Semillas de Bluanfah

Hoshi

—¡Paaaaaapiiiiiiiii! —canturreó en voz melosa antes de dar algunos saltitos, con los ojos húmedos y los brazos en alto.

El hombre de cabellos azul claro y ojos dorados soltó un suspiro de exasperación, sonriendo de un modo tan brillante, que por un momento pensó que no la iba a contar.

Su padre la tomó en brazos, pellizcándole una mejilla y estirándola tanto, que comenzó a quejarse.

—Aw, aw, aw… me la tilas papiiiiii.

—¡Ferdinand, suelta su mejilla! —ordenó su madre, la hermosa mujer de cabellos azul oscuro que cargaba a su hermano pequeño de apenas un año.

—¿En serio? ¿Cómo debería pagar por lo que ha hecho esta pequeña gremlin entonces?

Hoshi miró en derredor. Había sido divertido lanzar todos los cojines de la sala de juegos sobre Aki, o escalar las cortinas aun cuando estas se cayeran. Volcar las botellas de leche de los otros niños no había sido tan divertido, todos habían gritado, pero no era su culpa, la mesa solo había aparecido en su camino, mientras perseguía la pequeña pelota con alas que su madre le había regalado hacía poco.

—Tal vez —dijo su madre, mirando con seriedad el desastre a su alrededor, con Aiko escondida tras ella, abrazando con fuerza la muñeca de cabellos rubios que representaba a la diosa de la luz—, deberíamos retirar los postres de su dieta por un par de días y ver que recoja todos los juguetes que tiró a su paso.

Miró a su padre preocupada. Nunca era bueno cuando papá sonreía de modo brillante y hermoso, eso siempre significaba problemas.

—No lo sé, me parece que es un castigo muy pequeño en comparación con la magnitud de los daños.

Hoshi se encogió de hombros, aferrándose a la ropa de su padre y soltando algunas lágrimas. Ni siquiera su madre iba a salvarla ahora.

—¿Qué tal si la confinamos al cuarto de castigo del Templo? ofreció su padre luego de darse algunos golpecitos a un lado de su frente.

No sabía que era eso. Ni siquiera sabía que era el Templo con exactitud, solo sabía que Aiko asistía algunos días. Lo que fuera ese cuarto de castigos, no sonaba nada divertido.

—¡Ferdinand! —amenazó su madre de inmediato.

Su padre la miró sin sonreír más. Al menos no iba a matarla ahora.

—Bien, recogerá las cosas que tiró. Limpiará la leche que derramó. Se irá a dormir más temprano y no habrá canción ni cuento para ella esta noche.

Hoshi se congeló en su lugar, mirando a su padre incrédula antes de comenzar a llorar.

—¡No, paaaaapiiiiii! ¡Nooooo! ¡quelo el calto de castigos! ¡quelo el calto de castigoooos!

Estaba tan ocupada llorando que no se dio cuenta de en qué momento la habían bajado o cuando se habían retirado sus hermanos y los otros niños de la sala a tomar la siesta dentro del cercado de madera colorida. Lo cierto es que su padre estaba sentado junto a ella, mirándola con su nana de pie detrás de ella.

Hoshi dejó de llorar, mirando a todos lados hipando un poco. Su madre ya no estaba tampoco.

—¿Papi?

—Si terminaste de gastar tu tiempo, toma y comienza a limpiar.

Hoshi se puso en pie, tomando el trapo que su padre le había dado, mirándolo sin saber bien que hacer. Miró a su padre, el cual se puso de pie antes de mirarla una última vez a ella y luego a su nana.

—Muéstrale como pero no la ayudes. Si tiene la habilidad para voltear toda la sala de niños de cabeza, entonces tiene la coordinación para limpiarla. Alguien me llevará un reporte de lo que suceda.

Ese día Hoshi aprendió que limpiar, aunque podía ser un poco divertido, no lo era demasiado. También aprendió que las noches eran tristes y sombrías sin su padre cantando al pie de su cama o su madre leyendo junto a su almohada.

A pesar de todo, sus padres fueron a besar su frente esa noche y a taparla bien. Ambos hablaron con ella. Podía jugar y divertirse. Podía correr también, pero debía ser más cuidadosa. Su padre incluso la hizo darse cuenta de los problemas que le había causado a todos sus amigos, de modo que decidió poner más atención.

.

—¡Bu! —gritó Hoshi, saltando de detrás de un sillón, riendo cuando Aiko saltó, dando un pequeño grito y soltando el libro que llevaba entre las manos.

—¡Hoshi!

La pequeña de cuatro años comenzó a reír. Sosteniendo su panza y cayendo sentada al suelo en lo que su hermana mayor tomaba su libro y se iba molesta a otra zona para leer. Tenía poco que había aprendido.

—¡Ni pienses en pedirme que te lea cuentos, Hoshi!

Ella solo siguió riendo. Cuando se calmó, observó con atención.

La sala de juegos siempre estaba repleta de niños.

Bettina, que era de la edad de su hermana y Dominic, que era un año menor, habían acudido al rescate de Aiko, la cual había comenzado a quejarse de ella de nuevo. Frederick no tardó mucho en caminar con ellos. Dominic le lanzó una mirada, sonriendo como un zantze del mismo modo que su padre, Lord Harmut. Eso parecía una advertencia.

Helga y Gretchen jugaban con algunas muñecas en la zona de juguetes. Hoshi no quería jugar con ellas por ahora y asustarlas tampoco era divertido.

Por otro lado, Adolph y Sigmund estaban discutiendo de nuevo, haciéndola sonreír. Lo segundo más divertido después de asustar a su hermana era molestar a su séquito. Tomó un oso de peluche y caminó donde Helga y Gretchen, haciendo un sonido exagerado de pisadas.

—Raw, Raw, Raw, ¡El Señor del Invierno ha llegado! ¡Y quiere comer niñas de peluche!

Las dos pequeñas gritaron entonces, corriendo con las muñecas en alto. Hoshi las perseguía riendo bastante, al menos, hasta que las pequeñas alcanzaron a los dos niños.

—¡Auxilio! ¡El Señor del Invierno! —gritó Gretchen. Sus cabellos grises arreglados en dos coletas moviéndose de un modo divertido mientras se escondía detrás de los dos chicos.

—¿Otra vez? —se quejó Sigmund mirándola con fastidio.

—¡Raw, raw! ¡Derrotaré a todos sus caballeros! ¡Raaaaaw!

Sigmund miró el libro sobre caballeros que yacía en la mesa antes de rascarse sus cabellos castaños, mirándola con sus ojos azules llenos de cansancio.

—¡Hoshi!

—¡Raw!

—¡Yo defenderé a Lady Gretchen! —se ofreció Adolph, levantando la espada de madera que no había soltado aún, mostrando una enorme sonrisa. Adolph era mucho más divertido que su padre, el caballero Matthias y mucho más ruidoso que su madre, la asistente Grettia.

—¿Entonces yo también tengo que pelear con el señor del invierno? —se quejó Helga, acunando una de sus mejillas, provocando que su cabello verde reluciera con el sol. Era tan adorable como su madre, Angélica—, ¡estábamos por ir de compras!

—¡Raw! ¡Nadie va de compras con el Señor del Invierno! —exclamó Hoshi, comenzando a reír de un modo malvado antes de lanzarse contra su pequeño séquito de niños.

Gretchen se ocultó detrás de Sigmund. Helga y Adolph movían sus espadas para golpear al oso de peluche que tenía en las manos. De pronto todos reían y ella comenzó a brincar, escalando uno de los estantes para luego saltar sobre un sillón, riendo a más no poder cuando notó que había evitado por muy poco ser alcanzada por la espada de Adolph.

Helga brincó ágilmente hacia el sofá, quitándole el oso y apuntando a su cuello con la otra espada de madera.

—¡Muere, malvado Señor del Invierno!

—Bien, bien, me rindo, ¡me rindo! —respondió Hoshi sin parar de reír.

Hubo algunos gritos de hurra. Sus amigos felicitaron a Helga y a Adolph… llevándose al oso de peluche a otra parte. Bueno, no es que quisiera seguir jugando a lo mismo.

Hoshi caminó de puntillas a la sección de bebés. Estaba comenzando a escalar el cercado que mantenía a los bebés separados de ellos cuando alguien la tomó en brazos.

—¡¿Eh?! ¡No! ¡Quiero jugar con Aki chan! ¡Aki chaaaaaaan! ¡Akiiiiiiiii!

El bebé caminó hasta ella, riendo y cayendo sentado apenas llegar al cercado, saludándola con su manita… o despidiéndose de ella, que parecía flotar ahora lejos de su hermano pequeño.

—Lady Hoshi —dijo su niñera, Lady Gloria—, temo que es hora del almuerzo. Además, su padre dejó muy claro que no puede estar corriendo en la zona de bebés, la última vez tiró a su hermano sobre los otros pequeños.

—¡Pero no iba a tirar a nadie!

—¡Pero podría! Vamos, es hora de almorzar. Sea buena y permítame ayudarle a limpiar sus manos y su cara.

Hoshi soltó un suspiro exasperado, dejando que su niñera la aseara y preparara para comer, dando un grito de sorpresa de repente.

—Lady Hoshi, ¿qué le pasó a su vestido?

La niña se miró una vez de pie en el suelo, ladeando la cabeza y sonriendo.

—¡No podía escalar, así que me lo quité!

Su nana se tomó de la frente, negando y murmurando algo que parecía como una oración a Dultzetzen. Ella se miró de nuevo. No parecía haber nada malo con su aspecto.

—¡Sería mejor si me pusieran pantalones! La ropa de niña no me sirve para escalar y saltar.

Gloria suspiró. Luego tomó un vestido limpio y se lo colocó, deshaciendo su peinado y cepillándola de nuevo para arreglarla, jalando un poco en el proceso.

—¡Auch, auch, aaaaauuuuuch! ¡eso duele!

—Las niñas bien portadas no corren ni escalan, Lady Hoshi, de modo que no se les hacen nudos en los cabellos. Al menos avíseme para que le ponga ropa de montar y amarre su cabello en trenzas.

—Bien, bien, entonces dile a ti…. Ri, a Tuuri que me haga más ropa de montar. No me gusta usar vestidos aquí adentro.

Escuchó a su nana suspirando con desesperación antes de tomarla de la mano y guiarla al pequeño comedor donde ya estaban reunidos los niños de entre tres y seis años de la sala de juegos.

—Lo haré, milady. Ahora, por favor, trate de comer sin derramar nada. Su padre desea invitarlas pronto a su hermana, Lady Aiko y a usted a una fiesta de té.

Hoshi se sentó bien erguida en ese momento, sonriendo sin poder disimularlo y mirando de manera brillante a Aiko, imitándola a partir de ese momento y hasta que terminó el almuerzo. Una fiesta de té significaba que habría galletas, pasteles y dulces maravillosos. Una fiesta de té con su padre significaba que, además, habría música divertida y tal vez algunas historias sobre los caballeros de Ehrenfest, de Dunkelferger o de Alexandria. Casi no podía esperar.

.

La fiesta de té había sido mejor de lo esperado. Su padre les había presentado un nuevo invento de su madre llamado chocoflan, también les había cantado un par de canciones y había accedido a contarles sobre el turnisbefallen que había atacado la Academia Real cuando él aún era un estudiante. Luego el ambiente se había puesto serio y los asistentes les habían retirado los platos, colocando un artefacto antiescucha de rango específico.

—[Niñas, su madre está con la carga de Geduldh, así que no podrán verla por un tiempo]

Hoshi resopló. No le gustaba mucho hablar en japonés. Siempre le costaba trabajo hilar las ideas de manera correcta.

—[Padre, ¿de verdad no podemos verla?] —dijo Aiko, mirando a su padre con un rostro noble y perfecto—, [los hijos de Lord Harmut tienen hermanos tan seguido como nosotros y no se les prohíbe ver a su madre. Dominick me dijo que…]

—[Aiko, si quieren ver a su madre, tendrán que usar ropa especial. Lo sabes. No voy a arriesgar a su hermano o a su madre de modo alguno]

Aiko suspiró. Su padre se cruzó de brazos, observándolas a ambas. Hoshi no entendía bien que estaba sucediendo, así que miró a Aiko y luego a su padre.

—[¿Entonces, podemos ver a mamá con ropa especial?]

—[Si, así es]

—[¿Y ella puede seguir leyéndonos historias?]

Su padre se golpeó la sien, considerando un momento antes de contestar.

—[Puede, siempre que sean ustedes quienes vayan a nuestra habitación con la ropa adecuada]

Torció la boca molesta. Luego miró a su hermana.

—[¿Qué ropa vamos a usar, Aiko?]

—[Ropa de plata. ¡Es muy incómoda! Nos la pondrán sobre nuestra ropa, nos la pondrán en calcetas y en guantes para que no podamos pasarle nuestro mana a mamá por accidente]

Hoshi miró a su padre de nuevo, pensando.

—¿Pasar el mana es lo que hacemos con la pelota voladora que nos regaló mamá?

Su padre asintió.

—Está bien. Me portaré bien y usaré la ropa, papi.

Su padre parecía aliviado ahora, poniéndose en pie antes de lanzar una mirada atemorizante a los asistentes, los cuales se dieron vuelta a la pared de inmediato. Después de eso, su padre se acercó a ambas y las tomó en sus brazos, besándoles las mejillas y sonriéndoles a ambas.

—Sé que no te gusta, Aiko, pero sabes que es importante para mí.

—¡Si, padre!

—Hoshi, no quiero más quejas de Lady Gloria sobre que estás intentando colarte a la zona de bebés o no podré dejarte ir a ver a tu madre. ¿Lo entiendes?

—Seré buena, papi. No más señor del Invierno, ni señor del Verano para Aki.

—Muy bien —sonrió su padre de nuevo, abrazándolas a ambas una vez más antes de ponerse en pie, ayudándolas a bajar y tomándolas de las manos—, en ese caso, las escoltaré de regreso a la sala de juegos. Verán a su madre dentro de tres días, recuerden ser cuidadosas con ella. Su nuevo hermano o hermana es tan pequeño, que podrían lastimarle si son bruscas.

—¡Hai, otto San! —dijeron ambas a coro antes de comenzar a caminar, sostenidas de las manos frías de Ferdinand.

.

Aiko fue bautizada. Ellos podían seguirla llamando como siempre, sin embargo, el resto de las personas a su alrededor debían llamarla Dulcinea. De hecho, su hermana mayor no paraba de pedirle en sus fiestas de té que la llamara Dulcinea ella también, después de todo, era el preciado nombre que su padre había pensado solo para ella.

—¿También me van a cambiar de nombre? —preguntó Hoshi horrorizada cuando cumplió seis años, haciendo lo posible por no derramar su té sobre el vestido que Gloria le había puesto.

—Sus nombres no son aptos para los nobles —le explicó Letizia. Era una de esas raras ocasiones en que su hermana no estaba en Ibiza montando algún espectáculo en el Templo de Kuntzeal y que su esposo no estaba alrededor tampoco—, entiendo que madre Rozemyne sienta aprecio por esos nombres, después de todo tienen significados hermosos en el idioma secreto de Alexandría, pero no son aptos. Cualquiera que los oiga fuera del Palacio se burlará de ustedes y pondrá en duda que son hijas de Aub.

—¿Porqué? ¡Es estúpido! —se quejó Hoshi de manera airada.

Un pequeño golpe en su cabeza le llamó su atención. Hoshi miró a su lado, notando el momento en que Aiko alejaba el abanico con que la había golpeado en la cabeza.

—No puedes decir esas palabras, Hoshi —la reprendió Aiko—. ¡Papá estirará tus mejillas si te escucha!

Las dos niñas se cubrieron las mejillas y Letizia tuvo problemas para no reír a carcajadas, cubriendo su boca con su propio abanico cerrado por completo, como si con eso pudiera evitar que el sonido saliera con libertad.

—Supongo que debo sentirme afortunada —comentó Letizia antes de dar un sorbo a su té—. Padre nunca pellizcó ni estiró mis mejillas… aunque eso podría ser por recomendación de madre.

—¡Mamá podría prohibirle tirar de nuestras mejillas también! —se quejó Hoshi, cubriéndolas todavía, como si la mera mención de Ferdinand pudiera hacerlo aparecer a su espalda.

—Mamá está demasiado ocupada con su embarazo —suspiró Aiko a desgana—, no ha salido ni siquiera a tomar el desayuno con nosotras, ¿cierto, hermana Letizia?

—Es verdad, hermana Dulcinea —asintió la mayor de las tres—, padre dice que hay algo raro con este bebé, por eso no puedo volver a mi casa hasta que nazca.

—¡¿Te quedarás tanto tiempo?! —saltó Hoshi de inmediato, recibiendo otro golpe con el abanico de Aiko y sentándose de vuelta—, ¡Auch! ¡Aiko!

—¡Dul ci ne a! ¡Dulcinea! ¡No es tan difícil, Hoshi!

La niña torció la boca y apretó los dientes con fastidio, tomando aire antes de sentarse derecha y poner un rostro inexpresivo y aburrido, mirando las galletas y el té con los ojos a medio cerrar y tomándose de las manos sobre su regazo.

—Entonces, hermana Letizia, ¿por qué papá te pide quedarte tanto tiempo con este bebé y con nosotros no?

Letizia ahogó una risita con su abanico, mirándola con los ojos brillantes y haciendo una señal para que les pusieran un aparato antiescucha de rango específico.

Letizia cerró los ojos un momento. Hoshi hizo un intento por no agacharse. Su hermana estaba cambiando de idioma.

—[Madre no da mana a Alexandría]

Hoshi abrió mucho los ojos. El abanico de Dulcinea cayó frente a ella y se recompuso, llevando su taza de té a su boca para cubrirla y bajar la voz.

—[¿Es en serio?] —interrumpió Dulcinea— [¡Pero mamá tiene muchísimo mana!]

—[Madre no da mana a Alexandria cuando Dulcinea fue carga de Geduldh. Padre pensar que madre en peligro]

Hoshi se llevó una galleta a la boca para calmarse.

Alguna vez sus padres le habían explicado a ella, a Aiko y a Aki cómo la imaginación era vital para visualizar las acciones del mana. Así les habían explicado como hacía su madre para seguir abasteciendo la fundación de Alexandría a pesar de estar embarazada, la única restricción que su padre le había puesto era ir a diario a la fundación. Cada vez que su madre estaba encinta, podía dar mana a la fundación tres días por semana. Eran los mismos que ellos asistían para aprender a mantener Alexandría en pie.

—[¿Entonces, crees que papá nos impida ver a mamá, hermana Letizia?] —preguntó Hoshi con preocupación.

Letizia bebió de su té, respirando antes de volver a colocar su taza en su lugar, desplegando su abanico para mirar a sus hermanas menores.

—[No sé. Yo no poder porque mi mana no ellos]

Ambas niñas se miraron entonces con pesar. Hoshi recordaba lo engorroso que había sido vestir la tela plateada para ver a su madre cuando estuvo esperando a Yuri, no le gustaba. Si su madre estaba tan débil era seguro que su padre espaciaría las visitas más que nunca.

—[No se puede hacer nada, entonces] —sentenció Dulcinea—, [tendremos que ceñirnos a lo que dicte papá. No me gustaría hacerle daño a mamá o al nuevo bebé]

Hoshi asintió con tristeza. Ella tampoco quería causarle problemas a su familia, aún si esto la obligaba a renunciar al tiempo que podía pasar con su mamá.

.

–¡No quiero que te vayas, Hoshi!

–Aki, ¡estarás bien! Podrás estar en la misma ala que nosotras muy pronto. ¡No seas bebé!

–¡No me gusta!

Hoshi observó a su hermano menor. Era un niño encantador que a sus cinco años hacia suspirar a algunas de sus asistentes. Hoshi aún no sabía si era por su cabello azul claro y sus ojos dorados que lo hacían lucir como una versión miniatura de su padre o por esa aura de desamparo que lo había vuelto el objeto preferido de su madre para ser abrazado luego del nacimiento de los gemelos.

–¿Qué es lo que no te gusta? –preguntó Hoshi, jalando con insistencia un cadejo suelto de su trenza, notando que su cabello era del exacto mismo color que el de su hermano.

–Tú y Aiko van a dejarme atrás con los bebés –respondió el niño, señalando a la pequeña de casi tres años, cabello azul oscuro y ojos verdes correteando con la nana detrás de ella y los dos pequeños bebés de algunos meses, cuyos ojos y cabellos verdes desgreñados hacían difícil saber cuál era quién si no podías ver los moños en la cabeza de la niña, ambos mordisqueando unos peluches de shumil dentro del cerco de seguridad.

–Ve el lado positivo, mamá va a venir a verte todos los días después de cada comida y papá seguirá cantando para ti en la noche.

Hoshi no pudo evitar hacer una cara amarga al recordar la fiesta de té que había celebrado con su hermana Dulcinea un par de días atrás, después de que su padre le entregara un anillo verde para que practicara a mover su mana hacia él para dar bendiciones.

Dulcinea le había informado que aunque compartiría las comidas con sus padres, la hermana Letizia y su esposo cuando estuvieran en la ciudad, no habría más canciones de cuna por parte de su padre, y la mayor parte del día serían clases, clases y más clases.

Clases de historia, de geografía, de matemáticas avanzadas, de oración todos los días en el templo, de harspiel y algún otro instrumento que le gustara. También aumentarían sus ejercicios matutinos y comenzarían a darle entrenamiento básico de caballero para determinar un arma adecuada para ella. Tendría clases de danza tres veces a la semana y una vez por semana tendría clases de manejo de mana con su padre… y no eran clases sencillas o agradables. Además, el bautizo significaba que no tendría más clases de natación en la alberca del palacio.

Lo único bueno es que podría empezar a salir a otros lugares además del templo o el área de bebés en la biblioteca.

Aki abrazó a Hoshi antes de que Gloria fuera a buscarla.

–¿De verdad te irás? –musitó su hermano de nuevo–, incluso dejaré que me asustes todos los días, cada campanada sin decirle a nuestros padres, ¡jugaré contigo al Señor del Invierno y al Señor del Verano todo el tiempo! ¡y dejaré de cantarte la canción de la estrellita!

A la pequeña se le encogió el corazón. Era cierto que había pasado los últimos dos años haciéndole bromas a Aki, asustándolo un par de veces por semana solo por el placer de verlo saltar y que su juego favorito con él, conforme los niños de su séquito eran apartados de su lado, había sido molestarlo con el Señor del Invierno y el Señor del Verano… ahora ya no podría volver a hacerle ese tipo de bromas, ni Lady Gloria, ni su hermana Dulcinea, ni sus profesores la dejarían comportarse de manera deshonrosa nunca más.

–Ojalá pudiera quedarme. ¡Ojalá no tuvieran que darme un nombre noble y pudiera corretear contigo para siempre! Pero estamos creciendo. Lo lamento mucho, Aki.

Los hermanos se abrazaron con fuerza. Hoshi le dio un beso en la frente a su hermanito y salió para que tía Tuuri le tomara medidas para su vestido de bautizo.

.

Lord Harmut había oficiado su bautizo.

Tal y como Dulcinea le advirtiera, durante toda la ceremonia se había referido a ella como "hija de Aub Alexandria". Dolía saber que ya no sería la pequeña estrella especial de sus padres, de hecho, tenía miedo de su nuevo nombre. ¿Y si a partir de ahora debía llevar un nombre ridículo como Gertrudis? ¿Y si su nuevo nombre no le gustaba? ¿Qué tal que le ponían el nombre de una flor? ¡No quería tener un nombre de flor! ¡Ella no era una flor! ¡Quería ser una caballera! Tal vez la comandante de los caballeros de Alexandria. ¿Qué tipo de comandante llevaría un nombre de flor o un nombre ridículo como Gertrudis?

—Hoshi —murmuró su madre detrás de un abanico.

La niña sintió que sus orejas y sus pómulos se coloreaban. Ajustó la larga trenza azul plata que colgaba de su cabeza, tomando aire y mirando a sus padres. ¡Se había perdido en sus pensamientos frente a todo el ducado! Dulcinea iba a golpear su cabeza con ese estúpido abanico en cuanto llegara a la sala de juegos.

Su padre se aclaró la garganta y Hoshi no tuvo más opción que pararse derecha, mirando atenta y evitando pensar en otra cosa que no fuera su bautizo.

Ferdinand le tomó de la mano, arrodillándose y colocándole un anillo con el noble color de la primavera antes de besarle la mano y ponerse en pie.

—Nuestra brillante estrella —comenzó Lord Ferdinand bajo la atenta mirada de todos los nobles de Alexandría, con las orejas rojas y lanzando miradas de soslayo a su esposa—, Aub Rozemyne y yo, Lord Ferdinand, te entregamos este anillo, símbolo de tu nobleza y te damos ahora el nombre de Fernestine Tochter Alexandria.

Hoshi, ahora Fernestine, miró a su madre, la cual estaba intentando aguantar la risa, en especial cuando su padre le dedicó una mirada de lo más amenazante.

La recién bautizada miró a Lord Harmut, quien sonreía divertido antes de agacharse un poco para decirle algo.

—Cuando llegues a tu habitación, busca a Dominick, él te explicará —comentó el sacerdote erudito guiñándole un ojo.

Hoshi, cuyo nombre ahora era Fernestine, pasó a ofrecerle una bendición al Sumo Sacerdote de Alexandria, recordando que su hermana Dulcinea le había insistido en que no se contuviera con la bendición.

Cientos de hermosas luces verdes salieron de su anillo, lloviendo sobre los nobles del ducado, el sacerdote y sus padres, haciéndola sonreír contenta ante el espectáculo. Cuando miró a sus padres se dio cuenta de que el consejo había sido dado con la intención de molestar a su padre, quien ahora se daba golpecitos en la sien con resignación.

Hoshi usó su abanico para cubrir la enorme sonrisa imposible de suprimir al verse cómplice de una travesura tan grande junto a su madre y su hermana. Luego tuvo su fiesta y consultó con Dominick, tal y como Lord Harmut le había instruido.

El pequeño rapáz, como solía llamarlo su padre, Aub Ferdinand, no tardó nada en llevarle un libro de Alexandría. Al abrirlo, se encontró con el retrato de una mujer hermosísima de mirada fría que era idéntica a su padre… era como verse en un futuro. Cuando dio la vuelta a la página para leer el título le fue difícil contener una risotada nada noble.

"Fernestine"

La trágica historia de una doncella tan increíble como el mismo Zent

Al revisar un poco más, se dio cuenta de que el libro había sido escrito por la abuela Elvira mucho tiempo atrás, seguramente cuando su madre asistía todavía a la Academia Real.

Con una enorme sonrisa traviesa, Fernestine entregó el libro a Lady Gloria, dándole instrucciones de colocarlo en su habitación, dentro del cajón que debía tener su mesita de noche para poder leerlo después.

—¿Quiere que le consiga la colección completa, milady?

—¿Hay más de un volumen? —preguntó impactada.

Lady Gloria tomó el libro, mirándolo con algo parecido a la nostalgia y una sonrisa hermosa en sus labios.

—¡Oh, si! Es una hermosa y larga colección que de seguro va a disfrutar, milady. La protagonista de esta historia lucha en varios ditters, subyuga trombes y al señor del verano e incluso consigue atar sus estrellas con el hombre de sus sueños a pesar de todos los problemas que recibe por parte de la primera esposa de su padre.

La niña se sintió de pronto orgullosa de su nuevo nombre, sonriendo antes de buscar a su padre con la mirada.

¡Al diablo con los estúpidos manerismos nobles!

Fernestine corrió hacia sus padres, saltando con los brazos abiertos hacia Lord Ferdinand y tallando su rostro en el pecho de su padre, el cual la había atrapado al vuelo y ahora la aferraba con fuerza.

—¡Fernestine! —la amonestó el hombre sin bajarla.

La niña separó su rostro para verlo con una brillante sonrisa, usando sus brazos para sostenerse del cuello de su padre y depositar un beso en su mejilla, restando importancia a los comentarios que habían comenzado a circular en murmullos a su alrededor.

—[Te amo, papi. Muchas gracias por mi nuevo nombre. ¡Me encanta!]

Su padre soltó un suspiro, devolviéndole el abrazo de buena gana esta vez, bajándola al suelo y besándole la coronilla, permaneciendo arrodillado frente a ella.

—[Me alegra saberlo. No estaba seguro de que te gustaría tomar mi propio nombre, Hoshi. Espero que seas mucho más libre de lo que fui yo antes de casarme con tu madre]

Su padre se levantó y su madre posó su mano sobre su hombro, agachándose hasta quedar a la altura de sus ojos.

—[Siéntete muy orgullosa de tu nombre, mi hermosa Fernestine. No creo que nadie podría portarlo mejor que tú.]

Fernestine sonrió antes de lanzarse también a los brazos de su madre, besándole también en la mejilla antes de alejarse un poco y mirarla a los ojos.

—[Estoy muy orgullosa de mi nuevo nombre, mami. Haré lo posible por comportarme a la altura del mismo. A cambio, ¿podrías dejar de tener bebés? Adoro a mis hermanos, pero a ninguno de nosotros nos gusta dejar de verte o usar esas estúpidas ropas plateadas]

El rostro de Rozemyne se descolocó de un modo nada noble en ese momento. Ferdinand cubrió su boca con la mano en tanto sus hombros temblaban por la risa difícil de contener. Los nobles alrededor de ellos miraban la escena con incredulidad y su hermana Dulcinea y Letizia no tardaron nada en abrazarla y felicitarla. Era la primera vez que Fernestine había provocado una carcajada en Aub Ferdinand de Alexandría y esperaba que no sería la última.

.

Notas de la Autora:

Les recuerdo que en mi cabeza, aunque Ferdinand no es Aub de manera formal para el reino, es reconocido como tal dentro de Alexandría.

Ahora bien, ¿qué les ha parecido este pequeño torbellino? Sé de cierto gremlin de cabellos azules que causó muchos dolores de cabeza a su familia, tiene que pagarlo de algún modo... aunque Fernestine es solo el comienzo, lo prometo.

Pasando a algo más importante, este capítulo está dedicado a SAMU_PGXx sé que amaste a esta niña hyper activa en cuanto leíste el capítulo, jejejeje, así que es toda tuya.

Ya tenemos a nuestra segunda niña de la familia archiducal de Alexandría. Tengo muchos planes tanto para ella como para sus hermanos... pero vamos poco a poco, ¿les parece? De nuevo, lamento que esta serie no vaya a ser actualizada cada semana como Los Dioses del Amor o la serie La Flor y El Demonio, pero les aseguro que cada capítulo valdrá la pena.

SARABA