"Junta tu frente a la mía y enlaza tu mano, y haz juramentos que mañana ya habrás roto."

—Paul Verlaine.

[...]

La campanada de la iglesia sonaba con fervor, anunciando una nueva unión entre dos personas que se amaban. Grandes grupos de personas se agolpaban en la puerta de ingreso para recibir a la pareja. Sonreían, gritaban y aplaudían cuando los veían salir. Los recién casados presumían su anillo dorado y sellaban el momento con un dulce beso que enternecía a los presentes, coronándolos como los protagonistas de un cuento de hadas con final feliz.

Irónicamente, frente a ella se encontraba el templo de los pecados. Por fuera, la fachada era la de un simple hotel para turistas que estaban de paso. No obstante, sus habitaciones también eran alquiladas por personas que huían de la rutina o de sus parejas para expresar su amor de un modo ilegal, moralmente hablando.

Takemichi se encontraba en el ventanal que daba justo frente a la iglesia y observaba la euforia de las personas que acompañaban a los recién casados. Sentía una profunda angustia al ver que llevaba un anillo en su dedo anular y más aún al pensar que sólo faltaban tres días para la boda con Hina.

—¿Por qué me citaste aquí? —inquirió una voz conocida por él, acompañando el crujido de la puerta del cuarto.

Takemichi volteó lentamente y se encontró frente a un rostro colmado de desesperanza. El brillo de sus ojos se habían apagado por completo tras la noticia de la boda.

—Mikey... —susurró y corrió hasta él. Lo abrazó con fuerza y éste llevó sus manos hasta su espalda con mucho temor. —¡Gracias por venir!

Ambos cerraron sus ojos e inundaron su sentido olfativo con la esencia del otro, llevando cada detalle hasta lo más profundo de su ser. Alejaron sus rostros unos centímetros y parpadearon con lentitud para apreciar la triste expresión de quien se encontraba enfrente. El dolor se incrementaba, indicándoles que ese encuentro sería fatal para sus corazones.

—Debes cumplir con la última promesa, la que le hiciste a ella —espetó Mikey, conteniendo el nudo en su garganta. —. En tres días te casarás con Hina y...

—Me siento miserable al pensar en ti cuando ella me habla de amor —confesó Takemichi, apretando su mandíbula con fuerza. —. Ella no merece a alguien como yo, Hina no debería amar a alguien tan ruin como yo.

—¡¡Pero tú le prometiste casamiento hace más de diez años!! —exclamó Mikey, enfurecido con la situación. —¡¡Y desde entonces, ella te ha esperado!!

Dejó caer una lágrima y Takemichi automáticamente la secó con su índice. Se acercó tímidamente hasta sus labios y los besó con ternura. Manjiro respondió lentamente a él, llevándolo desde uno casto a otro completamente colmado de lascivia.

Sus alientos se entremezclaron y sus corazones latían mucho más fuerte que de costumbre. Takemichi llevó su mano hasta la camisa de Sano y fue desabotonándola al mismo tiempo que lo besaba ávidamente. Ya no existían limitaciones, ni compromisos ni futuras bodas; sino un profundo sentimiento de añoranza que los llevaba hasta el lecho de una habitación de un hotel.

Manjiro imitó los movimientos de Takemichi y le quitó su prenda superior, quedando expuestos sus torsos. Hanagaki contempló el trabajado abdomen de su amante y no pudo controlar su debilidad por el delgado cuello de Mikey. Se abalanzó hacia él para besarlo y mordisquearlo, disfrutando de las armoniosas y dulces melodías que le regalaban sus gemidos.

No se trataba de un simple encuentro sexual, ni de un revolcón. Sus sentimientos estaban a flor de piel y tanto Mikey como Takemichi sabían que lo suyo tendría fecha de caducidad.

No soportaron el deseo de poseer al otro y se dejaron llevar por la pasión. Fueron caminando con lentitud hasta el lecho, se recostaron y continuaron besándose por unos largos minutos. Sus manos buscaban desesperadamente arrancar las últimas prendas de su amante y ambos procedieron a quitárselas para entregarse por completo. Antes de continuar, Mikey guió a Takemichi para que se ubicara en los pies de la cama y él fue bajando pausadamente a través de su delgado cuerpo. Arañó sutilmente su piel hasta llegar al punto más sensible de Hanagaki.

Contempló su miembro y esbozó una traviesa sonrisa al observar cada mínimo movimiento que éste hacía. Con la punta de su lengua fue acariciando lentamente la piel de su glande. La calidez y la humedad eran una explosiva combinación que harían estallar a Takemichi. Serpenteó a lo largo de él y luego lo introdujo en su interior. Hanagaki gemía como nunca antes lo había hecho y sujetó la cabeza de Mikey para guiar sus movimientos. Primero, iba de arriba hacia abajo; luego, lo acompañaba con un cosquilleo en el nacimiento de su falo y Takemichi ya no soportaba tanta presión en ella.

En medio de una vorágine de sensaciones, el calor de Manjiro sólo lo arrimaba más y más hasta la ferviente hoguera donde pronto sería incinerado.

—Ya no puedo más... —murmuró entre jadeos, retorciéndose entre las sábanas.

Manjiro sonrió. Se levantó para ir en busca de un condón y el lubricante que se encontraba dentro de su bolso. Luego, procedió a colocárselo con mucha delicadeza, apoyando la punta de su lengua en la parte superior de su boca y enarcando una ceja con claras intenciones lascivas; enloqueciendo por completo a Hanagaki, quien se relamió al notar que Mikey supo leerlo entrelíneas.

Sano regresó a sus dulces y tentadores labios para volver a degustarlos. Éste, desesperado por las acciones de su amante, tomó las riendas del encuentro. Giró el cuerpo de Mikey y lo ubicó boca abajo. Enredó sus dedos entre las sedosas hebras de su oscura cabellera y fue lubricando su índice y mayor de la mano que tenía libre para proseguir.

Mikey ubicó su rostro de modo que pudiera ver de soslayo a Takemichi y él fue introduciendo primero uno y luego otro más, con la firme intención de preparar su interior para el siguiente paso.

La corriente eléctrica que viajó a través de su cuerpo lo obligó a gemir sin control. Takemichi cerró sus ojos mientras oía a su amante disfrutando del encuentro, arrugando las sábanas con sutileza.

—¡¡Demuéstrame cuán rudo puedes llegar a ser!! —exigió en un tono ronco, agitado por el momento.

Sin más preámbulos, Hanagaki se fundió en el interior de Mikey. Su miembro aprisionado ardía y palpitaba con fuerza. La estrechez lo colmaba de lujuria, pero procuraba mantener la serenidad del momento y disfrutar del encuentro.

Cada estocada era clave, cada movimiento generaba un nuevo punto de placer. Takemichi sujetó su cintura y fue incrementando la velocidad hasta que ambos sintieron que ya no había límites entre ellos. Mikey no soportaba la agonía que yacía en su entrepierna y decidió masturbarse para otorgar un plus a su encuentro.

Era una relación sin vuelta atrás. Un vínculo de amistad que se resquebrajó para mostrar la verdadera cara de sus sentimientos. Takemichi lo supo en su último viaje, cuando Mikey lo miró por primera vez con sus inocentes ojos colmados de esperanza, permitiéndole conocer el verdadero color de su alma. Le enseñó su oscuridad, mas también su propia luz.

Más allá de toda promesa cumplida, la de su boda con Hina era la única de la que empezó a dudar.

Más aún teniendo a Mikey bajo su merced, suplicando rudeza en un cuarto de hotel frente a la iglesia donde, paradójicamente, él contraería matrimonio con alguien más...

La culpa, la desdicha de la separación... Aunque sea por última vez, sus almas manifestarían todo que sentían y anhelaban demostrarle al otro.

Takemichi lo llevó a tocar el cielo con la punta de sus dedos, mientras que sus cuerpos ardían en las llamas del infierno que los esperaba ansiosamente.

Mikey no podía aguantar mucho tiempo más. Sus piernas se debilitaban, indicándole que estaba próximo a alcanzar el clímax.

Su mano se tiñó del elixir del pecado, aquella que probaría su culpabilidad en la corte de la moral.

Segundos más tarde, Takemichi siguió el mismo camino y recostó su cabeza sobre su espalda. Soltó su cabellera y acarició su piel con delicadeza.

—¿Q-qué pasará ahora, Mikey? —inquirió y cerró sus ojos con fuerza para evitar llorar.

Se mantuvo unos minutos en esa posición y en completo silencio. Luego, se alejó del cuerpo de Sano, quitó el condón y lo arrojó al cesto de basura. Mikey, por su parte, se sentó en el borde del lecho y dirigió su mirada hasta Hanagaki. Sus ojos guardaban los vestigios de una larga vida juntos, un fuerte vínculo que se fortalecía con el tiempo y un amor profundo que dañaba su alma al recordar que pronto dejarían de frecuentarse como solían hacerlo.

—Esto será... —Tragó saliva y respiró profundo. —Por última vez, Takemicchi. Debes prometerme que la harás feliz. —Con el nudo en la garganta asfixiándolo, fingió una sonrisa.

Takemichi corrió hasta él y se colocó de rodillas. Sostuvo su rostro y depositó un casto beso sobre sus labios. Mikey no aguantó el dolor y dejó caer sus lágrimas. Hanagaki las limpió con ternura y apoyó su frente sobre la de él.

—Lo prometo, Mikey...

Takemichi era el hombre que siempre cumpliría sus promesas y esa se había convertido en la más importante de todas las que había hecho, ya que su corazón no le permitía ignorar cualquier petición de su parte.

[...]

El día más esperado había llegado. La algarabía aturdía, al punto de llamar la atención de Mikey. Sano se había retrasado para llegar y una vez que estacionó a unas cuadras de allí, corrió hasta el punto de encuentro. Notó la aglomeración y las miradas desconcertadas de las personas, generándole curiosidad por enterarse de lo que pasaba.

Si bien no se encontraba nada entusiasmado por asistir, él deseaba comprobar si Takemichi cumpliría la promesa que le había hecho días atrás. Sin, embargo, la bulla lo llevó hasta el centro de atención cuando Chifuyu gritó su nombre.

—¡Mikey! ¡Por fin llegas! —exclamó el mejor amigo de Hanagaki, bajando rápidamente las escaleras. —¿Sabes dónde está Takemichi? No aparece por ningún lado y tampoco atiende los llamados. —expresó con preocupación, rascando su nuca y mirando entre la multitud.

—¿Q-qué? —farfulló Mikey, incrédulo por lo que estaba diciendo Matsuno. —¿Dónde está Hinata?

Chifuyu resopló y miró a los ojos a Mikey antes de responderle.

—Ella tampoco ha llegado y eso me preocupa aún más. No obstante, dijo que vendría si Take se atrevía a llegar antes que ella —confesó en voz baja. —. No sé, ¿qué deberíamos hacer, Mikey?

El aludido sacó su móvil y buscó el número de Hanagaki.

—Intentaré comunicarme con él. Si sé de algo, les avisaré... —espetó y corrió lejos del barullo.

—¡¡Gracias Mikey!! —exclamó con un ápice de esperanza en su antiguo líder.

Manjiro fue hasta un rincón donde las voces no irrumpieran la conversación e insistió en llamar a Takemichi. Su mano temblaba al oír el tono de espera, pero cuando por fin logró escuchar una respuesta al otro lado, su cuerpo se estremeció.

Mikey, ¡qué guapo te ves vistiendo ese traje azul! —fue lo primero que respondió Takemichi en un tono de voz calmado.

Sin dudarlo, Manjiro dirigió su mirada hasta el ventanal que daba hasta la entrada de la iglesia. En sus ojos se acumularon las lágrimas que venía ocultando desde la última vez que se habían visto.

¿P-por qué, Takemicchi? —inquirió. Su pecho dolía y no soportaba la agonía de no saber qué era lo que tenía en mente.

Y sin esperar una respuesta de su parte, Mikey colgó la llamada y salió corriendo en dirección al hotel. Dejó atrás absolutamente todo.

Y desde un punto cercano, alguien lo vio yéndose del lugar con mucho entusiasmo. Hacía mucho tiempo que no lo veía de ese modo y, de alguna manera, lo alegró.

—¡¡Shinichiro!! —gritaron un poco más lejos, captando su atención. —¿¡Sabes si Mikey pudo comunicarse con Take!?

El hermano mayor de Manjiro suspiró y sonrió. Él siempre había sospechado de los verdaderos sentimientos de Mikey hacia Takemichi y estaba seguro que esa huida estaba relacionada a él.

—¡¡Ni idea!! ¡¡Supongo que debe estar tratando de llamarlo!! —respondió en voz alta, esbozando una sonrisa genuina que calmó la curiosidad de Chifuyu al no ver a Mikey entre los presentes.

—¡¡Gracias!! Iremos a ver qué haremos con la boda... —se dirigió al interior de la iglesia.

Shinichiro, desde su lugar, suspiró y deseó que su hermano menor pudiera ser feliz después de tantas tragedias vividas.

Fue tal como lo supuso Shinichiro, pues Mikey corrió hasta el hotel y solicitó el pase a la habitación que frecuentaban con Takemichi. En la recepción le comunicaron que, efectivamente, Hanagaki se encontraba allí y que lo estaba esperando. Le entregaron una copia de la llave y éste fue rápidamente al sitio.

Abrió la puerta de la habitación y se encontró con Takemichi mirando a través del ventanal. Cuando volvió a cerrar, él volteó y comenzó a llorar sin consuelo. Corrió hasta Manjiro y lo abrazó con fuerza. Éste respondió tímidamente, pues había muchas preguntas para hacerle.

—¿P-por qué no te casaste? —Hundió su rostro en la curvatura de su hombro. —¿Por qué no cumpliste tu promesa?

—¿Quieres que cumpla una promesa a otra persona y me olvide de lo que a mí me hace realmente feliz? —Sujetó ambas manos y las besó.

Manjiro levantó su mirada y notó que Takemichi sonreía con lágrimas en sus ojos. Sano rompió en llanto y Hanagaki las fue secando con sus índices. Depositó un casto beso sobre sus labios y otro en su frente.

»—Hasta Hina se dio cuenta de que quien realmente me brinda la felicidad que buscaba eres tú, Mikey. Ella misma abrió mis ojos y me liberó de lo que suponía una carga —reveló y suspiró. —. Justo cuando yo tenía en mente dejar todo y convertirme en un cobarde que huiría con quien realmente ama...

Mikey estaba absorto con lo que escuchaba. De hecho, no reaccionaba al instante porque trataba de asimilar que Takemichi ya no se casaría y que estaba dispuesto a dejarlo todo por él.

»—¿M-me permites...? —Takemichi cerró sus ojos y sus mejillas se ruborizaron. Relamió sus labios y prosiguió: —¿M-me permites acompañarte por muchos años más? —inquirió y sonrió.

Mikey no pudo controlar el llanto y Takemichi, menos. Ambos recordaron ese reencuentro cuando apenas eran unos niños y que dieron rienda suelta a sus emociones, creando así el sentimiento más hermoso que cualquier persona podía experimentar.

—¿¿Eres idiota?? ¡¡Por supuesto que quiero que te quedes conmigo!! —Lo abrazó con fuerza. —¡¡Me hubiera sentido muy solo si tú te casabas con ella!! —exclamó y arrugó la tela del saco blanco que llevaba puesto.

—Pero ahora no estarás solo, nunca más. —Sujetó sus mejillas y se acercó lentamente hasta su rostro.

Besó sus dulces labios con ternura, demostrándole cuánto lo amaba y adoraba. Se mantuvieron unidos por algunos minutos mientras las lágrimas humectaban su piel. Luego, se alejaron apenas unos centímetros para apreciar sus más hermosas sonrisas, dichosos por gozar del mejor futuro que pudieron haber creado.

De ese modo, afianzaron el vínculo que comenzó siendo clandestino y que distaba de ser correcto ante los ojos del destino.

Las promesas se cumplen, pero también pueden romperse si es por la propia felicidad. Takemichi lo supo ese día y procuró ser el hombre del cual todos estuvieran orgullosos...

Aunque sea por última vez, Takemichi y Mikey se aferrarían al amor que sentían para vencer los azares del destino que sólo buscaba hacerlos sufrir.

—Te amo, Takemicchi... —susurró en un tono apenas audible para evitar que él lo oyera.

—Y yo a ti. En esta y todas las líneas temporales... —respondió y Mikey desvió la mirada al percatarse de que él sí lo había escuchado.

Porque no había promesa que valiera, ni destino que los aprisionara. Si dos almas estaban destinadas a amarse, se encontrarían en medio de la bruma aunque la visibilidad no los ayudara; escucharían su voz en la lejanía, aún cuando ésta se perdiera en el viento... Sentirían su presencia y correrían tras ella hasta que sus corazones escaparan de sus cuerpos para abrazarse y nunca más volver a separarse.

Fin.