CAP.2: El Dragón

Mal se sienta en una poltrona de su estudio, sosteniendo a su madre al nivel de sus ojos. Ladea la cabeza buscando el reconocimiento o algún atisbo de inteligencia en el reptil. El animal la imita, con lo que parece curiosidad.

Suspirando, la chica la deja en su regazo. En animal se acomoda afablemente para continuar durmiendo. No es que hiciera mucho más.

MAL: Es inútil, no hay nada ahí… desde hace cuatro años.

Ben se sienta a su lado, pasando un brazo por sus hombros.

BEN: Tiene que haberlo, no es normal que un gecko se transforme en una iguana de la noche a la mañana. Estoy seguro que si te descuidas pronto será un dragón de komodo.

HADA MADRINA: Es hora. Preparé esta poción que tú y tu madre deben beber. Luego le das esto a ella.

La mujer le pasa dos frascos de cristal. El primero redondo y grande como una naranja, con un líquido rojizo en su interior; el segundo, un pequeño tubo de ensayo como los de laboratorio, con un líquido color ámbar.

HADA MADRINA: La alquimia no es mi especialidad, pero sé que funcionará.

Mal con cuidado abre el primer frasco y hace que su madre lo beba. Luego ella misma se empina la botella, acabando el contenido.

Era desagradable, pero podía sentir la magia en su cuerpo burbujeando como esos dulces efervescentes que tanto le gustaban a Carlos. Su madre se retuerce en su regazo.

Hacer que bebiera el segundo fue más difícil, tuvo que sujetar el torso escamoso y obligarla a mantener el hocico abierto. Aún así se derrama gran parte del contenido sobre el regazo de Mal.

La lagartija intenta escapar saltando de las manos de la chica, pero ella la agarra en el aire antes de que fuera demasiado lejos.

MAL: Qué difícil eres, mamá.

Mal suspira.

La magia se asienta con un ligero olor a pan horneado. El hechizo de vinculación está listo. Ahora faltaba la parte difícil.

Siente la mano de Ben en su espalda, frotando pequeños círculos reconfortantes.

MAL: ¿Sabes mamá? Nunca fuiste una buena madre. Me hiciste mucho daño. Destruiste mi autoestima. Crecí a la sombra de tus expectativas, creyendo que si hacía todo lo que me ordenabas podrías amarme. Intenté ser lo que querías que fuera, te juro que lo intenté. Quería ser tu soldado perfecto, tu mano ejecutora… pero nunca lo logré.

El reptil se queda muy quieto por fin. Mal pasa lentamente los dedos por la escamosa piel, apenas tocándola, en el fantasma de una caricia.

MAL: Y aquí esperan que eso me haga sentir llena de odio hacia ti, y enojada y furiosa, pero no… sólo… estoy triste. Y cuando me enojo recordando el pasado y la isla, mi ira no es hacia ti, es hacia mí. Por no haberme dado cuenta antes, por seguir intentándolo una y otra vez.

Me alejé, creé mi propia versión del futuro, pero no puedo romper todo lazo. Dejarte a ti es dejar la isla, y la isla es parte de quién soy yo. Por mucho que a la gente le guste ignorar de dónde provengo. Cómo dicen en los arrabales, puedes sacar a los niños de la isla, pero no puedes sacar la isla de los niños.

Alza a la lagartija y la presiona contra su pecho. Cree escuchar un leve jadeo, si es que los reptiles pueden jadear.

MAL: Audrey dice que tengo el corazón muy grande para perdonar todo lo que hiciste, así como la perdoné a ella. Pero no se trata de eso. No soy altruista ni una buena persona. Soy egoísta. Busco hacer las paces con el pasado para no llevar esta carga en el corazón. El odio y la tristeza son muy pesados. Lo consumen todo y te dejan cansada, despierta en medio de otra noche de insomnio. Ya no quiero eso.

Ahora está llorando. Y se siente tonta y débil por hacerlo. Se prometió a sí misma que no lloraría. Pero hay tanto que siente y las palabras se atoran en su garganta y le salen por los ojos.

MAL: Quiero ser feliz.

Quiero que tú también lo seas.

Quiero que estés en mi vida y la compartas.

Y quizá algún día, puedas estar orgullosa de la persona en la que me he convertido.

Lo que trato de decir es que…. Te quiero. A pesar de todo.

El animal en sus brazos se deshace en una nube oscura. Durante unos segundo Mal está horrorizada, hasta que siente un cuerpo que antes no estaba ahí, recargarse contra el suyo.

BEN: Funcionó.

Antes de que el humo termine de disiparse sabe lo que sostiene. Su madre aun es pequeña y no pesa nada en sus brazos.

Pero quema, como debería quemar el acero fundido si Mal no fuera inmune al calor y las brasas.

MAL: ¿Mamá?

HADA MADRINA: Cuidado, cuando se usa un intermediario para romper un hechizo, puede haber consecuencias aleatorias.

MAL: Creo que mamá tiene fiebre.

Ben levanta la mano tentativamente, con más miedo que respeto, para colocarla sobre la frente inconsciente de su suegra.

BEN: La siento normal.

MAL: Pero yo la siento arder.

BEN: Iré a por agua.

Se levanta y se acerca a uno de los armarios, donde una jarra descansa.

HADA MADRINA: Creo que lo que sientes es su magia. ¿Es la primera vez?

MAL: De esta forma, sí.

HADA MADRINA: Tiene sentido, la barrera de la isla cancelaba cualquier tipo de magia. Su forma de lagarto también la anulaba.

El cuerpo en sus brazos se separa de ella con movimientos erráticos, demasiado veloz para que Mal reaccione a tiempo. La sujeta de los antebrazos antes de que caiga hacia atrás. Su madre imita el movimiento, apretando con tanta fuerza que Mal siente los uñas clavándose en su piel a través de la tela del vestido.

Cuando abre los ojos no es su madre, con quien creció en la isla, quien la mira, sino el dragón con el que luchó en la coronación.

MAL: ¿Mamá?

La chica ladea la cabeza buscando el reconocimiento en los ojos bestiales.

MALÉFICA: ¿Mal? ¿Dónde estamos?

Su voz es un siseo envuelto en un vapor de amarillo pálido, que escapa como fumarolas de sus labios.

El Hada madrina y Ben retroceden.

Mal sólo necesita ver el rostro de Ben contraerse para saber que ahora siente el calor.

MAL: En el Castillo de la Bestia ¿no lo recuerdas?

MALÉFICA: ¿Por qué?

MAL: Ahora vivimos aquí

MALÉFICA: ¿Por. Qué?

Cada palabra es acentuada con una exhalación de vapor y ascuas. Huele a cenizas y almendras tostadas.

Mal escucha la aprensión de Ben y lo busca con la mirada. Él y la hada madrina se cubre el rostro, protegiéndose de un calor tan fuerte que ha derretido las velas del tocador tras ellos.

MALÉFICA: ¿Por qué?

Clava las uñas, como garras, en sus brazos para llamar su atención.

Pero Mal sólo puede ver la piel blanca de Ben enrojecida, el agua burbujeante en el vaso en su mano. Y sólo entonces es consciente de qué tan caliente está la habitación, que eso puede dañarlo.

Se vuelve con furia.

MAL: ¡Porque me casé, mamá! ¡Me casé con Ben y ahora soy Reina de Auradon!

MALÉFICA: No.

MAL: ¡Sí! ¡Te guste o no!

Ahora es Mal quién sostiene los brazos de su madre con fuerza. Se niega a soltarla ni apartar la mirada, incluso cuando se pone de pie, incluso cuando el pecho y la garganta resplandecen con la amenaza del fuego.

Mal siente que las puntas de su propio cabello se encienden en llamas.

No va a ceder.

Ya no es la niña aterrorizada que salió de la isla.

Se pone de pie para encarar a su madre. Ya es más alta que ella y estirándose en los tacones, puede alzarse un poco más allá de los cuernos del dragón, obligándola a alzar la cabeza para mirarla.

Sabe que es un juego peligroso. No le importa.

Los libros de los estantes estallan en una combustión espontánea, las cortinas toman lumbre también, fácilmente inflamables por la cercanía. Mal puede sofocar el fuego con un movimiento, pero cualquier descuido en esa situación, por pequeño que fuera, podría costarle la vida. Su madre esta, simplemente, furiosa.

La puerta se abre y siente que Ben y el Hada madrina salen de la habitación.

MAL: ¡Te liberamos porque necesitamos tu ayuda! ¡Ahora deja de ser una perra y ayúdanos!

MALÉFICA: No.

MAL: ¡Por los dioses madre! ¡¿Por qué eres tan necia?!

De repente se siente como estar gritándole a un espejo.

Hasta que el espejo se rompe.

Los ojos de su madre se parecen cada vez menos a los de un dragón y más a los de la lagartija que había sido durante cuatro años. El agarre se afloja y la temperatura de la habitación desciende.

MAL: Nononono

Pudo detenerla antes de cayera completamente sobre sí.

MALÉFICA: ¿D-dónde estoy?

MAL: En el Castillo de la Bestia mamá, mi hogar.

MALÉFICA: No, ¡NO!

Ella se levanta de golpe, soltando a Mal para llevar las manos a su cabeza, apretando las sienes y enroscándose alrededor de los cuernos.

MAL: Mamá cálmate, creo que no estás bien, algo salió más con el hechizo podemos-

MALÉFICA: ¡SILENCIO!

La onda de aire hirviendo la azotó contra la poltrona y el rugido del trueno la ensordeció, rumbando en su cabeza mucho después de que el sonido se apagara.

Continuará...