Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 7

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


Las Reliquias de la Muerte

CAPÍTULO 9 Un lugar donde esconderse

—Creo que algunos tienen preguntas o dudas respecto a lo que se leyó de esa conversación tan amena entre Harry, Elphias y la muy querida tía Muriel —dijo Dumbledore después de suspirar.

—Profesor —tomó la palabra Paula, quien temblaba ligeramente—, ¿es verdad que tuvieron a su hermanita encerrada?

—Quizás me adelante a lo que se lea más tarde —dijo Dumbledore—, pero creo que es necesario. Mi hermana tenía tanta capacidad mágica como mi hermano Aberforth o yo mismo, hasta que en un desafortunado incidente a sus tiernos seis años de edad fue vista por unos chicos muggles, quienes la obligaron a hacer magia hasta provocarle un fuerte daño emocional, que le impediría controlar su magia; por ello nuestro padre cometió el error de castigar a esos niños, lo que lo envió a Azkaban y a nosotros nos llevó a mudarnos al Valle de Godric, un pueblo más tolerante con la magia, para proteger a Ariana. Procurábamos, mi madre, Abe y yo, cuidarla, evitándole grandes sustos o disgustos, pero nunca la tuvimos encerrada en un sótano. Simplemente, nuestra madre evitaba que ella tuviera contacto con personas ajenas a nosotros.

—¿Pero a ella no la evaluaron en San Mungo? —preguntó Vic, tratando de sonar respetuosa.

—Nuestra madre nunca quiso que la evaluaran —reconoció Dumbledore—, porque sabíamos que por su condición iba a quedarse ingresada permanentemente en el hospital —Neville asintió en silencio—, y pensó que lo mejor para ella era que nadie la viera y que se mantuviera bajo nuestro cuidado.

—No quiero ser irrespetuoso —dijo JS, pero enseguida fue interrumpido por Lucy:

—¿Respetuoso? ¿Tú? Eso no lo cree nadie.

—Sí, prima, yo también te quiero —replicó JS entre algunas risas, para enseguida seguir—. Decía que no quería sonar irrespetuoso, pero ¿de qué murió su madre, profesor?

—Fue un terrible accidente —reconoció Dumbledore—, justo el día antes en el que saldría con Elphias a recorrer el mundo, como lo mencionó en su obituario. No supe muy bien los detalles, pero cuando Aberforth y yo llegamos a verla, ya había fallecido y Ariana sólo repetía "Lo siento, lo siento".

Varios hicieron gestos de lamentarse, pero JS volvió a la carga:

—Y en el funeral de su madre fue cuando se pelearon, ¿no?

—Así es —reconoció Dumbledore con una sonrisa triste—, tuvimos una discusión muy fuerte. Debo reconocer que Abe siempre fue franco y directo, algo de lo que quizás yo adolecí; y en ese momento me reclamaba que me debatiera entre quedarme en la casa para que él siguiera yendo a Hogwarts e irme con Elphias a recorrer el mundo, algo que siempre habíamos hablado. Lógicamente, no iba a dejar que mi hermano se quedara sin estudiar, y había decidido quedarme cuidando a Ariana, cosa que a él no le pareció y en esa discusión, él prefirió pasar a la acción y por eso me gané… —se señaló la nariz.

¡Auch! —exclamó Freddie—. Pero usted mismo se pudo arreglar la nariz, ¿verdad?

—Así es, señor Weasley-Johnson —confirmó Dumbledore—. Pero no lo hice porque me permitía recordarme que a pesar del daño que nos podemos causar, debemos mantenernos fieles a la familia.

—Importante lección —comentó Percy antes de que alguno de sus hermanos hablara—, lamentablemente algunos la aprendemos en tiempos distintos a otros.

—Profesor —intervino Lilu—, ¿y usted fue a visitar las tumbas de su madre y hermana? ¿Y llegó a ver la de los abuelos?

—A ambas preguntas responderé con un rotundo sí —respondió Dumbledore, asintiendo en la dirección de James y Lily—. Cada día del cumpleaños de mi madre y de Ariana, visitaba sus tumbas y aprovechaba de dejar un ramo de lirios blancos en las de James y Lily.

—Gracias, profesor —dijo Lily emocionada.

—¡Vaya! —exclamó Kevin—, su vida de recién egresado de Hogwarts fue difícil, ¿no?

—Y la acepté con gusto, sin lugar a dudas —reconoció Dumbledore, suspirando sonoramente para comentar, pasados algunos segundos—. Si no hay más dudas, parece que Pomona tiene la palabra para continuar la lectura.

La profesora Sprout asintió mientras veía el pergamino delante de su asiento.

—Por lo que veo —dijo al detallar el título del capítulo—, necesitaron encontrar Un sitio donde esconderse.

—Algo así —reconoció Harry. La profesora Sprout suspiró antes de comenzar a leer.

Fueron momentos muy confusos, de una extraña lentitud. Harry y Hermione se levantaron y sacaron sus varitas mágicas. Muchos magos y brujas se iban percatando de que había pasado algo raro; algunos todavía no habían apartado la vista de donde poco antes se había esfumado el felino plateado. El silencio se propagaba en fríos círculos concéntricos desde el punto en que se había posado el patronus. Entonces alguien gritó y cundió el pánico.

—Fue terrible —reconoció Fleur—, después de todo lo bello que habíamos vivido hasta ese momento.

—No lo dudo —comentó Alice, dando palabras a lo que varios pensaban.

Harry y Hermione se lanzaron hacia la atemorizada multitud. Los invitados corrían en todas direcciones y muchos se desaparecían. Los sortilegios protectores que defendían La Madriguera se habían roto.

¡Ron! —chilló Hermione—. ¿Dónde estás, Ron?

Se abrieron paso a empujones por la pista de baile, y Harry vio que entre el gentío aparecían figuras con capa y máscara; entonces distinguió a Lupin y Tonks blandiendo sus varitas, y los oyó gritar: «¡Protego!», un grito que resonó por todas partes.

—Mortífagos —reconoció James con voz monocorde.

¡Ron! ¡Ron! —vociferaba Hermione, casi sollozando, mientras los aterrados invitados los zarandeaban. Harry la cogió de la mano para impedir que los separaran, y en ese instante un rayo de luz pasó zumbando por encima de sus cabezas; él no supo si se trataba de un encantamiento protector o de algo más siniestro…

De pronto apareció Ron. Cogió por el otro brazo a Hermione y Harry notó cómo ella giraba sobre sí misma; no se veía ni se oía nada: alrededor todo estaba oscuro, lo único que notaba era la mano de Hermione, que apretaba la suya, mientras los tres surcaban el espacio y el tiempo alejándose de La Madriguera, de los mortífagos que se cernían sobre ellos y quizá del propio Voldemort.

—Aparición conjunta —reconoció Al.

—Excelente decisión, Hermione —comentó Sirius—, era lo mínimo que podían hacer, desaparecerse de allí.

—No era lo ideal —terció Molly—, pero es verdad, fue lo mejor que pudieron hacer.

—¿Y a dónde fueron? —preguntó Hugo, lo que hizo sonreir a Ron.

¿Dónde estamos? —se oyó la voz de Ron.

Se escucharon algunas risas, aunque la tensión se mantenía en la Sala.

Harry abrió los ojos. Por un instante creyó que no habían salido de la carpa, porque seguían rodeados de gente.

En Tottenham Court Road —resolló Hermione—. Sigan caminando. Hemos de encontrar un sitio donde puedan cambiarse.

—¿Eso no es en pleno centro de Londres? —preguntó Daisy, extrañada.

—Sí —confirmó Samantha—, es una de las calles más concurridas de la ciudad, está cerca de un estadio de fútbol.

—Así es —ratificó Dudley—, es una de las entradas al viejo estadio del Tottenham.

De modo que, bajo un cielo estrellado, echaron a andar —y a ratos corrieron— por una calle ancha y oscura, repleta de trasnochadores; las tiendas en ambas aceras estaban cerradas. Un autobús de dos pisos pasó rugiendo y un grupo de gente que salía de un pub miró a los tres jóvenes con extrañeza, porque Harry y Ron todavía llevaban las túnicas de gala.

No tenemos nada que ponernos, Hermione —dijo Ron cuando una chica se echó a reír al fijarse en su atuendo.

Se escucharon nuevamente risitas, pero la profesora Sprout siguió leyendo sin sentirse interrumpida.

¡Qué descuido no haber traído la capa invisible! —se lamentó Harry—. El año pasado la llevaba siempre conmigo, y…

Tranquilo, tengo tu capa. Y también he traído ropa para los dos —dijo Hermione—. Procuren disimular hasta que… Sí, ahí mismo.

Los guió por una calle secundaria hasta un oscuro callejón.

Dices que tienes la capa y ropa, pero… —musitó Harry mirando ceñudo a Hermione, que sólo llevaba el bolsito bordado con cuentas, en el que se había puesto a rebuscar.

Sí, sí, aquí están —afirmó ella y, para gran asombro de ambos chicos, sacó del bolsito unos vaqueros, una camiseta, unos calcetines granates y, por último, la capa invisible.

Pero ¿cómo diantre…?

Encantamiento de extensión indetectable —recitó Hermione—. Algo difícil, pero creo que lo he hecho bien. Bueno, el caso es que conseguí meter aquí dentro todo lo que necesitábamos —Y le dio una pequeña sacudida al bolsito, de aspecto frágil; varios objetos pesados rodaron en su interior y se oyó un eco, como el que habría resonado en la bodega de un carguero—. ¡Ay, porras! Eso son los libros —musitó mirando dentro—, y los había ordenado todos por temas. Bueno… Harry, será mejor que cojas la capa invisible. Ron, date prisa y cámbiate.

Explotaron las carcajadas en la Sala, lo que detuvo a la profesora Sprout, quien sonrío al leer la exclamación de Hermione.

—Sí, es un encantamiento algo complicado —reconoció el profesor Flitwick—, pero bastante útil si se hace correctamente. No dudo que lo haya dominado a la perfección, señora Granger-Weasley.

—Ya han salido varios ejemplos de este encantamiento —comentó Rose—: el antiguo Ford Anglia del abuelo Arthur, las tiendas que les prestó el señor Perkins para el mundial de quidditch y los vehículos modificados del ministerio.

—Así mismo, señorita Weasley-Granger —aprobó Dumbledore, haciendo sonreir a Rose.

¿Cuándo has hecho todo esto? —preguntó Harry mientras Ron se quitaba la túnica.

Ya se los dije en La Madriguera. Hacía días que tenía preparado lo imprescindible, por si había que salir huyendo. Esta mañana, después de que te cambiaras, cogí tu mochila, Harry, y la metí aquí. Tenía el presentimiento…

Eres increíble, de verdad —se admiró Ron. Dobló su túnica y se la dio.

Gracias —contestó ella y, esbozando una sonrisa, metió la túnica en el bolso—. ¡Por favor, Harry, ponte la capa!

Él se echó la capa invisible sobre los hombros, se tapó la cabeza y desapareció al instante. Apenas empezaba a entender qué había pasado.

Pero los demás… toda la gente que estaba en la boda…

Ahora no podemos preocuparnos por ellos —susurró Hermione—. Es a ti a quien buscan, Harry, y si volvemos, lo único que conseguiremos será exponerlos aún más al peligro.

—Tiene toda la razón —admitió James, atrayendo las miradas asombradas de Sirius, Remus y Lily, y la aprobación de Dumbledore—, todo se resumía a mantenerte a salvo. Por mucho que los demás te importaran, lo principal era sacarte de allí.

—Ya después nos encargamos de cubrirles la huida —comentó Charlie con orgullo, recibiendo un pequeño aplauso de los más jóvenes, y un abrazo de parte de Nadia.

Tiene razón —coincidió Ron, sabiendo que su amigo intentaría discutir, aunque no le veía la cara—. Casi toda la Orden estaba allí; ellos se encargarán de protegerlos.

Harry asintió con la cabeza, aunque al reparar en que sus amigos no lo veían, dijo:

Está bien, de acuerdo.

Pero pensó en Ginny, y el miedo le borboteó como un ácido en el estómago.

—No te hubieras preocupado por mí —dijo Ginny, tomándole la mano—, a un mortífago lo aturdí y a otro le lancé los mocomurciélagos.

—Impeclable —comentó George.

—Aún los debe llevar de adorno —remató Fred, provocando risas.

¡Vamos! Debemos ponernos en marcha —instó Hermione. Volvieron por la calle secundaria hasta la principal, donde varios hombres cantaban y zigzagueaban por la acera de enfrente.

Oye, sólo por curiosidad: ¿por qué hemos venido a Tottenham Court Road? —preguntó Ron a Hermione.

Ni idea. Me vino a la cabeza, sin más, pero creí que estaríamos más seguros en el mundo de los muggles, porque aquí no se les ocurrirá buscarnos.

—Bueno —reconoció Remus—, en eso tiene razón, a los mortífagos no se les ocurriría ir al lado muggle a buscarlos.

—Aunque pareciese buena idea —refutó Moody con un gruñido—, debían estar en alerta permanente; quizás alguno recuerde que dos de los tres habían vivido con los muggles.

—La verdad es que te gusta quitarle lo divertido a la vida, ¿verdad? —le espetó Tonks, provocando risas en los más jóvenes.

Es verdad —admitió Ron mirando alrededor—, pero ¿no te sientes un poco… expuesta?

¿Adónde quieres que vayamos, pues? —replicó Hermione, e hizo una mueca de aprensión cuando los tipos que estaban en la otra acera se pusieron a silbarle—. No alquilaremos una habitación en el Caldero Chorreante, ¿verdad?, ni nos instalaremos en Grimmauld Place, porque Snape tiene acceso a la casa. Supongo que podríamos ir a casa de mis padres, aunque cabe la posibilidad de que nos busquen ahí… ¡Ay! ¿Por qué no se callarán?

—¿Quiénes? —preguntó Lilu con extrañeza.

—Imagino que los que les estaban silbando —dijo Kevin con dudas.

¿Todo bien, preciosa? —vociferó el más ebrio de los individuos—. ¿Te apetece un trago? Deja al pelirrojo ése y ven a tomarte una pinta con nosotros.

Vayamos a algún local —urgió Hermione al ver que Ron iba a contestar a los borrachos—. Mira, ahí mismo.

—Lo que me imaginé —confirmó Kevin entre las risitas de varios en la Sala.

Era una pequeña y cochambrosa cafetería que permanecía abierta por la noche. Una fina capa de grasa cubría todas las mesas de tablero de fórmica, pero al menos el local estaba vacío. Harry se sentó a una mesa y Ron se quedó a su lado, enfrente de Hermione, que se sentía incómoda al estar de espaldas a la entrada, de manera que giraba la cabeza con tanta frecuencia que parecía aquejada de un tic nervioso.

A Harry no le hacía ninguna gracia quedarse sentado, pues mientras andaban al menos mantenía la ilusión de tener un objetivo. Bajo la capa notó que los últimos vestigios de la poción multijugos dejaban de actuar y que sus manos recuperaban el tamaño y la forma habituales. Así que sacó las gafas del bolsillo y se las puso.

—Te duró bastante el efecto de la poción —comentó Dil, extrañada.

—Fue casi una pinta de poción —reconoció Harry, pero al ver a Christina algo confundida, aclaró—, como tres cuartos de litro.

—¡Claro! —exclamó Dil—, si una ración de la poción, que es más o menos una taza de té grande, basta para una hora, esa cantidad sirve como para seis u ocho horas, más o menos.

Pasados uno o dos minutos, Ron dijo:

Pues el Caldero Chorreante no queda muy lejos. Está en Charing Cross.

¡No podemos ir, Ron! —saltó Hermione.

No propongo que nos quedemos allí, sólo que vayamos para enterarnos de qué está pasando.

¡Ya sabemos qué está pasando! Voldemort se ha apoderado del ministerio, ¿qué más necesitamos que nos digan?

¡Vale, vale! Sólo era una idea.

Volvieron a sumirse en un incómodo silencio. La camarera, que mascaba chicle sin parar, se acercó a la mesa y Hermione pidió dos capuchinos; como Harry era invisible, habría resultado extraño pedir tres.

—Verdad que sí —aceptó JS—, se hubiera visto bien raro.

Un par de fornidos obreros entraron en la cafetería y se sentaron a la mesa de al lado. Hermione bajó la voz y dijo:

Propongo que busquemos un sitio tranquilo donde desaparecernos y nos vayamos al campo. Entonces podremos enviarle un mensaje a la Orden.

Pero ¿tú sabes hacer eso del patronus que habla? —preguntó Ron.

He estado practicando y creo que sí —respondió Hermione.

Bueno, mientras eso no les cause problemas… Aunque quizá ya los hayan detenido. Vaya, esto es asqueroso —masculló Ron tras beber un sorbo de aquel café espumoso y grisáceo.

—¿Perdón? —exclamó Christina—. No hay nada más delicioso que un buen capuchino.

—Es que ese —reconoció Hermione—, ni siquiera estaba bien hecho.

—Por eso lo dije —comentó Ron, haciendo sonreir a Christina.

La camarera, que lo oyó, le lanzó una mirada de reprobación y fue a atender la otra mesa, pero el obrero más corpulento —rubio y muy musculoso— le hizo un ademán para que se marchara. La camarera se quedó mirándolo fijamente, ofendida.

—Esos obreros están como sospechosos —comentó Paula enarcando las cejas.

—Estoy de acuerdo contigo, hermanita —concordó Alisu, preocupada.

¿Por qué no nos vamos? No quiero beberme esta porquería —dijo Ron—. ¿Tienes dinero muggle para pagar, Hermione?

Sí, cogí todos mis ahorros antes de ir a La Madriguera. Supongo que las monedas estarán en el fondo —Y metió una mano en su bolsito de cuentas.

Entonces, los dos obreros hicieron el mismo movimiento a la vez, y Harry los imitó sin darse cuenta. Un instante después, los tres enarbolaban sus varitas mágicas. Ron, que tardó unos segundos en comprender qué estaba ocurriendo, se lanzó por encima de la mesa y, de un empujón, tumbó a Hermione en el banco donde se sentaba. La potencia de los hechizos de los mortífagos destrozó la pared alicatada en el mismo punto en que un momento antes se hallaba la cabeza de Ron, y Harry, todavía invisible, chilló:

¡Desmaius!

Un gran chorro de luz roja golpeó en la cara al mortífago rubio, que se desplomó inconsciente. Su compañero, sin saber quién lanzaba el hechizo, disparó contra Ron: unas relucientes cuerdas negras salieron de la punta de su varita y maniataron al chico de pies a cabeza. La camarera gritó y echó a correr hacia la puerta. Entonces Harry le lanzó el mismo hechizo aturdidor a aquel mortífago de cara deforme, pero no apuntó bien y el hechizo rebotó en la ventana, dándole a la camarera, que cayó al suelo delante de la puerta.

La tensión se instaló en la Sala, acompañada por la lectura apasionada que hacía la profesora Sprout, al darle los matices adecuados a cada línea.

¡Expulso! —bramó el mortífago, y la mesa que había detrás de Harry saltó por los aires. La onda expansiva lanzó al chico contra la pared, y notó cómo la varita se le iba de la mano al mismo tiempo que se le resbalaba la capa.

¡Petrificus totalus! —gritó Hermione, escondida en un rincón, y el mortífago cayó hacia delante como una estatua derribada, dando un fuerte golpe sobre el revoltijo de porcelana rota, madera y café. Ella salió arrastrándose de debajo del banco, sacudiéndose trocitos de un cenicero de cristal del pelo y temblando de pies a cabeza—. ¡Di… diffindo! —balbuceó apuntando con la varita a Ron, que aulló de dolor cuando ella le provocó un corte en la rodilla—. ¡Ay! ¡Perdona, Ron! Es que me tiembla la mano. ¡Diffindo!

Las cuerdas, una vez cortadas, se desprendieron. Ron se levantó y agitó los brazos para recobrar la sensibilidad. Harry recogió su varita y se abrió paso entre aquel estropicio hasta donde yacía el mortífago rubio y corpulento, tendido sobre el banco.

Debí haberlo reconocido; estaba en el castillo la noche en que murió Dumbledore —comentó, y acto seguido le dio la vuelta al otro con el pie; el mortífago miró con nerviosismo a los tres.

Éste es Dolohov —dijo Ron—. Vi su fotografía en unos antiguos carteles de busca y captura que difundió el ministerio. Creo que el otro es Thorfinn Rowle.

—Par de joyitas —dijo Frank con asco—. Si mal no recuerdo, Dolohov estuvo en el ataque a los Bones y en la muerte de los hermanos de Molly.

—Así es —reconoció Molly, suspirando mientras recibía el abrazo de Arthur.

¡Qué más da cómo se llamen! —chilló Hermione—. Lo que importa es cómo nos han encontrado y qué vamos a hacer ahora.

Curiosamente, el pánico de la chica le despejó la cabeza a Harry.

Echa el cerrojo de la puerta —ordenó—. Y tú, Ron, apaga las luces.

Sin dejar de pensar a toda prisa, Harry miró al paralizado Dolohov mientras Hermione cerraba la puerta y Ron utilizaba el desiluminador para dejar la cafetería a oscuras. En la calle, oyó a los hombres que poco antes se habían metido con Hermione, ahora molestando a otra chica.

Se oyeron algunas risas, pero la tensión en la Sala se mantenía a flor de piel.

¿Qué hacemos con ellos? —le susurró Ron en la oscuridad y, bajando más la voz, agregó—: ¿Matarlos? Ellos nos matarían si pudieran; casi lo consiguen.

Estremeciéndose, Hermione dio un paso atrás y Harry negó con la cabeza.

Les borraremos la memoria —decidió—. Eso es lo mejor; así nos perderán el rastro. Si los matamos, quedará claro que hemos estado aquí.

Tú mandas —aceptó Ron con alivio—. Pero yo nunca he hecho un encantamiento desmemorizante.

Yo tampoco —terció Hermione—, pero sé la teoría. —Inspiró hondo para tranquilizarse, apuntó a la frente de Dolohov con la varita y dijo—: ¡Obliviate!

—¡Momento! —exclamó Rose, para voltear a mirar a su madre con mucha confusión, pero al momento se dio cuenta de algo, porque dijo—. ¡Si, sí! ¡Es verdad! Cuando leíste que estaban discutiendo tío Harry, papa y tú por la decisión de ustedes dos de acompañarlo, dijiste: También les he modificado la memoria a mis padres, para convencerlos de que se llaman Wendell y Monica Wilkins y que su mayor sueño era irse a vivir a Australia, lo cual ya han hecho. Me confundí, porque pensé que hablaste de haberles borrado la memoria, y por eso creí que te habías equivocado.

—Tranquila —dijo Hermione, acariciando el rostro de su hija, pero JS atacó con una broma:

—Eso le pasa a cualquiera, Rosie, tranquila.

—Eso no me pasa normalmente a mí —replicó Rose, mirando de mala manera a su primo—, yo no soy cualquiera.

—Lo sé —contraatacó JS—, eres Rosie, la princesa guardiana.

—Así mismo es, Rose —confirmó Ron, atrayéndola a sí para abrazarla mientras algunos aplausos se dejaban escuchar y Rose sonreía satisfecha.

En el acto, Dolohov se quedó como atontado, sin poder enfocar la mirada.

¡Fantástico! —exclamó Harry y palmeó en la espalda a su amiga—. Ocúpate del otro y de la camarera mientras Ron y yo recogemos un poco todo esto.

¿Recoger, dices? —se extrañó Ron mirando alrededor. La cafetería había quedado parcialmente destrozada—. ¿Por qué?

¿No crees que si al despertar se encuentran en un local donde parece haber caído una bomba se preguntarán qué ha pasado?

—Tiene lógica —comentó Hugo—, al menos arreglar los destrozos. Porque de por sí, esa cafetería mete miedo de lo fea que es.

Ya. Sí, claro —Tuvo dificultades para sacar la varita del bolsillo—. No me extraña que me cueste tanto, Hermione. Metiste mis vaqueros viejos en el bolso. ¡Me aprietan mucho!

Vaya, lo siento —se disculpó ella, y mientras arrastraba a la camarera lejos de las ventanas, Harry la oyó murmurar una sugerencia de dónde podía meterse Ron la varita.

Explotaron las risas en la Sala, ya más aliviado el ambiente, a la vez que Hermione se sonrojaba violentamente.

Una vez que la cafetería hubo recuperado su aspecto habitual, los tres amigos pusieron a los mortífagos en la mesa donde se habían sentado al entrar, uno frente al otro.

¿Cómo nos habrán encontrado? —preguntó Hermione contemplando a los dos individuos inconscientes—. ¿Quién les dijo que estábamos aquí? —Y mirando a Harry, añadió—: No será que todavía llevas el Detector, ¿verdad?

No, no puede ser —intervino Ron—. El Detector se desactiva cuando cumples diecisiete años. Lo prescribe la ley mágica: no se lo pueden poner a un adulto.

No que tú sepas —replicó Hermione—. ¿Y si los mortífagos han encontrado la manera de ponérselo a alguien aunque sea mayor de edad?

Pero Harry no se ha acercado a ningún mortífago en las últimas veinticuatro horas. ¿Quién podría haberle reactivado el Detector?

—Buena pregunta —comentó Amelia.

—De las que no dejan dormir por la noche —replicó Will, provocando nuevas risas.

Hermione no contestó. Harry se sentía contaminado, mancillado… ¿Y si en efecto los mortífagos los habían encontrado mediante esa argucia?

Si yo no puedo emplear la magia, y ustedes tampoco si están cerca de mí, sin que delatemos nuestra posición… —musitó.

¡No vamos a separarnos! —le espetó Hermione.

Necesitamos un sitio seguro donde escondernos —dijo Ron—. Déjanos pensar.

Grimmauld Place —propuso Harry. Los otros dos lo miraron boquiabiertos.

—Tiene sus complicaciones —comentó James—, pero podría ser un buen lugar.

—¿Aunque Snape supiera que había funcionado como el cuartel de la Orden? —preguntó Frank, algo confundido.

—Esa fue mi duda —reconoció Hermione, haciéndole señas a la profesora Sprout.

¡No seas tonto, Harry! ¡Snape puede entrar ahí!

El padre de Ron dijo que han hecho embrujos contra Snape. Y aunque haya logrado burlarlos —insistió, vista la vehemencia con que Hermione había rechazado su propuesta—, ¿qué importa? ¡Les juro que me encantaría encontrármelo!

Pero…

¿De qué otro sitio disponemos, Hermione? Es nuestra mejor alternativa. Snape sólo es un mortífago, pero si todavía llevo el Detector, montones de esos indeseables nos perseguirán allá donde vayamos.

—Bueno —comentó Alice, con tono de preocupación—, es eso o huir a lo desconocido.

—Por eso lo dije —ratificó Harry. A todas estas, Snape se mantenía incólume, como normalmente había estado desde el momento de comenzar el libro.

Hermione no pudo rebatir tales argumentos, aunque le habría gustado hacerlo. Mientras ella descorría el cerrojo de la puerta de la cafetería, Ron accionó el desiluminador para volver a iluminar el local. Entonces Harry contó hasta tres y anularon los hechizos que les habían hecho a sus víctimas, y antes de que la camarera o los mortífagos se recuperaran de su sopor, los tres jóvenes se sumieron de nuevo en una opresiva oscuridad. Pasados unos segundos, los pulmones de Harry se expandieron por fin. El chico abrió los ojos y vio que se hallaban de pie en medio de una placita bastante fea que le resultaba familiar.

Rodeados de casas altas y descuidadas, distinguieron el número 12, porque Dumbledore —el Guardián de los Secretos— les había revelado su existencia; corrieron hacia allí comprobando cada poco que nadie los perseguía ni observaba. Subieron a toda prisa los escalones de piedra y Harry golpeó la puerta una sola vez con la varita. Enseguida oyeron una serie de sonidos metálicos y el ruido de una cadena. Entonces la puerta se abrió de par en par con un chirrido, y los tres amigos traspusieron el umbral.

—Ahora no suena tan tétrica esa puerta —comentó Lilu.

—No, para nada —reconoció Harry.

—Gracias por cuidar la casa de mis padres —dijo Sirius—. Puede que no me sintiera feliz viviendo en ella, pero merecía un mejor destino que ser una cueva de mortífagos.

Harry y Ginny asintieron emocionados bajo el ruido de algunos aplausos.

Cuando Harry cerró la puerta tras ellos, las anticuadas lámparas de gas se iluminaron, arrojando una luz parpadeante en todo el largo vestíbulo. La casa continuaba tan tétrica como Harry la recordaba; había telarañas por todas partes y las cabezas de los elfos domésticos, colgadas en la pared, proyectaban extrañas sombras en la escalera. Unas largas y oscuras cortinas tapaban el retrato de la madre de Sirius, y lo único que no se mantenía en su sitio era el paragüero, con forma de pierna de trol, que estaba tumbado como si Tonks acabara de derribarlo otra vez.

—Gracias a Merlín, nada de eso está —confirmó Lilu con una gran sonrisa en el rostro—, ni telarañas, ni feas cabezas disecadas, ni un retrato parlante, ni un paragüero horrible.

—Está bien —validó Sirius—, lo que ustedes hicieron por la casa está bien.

Creo que alguien ha estado aquí —susurró Hermione señalando el paragüero.

Quizá se quedó así cuando la Orden se marchó —contestó Ron.

¿Y dónde están esos embrujos que pusieron contra Snape? —preguntó Harry.

Quizá sólo se activan si entra él —especuló Ron.

Sin embargo, se quedaron sobre el felpudo que había dentro, de espaldas a la puerta, sin atreverse a adentrarse más en la casa.

Bueno, no podemos quedarnos aquí para siempre —decidió Harry, y avanzó un paso.

—Apuesto a que en ese momento se activan los hechizos —dijo Freddie.

—Primo —replicó JS—, eso es tan seguro como que amanezca. No apuesto.

—¿Tú? ¿No vas a apostar? —exclamó Lucy—. Eso si es una noticia nueva.

Este comentario provocó risas en la Sala.

¿Severus Snape?

La susurrante voz de Ojoloco Moody surgió de la oscuridad y los tres chicos retrocedieron asustados.

¡No somos Snape! —replicó Harry con voz ronca, y de pronto una especie de corriente de aire le pasó zumbando por encima de la cabeza y la lengua se le enrolló, impidiéndole hablar. Pero ni siquiera tuvo tiempo de tocarse la boca para ver qué le estaba ocurriendo, pues al punto la lengua se le desenrolló.

—¿Maldición de lengua atada? —reconoció Hannah al instante, al igual que Lily, quien sonrió:

—Sí, aunque acá está en modo no-verbal.

—Una buena idea —reconoció Dumbledore—, recordemos que Severus respetaba mucho a Alastor.

—No lo diría así —replicó Moody—, pero sí, es buena la idea.

Los otros dos parecían haber experimentado lo mismo y, mientras Ron daba arcadas, Hermione balbuceó:

¡Eso ha de… debido de ser la ma… maldición lengua atada que Ojoloco puso contra Snape!

Harry dio otro paso cauteloso y algo se movió en la oscuridad al fondo del vestíbulo. Antes de que alguno de los tres pudiera decir algo, una figura alta, grisácea y terrible surgió de la alfombra. Hermione dio un chillido y la señora Black la imitó al abrirse las cortinas que tapaban su retrato. La figura gris —de rostro descarnado, mejillas hundidas y cuencas vacías— se deslizaba hacia ellos, cada vez más deprisa, con la larga cabellera y la barba flotándole hacia atrás. Era un rostro espantosamente familiar, aunque alterado de forma grotesca. La criatura levantó un consumido brazo y señaló a Harry.

¡No! —gritó el chico pero, aunque levantó la varita, no se le ocurrió ningún hechizo—. ¡No, no! ¡No fuimos nosotros! ¡Nosotros no lo matamos!

Al pronunciar la palabra «matamos», la figura estalló formando una gran nube de polvo. Harry, tosiendo y con los ojos llorosos, miró alrededor y vio a Hermione acurrucada en el suelo, junto a la puerta, cubriéndose la cabeza con los brazos, y a Ron, que temblaba de pies a cabeza, dándole unas palmaditas en el hombro mientras le decía:

No pasa na… nada, ya se ha i… ido.

—¿Usaron un espectro del profesor Dumbledore para asustar al profesor Snape? —preguntó Violet impresionada.

—Pues si, por lo que entiendo —contestó el propio Dumbledore.

—No sólo asustarlo —aventuró Charlie—, quizás hasta para hacerlo delatarse al entrar y poder atraparlo. Algo así como le pasó a Ron y a Hermione, que quedaron congelados en el sitio.

El polvo se arremolinó alrededor de Harry como una neblina, atrapando la luz azulada de la lámpara de gas, mientras la señora Black seguía chillando:

¡Sangre sucia, inmundicia, manchas de deshonra mancillando la casa de mis padres…!

¡CÁLLESE! —bramó Harry apuntando al cuadro con la varita. Tras un fogonazo y una lluvia de chispas rojas, las cortinas volvieron a cerrarse y silenciaron a la señora Black.

—Habló el dueño de la casa de los Black —comentó Al sonriendo. Sirius asintió en silencio, con una gran sonrisa en el rostro.

Pero si era… era… —gimoteó Hermione mientras Ron la ayudaba a levantarse.

Sí —afirmó Harry—, pero no era él. Sólo se trataba de un truco para asustar a Snape.

«¿Habría funcionado —se preguntó Harry—, o Snape habría destruido aquella horrorosa figura con la misma facilidad con que había matado al Dumbledore auténtico?»

—No voy a dar respuesta a esa pregunta —replicó Snape al notar la pausa prolongada que hizo la profesora Sprout.

—Eso quiere decir que ya diste tu respuesta —atacó James, pero Dumbledore no le dejó insistir:

—Pomona, por favor.

Todavía notaba un cosquilleo de nerviosismo cuando echó a andar por el pasillo precediendo a sus dos amigos, preparado por si aparecía otra figura aterradora; pero no se movió nada, excepto un ratón que correteó por el zócalo.

—¡Asco! —exclamó Maia, ante la risa de varios.

Antes de continuar, creo que tendríamos que asegurarnos —susurró Hermione, de modo que levantó su varita y dijo—: ¡Homenum revelio!

No pasó nada.

Bueno, ten en cuenta que acabas de llevarte un susto de muerte —observó Ron, amable—. ¿Qué se supone que tenía que demostrar ese hechizo?

¡Ha hecho precisamente lo que yo pretendía! —refunfuñó Hermione—. ¡Es un hechizo para revelar la presencia de humanos, y aquí sólo estamos nosotros!

Nosotros… y el apolillado ése —soltó Ron, y le echó un vistazo a la parte de la alfombra de donde había salido aquella figura con apariencia de cadáver.

Sonaron algunas carcajadas, pero la profesora Sprout siguió leyendo sin verse interrumpida.

Subamos —sugirió Hermione mirando con aprensión la alfombra, y empezó a subir la rechinante escalera que llevaba al salón del primer piso. La joven sacudió su varita para encender las viejas lámparas de gas, y luego, temblando ligeramente a causa del frío que hacía en la estancia, se sentó en el borde del sofá y se abrazó el cuerpo. Ron fue hasta la ventana y apartó un poco la pesada cortina de terciopelo.

Ahí fuera no se ve a nadie —informó—. Y supongo que si Harry todavía llevara el Detector nos habrían seguido hasta aquí. Ya sé que no pueden entrar en la casa, pero… ¿Qué sucede, Harry?

Éste acababa de proferir un grito de dolor al sentir una nueva punzada en la cicatriz, así como un fugaz destello que le cruzó la cabeza, semejante a la brillante luz de un faro iluminando el agua. Percibió una gran sombra y notó que una ira ajena palpitaba en su interior, violenta y breve como una descarga eléctrica.

—Otra visión de lo que pasa por la mente de Voldemort —reconoció Naira.

—Es lo más seguro —confirmó Will, interesado.

¿Qué era? —preguntó Ron acercándose a él—. ¿Lo has visto en mi casa?

No; sólo he sentido su cólera. Está furioso…

Pero podría estar en La Madriguera —insistió Ron, preocupado—. ¿Y qué más? ¿No has visto nada? ¿Has visto si atacaba a alguien?

No, no; sólo he notado la rabia que siente. No sabría decir…

Harry estaba fastidiado y confuso, y Hermione no lo ayudó mucho cuando dijo con voz de susto:

¿Otra vez la cicatriz? Pero ¿qué está pasando? ¡Creía que esa conexión se había cerrado!

Se cerró algún tiempo —masculló Harry; todavía le dolía y eso le impedía concentrarse—. Creo que… que se abre otra vez cuando él pierde el control. Así fue como…

¡Pues tienes que cerrar la mente! —chilló Hermione, histérica—. ¡Dumbledore no quería que usaras esa conexión, quería que la cerraras, por eso te hizo estudiar Oclumancia! ¡Si no, Voldemort puede ponerte imágenes falsas en la mente, acuérdate…!

—Tía —dijo JS con seriedad—, creo que fuiste muy dura con papá.

—Sí —reconoció Hermione—, pero recuerda que en ese momento estaba aún muy nerviosa por todo lo que habíamos pasado.

—Aunque tiene razón —comentó Lily—, Harry no debía darle la oportunidad a Voldemort de controlarlo de esa forma.

Sí, me acuerdo, gracias —masculló Harry; no necesitaba que le recordara que en cierta ocasión Voldemort había utilizado la conexión entre ellos para conducirlo hasta una trampa, ni que eso había tenido como resultado la muerte de Sirius. Se arrepentía de haberles contado a sus amigos lo que había visto y sentido, porque esas experiencias hacían que Voldemort pareciera más amenazador, como si estuviera detrás de una ventana con la cara pegada al cristal; sin embargo, el dolor de la cicatriz aumentaba y él no sabía cómo combatirlo. Era como resistirse a la necesidad de vomitar.

Dio la espalda a sus amigos fingiendo que examinaba el viejo tapiz del árbol genealógico de la familia Black, colgado en la pared. Pero de pronto Hermione soltó un chillido. Harry sacó rápidamente su varita mágica y al volverse vio un patronus plateado que entraba volando por la ventana del salón y se posaba en el suelo delante de ellos, donde se solidificó y adoptó la forma de la comadreja que hablaba con la voz del padre de Ron.

Familia a salvo, no contesten, nos vigilan.

—¡Gracias a Merlín! —exclamó Lily, suspirando y provocando algunos gestos similares.

—Fue una pelea dura la que tuvimos en La Madriguera —reconoció Arthur—. Aturdimos a tres mortífagos, herimos a otros dos, pero lograron escaparse antes que pudiéramos anularlos a todos.

Acto seguido, el patronus se disolvió por completo. Ron emitió un sonido entre gimoteo y gruñido y se dejó caer en el sofá; Hermione se sentó a su lado y le cogió un brazo.

¡Tranquilo, Ron, están bien! —susurró, y él la abrazó, casi riendo de alivio.

Harry —quiso disculparse Ron por encima del hombro de Hermione—, yo…

Tranquilo, no te preocupes —repuso Harry, mareado por el dolor de la frente—. Se trata de tu familia; es lógico que estés inquieto por ellos. A mí me pasaría lo mismo. —Pero entonces se acordó de Ginny y rectificó—: A mí me pasa lo mismo.

—Ah, yo pensé… —susurró Ginny al oído de Harry.

—Sabes que te diste cuenta cuando se leyó que me preocué por ti —replicó Harry, igualmente al oído.

El dolor que le producía la cicatriz estaba alcanzando una intensidad insoportable; le ardía la frente como le había ocurrido en el jardín de La Madriguera. Oyó débilmente que Hermione decía:

No quiero estar sola. ¿Podemos coger los sacos de dormir que he traído y pasar la noche aquí?

Ron le dijo que sí. Harry ya no aguantaba el dolor; tenía que rendirse.

Hermione negó en silencio, mientras Harry encogía los hombros.

—Era imposible soportar ese dolor —le dijo con sinceridad.

—Es que se notaba en tu rostro —aceptó Hermione.

Voy al lavabo —musitó, y salió del salón tan deprisa como pudo, aunque sin correr.

Casi no llegó a tiempo. Una vez dentro, echó el pestillo con manos temblorosas, se sujetó la palpitante cabeza y cayó al suelo. Entonces, en un estallido de agonía, sintió cómo aquella cólera que no era suya se apoderaba de su alma, y vio una habitación alargada, iluminada sólo por el fuego de una chimenea, al mortífago rubio y corpulento chillando y retorciéndose en el suelo, y a un individuo más delgado, de pie ante él y apuntándolo con la varita, y se oyó a sí mismo decir con voz aguda, fría y despiadada:

Más, Rowle, ¿o prefieres que lo dejemos y que te entregue a Nagini para que te devore? Lord Voldemort no está seguro de poder perdonarte esta vez. ¿Me has llamado sólo para esto, para decirme que Harry Potter ha vuelto a escapar? Draco, demuéstrale a Rowle lo contrariados que estamos. ¡Hazlo, o descargaré mi ira sobre ti!

Las miradas convergieron en Draco, quien sólo encogió los hombros.

—No estabas pasando un buen momento —dijo Astoria, con más angustia que reclamo.

—Algo así —respondío lacónicamente Draco.

Un tronco rodó en la chimenea; las llamas se reavivaron y su luz iluminó un rostro aterrorizado, pálido y anguloso. Harry abrió los ojos y boqueó agitadamente, como si hubiera buceado desde gran profundidad para alcanzar la superficie.

Estaba tumbado en el frío suelo de mármol negro, con los brazos y las piernas extendidos, la nariz a sólo unos centímetros de una de las serpientes de plata que sostenían la enorme bañera. Se incorporó. El consumido y desencajado rostro de Malfoy le había quedado grabado en la retina. Le asqueó lo que acababa de ver, así como comprobar el modo en que Voldemort utilizaba a Draco.

—Gracias —dijo Draco con sorpresa y monotonía a partes iguales.

—Es que nadie se merece esa vida —comentó Harry—, dependiendo del genio o mal genio de otro para poder siquiera respirar, mucho menos vivir una vida medianamente decente.

—Eso lo vine a descubrir después —reconoció Draco.

Dio un respingo al oír unos golpes en la puerta y la voz de Hermione:

¿Buscas tu cepillo de dientes, Harry? ¡Lo tengo yo!

Sí, gracias —contestó procurando aparentar normalidad, y se levantó para abrir la puerta.

—Cosa en la que fallaste estrepitosamente —comentó Hermione—, especialmente cuando vi tu rostro, pálido y sudoroso, asomarse por la puerta.

—No lo dudo —reconoció Harry—, no era sencillo ocultarles nada.

—Y aún es difícil —comentó Ron, provocando algo de risas.

—Lo que yo me pregunto —interrumpió Lilu—, es ¿cómo pudieron irse a dormir con tanta angustia? Imagínense —dijo al ver el rostro de incredulidad de varios de los más jóvenes—: huyeron de una emboscada de los mortífagos en la boda de tío Bill y tía Fleur, los encuentran otros mortífagos de vayan-ustedes-a-saber qué forma, entran a la casa y tienen que lidiar con esos embrujos de protección, y de paso, papá con esa intromisión de la mente de Voldemort.

—Más que de la mente, de sus sensaciones —aclaró Harry—, y sí, no fue sencillo, pero el cansancio pudo más.

—Entiendo —reconoció Lilu, aun preocupada.

Sirius miró con interés el pergamino ubicado delante de su asiento.


Buenas tardes desde San Diego, Venezuela, y feliz domingo de juegos divisionales de la NFL! Bueno, no puedo negar que soy aficionado a un deporte que pocos entienden y muchos menos disfrutan, como es el deporte por excelencia de los estadounidenses, el "fútbol americano", por ello el saludo. Pero no nos trae eso, sino este nuevo capítulo en esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros", en el cual se narran las consecuencias de la caída del ministerio en los típicos tres actos: la reunión del trío y su huída de La Madriguera, la escaramuza en el café y la llegada a Grimmauld Place 12, con las particularidades que involucraba. Un capítulo relativamente corto pero intenso, por las diversas emociones que nos hace vivir. Emociones que sólo se pueden pagar con el agradecimiento que siento por cada visita, alerta activada, marca de favorito y comentario que ustedes, mis muy apreciados lectores, dejan semana a semana, como esta semana hicieron creativo (como siempre con sus mensajes crípticos, aunque yo con la saga de Animales Fantásticos tengo la misma posición que con El Legado Maldito: No los considero dentro de la línea temporal que llevo desarrollada, es como si existieran en universos distintos del multiverso de Harry Potter; y JS puede tener preguntas inocentes e insolentes, es cuestión de saberlo interpretar) y Maya (Bienvenida! Me alegra que te guste la forma en que se está narrando esta historia y los matices románticos de cada pareja, espero que todo vaya bien también para tí)... Gracias, infinitas gracias por estar y por mantenerse (que es lo más dificil) durante tanto tiempo domingo tras domingo, pendientes del nuevo capítulo! Saludos y bendiciones para todos y todas!