Cuando tenía ocho años, Mal se hartó de ser prisionera en su propia habitación. Ya tenía casi el año que a Evie no la dejaban con ella, sino que podía estar en casa de Jay. Mal suplicó, pataleó y gritó para que le dejaran asistir a esas pijamadas -como le gustaba llamarlas, especialmente cuando se enteró que a veces hasta Carlos se unía a ellas-. Su madre fue inflexible. Dijo algo sobre seguridad, enemigos y demás cosas que a Mal le parecieron absurdas. Ella quería estar con sus amigos, y lo que la Mal se ocho años quería, la Mal de ocho años conseguía.

Así se deslizó por la ventana del tercer piso -increíblemente sin rejas-, se paró en el alféizar y utilizado dos cuchillos que había robado, los clavó en la piedra para moverse, como había visto a los escaladores de montañas en la televisión. Era estúpidamente arriesgado, pero confiaba en que funcionaría, siempre había sido más fuerte que los otros niños.

A penas llegó a la ventana de al lado -la cual había dejado abierta previamente-, se metió agitada, mas feliz de haber logrado salir. Lo siguiente era escabullirse y correr hasta la casa de Jay, esquivando a su madre, sus visitas y sus matones. Pan comido.

Lo fue, de hecho. Pasó a los matones con relativa facilidad, pues eran puro músculo y nada de cerebro. Cuando el premio estaba cerca -la salida del 'castillo'-, vio algo a lo que no pudo resistirse: la puerta del sótano abierta. La leyenda urbana decía que bajo el Castillo había un calabozo, una cámara de tortura o túneles que conectaban con diversas partes de la isla. Jay y ella habían tratado de forzar la puerta muchas veces, sin éxito.

Lo curiosidad pudo más, así que se desvió de su camino, adentrándose en el sótano.

El lugar era más grande de lo que había esperado, y sucio y húmedo y vacío.

Hasta que ya no lo fue.

Se asomó al final del único pasillo iluminado, sólo para ver maquinaria empotrada en la pared, tubos que salían de ninguna parte reconocida para conectarse en pantallas viejas y destartaladas, emitiendo destellos de un verde lima y pitidos monótonos. En medio de ellas, atada con cables a la pared había una anciana. Estaba llena de agujas y sondas, con la mirada perdida. Junto a ella había otra mujer revisando las pantallas, vestía una bata de laboratorio sucia y guantes negros. Cuando se giró notó que era aún más vieja que la prisionera en la máquina. Y más fea.

Se acercó a ella alguien que Mal pudo reconocer como Grimhilde, la mamá de Evie. Traía un bonito vestido de seda negra y encaje, con una gargantilla gruesa en el cuello, atada con una gran piedra roja. Su cabello negro perfectamente recogido. Tan regia y hermosa, como una reina debe serlo.

GRIMHILDE: Esto está tomando una eternidad, Yzma.

Le dijo con visible ira.

La mujer de la bata respondió con un tono arisco y lleno de sarcasmo, sin despegar la mirada de las pantallas.

YZMA: ¿Y qué esperabas? No puedes exprimir a la gente por siempre, ¿no has escuchado de la entropía?

GRIMHILDE: No, y no me interesa, queremos resultados.

YZMA: No me presiones, que yo le he dado luz y tecnología a esta maldita isla.

GRIMHILDE: Y son mis contactos los que te han dado material y mano de obra.

MALÉFICA: ¡Silencio las dos!

Mal se agachó, escondiéndose en la oscuridad, en cuanto escuchó la voz de su madre.

Maléfica saló de una puerta a la izquierda de las dos mujeres. No traía la capucha de cuero, por lo que el cabello –de un morado tan oscuro que parecía negro- le caía sobre el rostro. Se veía desaliñada y enferma. Tenía la piel de un gris pálido que, al resplandor de la maquinaria, adquiría un tono lamoso. Clavó sus ojos amarillos en la Reina Malvada.

MALÉFICA: ¿Cuánto más tardará esto, mascota?

GRIMHILDE: Odio que me llames así

MALÉFICA: Yo odio estar encerrada en un lugar sin magia, el hada en mi está muriendo, me vuelve loca.

Enfatizó cada palabra meciendo un cuchillo en su mano para terminar apuntándolo en su dirección.

YZMA: Está armada, maravilloso. ¿Dónde lo consiguió?

GRIMHILDE: Es su casa, tiene armas en todas partes.

YZMA: Me rehúso a trabajar bajo este tipo de coerción. Mi psicólogo dice que es malo para mis relaciones laborales.

GRIMHILDE: Mataste a tu psicólogo.

YZMA: ¡Intentaba controlar mi vida!

MALÉFICA: ¡Silencio bufones!

Arrojó el cuchillo contra las mujeres y éste fue a estrellarse en el piso, pasando entre ellas sin tocar a ninguna.

Mal no supo si erró el golpe a propósito como una advertencia o si su puntería era malísima.

MALÉFICA: ¡No puedo pensar con claridad! ¡El dolor quema cualquier pensamiento! ¡Necesito desgarrar algo!

YZMA: Fascinante lo que ocurre con las criaturas mágicas en esta isla. Igual que el liche en la montaña o los monstruos que rondan por los bosques muertos.

GRIMHILDE: Esto no es un experimento de ciencias, Yzma, necesitamos ese extracto de esa… ¡magia! Antes de que ella caiga en otro arrebato homicida.

YZMA: Entonces necesitamos otra batería. Consígueme otra bruja y con gusto trabajaré. De otra forma lo único que queda es esperar.

GRIMHILDE: ¿Esperar? ¿aquí? ¿a que el dragón se coma nuestras entrañas y luego regresar con la mente perdida como los demás imbéciles?

YZMA: O podríamos encerrarla

MALÉFICA: Sí, eso no funcionó la última vez, soy muy buena rompiendo cadenas.

GRIMHILDE: ¿Sabes qué funcionaría?

MALÉFICA: No te atrevas a sugerirlo

GRIMHILDE: ¡Si tan sólo dejaras de ser tan necia y arrogante!

MALÉFICA: No dependeré de ese cretino

GRIMHILDE: Prefieres condenarnos a todos

MALÉFICA: ¡Yo te preocupo! Cuando hay un demonio literal en la montaña y un cadáver viviente

YZMA: El demonio duerme y el cadáver pronto dejará de moverse, ya sabes, sigue pudriéndose.

MALÉFICA: No importa, nada importa. Consígueme a las Sanderson

GRIMHILDE: Tenemos un trato con ellas

MALÉFICA: ¡Encuentra la manera de romperlo o pondré a tu hija en esa máquina!

La reina reaccionó con violencia, tomando a la emperatriz del cuello del vestido.

GRIMHILDE: ¡Deja a mi Evie fuera de esto! ¡Vuélveme a hablar así y nuestra sociedad termina aquí!

¿?: Señoritas, señoritas, ambas son preciosas, dejen de pelear

Una nueva voz se unió a la discusión y Mal la reconoció como Cruella, la madre de Carlos.

Efectivamente, de entre las sombras de la derecha, que Mal no alcanzaba a ver bien, se acercó la señora De Vil, ataviada con sus pieles y en la mano una boquilla con su cigarrillo. Se le veía bastante alegre.

CRUELLA: Mis cazadores se encargarán de las Sanderson.

YZMA: ¿No tuvieron un pleito hace dos días? Su cuartel estaba en llamas.

CRUELLA: Ah, pequeños pleitos cuando hay demasiada testosterona junta. ¡Por eso decidí venir a esta fiesta de Chicas!

GRIMHILDE: Esto no es una maldita fiesta

CRUELLA: Claro que sí, es lo único que es chicas, bailen conmigo.

Se acercó dando vueltas hacia ellas, riendo sin control.

Cuando pasó a su lado, Mal percibió que el olor que emanaba no era tabaco.

YZMA: Este lugar es un manicomio

MALÉFICA: Es una prisión y me está consumiendo, tengo que salir, salir, salir, SALIR

Cruella la alcanzó y la obligó a bailar con ella.

CRUELLA: Es un salón de fiestas y tú eres adorable, querida

Maléfica gruñó. Sin previo aviso la hizo caer metiéndole el pie y se sentó sobre su estómago.

Mal no notó la navaja hasta se enterró en el pecho de Cruella.

GRIMHILDE: Es un Circo de Fenómenos.

Cruella no dejaba de reír estridentemente mientras el hada malvada la apuñalaba.

Mal huyó.

Esa noche no fue a su pijamada.


x

Mal observa cómo Ben le aplica un gel hidrante en los brazos y hombros a Bella. Frente a ellos hay un cubo con compresas sumergidas en agua con hielo, que la Reina-Madre utiliza en su nuca y mejillas, para calmar la sensación de calor.

Están en la habitación contigua al Salón del Té y los ojos de la joven reina vagan entre Ben y la puerta.

BEN: ¿En qué piensas?

MAL: En el pasado… ¿y tú?

BEN: En el bonito bronceado que le quedará a mamá.

Bella ríe, llevando una mano a la mejilla de Ben para pellizcarla.

R.M. BELLA: Tan positivo, mi chiquito hermoso.

BEN: Por favor mamá, ya no soy un niño

R.M. BELLA: Oh, ¿te avergüenzo ante tu señora esposa?

BEN: ¡Madre!

MAL: Yo… quisiera disculparme por el comportamiento de mi madre, lo siento de verdad tanto, no-

Bella la detiene levantando una mano.

R.M. BELLA: No tienes que disculparte, era el riesgo que acepté. Además… me dio mucho en qué pensar.

BEN: ¿Como qué?

R.M. BELLA: … Como en que debo aprender hechizos de curación. La magia sanadora me parece muy atractiva ahora. ¿Tú no sabrás algo sobre eso, verdad Mal?

MAL: No. En realidad creo que no sé mucho sobre magia… sobre nada en general…

Más que decirlo, susurró lo último.

BEN: Mamá… ¿de verdad escuchas la voz de la naturaleza? ¿Cómo es?

R.M. BELLA: No es una voz de verdad. Es más como un deseo. Cuando miro hacia el bosque, hacia el cielo, hay un pensamiento más fuerte que otros.

BEN: ¿Aventura?

R.M. BELLA: Sí.

BEN: Es como un sentimiento entonces

Él asiente, como si hubiera tenido una gran revelación.

R.M. BELLA: ¿Por qué preguntas? ¿Te ha pasado?

BEN: No, no, yo no tengo nada mágico en mí

MAL: Yo difiero

R.M. BELLA: Yo también

BEN: Ya, en serio. Cuando era niño siempre llevaba animales a la casa, ¿recuerdas que Din-Dong se ponía histérico?

R.M. BELLA: Eso sólo pasó cuando llevaste a colmillitos, el cachorro de lobo. Pero al viejo reloj le encantó Colita de algodón, lo alimentó por 10 años. A mí me gustó el buen Teddy, lástima que tu padre pensó que un oso era demasiado.

BEN: Sí. No sé cómo encontraba a todos esos animales, pero yo sentía en mi corazón que tenía que ayudarlos, y me preguntaba si es algo así la voz de la naturaleza de la que hablaban…

MAL: Tal vez así es para ti

R.M. BELLA: Quizá hay algo mágico en todos nosotros, diferentes tipos de magia, no todo tiene que ser una fiesta de pirotecnia.

BEN: Es verdad

MAL: A mí me gustaría saber un poco más. Mamá nombró a la Tercera Raza y no sé a qué se refería, ¿quizá a las hadas? ¿o a algo más? Siempre creí también que todas las Hadas eran buenas, a excepción de mi madre, claro, pero el Hada Madrina dijo que no. Y las hadas son criaturas mágicas ¿no? Como los unicornios… necesitan magia para vivir, ¿cuánta? Y he estado recordando cosas que no sabía que sabía, y sólo tengo más dudas.

BEN: Bueno, como dicen en esa peli que vimos, "nada de lo que ocurre se olvida jamás, aunque no podamos recordarlo". A mí me pasó cuando ese mensajero mencionó Avalon. Recordé que cuando era niño escuché al Rey Arturo hablar sobre Avalon en una reunión con papá y estaban preocupados. ¿Recuerdas algo sobre eso mamá?

La Reina Madre dobla cuidadosamente las compresas para depositarlas de nuevo en el cubo con hielos. Luego se levanta. Sujetando su vestido para que no se termine de caer en pedazos.

R.M. BELLA: Me siento un poco agotada ahora. Me bañaré y cambiaré, o a todos les pueda dar un colapso verme así.

Les sonríe con tristeza, acercándose a la puerta.

Mal y Ben comparten una mirada rápida sin palabras. Sí, el comportamiento es atípico.

R.M. BELLA: Si tienen dudas, pueden preguntarle al Hada Azul.

BEN: Mamá, ¿conoces al Hada Azul?

R.M. BELLA: Sólo la he visto una vez, cuando se fundó Auradon.

Dicho eso, sale por la puerta.

MAL: ¿Qué fue eso?

La expresión de Ben es de incredulidad, mientras sostiene la botella de gel hidratante.

Mal se sienta junto a él en el taburete.

BEN: Mamá jamás evade mis preguntas. Mal, ¿no te da la impresión… de que nos siguen tratando como niños? ¿Qué hay mucho más de lo que nos dicen?

MAL: Eso es evidente.

BEN: Los mayores construyeron este mundo y no sólo vivimos en él, lo vamos a gobernar, ¿no deberían al menos explicárnoslo? Yo creo que un gobernante debe ofrecer el hogar más conformable del mundo y el mejor café o té del mundo para atraer a las mejores personas del mundo. Pero para hacer eso debes conocer a las personas, ¿no? ¿Qué pasa si no les gusta el té o el café?, ¿qué tal si sólo toman soda o agua mineral? Tienes que estar preparado para ese tipo de eventualidades.

La joven reina no sigue de todo la lógica de su pensamiento, mas le escucha con atención, apoyando la cabeza en su hombro. Él es de un mundo tan diferente al suyo.

Inconscientemente busca su mano para entrelazar los dedos. Le es difícil acostumbrarse a que las cosas pueden cambiar para bien. Que se puede avanzar hacia un futuro mejor. Que las heridas pueden sanar.

Su alma, y no su cuerpo, descansan en ese momento de quietud.

Mientras ella divaga, Ben saca su teléfono y comienza a teclear.

MAL: ¿Qué haces?

BEN: Busco información sobre las hadas y Avalon.

Su mirada se pierde en la pantalla, súper concentrado.

Incapaz de seguir pasiva más tiempo, Mal se levanta con una nueva resolución.

BEN: ¿A dónde vas?

MAL: Mamá jamás hablará conmigo, pero creo que papá lo hará… si logro quitarle la maldición.

BEN: ¿Podrás?

MAL: Puedo intentarlo. Deséame suerte.

BEN: ¡Suerte!

Con una última mirada a su marido, Mal se arma de valor y entra de nuevo al Salón del Té.

En cuanto cruza el umbral, una masa de niebla oscura le envuelve los tobillos, tan húmeda, fría y pegajosa que le acalambra las piernas. Es obra de su padre, reconoce. Normalmente él hace el esfuerzo para contener las manifestaciones de su poder no más allá del fuego fatuo que arde en su cabello, pero hoy estaba particularmente expresivo.

Incómodamente expresivo, se corrigió, al verlo.

Aún estaban sentados en el sofá de tres plazas. Su padre pasa un brazo por el respaldo y lo alza para alcanzar los cuernos de la emperatriz, deslizando los dedos por uno de ellos, con una lentitud ensayada.

Puede parecer algo simple, pero Mal es muy consciente de que nadie toca a su madre. Ella misma recuerda haberla abrazado en sólo una ocasión, y no salió muy bien.

La situación le plantea nuevas dudas, que espera pueda responder en breve.

Va a acercarse, pero la voz de Maléfica la detiene.

MALÉFICA: ¿Sabes que el punto de la maldición era no tener que escuchar tu voz? Así que sal de mi cabeza… oh, por favor, eres un cerdo. Quizá te convierta en uno y te sirva en la cena… sería agradable escucharte chillar…

Eso le plantea aun más dudas, que no quiere responder.

Hades parece reír y se acerca más. Los dedos ahora se meten entre el cuero que envuelve los cuernos. Ella suspira.

MALÉFICA: … si sigues así tendrás que irte… No significa nada… Deja de creer, por un segundo, que te he perdonado…

Ella levanta la mano y Mal está segura que va a golpearlo. En su lugar, la deposita sobre su mejilla, acariciando el rastrojo ligero de su barba.

MALÉFICA: Deberías afeitarte…

La niebla negra se mueve inquieta, igual que las olas estrellándose contra un acantilado. Mal tiene que reprimir un grito cuando sube por sus pantorrillas, no como espuma, sino como cientos de dedos muertos tratando de escapar de la marea.

MALÉFICA: ¿Vas a decir algo o sólo te quedarás mirando?

Su madre se ha girado para verla.

Su padre voltea también, sobresaltando a Mal, pues su mirada es densa y el iris de sus ojos de un amarillo tan pálido que se funde con el blanco. Pero cuando parpadea, sus ojos vuelven a ser azules y blandos.

La niebla del piso se retrae con un ulular que suena igual a un lamento.

MAL: Yo- Papá, ¿puedo hablar contigo un momento… a solas?

El Señor del Inframundo asiente, levantándose.

O lo intenta, pues Maléfica detiene el movimiento cerrando una mano sobre su camisa.

MALÉFICA: No, no puedes.

Dice, mirando a Mal en un desafío malicioso.

Mal sabe que no hay razón para ello más allá del placer de llevar la contra, de vivir en el caos.

Conoce el juego, pero no esta dispuesta a jugarlo.

Ya no más.

Sólo crece y crece, dañando a todos alrededor, incluso a los jugadores.

Entre más lo piensa más se le revuelve el estómago. Una emoción desagradable tirando de ella.

MAL: Papá, será sólo un momento.

Quizá Mal no es tan buen persona como todos piensan. Como ella misma quiere creer.

(Continuará…)