—Aaaaauch! —se quejaron varios, mientras Fleur suspiraba violentamente y soltaba el pergamino en el atril.
—Eso fue realmente interesante, Harry —comentó Dumbledore—, que las varitas se volvieran a conectar, a pesar de que Voldemort no estaba usando la varita gemela.
—¿Eso te pareció interesante? —preguntó Sirius con angustia en su voz—. ¡A mi me interesa saber cómo quedó la niña después de ese golpazo!
Lily suspiró derrotada, y después dijo:
—Pero parece que llegaron a donde iban, porque Voldemort no te pudo volver a atacar.
—Así parece —reconoció James. Moody, con un gruñido, hizo saber que él sería el lector del próximo capítulo.
Buenas noches desde San Diego, Venezuela! Un capítulo muy movido y emocional nos reúne hoy, en el cual Harry, luego de despedirse de sus tíos y primo, recibe a quienes lo ayudarán a huir de las garras de Voldie y sus mortífagos, en una estrategia que puede tener muchas fallas pero también involucra la mejor opción para ellos: usar señuelos para distraer a los enemigos y procurar hacer llegar a salvo a Harry a una de las "casas seguras", la de los Tonks. Por supuesto, quien se ofrece a llevarlo es el mismo que lo rescato de Godric's Hollow ese Halloween cuando Voldemort atacó a los Potter y fue derrotado en el fin de la "primera guerra mágica", Hagrid. Por supuesto, el capítulo se desarrolla en tres arcos claramente definidos: la llegada del grupo de rescatadores de Harry y la "creación" de los "siete Potters", la salida y la escaramuza inicial, y finalmente el encuentro cara a cara con Voldemort y la llegada de Harry y Hagrid a tierra segura. Ya en el siguiente capítulo leeremos las consecuencias de este escape, pero por lo pronto, y como es usual, quiero agradecer a todos y cada uno de quienes me acompañan semana a semana en esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros" con sus visitas, sus marcas de favorito, sus alertas activadas y sus comentarios, como esta semana tuvieron la oportunidad de dejar HpGw6 y creativo, quienes coinciden en la misma idea: Vernon nunca va a cambiar su forma de ser, pero Petunia y Dudley sí tuvieron la oportnidad, quizás más tarde de lo debido, de ver a Harry como familia y no como una obligación moral o social. La semana que viene es Navidad (25/12), pero esta aventura no se va a detener, así sea a medianoche (del domingo venezolano) tendrán el nuevo capítulo... Espero que tengan una feliz semana previa a la Navidad y que todos sus deseos para el año por venir se les conviertan en una realidad que les llene y les haga crecer emocionalmente... Saludos y bendiciones!
