Fue hace mucho tiempo, cuando tenía cuatro años.

HADES: ¿Sabes por qué este mundo está en decadencia? ¿por qué no se parece a estas fotografías?

Mal se sienta en su regazo mientas observan el libro viejo y roído por las ratas. La niña extiende las manos hacia las fotografías, atraída por su vibrante color. Es un prado verde, lleno de flores rojas, blancas y amarillas, con un cielo tan azul que no puede entender que sea real.

HADES: Todo está imbuido con energía ¿sabes? La mayoría lo llama "magia", los dioses le llaman "poder", pero importa una mierda el nombre que uses. Es parte de la naturaleza y tan antiguo como el universo mismo.

Pasa una hoja y ahora hay un cielo naranja con una bola amarilla recortada entre montañas oscuras. El mar se tiñe de rosas y violetas. Mal cierra sus manos sobre el papel, arrugándolo, quiere tocarlo, quiere estar ahí. Su padre le hace soltar las hojas dulcemente, pero la niña se estremece ante su toque helado.

HADES: Esta isla impide que esa energía fluya libremente. Se ha estancado. Como todo lo que se estanca, se está pudriendo. Por eso los colores son tan apagados, por eso el cielo es cenizo y las plantas son débiles y quebradizas. Dirán lo que quieran del Inframundo, pero al menos no es un mundo enfermo, ¿quién diría que yo llegaría a admitirlo? Esas viejas harpías deben estar complacidas.

MAL: Papá, el bosque

Agita las manos para que él mueva las hojas y le muestre lo que desea.

HADES: Claro patrona.

Ahí está. El cielo plateado y cristalino, las nubes bajando y convirtiéndose en neblina sobre los árboles de un verde matizado.

Mal no puede explicar su atracción hacia esas fotos.

HADES: Te llama, ¿verdad? Claro que sí, eres la hija de tu madre. Pero hay algo que debes aprender antes.

Él hace un movimiento rápido con su muñeca y un humo oscuro se crea a su alrededor.

HADES: Sí que es difícil aquí.

Toma unos momentos, pero cuando se disipa hay una flor en sus manos. Una rosa roja, con un color tan intenso y oscuro como la sangre que Mal ya ha visto brotar.

La niña toma la flor, impresionada por su color.

HADES: Todas las cosas vivas están llenas de, llamémoslo magia, es más apropiado para lo que te espera. Incluso aquí, donde todo está estancado, las cosas que vienen del exterior conservan esa magia, en estado latente, sin poder moverse, encerrado en su centro. Es lo que hace que esta rosa se vea tan diferente a lo que hay aquí.

Él se inclina sobre Mal, pasando una mano por los pétalos de la flor.

HADES: Linda ¿no? Desgraciadamente efímera. Y su vida puede acortarse aún más… porque su magia puede extraerse.

Con un movimiento de sus dedos, la flor se marchita hasta deshacerse en las manos de Mal. La niña llora ante la pérdida.

HADES: Ya, ya.

Él la consuela, pasando los dedos, ahora cálidos, por su rostro, justo como lo hizo con los pétalos.

HADES: Lo sé, algunas cosas efímeras deben protegerse. Me tomó cinco mil años entenderlo.

Muchas cosas se han desvanecido de la memoria de Mal, pero ese recuerdo permanece vivo, ardiendo aun en su alma.


x

El tapiz del Salón del Té está quemado, de la mitad de sus paredes hacia abajo. Probablemente por el mar invisible de hace rato, pero la mente de Mal no lo registra, demasiado preocupa observando lo que sucede frente a ella.

MALÉFICA: ¿Y eso es todo? ¿Limpiar la vajilla? No lo creo ni por un instante.

Bella juguetea con la taza astillada en sus manos. Mal ha aprendido que esa es SU taza, la que usa siempre de manera tan personal, aunque tenga cientos a su disposición.

R.M. BELLA: Quizá he aprendido más

MALÉFICA: Muéstrame

La Reina Madre deja la taza sobre la mesa con delicadeza. Extiende su mano izquierda y pasa sobre ella los dedos de la derecha, en el fantasma de una caricia, mientras recita.

R.M. BELLA: Antes que la sombra caiga sobre la frente perlada, mi palabra abriga con su defensa encantada.

La rosa se abre, desprendiendo su perfume.

Mal se mueve en su asiento, nerviosa; observa cómo Bella toma la tetera de la mesa y vierte el agua hirviendo sobre su mano extendida.

Cuando termina su mano está ilesa.

MALÉFICA: Hechizo de protección. Que innovador.

El sarcasmo golpea a Mal, pero Bella lo esquiva con un movimiento de hombros.

La Emperatriz lleva una mano a su rostro, entre sus labios, pensativa.

MALÉFICA: Dime una cosa criatura, ¿la escuchas?

R.M. BELLA: ¿A quién? ¿qué?

MALÉFICA: La voz de la naturaleza, ¿te llama? ¿te saca de tu cama y te atrae como el encanto de lo prohibido? ¿qué palabra te susurra en medio de la noche?

Los ojos de la Reina-Madre se abren y brillan, con una chispa de juventud perdida. Ben se inclina hacia adelante en su propio asiento, sin ocultar la sorpresa en su rostro.

Bella concentra su atención en su mano extendida y húmeda, mientras una palabra se escapa de sus labios.

R.M. BELLA: Aventura.

MALÉFICA: ¿Cuánto tiempo llevas ignorándola? ¿desde que te encerraste en este castillo?

R.M. BELLA: La vida como reina es otra aventura, no un encierro.

MALÉFICA: ¿Eso te dices para soportar las rejas? Patético.

Una sonrisa melancólica pasa por los labios de Bella. La sombra de un deseo olvidado se posa sobre sus hombros, dándole la apariencia serena que Mal siempre le ha conocido.

R.M. BELLA: Es una buena vida, puedo instruir a otros y estar con mi familia. Nunca me ha faltado nada.

MALÉFICA: Eso es lo que se dice el pájaro que ha aceptado su cautiverio con el pasar de los años y la costumbre. Ahh, qué curioso que la libertad haya sucumbido a tradiciones y convencionalismos que antes repudiaba.

Mal nota que la sombra se hace más pesada. La expresión de Bella permanece serena, imperturbable, pero sus manos se cierran en puños.

R.M. BELLA: ¿Alguien que ha sentido el viento entre sus alas puede olvidarlo?

MALÉFICA: Jamás.

Por primera vez, la respuesta de su madre es franca. Sin veneno ni ironía.

Dura unos segundos, por supuesto, porque cuando vuelve a hablar es el susurro de una serpiente.

MALÉFICA: Con magia ya no tendrías que ser presa, ni carcelera. Podrías seguir la voz y convertirte en aventurera. Salir, explorar, conocer… arrasar y consumir. Las grandes hazañas están ahí, esperando a suceder, por más que ustedes se empeñen en seguir sosteniendo estos barrotes.

R.M. BELLA: Eres peor de lo que decían.

MALÉFICA: ¿Te sorprende?

En lugar de contestar, Bella cambia la dirección de la plática.

R.M. BELLA: La magia de las Hadas Buenas no puede usarse para el mal.

MALÉFICA: Que pensamiento más infantil. Mientras no se tenga el deseo de hacer más, se continuará haciendo lo mismo repetidamente. Pero con algo de motivación… ¿sabías que ellas pudieron crear un escudo que resistió el fuego de dragón?, fuego que arde más fuerte que las llamas del infierno.

R.M. BELLA: La magia combinada de las tres, yo no tengo ese nivel, ni el de una sola-

Antes de que pudiera terminar, Maléfica sopla, y el viento de sus labios se transforma en un soplete que dirige contra las manos de la Reina-Madre, envolviéndola a ella y la mesa en llamas.


x

Mal salta de su asiento en pánico absoluto.

Siempre estaban pasando cosas en la isla.

Reuniones, bandos formándose, conspiraciones.

A veces terminaban con la sangre corriendo como ríos por las calles.

A veces terminaban con la danza de cuerpos desnudos.

A veces un poco de ambos.

Cuando esas 'cosas' pasaban en el castillo de su madre -que era un bastión por más que la gente lo llamara de otra forma-, Mal terminaba encerrada en su habitación del tercer piso. Las voces y los gritos no la ponían tan nerviosa como el absoluto silencio, porque era ahí cuando las pisadas iban y venían, deteniéndose detrás de su puerta. Su corazón martillaba con terror, queriéndose salir del pecho, cuando la perilla de su puerta giraba para ser detenida por el candado.

Cuando no tenía suerte, quedaba completamente sola en la oscuridad -para fingir que no había nadie en la habitación-, esperando que la noche terminara.

Cuando tenía suerte, a Evie la encerraban con ella. Y así eran dos niñas aterradas, abrazadas debajo de la cama, deseando que sólo el pálido sol irrumpiera en el cuarto.

En una ocasión, no sólo la perilla giró, sino que, al detenerse, alguien -algo- intentó abrir golpeando la puerta. El sonido hizo eco en las paredes de piedra. Evie se cubrió los oídos con las lágrimas corriendo por su rostro sonrosado.

La fuerza de los golpes hizo saltar la puerta de sus bisagras y levantar astillas a su alrededor. En ese momento, accionada por un resorte intangible, Mal soltó a Evie, se arrastró debajo de su cama para colocarse entre su amiga y la puerta, con los brazos abiertos. Tenía seis años.

Fue absurdo e instintivo, ¿qué podía hacer ella contra lo que sea que aporreaba la puerta esperando entrar? Nada, en retrospectiva.

Las cosas efímeras deben protegerse.

Había dicho su padre en ese recuerdo. Mal no entendía qué significaba "efímero", pero entendía lo que significaba "proteger". Era un susurro permanente en su lo más profundo de su cabeza desde esa primera vez que lo escuchó.

Nadie entró por esa puerta. Primero fue una discusión detrás, luego un gruñido animal y algo desplomándose. Un charco oscuro se filtró debajo de la puerta, pintando el camino entre las piedras que formaban el piso de su habitación.

Jamás volvieron a dormir bajo la cama.


x

Mal sofoca el fuego, reprimiéndose por no haber sido lo suficientemente rápida.

La mesa se deshace contra el suelo, convertida en trozos de carbón ardiente. La tetera y el resto de la vajilla se dobla como estuviera hecha de plastilina, sobre los restos de la mesa.

Bella está de rodillas en el suelo, cubriendo su cabeza con los brazos. Su piel humea y está enrojecida -como cuando están en la playa demasiado tiempo-, su ropa chamuscada deshecha en jirones chamuscados. Pero está VIVA.

Los pétalos de rosa caen a su alrededor, como cerezos en primavera, para desvanecerse al tocar el suelo.

Ben corre a su lado llamándola con desesperación. Mal no se atreve a moverse.

La Reina-Madre reacciona, conmocionada. No se dirige a él cuando habla.

R.M. BELLA: Yo no sabía… que podía…

MALÉFICA: Si nunca lo pones a prueba cómo vas a saberlo.

R.M. BELLA: Pudiste calcinarme…

Hay una emoción más fuerte que se filtra por su voz y hace su cuerpo temblar.

Mal no puede identificar cuál es.

Desde el sillón, su padre aplaude con lentitud, como si todo eso no fuera más que un espectáculo para entretenerlo.

MALÉFICA: Si lo hubiera logrado tu magia no valdría la pena, por lo tanto, este mundo no habría perdido nada importante.

MAL: Basta, no puedes decir eso, toda vida es importante.

Al momento que salieron las palabras de su boca se arrepiente de pronunciarlas.

La emperatriz se gira hacia ella, con el ceño fruncido. Su expresión no de ira, sino de decepción mezclada con asco.

MALÉFICA: ¿Te estás escuchando hablar?

Le pregunta, viéndola como si no fuera más que un pedazo de basura al cual sacarle la vuelta.

Las piernas de Mal tiemblan, con las palabras atascadas en su garganta.

MAL: Yo-

MALÉFICA: Piensa bien lo que vas a decir, niña. Un tambor hueco como tu cabeza es el que mejor suena, pero su única utilidad es existir para ser golpeado.

BEN: Suficiente.

El joven rey se levanta con el ceño fruncido y dispuesto a hacer valer su autoridad. Mal sabe que él puede tolerar muchas cosas, pero no que la insulten y menosprecien. Sin mencionar que acaban de intentar matar a su madre.

MALÉFICA: Una mirada de resolución en el rostro de una oveja.

El aire se caliente mientras la tensión sube.

La Emperatriz no necesita levantarse del sillón para desplegar su amenaza. Eso activa todos los mecanismos internos de Mal, dándole la resolución que le faltaba momentos antes.

MAL: Mamá, no queremos pelear. Queremos una tregua hasta que llegue el Hada Azul.

MALÉFICA: Si quieres una tregua significa que me reconoces como tu enemigo.

MAL: No es eso, sólo soy un intermediario. Es todo.

Mal reconoce que se encuentra en una situación muy delicada. La única forma de salir de ella es que su madre ceda. Y ella siempre marcha hacia adelante, eliminando cualquier obstáculo. Mal podría rogarle, pero eso sólo confirmaría que es débil y perdería el poco respeto que le tiene.

De hecho, la única razón por la que la habitación no se ha convertido en un pandemonio, con dos dragones luchando entre sí en medio de un mar de fuego, es por el sedante que corre en el sistema de su madre.

La Reina-Madre utiliza a Ben como apoyo para levantarse e, ignorando completamente la situación, se dirige a Maléfica.

R.M. BELLA: Las llamas… ¿qué había entre ellas?

Sin apartar la mirada de los jóvenes reyes, la emperatriz responde.

MALÉFICA: Eso depende de quien mire.

Luego, para sorpresa de Mal, su expresión se relaja.

MALÉFICA: ¿Qué fue para ti?

R.M. BELLA: Un abedul blanco… como el que había en casa de mi abuela.

MALÉFICA: Consíguelo, es la conexión que tu magia necesita para anclarse con más fuerza.

El calor tórrido se disipa, dejando sólo restos de cálida humedad. Afuera, la lluvia continua, llenando la sala con su sonido.

Mal se deja caer en el sofá, demasiado cansada para intentar algo, agradecida de que ese momento haya terminado.

Siente entonces unos dedos helados sobre su hombro. Se gira para ver a su padre; ni tan siquiera notó cuándo se movió de su asiento. Él aprieta su hombro y luego lo palmea juguetonamente, en un gesto que casi parece decir "bien hecho". En un parpadea desaparece de su vista, dejando una neblina húmeda y fría atrás. Cuando sus ojos vuelven a encontrarlo, él se ha dejado caer dramáticamente en el asiento junto a su madre. Se mueve casi como un fantasma.

Su madre no lo nota -o lo ignora-, pues su atención está fija en los pedazos carbonizados de la mesa.

MALÉFICA: Ah, el té. Qué lástima, no era tan asqueroso, después de todo.

(Continuará…)