CAP.4: La Domadora

El cálido sol de mediodía desaparece detrás de un tapón de nubes grises.

La luz llega pálida, débil, tamizada por las nubes.

El viento sopla helado y húmedo, arrastrando con él pequeñas gotas de lluvia.

MAL: ¿Qué hiciste?

MALÉFICA: Odio el sol de verano.

MAL: ¿Y lo destruiste? ¿lo ocultaste bajo nubes eternas? ¿lloverá hasta destruir Auradon con un diluvio?

MALÉFICA: ¿Ves como sí puedes tener buenas ideas?

MAL: Mamá, te juro que si-

MALÉFICA: El hechizo fue "Hoy es un día nublado, con vientos fríos y el cielo cual vidrio ahumado". Es un encantamiento, no una maldición. Deberías ser capaz de reconocer la diferencia. Y tienes suerte de que no estoy de humor para ofenderme por tu intento de amenaza.

Aunque el sol había desaparecido entre las nubes cenicientas tras una orden y el rocío del viento se evaporaba alrededor de su madre, que le hablaba con monótono desprecio, sí, Mal podía decir que estaba de buen humor. Lo suficiente para no luchar contra ella e intentar incinerarla…

HADES: ¿Terminaron? Porque nos están esperando allá, aunque no se atreven a acercarse.

Su padre las miraba aburrido, recargado en, bueno, el aire. Cosas de dioses, Mal supuso.

MAL: Está bien, sólo… no maten a nadie.

HADES: Que curiosa petición, pero de acuerdo chica, técnicamente no es mi trabajo, es el de Thanatos, yo sólo soy un triste administrador.

Mal reprime el impulso de masajearse las sienes. Necesita una aspirina.

MALÉFICA: Hades, ayúdame.

La nada sutil orden los sorprende a ambos. La emperatriz aún tenía problemas para andar y las paredes se habían acabado. Hades resopla, pero igual se acerca, inclinándose para ofrecer su brazo.

MALÉFICA: Eres demasiado alto

HADES: Eso nunca fue un problema, bien que te gu-

MALÉFICA: Ahora lo es.

Con un chasquido de sus dedos lo hizo callar, cosiendo sus labios con una maldición –Mal sí sabía la diferencia entre encantamiento y maldición, sólo había estado demasiado asustada esperando lo peor como para prestar atención-. Hades sólo puso los ojos en blanco, comenzando a caminar.

Mal espera con los brazos cruzados a que la alcancen. No podía perderlos de vista. Pero con el paso lento que exigían el vestido y los tacones de su mamá, no pudo evitar distraerse.

Su padre ciertamente era alto. Cuando se paseaba por los pasillos del castillo para visitarla -y de paso molestar al padre de Ben, al que llamaba "Rey Bestia" de forma burlona-, los invitados y servidumbre huían inquietos de su presencia. Los jóvenes reyes habían pasado mucho tiempo explicándoles que no iba a dañar a nadie, pero eso no evitaba que todos le sacaran la vuelta. Era esa aura que lo envolvía, siniestra y profunda, como asomarse a un abismo y perderse en él. Lumière le había dicho -y todos los demás estuvieron de acuerdo- que estar en su presencia era dejar que la desolación se filtrara en la mente, gota a gota, inundándola de un inexplicable terror.

Y sus casi dos metros de altura sólo lo acentúa.

Mal no lo entendía.

Por supuesto, era bastante consciente de cómo se sentía la magia de su padre -No. Magia no. Poder. Tan antiguo como las entrañas de la tierra-, pero a ella le parece casi tranquilizador. Como un arrullo.

Su único inconveniente en estar en presencia de su padre era que ni siquiera con tacones era capaz de alcanzar sus hombros. La hacía sentir pequeña. Odiaba eso. Era una mujer adulta y todos a su alrededor eran más altos que ella. Chaparra y delgada. Pálida como una muñeca de porcelana, ligera como un almohadón de plumas. Cuando no la confunden con una adolescente, lo hacen con una niña.

Pero bueno, las hadas son pequeñas, ¿no? Por lo menos todas las que conoce lo son. Y era esa maldita genética la que impedía que Mal alcanzara siquiera el 1.60 de estatura.

¿Cómo su madre podía manejarlo tan bien si era aún más pequeña que ella?

El tirón ardiente del fuego volcánico la golpea como un látigo. Levanta la mirada para ver a Maléfica conjurar un hechizo.

MAL: ¿En serio mamá? Ahora entiendo por qué te pusieron en un lugar sin magia.

Dice exasperada.

Pero no tiene tiempo para preguntarse si su madre la había escuchado, porque la ve estirarse y con cada movimiento crecer más allá de su tamaño original. Su ropa se ajusta a las nuevas dimensiones.

MALÉFICA: Ah, así está mejor. Más cómodo. Y más útil para la intimidación.

La emperatriz hace tronar su cuello, seguido de las articulaciones de sus manos.

Mal abre la boca incrédula. ¿Cuánto era ahora? ¿1.70? ¿1.75? Ese hechizo no estaba en el libro de hechizos. No era justo. No era jodidamente justo.

MAL: ¿Por qué?

MALÉFICA: Porque puedo.

Antes de que pudiera responder escucha que alguien la llama.

Ben corre hasta ella, estrechándola en brazos.

Mal suspira. Es un déjà vu al que ya debería estar acostumbrada.

A Ben le gusta tocarla.

Espera. Necesita reformular eso.

Ben expresa su afecto de forma física y pública, sin vergüenzas y preocupaciones al qué dirán -para consternación de Din Don, err, Cogsworth, su mayordomo personal-.

BEN: Me alegra que todo haya salido bien.

Le dice, con la voz llena de alivio.

Se permite disfrutar de la sensación, pasando una mano por su cabello castaño, perfectamente peinado, antes de que la incomodidad la asalte.

Pero no es la incomodidad acostumbrada por el contacto físico, sino la que le produce el carraspeo de su padre.

Mal centra su atención en él. La maldición le impide hacer un comentario sarcástico, pero no torcer la boca y darle una mirada fulminante al joven Rey. Mal rueda los ojos. Como si él tuviera derecho al numerito de padre sobreprotector después de perderse toda su adolescencia. Y está a punto de hacérselo saber en una nota amarga, cuando nota la mirada de su madre.

Sus ojos son más amarillos que verdes, demostrando no la magia, sino la furia tranquila que bulle en su interior.

La última vez que su madre había tenido esa expresión, su novio (exnovio, o sea Harry, el pobre diablo) terminó hundiéndose en el mar con un bloque de cemento en los pies (y Mal tenía la teoría de que así había conocido a Uma).

Mal aparta a Ben con suavidad. Por suerte él lee el ambiente rápidamente, porque se gira hacia sus suegros para hacer una reverencia.

BEN: Se-señores.

El enrojecimiento de su rostro se había transformado en una máscara de rubor sobre sus mejillas y frente. "Es adorable", piensa Mal, pero no tiene mucho tiempo. El conjuro baila en la punta de los dedos que Maléfica alza hacia Ben. Mal se mueve rápido para interponerse entre ambos, levanta la mano en señal de alto y le da a su madre la mirada más severa que tiene. Tiene que morderse la lengua para no ladrar una orden y empeorar las cosas.

Empieza a sentirse como un maldito domador en un circo. Sólo le falta el látigo y la silla.

Pasan largos, tortuosos y tensos minutos en los que nadie habla en medio del duelo de voluntades.

Maléfica sonríe y suelta el hechizo.

El jadeo estrangulado de Ben hace que Mal se gire con violencia.

Pero sólo se encuentra con el cabello ahora alborotado de su marido: revuelto en nudos que se transforman en rastras, mechones tiesos como si nunca hubieran conocido el agua y tan frizado que da la impresión de ser un nido de pájaros.

MAL: ¿Estás bien? ¿no te hizo nada más?

BEN: No, es… sólo mi cabello. Mal, ¿qué está sucediendo?

El joven rey señala a sus suegros que se alejan, sin mirar hacia atrás.

MAL: No preguntes.

Lo toma de la mano y lo obliga a correr para alcanzarlos justo en el momento en que se detienen frente al Rey Padre y los guardias del castillo.

REY-PADRE ADAM: ¿Tendremos que ponerle restricciones a su magia?

MALÉFICA: Quiero ver que lo intentes.

HADA MADRINA: No creo que sea necesario, Maléfica estará dispuesta a escucharnos en esta ocasión.

MALÉFICA: Ah, ¿lo estaré?

HADA MADRINA: Involucra a la Corte del Verano, querida. Puck vino a buscarte.

Los ojos de la emperatriz se entrecierran unos momentos, fijando su atención en el hada frente a ella. No oculta su desprecio cuando habla.

MALÉFICA: Bien. Escucharé, querida.

HADA MADRINA: Excelente. Estamos esperando al Hada Azul. Si gustan pasar al Salón del Té. Hades conoce el camino.

El Señor del Inframundo hace una señal con la mano, a modo de saludo y guía a la emperatriz entre los guardias, que se abren temerosos para dejarles pasar.

El Hada Madrina se dirige entonces a Mal.

HADA MADRINA: Hay, querida, ¿crees que puedas controlar a tu mamá?

MAL: No creo que alguien pueda. Y luchar contra ella será muy desgastante.

HADA MADRINA: No tienes que hacerlo, el hechizo hará la mayor parte del trabajo, sólo tienes que vigilarla por si no es suficiente.

MAL: ¿Qué hechizo?

HADA MADRINA: El que le diste en la segunda poción, es una especie de… calmante.

MAL: Ah, fuiste tú y no un cazador.

HADA MADRINA: ¿Eh, disculpa?

MAL: No importa. Supongo que le echaré un ojo.

El Hada Madrina suspira, alejando la tensión de su cuerpo. Como si hubiera temido que Mal se negara. Por favor. Iba a hacerlo aunque no se lo pidiera, aunque el carácter de su madre no estuviera atenuado por un hechizo.

REY-PADRE ADAM: Bien, Mal y tú encárguese del interior del castillo. Ben, tú y tu madre asegúrense que todo esté en orden para la Fiesta del Equinoccio. Yo y Cogsworth supervisaremos el control de daños.

Sin esperar confirmación el Rey-Padre se aleja, rodeado de sus guardias, a los que va dando instrucciones.

MAL: Okay.

Murmura Mal, con la paciencia al límite.

Sus padres no eran los únicos con mal carácter, por mucho que su suegro lo disimulara mejor.

Ben sólo se encoge de hombros, acostumbrado a obedecerlo, aun siendo él el gobernante.

MAL: ¿Tienes tu teléfono contigo? ¿Me lo prestas?

BEN: Sí, claro, ¿para qué?

MAL: Voy a llamar a Evie, si voy a hacer esto necesitaré todo el apoyo emocional que pueda encontrar.

Continuará...