Jay se unió al Gremio de Ladrones cuando tenía 10 años y Jafar estaba furioso. Mal no entendía por qué, es decir, a Jay le gustaba robar cosas, era obvio que terminaría enrolándose en el grupo oficial de ladrones de la Isla. De hecho, Mal esperaba que Maléfica fuera quien estuviera molesta, al ser un grupo rival, pero a su madre simplemente le daba igual. Grimhilde consideraba que era una buena oportunidad para conseguir información del manejo interno del gremio, pero Cruella estaba completamente en contra, pues sus Cazadores habían tenido varios encontronazos con los Ladrones -siendo el último uno que implicó el envenenamiento de Clayton-.

Ante tal discordia finalmente se decidió que Jay tenía que abandonar el Gremio. Y, por supuesto, Mal fue la encargada de traerlo de regreso.

MAL: Menuda tontería.

Entrar y patear el trasero de Jay fuera del gremio era el método divertido y el primer instinto de Mal; pero en lugar de eso se escabulló hasta la oficina del llamado "Rey de los Ladrones" para hablar con él. Pocas veces el hombre se dejaba ver en público y, por lo que pudo averiguar, era de fácil trato. Al parecer su nombre era Cassim.

CASSIM: "Dejar ir a Jay". Lo haces sonar como si yo lo retuviera contra su voluntad.

También parecía un fanático de los pájaros. La mitad de su "oficina" -un pobre cuarto destartalado en las entrañas del mercado- estaba ocupada por una enorme jaula-hábitat para aves, con varios animales dentro. El propio Rey de los Ladrones llevaba un gran loro rojo sobre el hombro.

CASSIM: ¿Te gustan las aves?

MAL: No. ¿A ti sí?

CASSIM: No particularmente, pero quería compañía para Iago.

El loro rojo, Mal supuso, cuando el hombre llevó al animal dentro de la jaula.

CASSIM: Algún día, cuando salgamos de esta isla y recupere su mente, me lo agradecerá. Sólo espero que su vida siga alargándose.

Mal había escuchado sobre eso, los animales mágicos que llegaron a la isla perdieron su raciocinio y se convirtieron en animales comunes. Los cazadores habían concentrado a casi todas las bestias en el oeste de la isla.

CASSIM: Como te decía, Jay es libre de irse cuando quiera.

MAL: Pero es demasiado idiota para hacerlo, tienes que correrlo.

CASSIM: ¿Y si no lo hago amenazarás con matarme? ¿Es lo que tu mamá quiere?

MAL: A mi mamá le importas una mierda

CASSIM: Auch. Eso es casi un insulto.

MAL: Pero Jafar quiere que te corte el cuello.

CASSIM: Ah Jafar, el exvisir, claro.

MAL: ¿Lo conoces? Ya sabes, antes de la isla

CASSIM: No, sólo escuché historias. Muchas historias.

El Rey de los Ladrones se movió hacia una gaveta junto a su escritorio y buscó algo en el interior. Mal se puso en alerta, tal y como le enseñaron, pero al final, el hombre sólo extrajo un pedazo de tela blanco y dos frascos.

CASSIM: ¿Y tú qué quieres niña?

MAL: Patear el trasero de Jay.

El hombre rió tomando de un estante un polvo rojizo.

CASSIM: Es el deseo más puro que he escuchado esta semana. Pero hablo en serio, ¿qué es lo que deseas?

MAL: ¿Y a ti qué te importa?

CASSIM: Tengo curiosidad.

El Rey colocó un cuenco astillado sobre el escritorio, quitando los papeles para hacerle espacio.

CASSIM: Hagamos un trato. Si me dices lo que realmente quieres, liberaré a Jay.

Mal entrecerró los ojos en su dirección, mientras él se colocó unos guantes de cuero y comenzó a atar el pedazo de tela con unas ligas.

MAL: Quiero a mi amigo de regreso

CASSIM: ¿Por qué? A tu mamá no le importa

MAL: Porque lo quiero y ya.

CASSIM: Y si él decidera quedarse, ¿qué harías?

MAL: Le rompería las piernas y lo llevaría arrastrando a casa

CASSIM: Supongo que por ese tipo de respuestas la gente piensa que eres idéntica a tu madre.

MAL: Lo soy.

CASSIM: Son iguales, pero en extremos opuestos. Llamaste a Jay tu amigo, ahí comienzan las diferencias.

El hombre vertió sobre el cuenco un poco de agua. Luego tomó los frascos en sus manos y destapó el primero.

CASSIM: ¿Te digo algo que he aprendido a lo largo de mi vida?

MAL: No me interesa

CASSIM: Lo sé, pero aun así te lo diré y lo escucharás

MAL: Que mierda

Vertió el contenido rojo del frasco en el aguay ésta adquirió un color oscuro. Luego tomó un lápiz de su escritorio y comenzó a darle vuelta al agua, para verter el segundo frasco, creando un remolino verde sobre el agua roja.

Aunque quisiera negarlo, Mal estaba intrigada por sus movimientos.

CASSIM: Existen personas que impactan en nuestra vida y su impacto puede ser de dos maneras.

Sin detener el movimiento del lápiz, él tomó el pedazo de tela blanco y lo sumergió en el agua.

CASSIM: Por un lado, hay gente que es como el veneno. Y lentamente, gota a gota, caen en tu vida y la amargan, hasta contaminarte el alma. No sabes cómo o cuándo sucede, pero de repente consumen tu entusiasmo, matan tus esperanzas y tuercen tus ideales. Te dejan peor de lo que eras.

Detuvo el movimiento para arrojar los polvos rojos, luego sacó el pedazo de tela y lo exprimió sobre el cuenco. Quitó lentamente las ligas y extendió la tela.

CASSIM: Por otro lado, hay gente que es como un tinte. Se mete en tu vida y te cambian la manera de pensar, cavando cada vez más hondo y cuando menos te das cuenta, ya han teñido tu alma de otro color. Ya no eres el mismo. Eres diferente. Eres mejor.

Los ojos de Mal brillaron con emoción no disimulada. El pedazo de tela adquirió un diseño en morado y verde, salpicado de líneas blancas, que le recordó a un caleidoscopio. La explosión de color casi caótica le hizo sonreír.

CASSIM: Tú has investigado sobre mí, Mal, pero yo también he investigado sobre ti. Sé que te gustan las artes. Sé que eres amable con los niños más jóvenes. Y creo que lograrás grandes cosas en cuanto encuentres tu camino.

Nunca volvió a encontrarse con el Rey de los Ladrones.

Jay jamás regresó al Gremio.

Pero Mal convirtió el pedazo de tela en un cojín que aún está en su habitación.


x

Dejarse arrastrar por su madre era más fácil que luchar contra ella.

Era un juego, no más que eso, y no había manera de ganar.

Si Mal jugaba, su madre se divertía, subiendo cada vez más la apuesta, sin importar que el precio fuera la vida de los demás.

Si Mal no jugaba, redirigía su atención a otra cosa -persona-, que inevitablemente rebotaría en ella.

Si Mal luchaba contra ella, se entretenía viendo qué tan al borde podían ambas llevarse.

MAL: Es importante, papá. No tomará mucho tiempo.

Y ahí estaba, entrando de lleno al juego con una emoción mal sana.

MALÉFICA: No, él se queda aquí. Tenemos cosas que discutir.

Su padre miró entre ambas con visible angustia, incapaz de decidir.

Y una parte de Mal lo disfrutó. La parte de ella que tiraba de las cosas hasta romperlas.

Los vidrios del ventanal vibraron, cuarteándose en el movimiento. Ahí Mal se dio cuenta que estaba desplegando su propia aura mágica por la habitación.

Su madre sonríe, tan hermosa como letal, cuando la ola ardiente golpea a Mal. La chica resiste el embate, pero los cristales y la porcelana de la habitación se rompe, cayendo en pedazos junto con la lluvia. El sonido es delicioso. Continúan rompiéndose en pedazos cada vez más pequeños antes de caer sobre el piso de mármol, donde luego arden convirtiéndose en una masa parecida a la lava, arruinando sus zapatos.

Es un juego nuevo, diferente. Tan emocionante que quiere gritar, apuñalar y romperlo todo.

Su padre niega con la cabeza, como si supiera lo que quiere.

A Mal no le importa. Necesita el sonido del vidrio quebrándose.

La puerta del Salón del Té se abre y Mal percibe el ligero olor a cuero curtido y licor de manzana.

EVIE: Uh, yo, ¿interrumpo algo?

MAL: ¡Evie!

La joven reina cruza la habitación como flecha al vuelo y se lanza directo a los brazos de la recién llegada. Todo se olvida cuando bebe el licor, la dulzura de la manzana y lo fuerte del vodka bailando en su paladar. Sólo es un trago porque la magia de Evie es débil, pero lo saborea tanto como puede.

MAL: Tardaste demasiado.

EVIE: Vine lo más rápido que pude, estaba ocupada con la mercancía para el festival

La recién llegada se gira para saludar a Maléfica con cortesía.

La habitación se enfría al instante.

EVIE: Señora. Mi madre le envía saludos.

MALÉFICA: ¿La Reina Malvada no se unirá a nosotros?

EVIE: Vendrá mañana para el festival. Se quedó ayudándome con los pormenores de la pasarela.

MALÉFICA: ¿Pasarela?

EVIE: Sí… voy a presentar una pequeña colección de ropa de otoño/invierno.

MALÉFICA: Interesante. ¿Permanecen en la isla?

EVIE: No, estamos en-

MAL: Ven, Evie, hablemos un momento.

Mal la interrumpe, tomándola de la mano y arrastrándola hacia el extremo de la habitación.

El vidrio ha vuelto a endurecerse, Mal siente cómo corta sus pies ahora descalzos.

Cuando pasa junto a Hades, Evie le saluda tímidamente.

EVIE: Si nos disculpan. Señor. Señora.

Mal la lleva hacia el cuarto de al lado, donde Ben sigue inmerso en su teléfono.

EVIE: Hey Ben, lindo peinado.

BEN: Hey Evie, bienvenida.

Dice, llevando distraídamente una mano para rascar su cabeza, mientras la otra continúa tecleando.

EVIE: ¿Ocupado?

BEN: Un poco, ahorita me uno, nomás termino esto.

No despega su mirada de la pantalla al hablar.

EVIE: Oye Mal, ¿tu mamá y tu papá están juntos de nuevo?

MAL: No, no sé, no importa. Las últimas horas han sido muy estresantes.

EVIE: Espera, antes de todo. Sí se va a hacer la Fiesta de Equinoccio, ¿verdad? Porque escuché que hubo un incendio y esta es la primera colección con mi marca, tengo a mamá, a Doug y a sus primos trabajando en esto como locos, hasta Blanca se unió y va a ser un gran reportaje.

Mal cubre su rostro con sus manos, ahogando un gemido de frustración.

MAL: Espero que sí, ¿Ben?

BEN: Mmmm, Sí, no se ha cancelado nada. Pero el invernadero ya no está disponible, se quemó por completo.

EVIE: ¿Fue tu mamá?

Mal asiente, descubriendo sólo sus ojos con cierta vergüenza o culpa, ya no está segura.

EVIE: Esta lluvia, está sólo sobre el Castillo. Las nubes se mueven hacia la ciudad pero el agua se concentra aquí, ¿esto también…?

MAL: Sí. Mamá.

EVIE: Okey… ¿entonces no van a estar disponibles los patios ni jardines? ¿y los puestos?

BEN: Se quemaron algunos que estaban montando en la mañana, pero mi mamá mandó despejar la planta baja del ala Este para que terminaran de montar ahí.

EVIE: Que bien.

Ella suspira aliviada y luego aplaude, dirigiendo su atención a Mal.

EVIE: Ahora sí, me puedes decir qué está sucediendo.

MAL: Rompimos el hechizo de mamá porque una corte de hadas va a venir a buscarla y necesitamos su ayuda para algo.

EVIE: ¿Eso es todo? No parece mucha información, ¿qué han estado haciendo todo este tiempo? Casi anochece

MAL: Oye, he estado ocupada tratando de mitigar las acciones de mamá

EVIE: ¿Y una corte de hadas es algo malo?

MAL: El Hada Madrina cree que sí

EVIE: Hay, pero se escucha lindo

BEN: Eso digo yo. Aunque es muy extraño. He buscado información sobre las hadas y siempre me aparece lo mismo, sobre las Hadas de Nunca Jamás, cómo se clasifican y cómo viven. Pero osea, literalmente, es copiar y pegar en cada página y foro. Luego pregunté con un perfil falso si las hadas eran buenas o malas, y todos dicen que son buenas que no hay hadas malas.

MAL: Pero mamá

BEN: Consideran que Maléfica es una bruja no un hada, y que sus cuernos son una especie de tocado raro… pero tú dijiste que eran de verdad, ¿no?

MAL: ¿Y Avalon? ¿Encontraste algo?

BEN: Nada, ni una sólo mención. Incluso me metí en las páginas dedicadas a Camelot y nada. Oh, entonces recordé que mamá dice que los libros siempre tienen las respuestas y me metí a distintas páginas de librerías y ¿qué crees?

MAL: No había nada

BEN: Sólo estudios sobre las hadas de Nunca Jamás. Así que me salí de las librerías de Auradon e intenté con las de Arendelle

EVIE: Pero no son tan buenas como las de aquí, además eso está muy lejos.

BEN: Lo sé, no hay motivos para intentarlo, pero me metí y revisé y encontré algunos títulos de hadas y manuales de criaturas mágicas… pero cuando quiero ver las reseñas mira.

Enseña la pantalla de su teléfono, donde aparece el símbolo de carga.

BEN: Ahí se congela. No puedo acceder. Y esos libros no están en las librerías de Auradon. No me aparecen ni en el buscador, como si no existieran. Intenté llamar a las librerías de Arendelle, pero hay problemas de conexión. Llamé también a las de DunBroch y el Imperio del Sol, ¿sabes qué fue lo primero que me dijeron? Que por qué llamaba desde Auradon. Luego negaron cualquier conocimiento sobre esos libros, o el material relacionado. Incluso llamé a las de Prydain, aunque no tenemos buena relación con ese reino, y jamás me contestaron.

Él frunce el ceño, consternado.

BEN: Casi parece… que intentan ocultar información. ¿Por qué me mentirían todos, incluso mamá?

MAL: Bienvenido a mi mundo.

BEN: Mal, por favor, esto es muy serio.

EVIE: Esperen, ¿ustedes creen que hay una especie de conspiración?

BEN: Sí.

EVIE: Wow, amigos, ¿no recuerdan la navaja de Ockham?

Ambos la miran sin entender.

EVIE: Vamos, la vimos en la escuela.

MAL: Evie, no recuerdo ni lo que comí ayer y quieres que recuerde la escuela que terminé hace años

EVIE: Bien, la explicación más simple suele ser la más probable. Quizá simplemente sólo existe un tipo de hadas, las de Nunca Jamás.

¿?: Cielos, ustedes sí que son idiotas

La nueva voz los toma por sorpresa.

Buscan en todos lados pero no hay nadie más en la habitación.

BEN: Ahhh, chicas…

El joven rey señala su cabeza, muy preocupado.

Evie y Mal se acercan y, entre el cabello revuelto de Ben, hay una criatura pequeña, viéndolas con los brazos cruzados. Tiene el rostro de un anciano barbado, y entre su gorro rojo sobresalen dos antenas cuyas puntas brillan ligeramente, como luciérnagas.

EVIE: ¿Eso es un hada?

¿?: ¿Un hada? ¿¡UN HADA!? ¿Las panteras y los tigres son lo mismo? ¿Eh? ¿¡EH!?

MAL: Cielo santo, es un pixie.

¿?: Gracias, pero preferimos "Duendes".

Ciertamente, piensa Mal, los zapatos y el traje de la criatura le recuerda a las postales navideñas de los duendes de Santa trabajando en su taller -tradición por demás extraña que no entiende de Auradon-.

EVIE: ¿Habías visto antes una cosa de esas?

MAL: Es la primera vez

DUENDE: Cosa, cosa, tengo nombre

BEN: ¿Y cuál es?

DUENDE: Como si te lo fuera a decir, Casa.

BEN: ¿Casa?

MAL: Suficiente, sal de ahí

DUENDE: Claro que no, yo tomé posesión de este nido, me pertenece legítimamente

MAL: ¡Claro que no!

Mal intenta agarrar a la criatura, pero falla y sólo jala el cabello de Ben. Él se queja.

MAL: Sal de ahí parásito

La joven reina lucha con el duende, cavando entre el cabello de su marido, pero la criatura es escurridiza. Finalmente, ella se harta y enciende una llama en su mano, alzándola amenazadoramente.

MAL: ¡Que salgas o te quemaré! Es mi primera y única advertencia

BEN: Hay, hay

EVIE: Espera Mal.

Ella se detiene.

EVIE: Sr. Duende, ¿cómo puedo llamarlo?

MAL: No te lo va a decir, los pixies son caprichosos y molestos como mosquitos

BEN: ¿Cómo sabes eso?

MAL: Una vez escuché a mamá hablando de ellos

EVIE: Sr. Duende, hable con nosotros

Ante la falta de respuesta de su extraño inquilino, Ben comienza a hablar.

BEN: Quizá podemos llegar a un acuerdo, puede quedarse ahí hasta que le consiga una mejor casa, pero hable con nosotros como lo pide Evie.

DUENDE: ¿Conseguir una mejor casa?

BEN: Sí, por supuesto, debe haber algo que le guste en el palacio o sus alrededores.

DUENDE: No confío en los que intentan quemarme

Mal rueda los ojos y desea arrancar a esa criatura de la cabeza de su marido, mas se contiene.

Evie a su lado, busca en su bolso, de donde saca un pañuelo envuelto. Al desenvolverlo, este contiene algunas galletas.

EVIE: Sr. Duende, ¿no quiere una galleta? Como ofrenda de paz. Son de miel con nueces.

DUENDE: Dame, dame

La criatura se asoma entre el cabello extendiendo las manos.

Evie le ofrece el bocadillo, que el duende toma para esconderse de nuevo entre el cabello, tras la corona.

DUENDE: Pueden llamarme Cottalus.

La chica voltea a ver a Mal, con una sonrisa de victoria en su rostro y la joven reina siente que se le escapa el aliento.


x

Uno de los hábitos más extraños que Mal tenía antes de cumplir 6 años, era su colección de cabezas. Le fascinaban. Muñeca que veía, muñeca a la que le arrancaba la cabeza. No importaba si iba por la calle y veía a una niña en la acera, mientras tuviera una muñeca, Mal pateaba y gritaba para obtener la cabeza. A su madre le parecía gracioso y alentaba su comportamiento, permitiéndole conseguir lo que buscaba -ella no se lo daba, Mal tenía que luchar con las otras niñas-. Su comportamiento empeoró cuando su padre la abandonó, la fascinación entonces se convirtió en algo casi obsesivo.

No era sólo tener apiladas las cabezas, no, no. Tenía un baúl lleno de lápices de colores, crayones y todo tipo de pinturas, con las que decoraba esas cabezas. A vece sólo eran rayones sin sentido, como los que le gustaba hacer en las paredes del castillo o bajo las mesas, otras veces eran los diseños más intrincados que podía crear una niña de cinco años. Unido a cortes de cabello extravagantes, cuando no las dejaba calvas. En días particularmente inspirados, solía cortarles la nariz y las orejas o montarlas en la cabecera de su cama. Visto hacia atrás, era bastante perturbador, pero a la Mal de cinco años le parecía que se veía bien.

MAL: Has esa cosa que haces.

EVIE: ¿Qué cosa?

Evie estaba en el piso de su habitación, abrazada a su mochila. Era la segunda vez que la encerraban con Mal en su habitación durante las reuniones, y la niña aún lloraba por su mamá. Mal sabía que era inútil, había aprendido que podía llorar hasta quedarse seca o dormida y aún así nadie vendría. Así que miraba con el ceño fruncido a la niña llorona desde la cama, cortando el cabello a una cabeza que había conseguido esa tarde.

MAL: Esa cosa con tu cara.

EVIE: Quiero a mi mamá.

La niña sollozó durante un rato más hasta que finalmente se cansó. Entonces abrió su mochila y sacó una muñeca muy bonita. No era nueva, por supuesto, porque nada en la isla lo era, pero se veía más limpia y cuidada que cualquiera que Mal hubiera visto antes. Y el cabello, rayos, era muy lindo, un rubio brillante y sedoso, donde el cepillo que Evie usaba se deslizaba con facilidad porque no había nudos. Mientras peinaba ese cabello rubio, Evie hizo la cosa de la cara: las mejillas rojas como manzanas frescas, obtuvieron dos hoyuelos, sus labios rosados se curvaron en una sonrisa y sus ojos estaban cristalinos y brillantes, en parte por las lágrimas, en parte porque así era la cosa que hacía con la cara.

Mal no pudo aguantarse más, saltó de la cama, abalanzándose sobre el juguete, tirando de él mientras Evie se negaba a soltarlo. Ambas gritando.

MAL: ¡Dámela, dámela, dámela!

EVIE: ¡ES MIA!

Forcejearon hasta que la muñeca se rompió y Mal obtuvo lo que quería. Observó triunfante su bonito premio. Evie lloró con fuerza, distrayéndola; su rostro enrojeció hasta casi ponerse morado, contorsionado en una mueca de dolor. Mal comprendió que era un llanto diferente al anterior, un llanto que ella había provocado… y no le gustó. Evie era la única niña, en toda la isla, que jugaba con ella, la única niña que la veía sin miedo… la niña que hacía eso con su cara que le gustaba tanto.

Mal tomó el cuerpo de la muñeca e hizo algo que nunca había intentado: le puso la cabeza de regreso. Batalló un poco, pero al final la cabeza entró. Se veía extraña, con menos cuello, aun así se la ofreció a la niña. Evie dejó de llorar al instante y se abrazó a la muñeca.

EVIE: Gracias.

Mal descubrió que se sintió bien.

Desde ese día, cuando tenía el impulso de arrancar cabezas, pensaba en Evie llorando y se detenía. Con el tiempo, su obsesión se desvaneció y quedó como un recuerdo medio olvidado de la niñez.


x

BEN: ¿Cómo llegó aquí Sr. Cottalus? Nunca había visto a un…. Duende, en Auradon

COTALLUS: Robin el Bueno nos mostró el camino

MAL: ¿Robin? Oh, no, Puck

EVIE: ¿LES Mostró el camino? ¿A quiénes?

COTTALUS: A todos nosotros. Dijo que era un lugar divertido para hacer fiestas y montar casas. Muchos querían este nido pero no se animaban a acercarse. Yo soy valiente.

EVIE: Eso quiere decir que hay más duendes

COTTALUS: Ajá.

El duende termina su galleta, llenando de migajas la cabeza de Ben. Las sacude lo mejor que puede antes de extender la mano, solicitando otra galleta. Evie se la da.

Justo cuando el duende la toma, se esconde con rapidez en entre los nudos del cabello.

COTTALUS: No le digan que estoy aquí

BEN: ¿A quién?

La puerta se abre de repente y se asoma por ella el hada madrina, que, amablemente, pero nerviosa, les habla.

HADA MADRINA: Chicos, el Hada Azul está aquí, ¿nos acompañan?

(Continuará…)