La primera vez Mal que vio a Carlos pensó que era un muñeco. Cruella lo levantaba de una pierna, sosteniéndolo en el aire mientras hablaba con Maléfica. El niño tenía 3 años y Mal cinco, estaba en plena etapa de arrancar cabezas de muñecas. Así que esperó, no, asechó a Cruella hasta que dejó al niño en el sofá. Carlos no emitía ningún sonido ni se movía. Mal se acercó para tomar su cabeza y se llevó un gran susto, el niño abrió los ojos y la miró. Mal chilló y salió corriendo, porque el muñeco estaba vivo.
Con el tiempo Carlos se unió al pequeño escuadrón. O por lo menos lo intentó, era joven y enfermizo, le costaba seguirles el ritmo. A ellos no les importaba demasiado, avanzaban sin detenerse a esperarlo, tarde o temprano los alcanzaba.
Hasta que un día no lo hizo. Regresaron sobre sus pasos para buscarlo. Lo encontraron una de las plazas, con tres chicos mayores molestándolo; lo empujaba entre ellos, como si fuera algún tipo de pelota, mientras lo insultaban, uno lo dejó caer al suelo. Carlos se hizo bolita, llorando sin defenderse. Uno de los chicos mayores se acercó para patearlo. Ahí fue donde Mal entró para taclearlo, lo hizo perder el equilibrio y la niña aprovechó para írsele encima a puñetazos. Jay se le unió segundos después. Entre los dos se deshicieron de los atacantes a base de patadas, puños y mordidas. Evie, por su parte, consolaba a Carlos mientras lo abrazaba. En ese entonces Mal y Jay tenían 8 años, con diferencia sólo de meses, Evie era un año mayor que ellos y Carlos 2 menor.
Se tiraron en la plaza a lamerse las heridas, llenos de mugre, raspones y moretones, pero triunfantes. Otros niños y adultos los miraban de soslayo al pasar, juzgándolos con miedo.
Sentado en el suelo, Jay estiró las piernas haciendo tronar sus tobillos.
JAY: Carlos, te falta barrio, aprende a pelear
EVIE: Sólo tiene seis
JAY: Mal me rompió la nariz a los seis
MAL: Fue un accidente
CARLOS: No me gusta pelear
El chico se asomó entre los brazos de Evie, hablando tímidamente. Había ensuciado el bonito vestido de la chica con sus lágrimas y mocos.
JAY: Es divertido, deberías pedirle a uno de tus papás que te enseñe
EVIE: ¡Jay!
JAY: ¿Qué? Tiene muchos, alguno debe saber.
Mal le arrojó un guijarro que encontró junto a ella.
Tenían prohibido mencionar a sus padres.
Evie nunca había conocido al suyo y la Reina Malvada actuaba como si no existiera.
El de Mal la había abandonado cuando tenía cinco años, ella sólo tenía fragmentos vagos de él, pero su madre se irritaba cada que alguien mencionaba a "ese cretino."
La mamá de Jay trabajaba en los laboratorios de Yzma como mecánico y matón a sueldo. Era una mujer muy ruda con un acento genial, pero se había desligado completamente de Jay, lo trataba como a cualquier otro chico de la isla.
Y luego estaba Cruella, quien no sabía quién era el padre de Carlos, el candidato era uno de los 17 cazadores a su servicio.
MAL: Cállate, tú eres adoptado
JAY: Hey mensa, pues a ti te sacaron de la basura
Se arrojaron guijarros entre ellos hasta terminar peleando en el suelo. Pararon cuando Jay pidió piedad. Mal lo soltó sonriendo con arrogancia.
JAY: Algún día te voy a ganar
MAL: Sigue soñando tarado
Golpeó juguetonamente su brazo. Él le regresó el gesto sonriendo.
JAY: Sueña tú
Tras ellos escucharon la risita de Carlos.
Evie se levantó, mirando su reloj.
EVIE: Van a dar las dos, tengo que regresar a casa.
JAY: Genial, tengo hambre
Ir a la casa de Evie era parte de la rutina. La chica tenía horarios muy estrictos que seguir y ellos la acompañaban gustosos porque era la única manera de conseguir comida caliente sin tener que robarla. Al principio la Reina Malvada les dedicaba una mirada dura, por gorrones, pero después del tercer día ya tenía platos extra para ellos. Para sentarse en su mesa exigía un par de cosas que Jay y Mal consideraban tontas, como lavarse las manos y utilizar cubiertos. Lo soportaban por una buena comida.
Se sentaron en la destartalada mesa recordando las reglas absurdas: espalda recta, manos a los costados del plato, codos fuera. Nada de risas ni juegos. Jay hacía muecas para tratar de hacerlas reír, Carlos caía siempre y tenía que disculparse al instante, las chicas apenas si podían contenerse, mordiendo el interior de sus mejillas para permanecer estoicas.
Zam, la chica que servía en casa de Evie, llegó con la olla de comida que, benditos sean todos los dioses del cielo y el infierno, tenía carne. Mal salivó y requirió de toda su fuerza de voluntad no lanzarse sobre el plato. No podían comenzar hasta que llegara la Reina. Frente a ella Jay ya babeaba con la vista fija en la comida.
Por fortuna la mamá de Evie no tardó mucho en aparecer.
No estaba sola. Una señora la acompañaba. Mal la reconoció como "Lady Tremaine", porque tenía una sastrería de la que Evie siempre hablaba.
Las dos mujeres levantaron una ceja cuando los vieron, pero el semblante de la reina se endureció cuando sus ojos se posaron en su hija.
GRIMHILDE: ¿Qué te pasó?
EVIE: Uh, yo
GRIMHILDE: Has arruinado tu vestido. Estoy criando una princesa, no un animal, ve a cambiarte.
Evie se levantó e hizo una pequeña reverencia para después salir, lo más propia que pudo. Pero Mal notó cómo las piernas le temblaban.
Grimhilde volteó a ver a los chicos que quedaron en la mesa. Su mirada no era más suave con ellos.
GRIMHILDE: Parece que se revolcaron con los cerdos. No comerán en mi mesa hasta que se aseen.
JAY: Pero, ¡pero ya nos lavamos las manos!
El chico alzó las palmas abiertas para mostrárselas, tratando de hacer valer un punto.
GRIMHILDE: Faltan la cara y los brazos y las piernas.
JAY: P-pero-
MAL: Vamos, Jay
Mal se levantó de la mesa y le hizo una señal a su amigo para que la siguiera. Entre más rápido se laven, más rápido comen. Era bastante simple de entender, en realidad. El joven hizo un puchero y la siguió de mala gana.
Carlos saltó de su asiento para correr hacia ella y aferrarse a su mano. La acción la sorprendió un poco.
LADY TREMAINE: Deberías azotarlos
GRIMHILDE: No creo en el castigo corporal
LADY TREMAINE: Te aseguro que a esa edad es muy efectivo. Mis hijas dejaron de desafiarme después de conocer la vara de madera…
Las voces se perdieron cuando avanzaron por la casa.
Encontraron unas cubetas que llenaron con agua del grifo y robaron algunos trapos para quitarse el polvo y la sangre seca del cuerpo.
Mal dejó a los chicos para ir a buscar a Evie.
La encontró en un fregadero de piedra en el pequeño cuarto de servicio, tallaba obsesivamente el vestido sucio-
EVIE: Soy una tonta, una tonta, ¿por qué no me di cuenta?
Sus dedos ya estaban rojos de tanto restregar la ropa. Mal tomó esa mano para alejarla del fregadero. Después juntó su frente con la de su amiga. Era algo que hacían para calmarse cuando el miedo las dominaba encerradas en la torre. Se había vuelto una costumbre, una manera de decir que no estaban solas.
EVIE: Debo ser más cuidadosa, debo ser más bonita, debo ser perfecta, debo ser-
MAL: Yo creo que ya eres bonita
Evie interrumpió su mantra con una risa ahogada.
La comida transcurrió sin mayores eventualidades. La incomodad de estar en presencia de las dos señoras se desvaneció cuando los chicos tuvieron la barriga llena.
Regresaron a jugar a las calles, vagabundeando de un área a otra, robando cosas, peleando entre ellos o sólo bailando y cantando sin ninguna razón más que dejar salir la música de su interior.
Cuando cayó la tarde se sentaron en las escalinatas de una plazuela mal trazada. Era la siguiente parada de su rutina. Esperaron hasta que uno de los Cazadores se presentó a recoger a Carlos.
CAZADOR: Vámonos, niñato.
Este le caía bien a Mal, era el de la pluma en el sombrero. Nunca recordaba su nombre, pero acababa de tener una niña muy pelirroja con la loca de los cocodrilos.
El cazador tomó a Carlos y lo colocó debajo del brazo, como si fuera un costal de papas. El hombre apenas se despidió del resto de niños, alejándose a zancadas.
CAZADOR: ¿Qué hiciste el día de hoy?
CARLOS: Unos chicos me estaban molestando, pero Mal y…
Cuando lo vieron perderse entre la gente, los chicos se levantaron para continuar sus juegos en los callejones. Patearon latas, pintaron paredes y corretearon gatos y ratas.
Al caer la noche, fue el turno de Evie de despedirse, su riguroso horario no permitía que durmiera menos de ocho horas. Eso sin contar el tiempo extra que tenía que pasar cepillando su cabello y limpiando su rostro, antes de acostarse y después de levantarse.
Cuando se quedaron solo, Mal y Jay fueron a los basureros del área de puestos de comida para ver que podían encontrar para cenar. A veces la comida del basurero estaba en mejores condiciones que la que se vendían en el mercado. Esa noche tuvieron suerte, encontraron un emparedado de jamón y queso casi entero, lo compartieron sentados en la sombra que proyectaba un balcón.
Al terminar Jay se despidió de ella.
MAL: ¿Ya te vas?
JAY: Sí, conseguí un buen botín, papá estará feliz. Hasta mañana, mensa.
MAL: Menso tú.
Sin ganas de estar en las calles ella sola, Mal regresó a su casa. Esa era la parte de la rutina que cambiaba un poco.
A veces el bastión estaba vacío -no contaba a los guardias como personas, porque le parecían muy aburridos-. Esas noches podría tirarse en el sofá y ver la tele hasta quedarse dormida o hacer lo que su padre le enseñó a hacer cuando muy joven: tomar una ducha, lavar sus dientes, ponerse un pijama y dormirse temprano. Lo que decidiera dependía de su humor.
A veces su madre estaba en el bastión. Solía quedarse en la mesa larga del comedor -que jamás servía para comer- revisando papeles, planos o haciendo anotaciones en libros gruesos. Era muy meticulosa con la administración de la isla, porque nada debía escaparse a su control y voluntad. En esas ocasiones Mal no podía ver la tele, por lo que subía a su habitación a saltar en la cama o hacer bocetos en sus cuadernos.
Y luego estaban esas noches, donde la encerraban en su cuarto porque había reuniones en el bastión.
Entró a su casa esperando tener la televisión para ella, pero se encontró con algo mejor. Su madre estaba en el sillón, en una mano tenía una taza de té amargo y en la otra una serie de documentos a los que llamaba 'informes'. Traía puesta su bata para dormir, esa que dejaba ver la cicatriz donde la espada del príncipe empaló el corazón del dragón. Se veía terriblemente cansada, casi enferma, probablemente no había dormido en días. Era perfecto.
Mal se dejó caer en el otro lado del sillón y prendió la tele, dejando un canal de caricaturas en un volumen bajo. El programa era bastante tonto, pero no importaba, porque Mal no le prestaba atención, sólo tenía que resistir.
Después de algunas horas sucedió. Su madre se quedó dormida casi sentada. Mal entonces se movió muy lentamente, gateando sobre el sillón para no hacer ruido, como un gato. Hizo a un lado la taza vacía y movió con cuidado la mano de su madre, para abrirse paso y poder colocar su cabeza sobre el regazo del dragón. Colocó después la mano que había movido sobre su mejilla, llenándose del olor y el calor de su mamá.
Durmió profundamente toda la noche.
Cuando despertó -sola-, estaba preparada para comenzar la rutina de nuevo.
x
Mal Cierra la puerta apoyando la espalda en ella, con el semblante adusto y los hombros caídos.
Evie se acerca, colocando una mano sobre su brazo.
EVIE: ¿Sucede algo?
MAL: No, estoy bien
Miente.
Evie, por supuesto, sabe que miente. No dice nada, sólo desliza su mano por el brazo para tomar la mano de Mal y darle un apretón. Mal sonríe con tristeza, usando su mano libre para arrojar un mechón de cabello morado tras su oreja.
Ben camina de un lado al otro de la habitación, visiblemente emocionado, ajeno a las dos chicas.
MAL: Ben, ¿qué pasa?
El chico detiene su caminar y se acerca con la prisa de un cervatillo. Sus ojos claros desbordan la alegría que jamás ha intentado -ni necesitado- ocultar.
BEN: Dígale lo que me dijo, Sr. Cottalus
Agita su cabello, para que el duende se asome encima de la corona.
COTTALUS: Ah, como molestas. Dije que qué privilegio tuvieron al estar ante una Tuath Dé, una de las 7 hadas más poderosas de Avalon, después del Rey, claro.
MAL: ¿Se refiere al Hada Azul?
BEN: Sí y no es su nombre, es su título. Son siete, una por cada color del arcoíris: el Hada Roja, el Hada Naranja, el Hada Amarillo o Dorada al parecer, el Hada Verde, el-
MAL: Sí, entiendo.
BEN: ¡Es fascinante!
Extiende los brazos con la pureza y simpleza de un niño. No está contaminado ni roto como ella, como los chicos de la isla, ¿cómo podría no amarlo?
"Lo amas como se ama a un perro", el pensamiento invasivo le amarga el corazón y Mal tiene que apoyarse en Evie para no derrumbarse. Las jugarretas de su propia mente son hirientes.
BEN: ¿Qué sucede, Mal?
Ella se obliga a recomponerse y seguir mintiéndose. Todo está bien. Las palabras no le afectan.
MAL: Sería fascinante si no estuviéramos en peligro de invasión
BEN: Pero Mal, esta es una gran oportunidad para conocer más sobre el mundo de las hadas y estar mejor preparado cuando termine de llegar la Corte. El conocimiento es muestra mejor arma
MAL: No, el fuego de dragón es nuestra mejor arma, pero si esto te hace feliz, adelante.
EVIE: ¿No vamos a hablar del hecho de que Auradon es un "proyecto" de las hadas?, que al parecer hay muchas y muy variadas
BEN: Un problema a la vez, Evie
Mal siente la puerta tras ella calentarse de pronto. El estruendo de una tormenta la sacude, con la fuerza del viento y el rugido del rayo.
Los jóvenes voltean a ver la puerta preocupados mientras ésta se sacude, su marco brilla de forma intermitente.
Mal permanece impasible.
MAL: Ignórenlos.
El duende en la cabeza de Ben baja para palmear su frente, llamando su atención.
COTTALUS: Hey Casa, prometiste mostrarme los mejores lugares de este castillo
BEN: Oh, claro, claro. Empezaremos por uno de los salones de baile, quizá la armería y ¡ah! la biblioteca, te va a encantar, y mientras puedes contarme más sobre los Tuath Dé
COTTALUS: Ja, cómo no. Mejor aprende sobre los Duendes.
BEN: Claro. Tomaré notas.
El joven Rey se despide de su esposa con un beso en la mejilla y sale por la puerta hacia el pasillo, teniendo una animada conversación con el duende que sólo refunfuña.
Cuando las dos chicas se quedan solas, Evie es la primera en hablar.
EVIE: Hey, no dejes que lo que diga tu mamá te afecte
MAL: Siempre me repongo
EVIE: Cuando estés lista para hablar puedes venir conmigo.
MAL: Soy un adulto, puedo superarlo
EVIE: Pero no tienes que hacerlo sola.
Evie se mueve para quedar frente a Mal, entonces toma su otra mano y se acerca para que sus frentes de toquen. El contacto es reconfortante. Mal cierra los ojos, concentrándose en el olor y sabor tenue de la magia de su amiga, ignorando el picor de la podredumbre.
EVIE: ¿Estarás bien?
Pregunta y Mal siente el aleteo de sus pestañas cerca de la nariz.
MAL: Sí.
EVIE: Entonces tendré que dejarte.
MAL: ¿A dónde vas?
EVIE: A buscar al Hada Madrina, quiero ver si puedo recuperar el Espejo Encantado de mi madre, quizá nos sea útil para la locura que se aproxima. También tengo que hablar con Doug y dejar instrucciones para mañana.
MAL: Eres una chica ocupada
EVIE: No tanto como la Reina
MAL: Hago menos de lo que quisiera
EVIE: Y más de lo que deberías
Se separan.
MAL: ¿Podrías decirle a Jay y Carlos que vengan temprano mañana?
EVIE: Eh, claro, pero ¿no quieres hacerlo tú?
MAL: Tendré una noche agitada
EVIE: ¿Qué harás?
MAL: Hablar con papá, a ver qué información puedo conseguir.
EVIE: Te irá bien.
Su amiga se despide, abandonando la habitación.
Mal respira hondo, preparándose. Las cosas saldrán bien, claro que sí, porque tiene un plan.
Se aferra a ello para ignorar las punzadas que aun le aguijonan el corazón.
(Continuará…)
