CAP. 3: El Invernadero
No supo cuánto tiempo estuvo tumbada en la poltrona hasta que Ben la sacó de su estupor.
BEN: ¡Mal! ¡Mal! ¿estás bien?
El chico tenía sus ojos de cachorro abiertos y cristalinos, además de la cara roja.
MAL: Pareces langosta hervida.
BEN: ¡Gracias al cielo! ¡Estaba preocupado!
La abraza el tiempo suficiente para ponerla incómoda.
Puede oler su mortalidad; ese olor dulzón de la putrefacción filtrándose a través del cedro y el jazmín.
Pero no es sólo eso, si así lo fuera no podría estar cerca de ninguna persona, incluyendo a sus mejores amigos.
Es sólo que…. No está acostumbrada al afecto físico. No tan prolongado, no sin ser moneda de cambio para algo más.
Lo aparta con suavidad para no ofenderlo.
MAL: ¿Dónde está mamá?
BEN: Creo que aterrorizando los jardines.
MAL: ¿Sigue aquí? Tenemos que detenerla
Se puso de pie más rápido de lo que debería y se tambaleó hasta su escritorio, ahora chamuscado. Estaba caliente, y su superficie se sentía como carbón entre sus dedos.
Que lástima. Le gustaba ese escritorio.
BEN: No te esfuerces, el Hada Madrina y Hades ya están ahí.
MAL: ¿Qué hace papá aquí?
BEN: Yo lo llamé ¡lo siento! ¡Entré en pánico! Parecía que ustedes dos iban a pelearse.
Después de la boda, su padre y Ben parecían llevarse mejor, o al menos tener una especia de tregua. Que lo llamara fue inesperado, pero ese no era el problema.
MAL: ¡Eso puede salir peor! Mamá y papá no dejaban de pelearse cuando estábamos en la isla, apenas se encontraban por accidente e iban tras la garganta del otro.
Mal esquiva la ventana rota, para salir al balcón, con Ben pisándole los talones.
El viento fresco de las tardes de Auradon la recibe cuando cruza el umbral. Agradece que el otoño esté a punto de llegar.
BEN: Vi a la gente correr desde el oeste. Puede ser el laberinto de setos o el invernadero.
El chico contesta la pregunta que ella no hace.
Mal se apoya en el barandal del balcón lamiendo sus labios pensativa. Siente los rastros de un calor antinatural traídos por el viento.
Entonces salta del tercer piso.
BEN: ¡De acuerdo, te veré allá!
Grita él justo antes de que Mal usara su magia para amortiguar la caída y corriera veloz hacia el oeste.
Fue sencillo rastrear el lugar, sólo tuvo que seguir el caos: las manchas de quemadura en el piso, los setos en llamas, la enorme columna de humo alzándose en las cercanías, las cosas abandonadas de cualquier manera en el suelo –que algún incauto había tirado en su huida-, y los soldados con los trajes quemados y la piel enrojecida atendiéndose las heridas los unos a los otros. Pero ningún muerto. Eso era buena señal.
Lo que no era tan buena señal eran las llamas y el humo que salían entre los cristales rotos del invernadero, alzándose al cielo.
MAL: Mamá, ¿qué hiciste ahora?
Lo que nota a continuación es al Rey Adam -¿Ex Rey? ¿Rey padre? ¿cómo era?-, dando órdenes a un grupo de la servidumbre y soldados. El Hada Madrina esta junto a él –pero eso no es nuevo, siempre está junto a él-. El hada seña el invernadero y Mal gira hacia el interior sin detenerse a hablar con ellos.
Las puertas principales del invernadero están caídas y los cristales de toda su fachada esparcidos en el suelo, deformados por el calor. La piedra de la construcción ennegrecida como el carbón, forma un arco tétrico, como de fauces abiertas. Las plantas arden.
Con un movimiento de su mano, sofoca las llamas para poder pasar.
Adentro le asalta un ligero olor a huevos podridos.
El lugar grande y normalmente iluminado, esta oscurecido por el humo. Una extraña oscuridad se pega a los setos y árboles empotrados en las paredes y columnas, convertidos ahora en brasas incandescentes. En el centro, las aguas del estanque hierven, y las ranas y los peces flotan boca arriba.
No hay sonido de batalla ni discusiones, sólo el crepitar del fuego.
Eso podía significar que sus padres ya no estaban ahí, o que se habían matado entre ellos. Cualquiera de las opciones era desalentadora.
Mal se mueve entre las plantas, sofocando el fuego verde. Señal de que iba por buen camino. Finalmente gira en un seto particularmente grande, que su momento había estado lleno de hermosas flores guindas, cuando el olor acre del azufre le asalta con violencia, se mete en sus ojos y nariz, impidiéndole respirar. Lagrimeando sigue avanzando, aunque cada paso provocaba un dolor en el pecho que le roba el aliento.
No supo si eran sus ojos empañados o el mismo humo que ya no podía alejar con su magia, pero la oscuridad se volvió más densa y pesada, alumbrada de vez en cuando por un resplandor verde.
Siguió avanzando por un túnel oscuro, rodeado de llamas verdes. No estaba segura que el invernadero fuera así de grande. Además ya no se sentía tan caliente, a pesar de estar rodeada de fuego.
Camina con las lágrimas corriendo por las mejillas y los ojos hinchados, hasta que el azufre cede paso al olor del tabaco y el alquitrán.
Entonces los ve.
O cree verlos.
No está muy segura de qué estar viendo a través de las lágrimas.
Su madre parecía sentada en una de las bancas de hierro –que ardía al rojo vivo entre las llamas-, tenía la cabeza apoyada en el respaldo de la banca.
Oh.
En realidad tenía la cabeza apoyada en el brazo de su padre –su error, la chaqueta de cuero ardiendo se confundía con el metal casi fundido de la banca-. El Señor del inframundo se inclinaba sobre su madre y la estaba besando. Lentamente. Profundamente. Y su madre, Maléfica, autoproclamada Emperatriz del Mal –no es que alguien cuestionara el título-, se lo estaba permitiendo, arrojando un brazo alrededor de su cuello para mantenerlo en su lugar.
Mierda.
Definitivamente no era lo que esperaba encontrar.
Cuando se separan, su padre exhala bocanadas de humo que convierte en anillos elevándose al techo, cual fumador experto. Él muerde su labio inferior, sonriendo con arrogancia, antes de bajar para reanudar el beso. Pero ella se lo impide interponiendo su mano con un sonoro "No".
Mal sale de su sorpresa y avanza entre las llamas, apagándolas, atrayendo la atención de ambos.
HADES: Hey Mallie, bienvenida. Vas a tener que remodelar el lugar, de todas maneras no era digno de tu presencia.
Esperaba el saludo alegremente coqueto, completamente disonante con la situación.
Más no la mirada de su madre. La intensidad del dragón aún estaba ahí, visible en la inhumana luz verde. Pero le faltaba la amenaza de violencia. De hecho todavía se apoyaba lánguidamente en los brazos de su padre, sus manos descansando en su regazo.
Era lo más dócil que Mal la había visto en, bueno, toda su vida. Incluso cuando estaban solas en casa, su madre siempre estaba alerta, esperando para repeler cualquier ataque, esperando para desgarrar una garganta. Y Mal se encogía en una esquina deseando que esa garganta no fuera la suya.
Esa actitud era aún más disonante que la alegría de su padre.
Esa docilidad sólo la había visto en los chicos afectados por narcóticos en los fétidos sótanos de la isla.
MAL: ¿Qué le hiciste?
HADES: Uh oh, uh oh. Yo no hice nada.
Él levanta los brazos defensivamente, poniéndose en pie.
HADES: Oye, oye, yo estaba muy a gusto en mi casa cuando tu marido me llamó lloriqueando sobre un no sé queé que qué se yo, y yo así de "sí, lo que sea", cuando entiendo que estabas en peligro y que Maléfica regresó. Entonces que me teletransporto, escucho a la gente gritar, digo por aquí es, encuentro a tu madre, discutimos quemamos algunas… cosas, plantas, personas, muebles, ¿me entiendes? cosas sin importancia. Luego una cosa llevó a la otra y aquí estamos.
Hablaba atropelladamente como siempre, pero Mal se las arreglaba para seguirle el paso.
MAL: Entonces ¿qué le pasa?
MALÉFICA: Nada. Sólo cesó el dolor.
La calma en la respuesta fue aterradora. Ni tan siquiera parecía irritada por el galimatías de su padre.
Eso sonaba definitivamente como un narcótico, pero no de los que Mal había pensado.
Un sedante.
¿Alguien se había acercado furtivamente y le había disparado a su madre como si se tratara de algún animal salvaje?
Joder. Fue efectivo.
No sabía si sentirse asombrada o asqueada.
Ahora sólo le ardían los ojos y la garganta, no soportaría más tiempo dentro.
MAL: Debemos salir de aquí.
HADES: ¿Te encuentras bien, mi niña? Tienes los ojos rojos, ¿quién te ha hecho llorar?
MAL: No, es sólo el humo y el olor.
HADES: Oh, claro.
Al instante la extraña oscuridad que envolvía al invernadero desapareció. El sol se filtró por los ventanales rotos, brillando entre las volutas de humo que vomitaban los restos incandescentes de las plantas.
Su madre se quejó, levantándose de la banca, la cual se derritió al momento, hasta sólo ser un charco de metal fundido en el suelo.
MALÉFICA: Ugh. Que aburrido eres. Y sabes que el sol de verano me da migraña.
El olor penetrante se fue. La aprensión en el pecho de Mal también. En cambio, el aire se calentó.
HADES: Como sea, salgamos.
Los tres caminaron hasta la entrada del invernadero.
Su madre iba a paso lento, apoyándose en las paredes, probablemente con el sentido del equilibrio alterado por los narcóticos.
MAL: ¿Necesitas ayuda?
MALÉFICA: No.
MAL: Okay.
Tal como recordaba Mal, el invernadero era más pequeño de lo que le pareció al entrar.
MAL: Oye papá… uh, gracias por venir.
HADES: Cuando quieras. Pero dile a tu marido que se calme antes de llamarme, que entre su histeria, sus gruñidos y los gritos del fondo no entendí nada de lo que dijo.
MAL: Sí, no voy a comentar sobre eso, pero qué te parece si tú me dices lo que pasó allá adentro.
HADES: Ya te lo dije
MAL: Ah, ¿de verdad? No es lo que me pareció ver
HADES: Ah, na, na, na, no podías ver nada con esos ojos de sapo llenos de lágrimas.
Cruzan el umbral y Mal disfruta del aire limpio con el que llena sus pulmones.
Hasta que el magma ardiente le abrasa la piel. Se gira con horror para ver a su madre conjurar un hechizo bajo el dintel de la puerta. El poder bruto y repentino la paralizan.
MALÉFICA: … envío estas palabras para que con seguridad, se conviertan en realidad.
MAL: ¡Mamá no!
Continuará...
