Aegon estuvo observándola todo ese tiempo durante la cena.
Ambos poseían los mismos rasgos valyrios, pero estos los hacían lucir tan contrastantes como eran el sol y la luna. Mientras que en ella dichos rasgos la asemejaban a una Diosa bajada a la tierra para bendecir los ojos de los simples mortales, a él, si bien lo colocaban más apuesto que a la mayoría, no lo hacían destacar dentro de su familia, ni dentro de la historia de los Targaryen.
Podía observarla reír feliz a la luz de las velas mientras disfrutaba de la cena con su moribundo padre, escuchando atentamente lo que sus hijos decían, las bromas que Daemon soltaba a la vez que acariciaba su grávido vientre, y él no podía dejar de mirarla fijamente. Su gracia y elegancia, su hermosura, el amor que desprendía, la felicidad que se expandía por sus poros. La perfección hecha ser humano se encontraba en la hermosa piel de su hermana mayor.
Ah, Aegon verdaderamente no podía dejar de mirarla.
No podía dejar de mirar el largo y aparentemente sedoso cabello que amaría tener enredado entre sus dedos, acariciando y oliendo el frutal aroma que de seguro desprendía, ni quería quitar su vista de los profundos ojos amatistas que se achicaban cada vez que ella reía y provocaban que su propia mirada quedara fija, su rostro delatando su más profundo sentir.
Sentía envidia, sentía amor, sentía odio.
La envidia recorría su cuerpo y se dirigía hacia la mujer que parecía tenerlo todo: belleza, inteligencia, un trono esperando por sus reales posaderas, gente que la amaba profunda e incondicionalmente; un padre que daría todo por ella, que solo tenía ojos para su persona, una madre que a pesar de ya encontrarse con el Extraño la había bendecido con años de infancia repletos de amor y calidez, hijos que la veían con adoración y veneraban su existencia, un esposo que no despegaba su vista de ella y se movía como si fuera su sombra, protegiéndola y atento a cualquier necesidad que su señora esposa y su bebé necesitaran. Y, por supuesto, un hermano que aun a la distancia y bajo el velo de una aparente enemistad, la observaba con admiración y escondía en lo profundo de su corazón un gran amor.
Aegon envidiaba todo eso, pues añoraba tener aunque fuera una ínfima parte de todo aquello. Una sencilla mirada de su padre acompañada aunque fuera de un susurro suyo diciendo que lo quería -ni siquiera era necesario que le dijera que lo amaba, pues le bastaría tan solo con su cariño-, una madre que no lo utilizara ni tiñera sus palabras con violenta preocupación, la cual terminaba por físicamente herirlo; anhelaba unos hijos que lo reconocieran como su progenitor, una esposa que al menos le diera una mirada de compresión; una hermana mayor que al menos lo viera una sola vez. Pero él no tenía nada de eso, el Príncipe Aegon de la casa Targaryen sólo podía aspirar a poseer una botella de vino en su mano y una ramera en su cama que fingiera cariño por las horas que el oro pudiera comprar.
Sin embargo, y a pesar de la gran envidia que podría sentir hacia lo que tenía su hermana mayor, a todo ese amor desmedido que recibía, a esa atención y cuidado dado, él no aspiraba a quitarle nada de aquello, ni el amor de esas personas, ni el incómodo trono de hierro de las remil putas. Porque a pesar de los años, las tretas, su abuelo y su madre, la amaba. No importaba cuanto insistieran su madre, su abuelo o incluso Aemond, él no deseaba arrebatarle nada a su hermana mayor, pues sabía que ella sería una gran y excelente Reina, una que se había preparado toda su vida para eso y además, un factor importante para su persona, ella se vería hermosa con la corona en la cabeza, realzándose la hermosura de la que ya era dueña y señora. Nunca la traicionaría a pesar de ganarse el odio, decepción y desdén de su madre y abuelo, sabía vivir con ello, pero no sabría cómo seguir adelante con el odio de su hermana mayor, de su ídola y musa, de su verdadera diosa valyria. No podía traicionar a la mujer que amaba, aquella que sin saberlo era la dueña de su corazón, de sus más bajas pasiones, la razón por la que se ahogaba en alcohol y por la que cada mañana despertaba, con la ilusión de poder encontrarla y que esta vez si lo mirara.
No obstante, también existía odio en su corazón hacia su Diosa personal. Pero Aegon no odiaba a su hermana mayor por arrebatarle el derecho al trono -derecho nunca arrebatado porque para empezar, nunca fue suyo- sino que la odiaba por algo mucho más profundo, más voraz, por algo que lo quemaba con la furia de un dragón.
Rhaenyra en tres oportunidades le rechazó. Tres veces la mujer que plagaba sus más dulces y candentes fantasías rechazó unirse a él. Aegon podía entender la primera, pues era solo un bebé, y para nada es excitante casarte con un infante que solo duerme y babea y al que tienes que esperar le crezca aceptablemente la verga, sin embargo, él creció. Adolescente y todo, pero creció. Si ella no iba a tomar la simiente del marica de su esposo Velaryon e iba a buscar otra, pudo ir con él. El que fueran hermanos no importaba, eran Targaryen a final de cuentas, así que Rhaenyra bien pudo ir a su habitación, confiar en él y pedir su semilla, que él gustoso lo habría hecho. Por supuesto que habría sido rápido, si, no habría aguantado nada con solo ver la piel desnuda de su hermosa hermana, pero lo habría hecho y en lugar de evidentes bastardos Strong, los suyos habrían sido hermosos niños Targaryen de sangre pura, con cabello rubio platinado y ojos amatistas.
Pero no, ella ni siquiera lo pensó, no lo consideró y cuando enviudó y se presentó otra oportunidad para unirse a su hermano, en vez de sentarse, mirar a su alrededor y fijarse bien en quien la observaba con deseo y admiración, con devoción, con quien además verdaderamente aseguraría su reclamo, en lugar de escogerlo a él - a quien no le importaba romper el compromiso con su hermana menor Helaena-, escogió al tío de ambos. Lo rechazó, ni siquiera lo consideró digno de estar a su lado, de compartir amor y el lecho. Su problema con la bebida empeoró, intentaba ahogar sus penas y su amor en el alcohol, pero todo era un remedio a corto plazo, pues el vino se acababa y las putas se marchaban, pero el deseo y amor por su hermana mayor se quedaba.
Yació con Helaena en su noche nupcial con la esperanza de fingir que no era ella y que por el contrario, era la hermana mayor de ambos. Los rasgos valyrios estaban en ambas, no debería existir mayor problema para confundirlas y que en su mente alcoholizada cambiaran de lugar, pero lo hubo. Por supuesto que lo hubo. El cabello de su hermana menor era más ondulado y grueso, parecía más lana que finos hilos de seda, sus ojos amatistas eran más oscuros y mucho más calmos, les faltaban luz, fuego y seguridad, no brillaban de la misma forma cuando algo les hacía gracia. El cuerpo de su hermana Helaena era más joven, pero menos turgente, las caderas más delgadas, los pechos más pequeños, las piernas más largas y el trasero menos carnoso. Esa noche y todas las que le siguieron hasta que lograron engendrar no dejó de compararlas, ni de sentirse insatisfecho, porque no era el cuerpo que quería, no era la hermana que amaba, no era la mirada que deseaba.
A final de cuentas, Aegon solo deseaba una mirada de su hermana mayor, de la musa que plagaba sus sueños y tentaciones, de la dulce imagen que se aparecía ante sus ojos cada vez que fornicaba con las mujeres de la Calle de la Seda, a la que deseaba y la única que sabía nunca podría obtener voluntariamente. Llegados a este punto de desesperación, deseaba tanto una de sus amatistas miradas, que ni siquiera le importaba si era de odio o desprecio.
O de traición.
