Semillas de Bluanfah

Aki

Cuando era muy pequeño amaba el corral de bebés.

Ese cercado de colores que mantenía su lado acolchado, seguro y lleno de grandes imágenes de figuras en la pared, con todos esos hermosos animales de peluche que podían hacer sonidos graciosos cuando los abrazaba, el espejo ubicado en la esquina donde él y los otros bebés se miraban y reían por los gestos y las mullidas frazadas que las nanas les ponían para descansar luego de tomar leche y probar comida novedosa. Esos recuerdos habían enmarcado lo que Aki categorizaba como, lo mejor de su vida.

Tal vez la parte que más había disfrutado de su estancia en el corral de bebés era que Hoshi tenía prohibido entrar.

Su hermana, tan parecida a él en aspecto, tenía prohibido pasarse a su lado de la cerca. La niña solía tomar muñecas y juguetes que movía por encima de la cerca gritando y haciendo todo tipo de ruidos graciosos antes de revolverle el cabello con una enorme sonrisa y luego salir corriendo a molestar a los niños del otro lado de la cerca.

Aki tenía cuatro años cuando lo pasaron al otro lado de la amplia y colorida habitación. Atrás había quedado Yuri, su hermana de cabello azul medianoche y ojos verde pasto que solía seguirlo por todos lados, así como una pequeña parte de sus amigos.

—¡Bu!

—¡Aaaah! ¡Hoshi!

Lo peor de pasar al otro lado era que Hoshi lo había convertido en su blanco favorito para hacerle todo tipo de bromas.

Su hermana había decidido dedicar sus pequeñas obras de marionetas peleando solo para Yuri.

Si Aki se sentaba en la sección de lectura a mirar los libros con ninguna o pocas letra, Hoshi le arrebataba los libros, corriendo por toda la habitación para que él la persiguiera.

Si Aki se acercaba a los ventanales para mirar el jardín, Hoshi saltaba de lo alto de las cortinas, cayendo frente a él y gritando "Bu", asustándolo tanto, que el pobre había mojado sus ropas al menos dos veces ese año.

Si Aki no se apresuraba a terminar su comida, Hoshi le colocaba insectos de juguete en la cabeza, el brazo o incluso en la cuchara o en su vaso. Incluso había hecho volad la pelota de mana un par de veces en su dirección. ¡Su hermana era terrible y temible!

—¿Les gusta la comida? —preguntó Aiko, la hermana mayor de ambos aquella tarde, conforme los tres tenían una fiesta de té en una sala aledaña a la sala de juegos en el ala de niños.

—¡Es delicioso! —gritó Hoshi. Aki casi podía notar estrellas saliendo de los ojos de su hermana.

—¿Y a ti que te parece, Aki? —preguntó Aiko, haciéndolo sonreír con timidez.

—Me gusta. Es muy cálido. Sabe dulce pero también un poquito amargo y es tan cremoso, que mi garganta se siente como, como cuando papá nos está cantando una canción antes de dormir.

Las dos niñas se miraron un poco incrédulas. Aiko apoyó su abanico cerrado sobre su boca, riendo bajito en tanto Hoshi reía con fuerza, sosteniendo su estómago. ¿Había dicho algo malo?

—Aki, a veces te pareces demasiado a nuestro padre —aclaró Aiko cuando se recompuso, mirándolo con afecto—. Papá dijo algo similar cuando mamá presentó esta bebida la semana pasada. Dice que es chocolate cremoso con bombones.

El pequeño sonrió. Por lo general solo lo comparaban con su padre en cuanto a su aspecto, era raro que le encontraran semejanzas a un nivel más profundo.

—Aiko, ¿has visto a mamá? —preguntó su otra hermana.

La mayor suspiró dentro de su taza de té antes de bajarla y dar una sonrisa tan brillante, que a Aki le provocó escalofríos.

—Que me llames Dulcinea, Hoshi, ¿por qué no lo entiendes?

—¡Porque te llamas Aiko y yo me llamo Hoshi! —arremetió su hermana— además, Aiko es más lindo y más fácil de pronunciar.

—Si, claro. Eres una infantil.

—¡Y tú una creída!

—¡Salvaje!

—¡Estirada!

—Dulcinea, ¿cómo está mamá? —intervino Aki en ese momento, cortando la atmósfera temible que había presenciado—, la extraño mucho.

Las dos niñas guardaron silencio, parecían apenadas ahora.

Hoshi miró a otro lado soltando un suspiro estrepitoso y disconforme. Dulcinea hizo un gesto a su asistenta adulta y esta colocó un aparato antiescucha alrededor de ellos, activándolo.

—[La vi hace dos noches, padre no me permitió tocarla. Está tan hinchada que parece que va a explotar]

Tenía ganas de llorar. No quería que su madre muriera o explotara.

—[¡Mamá es muy fuerte!] —intervino Hoshi tomándolo del hombro y mirándolo a los ojos con determinación—. [Ha inventado más cosas que nadie en todo el reino. Reclamó este ducado para salvar a nuestro padre de la muerte. Es tan fuerte y lista que los dioses la convocaron antes de volverse adulta para salvar a nuestro padre y tiene la gran sabiduría a su disposición. Un bebé no nos la va a arrebatar. ¡Así que no vuelvas a poner esa cara, pedazo de idiota!]

El pequeño niño miró de una a otra de sus hermanas, limpiando sus ojos con las mangas y reajustando su propio rostro por uno determinado.

—[¡MAMÁ VA A ESTAR BIEN!] —afirmó Aki envalentonado.

Sus hermanas imitaron su gesto, asintiendo y sonriendo hacia él antes de apoyar cada cual una mano sobre alguno de sus hombros.

La verdad es que tenía una temporada entera en que no había visto a su madre. Sería paciente. Con algo de suerte, el bebé nacería un par de meses antes del bautizo de Hoshi, entonces todo volvería a la normalidad. Podría ver a su madre y abrazarla hasta que fuera hora de dejarla ir o volver a su habitación.

La fiesta de té continuó un poco más y luego Aki y Hoshi debieron despedir a Dulcinea en la entrada al ala de niños.

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—Lord Aki, despierte, por favor. Lord Aki.

El pequeño niño talló sus ojos con pereza antes de enderezarse a medias, cansado y somnoliento. No había pasado ni medio mes desde la fiesta de té con Dulcinea.

Lady Suzanne, su nana temporal estaba de pie con una bata mullida en sus manos junto a su cama y una expresión extraña en el rostro. Aki se paró de inmediato, ayudando a Lady Suzanne a vestirlo y ayudarlo a bajar.

—¿Qué pasa, Suu? —preguntó el niño en cuanto sus pies tocaron el suelo y su nana le tomó de la mano con fuerza.

—Su padre acaba de convocarlos a usted y Lady Hoshi a sus aposentos.

Las alarmas sonaron en su cabeza. Las palabras de Dulcinea, diciendo que su madre parecía a punto de reventar resonaron una y otra vez, haciendo difícil no soltarse a llorar en ese momento.

—¿Qué? ¿Mamá está bien?

Su nana no le respondió, solo apretó el paso en cuanto vieron a su hermana Hoshi caminando a prisa con Lady Gloria.

Cuando llegaron a las puertas de la recámara de Aub en el segundo piso del edificio principal, Aki estaba demasiado nervioso. Un vistazo a su lado y notó el ceño fruncido en el rostro de Hoshi. Se veía idéntica a su padre en ese preciso momento y eso no le gustaba.

Las puertas se abrieron y Dulcinea salió de ahí con una enorme sonrisa en el rostro que los descolocó a ambos por un momento.

—¡Vamos, entren! ¡Los estábamos esperando!

Las cortinas del dosel estaban amarradas a los postes de la cama. Su madre estaba un poco despeinada y algo pálida, luciendo una sonrisa enorme en su rostro y cargando un pequeño bulto en brazos. Su padre estaba sentado junto a ella en la orilla de la cama con otro bulto en los brazos.

Aki miró a ambos. Las puertas se cerraron y él miró atrás. No había un solo asistente ahí, solo la abuela Elvira y el abuelo Kastedt.

—¿Mamá? ¿Estás bien? —escuchó que preguntaba Hoshi.

Uno de los largos estandartes del muro se movió. El abuelo Gunther y la abuela Effa salieron de detrás con enormes sonrisas.

Aki no sabía bien qué hacer ahora, mirando de un lado al otro antes de correr hacia su padre y mirar dentro de las mantas.

Un pequeño bebé con pelusilla verde y ojos igual de verdes lo miraba desde dentro.

—Hoshi, ven aquí —llamó su padre con calma, sacando una mano de debajo del bebé y peinando sus cabellos—, quiero que conozcan a su nuevo hermano, Kai.

Hoshi se paró a su lado, sonriendo tan emocionada como si les hubieran presentado un dulce nuevo o fuera hora de ir a entrenar al patio.

Aki miró al otro lado, Dulcinea los miraba a ambos desde un lado con una sonrisa antes de mirar a sus cuatro abuelos, los cuales estaban de pie, unos junto a otros mirando la escena con sonrisas satisfechas.

El niño se asomó hacia la cama sintiéndose extrañado.

—Papá, ¿Yuri se encogió?

Escuchó algunas risitas divertidas desde donde estaban sus abuelos y desde la cama. Era una suerte que su padre no estuviera riendo, más bien, parecía confundido, mirándolo con detenimiento.

—¿Porqué piensas que tu hermana se encogió, Aki?

—Bueno… ¿mamá no está cargando a Yuri?

Incapaz de cubrir su cara, Ferdinand comenzó a reír en ese momento. Aki lo miraba asombrado, nunca había visto a su padre reír sin cubrir su boca.

—¿Porqué no suben a la cama tú y Hoshi? —propuso su madre—, quiero presentarles a su nueva hermana.

Miró a Hoshi. Ella estaba igual de sorprendida que él. Luego los dos miraron a sus abuelos y a Dulcinea. Gunther seguía riendo, sosteniendo su estómago y cubriendo su boca. Effa los miraba con ternura y una enorme sonrisa divertida, asintiendo. Elvira los miraba con un enorme sonrojo en el rostro, guardando la compostura y mostrando una sonrisa noble y ojos brillantes. Kastedt sonreía haciéndoles un gesto con la mano de obedecer a su madre y Dulcinea… Dulcinea solo sonreía comprensiva sin dejar de asentir.

Los dos hermanos treparon a la cama, gateando con cuidado hasta situarse cada uno al lado de su madre, observando el pequeño bulto que se removía dentro de las cobijas.

—Esta es Umi, su nueva hermanita.

Aki miraba ahora de un bulto al otro asombrado. Umi también tenía pelusilla verde coronando su cabeza. Cuando la bebé abrió los ojos, notó que eran tan verdes como los del otro bebé.

—¿Mamá, el bebé se dividió en dos? —preguntó Hoshi intrigada.

Los adultos volvieron a reír. Aki los miraba a todos confundido. Cuando su madre dejó de reír se estiró para besarlos a él y luego a Hoshi en el cabello.

—Son gemelos —explicó Rozemyne en ese momento—, nacieron antes porque ya no tenían más espacio para crecer, tomaron tanto de mi mana, que por eso su padre no les había permitido venir a verme.

Aki miró a su padre enfadado. El hombre lo miró con cara de circunstancia, antes de mirar a los otros adultos y luego a su esposa.

—Aki, Hoshi, siéntense uno junto al otro si quieren cargar a sus hermanos —ordenó Ferdinand con calma.

—Hai, otto San —dijeron ambos niños.

Su madre le entregó a la bebé a Hoshi y su padre le entregó el bebé a él. Estaba asombrado mirándolos, abrazando a su nuevo hermano antes de mirar a Hoshi. Al parecer, ambos estaban haciendo la misma sonrisa tonta porque su madre y los abuelos estaban riendo con poco disimulo ahora.

—¡Hoshi, somos gemelos! —comentó Aki.

Su hermana miró a su madre en ese momento, confundida.

—¿Aki y yo somos gemelos entonces?

Su madre comenzó a reír más. Ferdinand se sentó al lado de ambos, cubriendo su boca para que nadie pudiera verlo reír.

—No, ustedes son muy parecidos, pero no son gemelos, no nacieron el mismo día —explicó su padre.

Aki miró a sus hermanos de nuevo, sonriendo más tranquilo ahora que comprendía lo que eran sus hermanitos. Pensó por un rato y se dio cuenta de que, en realidad, nunca había visto otros niños que se parecieran tanto además de Hoshi y él. Ni siquiera Dominik, Herman, Ericka y el bebé Hansel, los hijos de Lord Harmut y Lady Clarissa se parecían tanto entre sí como él y Hoshi o Umi y Kai.

—Bienvenidos a Alexandria, hermanitos. Prometo cuidarlos de Hoshi para que no los asuste ni los lastime —dijo Aki antes de dar un beso en la cabecita de Kai y de Umi.

—¡Un momento! —dijo Hoshi, levantando la voz un poco—. ¡No le hables mal de mí a nuestros hermanos! ¡No soy un monstruo!

Escuchó más risas, esta vez él mismo estaba riendo también antes de abrazar más a Kai.

—Eres el señor del invierno y el señor del verano. ¡Siempre me asustas y nos persigues a mis amigos y a mí haciendo sonidos de monstruos! ¡Alguien debe proteger a nuestros hermanos de ti!

Hoshi infló las mejillas en un puchero antes de voltear hacia su madre. Él dejó de reír y miró a sus hermanitos a los ojos. De verdad, sin importar cuanto miedo diera Hoshi, iba a proteger a los gemelos de sus bromas tanto como el fuera posible.

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El tiempo pasó y Hoshi se fue al edificio principal con Dulcinea. Ahora se llamaba Fernestine y ya no lo dejaba llamarla Hoshi.

Yuri ya caminaba y hablaba un poco. Sus frases eran tan cortas, que debía ponerle el doble de atención para comprender lo que decía. Los gemelos, por otro lado, habían reemplazado a Hoshi como los nuevos señores del invierno y del verano respectivamente. Luego de que Fernestine los visitara dos semanas atrás para hacerles un show con los muñecos, los dos bebés de un año no paraban de rugir con sus peluches para perseguir a los otros bebés. Y él estaba aprendiendo a leer.

Aquel día, Suzanne lo había alistado y preparado para tomar el té con su padre durante la tarde. Aki se había sentido ansioso todo el día desde que supiera que vería a su padre. Le gustaba que le cantara en la noche, pero no era igual que pasar media campanada entera con él.

Cuando el momento llegó, Aki se sentó muy derecho e imitó a su padre todo el tiempo, obteniendo una sonrisa complacida de parte de Ferdinand.

—Estás aprendiendo muy rápido a comportarte de manera adecuada, Aki. También me dijeron que has aprendido a leer mucho más rápido que tus hermanas.

—¡Leer es muy divertido, papá! Los libros me enseñan cosas interesantes y puedo imaginar cosas muy divertidas cuando encuentro historias.

Su padre asintió con la cabeza, complacido y con una mirada un poco preocupada.

—Solo por curiosidad, ¿qué tanto te gustan los libros?

—¡Quiero ser erudito cuando crezca para trabajar en la biblioteca!

Ferdinand se llevó una mano a la sien, golpeando un poco, provocándole curiosidad a Aki.

—¿Dije algo malo, papá?

—No, pequeño. Es solo que no esperaba que quisieras ser bibliotecario como tu madre.

—Mamá no es bibliotecaria, mamá es Aub —replicó él todavía confundido.

Ferdinand sonrió antes de tomar de su té, haciendo un movimiento de mano que Aki imitó debajo de la mesa varias veces, notando como una herramienta antiescuchas de rango específico era desplegado. Sonrió entonces. Le gustaba mucho hablar en japonés.

—[Tu madre no va a ser Aub para siempre, Aki. Un día le cederá su puesto a alguno de ustedes, entonces se retirará a la biblioteca para ser la bibliotecaria principal]

—[¿Qué harás tú entonces, papá?]

—[Dirigiré los laboratorios]

Aki lo pensó un momento. Cinco años era una edad muy corta para poder ir a los laboratorios de su padre. Dulcinea recibió permiso para conocerlos cuando cumplió los ocho años, así que no estaba muy seguro de que eso podría gustarle.

—[¿Los laboratorios son divertidos?]

—[En los laboratorios se descubren cosas, se inventan cosas y se aprenden cosas. Tal vez te gusten cuando tengas la edad para ir de visita]

Aki sonrió ante la idea. Los laboratorios no sonaban nada mal.

—[Además, tu madre está tan obsesionada con los libros que incluso los laboratorios tienen su propia biblioteca.]

Su sonrisa se ensanchó aún más. Tal vez cuando creciera podría ser el bibliotecario de los laboratorios mientras su madre era la bibliotecaria principal… pero… ¿Quién sería Aub entonces? Solo esperaba que no fuera su hermana Hoshi, estaba tan oca que era capaz de prohibir todo tipo de clases que no fueran entrenamientos y natación.

—[Ya que te gustan tanto los libros, tal vez debería pedirle a tu nuevo asistente que verifique cuales ya has leído para que suban la dificultad de tus lecturas]

Su rostro se iluminó ante aquella propuesta. Podía ir a la biblioteca solo los días de la fruta y los libros eran muy limitados. Eran pocos los que tenían muchas letras y solo era en algunas hojas, no en todas.

Después la otra cosa que su padre había dicho llamó su atención.

—[¿Nuevo asistente?]

Su padre sonrió, hizo otro movimiento con la mano y la herramienta antiescucha fue retirada. Un hombre de cabellos violeta como Lord Matthias y ojos plateados se acercó entonces, deteniéndose a un lado de ambos.

—Este es Lord Thomas. Será tu asistente a partir de ahora. Él seguirá a tu lado cuando te hayan bautizado y seas devuelto al edificio principal.

—¿Qué hay de Suu? ¿Ella no podrá venir también?

Se sentía acongojado. Lady Suzanne había cuidado de él desde que tenía memoria, desde antes incluso, era como una segunda madre para él, además, estaba seguro de que las asistentes de sus hermanas habían sido sus nanas.

—Lady Suzanne irá contigo también, aunque no como tu asistente principal. Dejará de estar a tu servicio antes de que entres a tu segundo año en la Academia Real.

Estaba triste por la noticia. Miró a Suu haciendo lo posible por no llorar, y la mujer le sonrió con afecto. Hablarían después.

—De acuerdo, otto San. Seré bueno con Lord Thomas.

Su padre ordenó a todos que se dieran la vuelta en ese momento. Aki se bajó de inmediato de su silla para correr donde su padre y ser levantado por él, que lo sentó en su regazo dándole algunas palmadas en la espalda.

—[Aki, durante tu vida vas a enfrentar muchas dificultades y muchos cambios. Tenlo en mente.]

—[Lo sé, papá, pero… intentaré ser valiente]

—[Recuerda siempre que la valentía no es la falta del miedo, sino el enfrentarse a él. ¿Lo entiendes?]

Aki asintió, acurrucándose contra su padre y suspirando, sintiéndose reconfortado por el abrazo que estaba recibiendo.

—[Ahora sigue siendo un buen niño y llenándonos de orgullo a tu madre y a mi, ¿de acuerdo?]

—Hai, otto San.

Ferdinand le dio un beso en la frente antes de bajarlo, luego dio la orden para que todos volvieran a voltear y ambos se despidieron. Thomas los acompañaba a él y Lady Suzanne también en su camino de regreso al ala de niños.

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Estaba por cumplir siete años. No sabía muy bien que esperar, pero estaba entusiasmado. Tenía poco que había terminado de leer una serie llamada "Historias del anillo único" que empezaban con un joven hobbit tímido igual que él que salía de viaje con un mago y unos enanos, enfrentaba todo tipo de cosas tenebrosas y terminaba venciendo a un dragón, ayudando a sus compañeros de viaje a recuperar su ducado subterráneo al engañar al temible dragón que lo había robado y luego regresaba con un anillo mágico a casa. La historia continuaba cuando ese mismo hobbit, ahora más valiente y divertido le regalaba su anillo a su hijo adoptivo antes de irse a vivir a otro ducado que era gobernado por elfos. Tiempo después se descubría que su anillo era una herramienta mágica muy peligrosa que en hobbits, humanos y enanos solo los hacía desaparecer, pero que los atraía a un ducado terrible que era gobernado por un dios menor que había caído en desgracia y había sido debilitado mucho tiempo atrás en una gran guerra.

La sorpresa aquí era que su personaje favorito no era ninguno de los dos hobbitses que se parecían tanto a él, sino un personaje que siempre salvaba a todos, que podía curarlos con diferentes pociones y plantas, era diestro con la espada y bendecido por Dultzetzen. Amigo de los elfos y los enanos por igual, al final de la historia se casaba con la dama a la que había cortejado por tanto tiempo y se volvía Zent por derecho propio al exterminar al dios subordinado malvado y conseguir un Grutisheit. Era su historia favorita de todas las que había escrito Lord Roderick hasta ahora.

—Alice dice que vas a irte con nuestros hermanos mayores, Aki —le mencionó su hermanita Yuri cuando cerró el libro que había estado leyendo.

Yuri tenía ya cinco años y los gemelos tres. Pronto los pasarían al otro lado del cercado de colores y el nuevo bebé de la familia sería el bebé que estaba esperando la hermana Letizia, quien había vuelto a vivir con ellos cuando se enteró de su embarazo… o eso le había dicho Fernestine.

—Iba a pasar tarde o temprano, hermana.

Yuri suspiró, quitándole el libro que había estado leyendo para mirar la portada y hojearlo un poco antes de entregárselo a Thomas.

—Alice dice que van a enseñarme a leer la otra semana. Tú siempre estás leyendo. ¿Es divertido?

—¡Es muy divertido! —le aseguró él—. Todas las historias que te he contado las he leído en alguno de mis libros. Solo pon mucha atención en tus clases y aprenderás muy pronto.

—¿Vendrás de visita? —insistió Yuri ahora, haciéndolo recordar lo triste que se había sentido cuando Fernestine se fue—. ¿Cómo la hermana Fernestine? La hermana Dulcinea no viene mucho.

—Vendré a contarte historias y a ayudarte con tus letras y a practicar tu japonés, Yuri. Lo prometo.

Ambos niños sonrieron entonces. Caminando hacia el comedor para sentarse juntos. Aki le contó a Yuri sobre la fiesta de té que había tenido con su madre y el anillo que ella le había entregado para practicar. Era amarillo porque él había nacido en el otoño.

—El tuyo será azul como el de mamá —señaló él con una sonrisa, viendo como su hermana sonreía también.

—Eso me agrada. Seré la única que use un anillo del mismo color que el de mamá.

Ambos sonrieron y siguieron comiendo un poco más.

Esa semana le fue difícil dormir sin recibir una bendición por parte de sus padres. No sabía que era lo que lo tenía más nervioso. Mudarse al edificio principal o saber que sus padres ya no le cantarían canciones ni le contarían cuentos para dormir.

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—Nobles de Alexandría —dijo el Sacerdote Lord Harmut en el escenario que se había preparado para él, sus padres ya se encontraban a su espalda—, este día festejamos el bautizo del hijo de Aub Alexandria. Que los dioses lo doten de su guía y sus bendiciones en los años venideros y a partir de este día.

Lord Harmut dijo muchas cosas más, guiando la ceremonia, sonriendo complacido cuando le entregó a Aki una especie de schtappe para que estampara su mana sobre una piedra de bautizo, la cual refulgió con los siete colores del arco iris. De pronto fue el turno de sus padres.

Su madre se adelantó, tomándole de la mano y colocando de vuelta el anillo con que había estado practicando antes. Su padre tomó la palabra entonces.

—Mi pequeño nacido en el otoño —comenzó Ferdinand haciendo una referencia al significado de su nombre—, Aub Rozemyne y yo, Lord Ferdinand, te entregamos este anillo, símbolo de tu nobleza y te damos ahora el nombre de Aragorn Sohn Alexandria.

Sus ojos se abrieron a más no poder. Estaba tan emocionado que estuvo a punto de soltarse a llorar, reteniendo las lágrimas y mordiéndose el labio ante una mirada fija de su padre y una sonrisa amable de su madre.

Tuvo que respirar varias veces para calmarse y voltear a ver a Lord Harmut. Era hora de presentarse y dar la bendición.

Las palabras de Dulcinea y Fernestine en su fiesta de té del día anterior se hicieron un eco en su mente.

'—No te contengas para dar la bendición a Lord Harmut, Aki —le había instruido Dulcinea.

¡Es cierto! No querrás ser el único que quede como el fofo de poco mana frente a todos, ¿o sí? —se había mofado Fernestine, dándole un pequeño golpe juguetón en el hombro.'

Aki sonrió entonces, poniendo todas sus emociones en su bendición y en su anillo.

Montones de luces amarillas llovieron sobre todos los presentes en el salón. Lord Harmut parecía tener problemas para aguantarse la risa conforme murmuraba algo así como "Otro igual. Aub Ferdinand nunca va a poder callar a los que dicen que se casó con una Santa". Obligando a Aki, ahora Aragorn a voltear atrás para mirar a sus padres. Una enorme y brillante sonrisa adornaba el rostro de su padre, haciéndolo respingar. Su madre tenía serios problemas para aguantar la risa aun detrás de su abanico.

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Más tarde, ese mismo día, luego de que todos los invitados se hubieron retirado y Aragorn se sentó por primera vez con su familia a tomar la cena, pasó algo que el niño no olvidaría nunca.

—¿Viste la cara que pusieron todos cuando soltó esa bendición? —preguntó Dulcinea a Fernestine emocionada.

—Creo que la mía fue aún más grande, jajajajaja —alardeaba Fernestine—, al menos papá no estaba poniendo su sonrisa homicida cuando lo hice yo.

—Debo admitir que yo temí por mis mejillas cuando lo hice, hermana —comentó Dulcinea de nuevo con una sonrisa divertida y elegante en el rostro.

—Niños —dijo Ferdinand en una voz monótona que le provocó escalofríos a los tres hermanos, los cuales se sentaron derechos en ese momento, soltando sus cubiertos y mirando a su padre—, espero que estas bromas con las bendiciones terminen pronto o voy a hacerlos pagar a todos por los dolores de cabeza que me provocan cada dos años.

Incluso su madre se había puesto nerviosa ante aquella amenaza.

—Ferdinand, my love, no creo que ellos puedan evitar que Yuri, Umi o Kai lancen una bendición muy grande en sus propios bautizos.

Su padre miró a su madre con una sonrisa venenosa, lo cual era otro nivel de terror para los niños… o al menos lo era para Aragorn. Fernestine no tardó nada soltar un sonoro suspiro y cruzarse de brazos ahora.

—Bueno, ¿y de quién es la culpa de que tengamos tantos hermanos para hacerte travesuras, papá?

Rozemyne tuvo algunos problemas para contener la risa. Dulcinea se escondió detrás de su abanico un momento. Ferdinand se había cubierto la cara con una mano en una pose de derrota que Aragorn jamás soñó siquiera con mirar.

—Papi, no es que queramos molestarte… demasiado —admitió Dulcinea esta vez, recibiendo una mirada de súplica de Ferdinand ahora.

—No puedes decir que no es divertido, Ferdinand —comentó su madre de mejor humor ahora—, después de todo, me hiciste hacer eso mismo el día de mi bautizo.

—La situación era diferente.

—Bueno, pues no me importa. Ahora Yuri y los gemelos tendrán que dar una bendición bastante grande durante sus propios bautizos o los nobles de Alexandria los verán menos, en especial los gemelos.

Aragorn comenzó a sonreír al notar que sus hermanas y su madre sonreían divertidas, o que su padre soltaba un enorme y largo suspiro de derrota sosteniendo el puente de su nariz con dos dedos.

Cuando la cena terminó y sus hermanas se retiraron a dormir, Aragorn caminó hacia sus padres, deseando buenas noches a su madre y deteniendo a su padre.

—Papá, ¿de verdad vas a dejarlas que se salgan con la suya? Yo no quería hacerte enfadar hoy. Mis hermanas me dijeron que…

—Aragorn —lo interrumpió su padre con un rostro estóico, agachándose para quedar al mismo nivel de ojos que él—, una cosa que tienes que aprender lo antes posible, es que siempre debes escoger tus peleas. Yo solo peleo aquellas batallas que sé que puedo ganar y esta, me temo, es una que ya se ha perdido.

Aragorn estaba estupefacto, luego solo sonrió, dándole un abrazo a su padre sin que le importara mucho que los asistentes los estuvieran viendo.

—[Lo lamento mucho, padre. Aunque hayas perdido esta batalla, sigues siendo la persona que más admiro en el mundo. Más incluso que el héroe de mis libros favoritos. Gracias por darme su nombre.]

Su padre le sonrió entonces complacido, con las orejas rojas, seguramente por la cantidad de ojos que los estaban viendo todavía abrazados a medias.

—[Gracias Aragorn. Ahora sé bueno y ve a dormir. Prometo hacer llover algunas bendiciones para ti mientras le canto a tus hermanos]

Su padre le dio un beso en la frente y la felicidad que sentía fue tanta, que no pudo evitar salir saltando a su nueva habitación.

Crecer podía dar mucho miedo, pero los conquistaría todos si contaba con sus padres y con sus hermanas.