CAP.05: El Salón del Té

Mal se planta firmemente delante de Bella, la Reina-Madre, deteniendo el carrito de té que empujaba.

R.M. BELLA: Cariño, estás siendo irracional.

MAL: ¿Yo? ¡Lo que quieres hacer es irracional! ¿No viste lo que sucedió hace rato? ¡Shantal no dejaba de escupir sapos!

Shantal acababa de entrar a trabajar al castillo como parte de un programa de trabajo que Ben había implementado. Buena paga, servicio médico, un lugar limpio donde dormir y comida caliente incluida. Gente de las calles de todos los reinos se había presentado para aplicar en el programa. Shantal había sido seleccionada por ser muy diligente y aplicada -razón por la cual fue la única de la servidumbre que se atrevió a entrar al Salón del Té-, pero la pobre moza hablaba muy mal el idioma, peor que los chicos de la isla. Sólo por eso su madre la maldijo: por cada palabra mal pronunciada, cada expresión bastardizada, cada palabra inventada, provocaba que un sapo creciera en su garganta y se abriera paso con violencia para salir de su boca. La chica ya había perdido los dientes frontales antes de que Mal pudiera anular la maldición.

R.M. BELLA: A mi no me pasará, mi vocabulario es impecable.

MAL: Mi madre encontrará cualquier otra excusa para maldecirte. Es lo que hace.

R.M. BELLA: No te preocupes, desde que empezaste a salir con Ben me he estado preparando para este momento. Ahora, con permiso.

Empuja el carrito contra Mal.

MAL: No, no tienes ni idea.

R.M. BELLA: Debo ser una buena anfitriona y consuegra.

MAL: Yo seré la anfitriona, tú tienes un festival que supervisar.

R.M. BELLA: Oh, no, no. No después de lo que sucedió la última vez que le serviste el té a tu mamá.

Mal lamenta haberle contado eso.

Sucedió cuando tenía 13 años y aún vivían en la isla. Quería ser una buena niña -desde ahí debió sospechar que terminaría mal-; había estado sirviéndole como espía en el mercado mientras cobraba las cuotas de protección, con lo que se había ganado un poco de su aprecio y admiración. Pero necesitaba más. En su búsqueda decidió probar sorprenderla llevándole té después de una reunión particularmente difícil -de esas que terminan en puñaladas-. Era la primera vez que preparaba té -si eso de la isla podría considerarse té y no sólo agua sucia- y su madre lo odió. Se lo arrojó en la cara. Hirviendo.

MAL: ¡Por eso! ¡Soy inmune al calor! ¡fue como si me arrojara agua! ¡a ti te causará quemaduras de tercer grado!

R.M. BELLA: No, querida. Yo sé preparar té, he estado practicando con las hadas buenas algo más que magia.

Los puños de Mal se aprietan con fuerza en el carrito.

Ese es otro punto importante. Magia. Todavía es débil, apenas perceptible, pero ahí está, desprendiéndose de Bella con suavidad: el olor de las rosas y los libros viejos. Si se concentra en ello puede ver la rosa abriéndose y atrás, como pincelazos borrosos, una biblioteca. Rastros de una magia que nace y toma forma, definiéndose, configurándose. Hay talento ahí. Un "poder en bruto", como diría el padre de Jay.

Pero eso nunca termina bien. Mal lo ha visto de primera mano, lo que sucedió con Madame Mim, con las hermanas Sanderson. Convertidas en baterías vivientes.

Ya no están en la isla. Se tiene que repetir. Aquí la magia fluye con mayor libertad. No se necesitan anclas.

Mas el temor permanece en un rincón de su mente.

MAL: Los hechizos de magia práctica no te salvarán de una quemadura. Y saber lavar una taza no impresionará a mamá.

R.M. BELLA: Nunca menosprecies el poder de una vajilla limpia. Todos tus miedos son infundados, déjame pasar y te lo demostraré. Tengo cuatro años mentalizándome y preparándome para este momento.

Mal dirige una mirada suplicante a Ben, quien permanece fielmente detrás de Bella. Cuando la nota sus ojos se iluminan, pero no ayuda lo que dice.

BEN: Va una vez a la semana con las Hadas Buenas a su cabaña Queenslander y trae tarea que hace todos los días. Mamá es muy aplicada.

MAL: ¡Ben!

BEN: Lo siento Mal, mamá quiere probar que puede hacer esto y es mi deber apoyarla.

MAL: ¡Pero la matarán!

BEN: Tienes en muy mal estima a tu mamá. No puede ser tan mala, es decir, mira, de todas las cosas horribles que dices que pudo hacerme, sólo revolvió mi cabello.

MAL: Ben, creó un nido de hadas en tu cabeza. Si no encuentro cómo deshacerlo tendrás pixies viviendo ahí y no quieres tratar con esas cosas.

BEN: O puedo raparme. Un cambio de apariencia me vendría bien.

MAL: Dioses.

R.M. BELLA: El cabello vuelve a crecer.

MAL: No voy a convencerlos, ¿verdad?

BEN & BELLA: No.

Derrotada, Mal deja pasar el carrito.

MAL: Sólo tengan cuidado. Aun tiene que supervisar una fiesta.

Caminan hasta el Salón de Té y antes de abrir la puerta, Mal siente el aire caliente como oleadas, así como el olor de-

R.M. BELLA: Oh, ¿castañas al horno?

MAL: No, almendras.

R.M. BELLA: La magia de las hadas huele tan bien, es tan silvestre. Excepto la de Juliette, que huele a panadería.

MAL: Es verdad, a pan de calabaza más preciso

R.M. BELLA: Con un toque de canela. Pero no la procesada, sino el árbol del canelo, cinnamomum verum.

A Mal se le escapa una pequeña risa. No conoce a suficientes hadas para poder afirmar lo de la magia silvestre, pero compartir este tipo de comentarios con Bella es… entrañable. Ojalá las cosas fueran así con su madre.

Oh, no. Un pensamiento deprimente.

Ben las mira confundido, aun así la sonrisa no desaparece de su rostro. Y Mal siente que ese picor amargo en su corazón se diluye, no desaparece, sólo se amortigua lo suficiente para permitirle continuar.

MAL: Voy a entrar primero. Si no escuchan gritos o el sonido de una pelea pueden pasar.

Abre la puerta llenando al instante su boca de cenizas. No son reales, más el sabor y la sensación pastosa la colman. La magia de su madre puede ser demasiado invasiva. Eso la hace preguntarse con qué tipo de problema tendrá que lidiar.

Para su sorpresa la habitación no está en llamas, sólo caliente y húmeda, como sauna. Su madre está de espaldas a ella, de pie junto a la puerta del balcón abierta, lo que provoca que la lluvia se convierta en el vapor que llena la habitación. Se pregunta si eso también causa la penumbra que se cierne a su alrededor.

A penas da un paso adentro cuando el calor le envuelve las piernas. Se siente como meterse hasta la cintura en un mar invisible, con el vaivén de las olas meciendo su cuerpo. Es difícil caminar, pero también agradable.

Escucha un jadeo ahogado y ve a su padre en el sillón individual. Se acuesta en el asiento, con la cabeza apoyada en uno de los reposabrazos y las piernas colgando más allá del otro. El sonido de las cadenas de sus botas se une rítmicamente a la lluvia cuando golpea con el talón el mueble.

Tiene los ojos cerrados y la maldición aun activa.

MAL: ¿Papá?

Él se pone de pie rápidamente y la penumbra desaparece, dejando resplandecer las luces de la habitación. Intenta decir algo, pero la voz no sale de sus labios sellados.

El mar invisible se retira cuando Maléfica se percata de su presencia, girándose hacia ella.

MALÉFICA: ¿Dónde está el Hada Madrina? Quiero ponerle fin a esto de una vez.

MAL: Todavía estamos esperando.

MALÉFICA: Esto se está haciendo eterno. Mi paciencia tiene un límite.

Antes de que pudiera contestar un "No me digas" agrio como veneno, la Reina-Madre entra saludando amablemente a sus consuegros.

R.M. BELLA: Hora del té y bocadillos para hacer más amena la espera.

La Reina Madre avanza con el carrero, repartiendo más palabras amables y Mal ve el reconocimiento en la mirada de su madre. Unos segundos y ya lo ha notado. Se acerca lentamente sin apartar la vista de Bella, como el depredador que es.

Mal se mueve más rápido, ayudando a preparar la mesa entre los sillones, sólo para estar al lado de la Reina Madre.

Está tratando de protegerla, pero en realidad no hay ningún indicio de violencia.

Deposita las tazas en la mesa, junto con las tartaletas de paté de jamón y queso con manzana.

Maléfica se sienta en el sillón de tres plazas frente a ellas, con un regio refinamiento que Mal no le conocía, y acepta la taza que Bella le alcanza.

La Reina-Madre le da una mirada triunfante a Mal y la joven sólo tuerce la boca en un intento de sonrisa. Sabe que no puede bajar la guardia. Estar cerca de un depredador no significa necesariamente que te vaya a comer, mas la amenaza nunca desaparece.

Bella llena las otras tazas, que Mal se encarga te repartir entre Ben -que ha elegido el otro sillón individual a su izquierda- y su padre -que rechaza la taza señalando la maldición que ata sus labios con un hilo mágico, más divertido que ofendido-.

Mal se sienta en el sienta junto a Bella en el sofá de dos plazas, lo más propia que puede -tal como ha estado practicando para las reuniones sociales-. Da pequeños sorbos a su propia taza. Tiene que reprimir un gesto. El sabor el potente, maltoso, pero amargo. Muy diferentes a los dulces y cremosos que prepara el Hada Madrina. Por el radillo del ojo, nota que Ben discretamente le coloca leche y azúcar a su taza. Ella lo haría, pero su orgullo no la deja.

Nadie habla. Eso está bien. Si pudieran permanecer así en calma hasta que llegue el Hada Madrina sería perfecto.

R.M. BELLA: ¿Cómo está el té?

Pregunta la Reina Madre directamente a la Emperatriz, confirmando que la perfección no existe en el mundo de Mal.

MALÉFICA: Asqueroso. Gracias por preguntar.

Bella sonríe, imperturbable. Pero su mirada se agudiza con diversión afilada.

R.M. BELLA: Me alegra que te haya gustado. Fauna me comentó que el té negro era tu favorito, junto con los acompañantes salados.

MALÉFICA: Y no te comentó que también me gusta carbonizar a sus mascotas.

R.M. BELLA: Oh, no, Fauna es discreta y dulce. Primavera lo comentó.

El intercambio es ácido debajo de la cortesía.

Mal no sabe si intervenir o no. Su mirada vaga hacia su padre y se distrae unos segundos. Él continúa mal sentado, con un brazo apoyado en el respaldo, una pierna en el suelo y la otra colgando del reposabrazos, con el torso del cuerpo apoyado en el otro reposabrazos. Diablos, se ve cómodo. Mal quisiera sentarse así. Pero lo que realmente la distrae es la mirada socarrona que le dirige. Mal pone los ojos en blanco. Al parecer él es el único que se la está pasando bomba. No le sorprende, su moralidad siempre ha sido bastante inhumana.

R.M. BELLA: También me dijo que a ella le gusta convertir las cosas en piedra.

MALÉFICA: Entiendo.

Su madre sonríe con ironía e interés.

MALÉFICA: Debiste pasar algún tiempo de calidad con ellas.

R.M. BELLA: De hecho.

MALÉFICA: ¿Por qué no me enseñas lo que aprendiste?

R.M. BELLA: ¿Uh? ¿Te refieres a…?

MALÉFICA: Los caminos de la hechicería no pueden ocultarse a la Tercera Raza.

MAL: No creo que esto sea necesario, la magia de Bella aún es muy débil

MALÉFICA: Nadie preguntó tu opinión, querida.

La voz es dura, no el tono de irónica cortesía que había estado usando.

Es una llamada de atención que derrumba la voluntad de Mal, porque esta demasiado condicionada a ello. Esta no es una situación de vida o muerte donde sienta el impulso de desafiarla, es una conversación entre adultos que hace que Mal olvide que ella también es uno, sintiéndose pequeña y nerviosa.

R.M. BELLA: Está bien, cariño, he estado practicando.

Bella coloca una mano en su espalda y frota en pequeños círculos reconfortantes. Mal ahora sabe de dónde Ben lo aprendió.

MALÉFICA: Será interesante de ver.

(Continuará…)