El perro lo mordió. Claro que sí, era obvio, sólo tenía que leer su lenguaje corporal: gruñía, enseñaba los dientes, tenía el pelo del lomo erizado. Pero eso no impedía que el príncipe se agachara debajo del contener de basura para intentar sacarlo, a pesar de que la mordida en su mano izquierda sangraba y comenzaba a hincharse. Era tan… estúpido. Mal no creía que podría soportar la farsa de ser su novia hasta la coronación.

MAL: Déjalo, es una pérdida de tiempo.

Dijo con evidente fastidio. No tenía que fingir ser agradable, la poción de amor lo mantendría interesado aunque ella se comportara como una hija de puta.

BEN: Quiero ayudarlo, está herido. Creo que tiene una pierna rota.

Ella volteó los ojos. Este príncipe era exasperante, guapo, pero exasperante.

MAL: Él no quiere que lo ayudes.

BEN: Eso nunca me ha detenido.

MAL: Ah, entonces no lo haces por él, lo haces para sentirte mejor.

Soltó con maldad, en su mejor intento de imitar a su madre.

Ben detuvo su búsqueda para verla, desde el suelo.

BEN: Ayudarlo me hace sentir bien, sí, ¿qué tiene eso de malo? Nos beneficiamos los dos.

La respuesta la tomó por sorpresa. Cambió el peso hacia otra pierna y no miró en esos ojos claros y cristalinos como el agua de un río.

MAL: ¿Eh? Bueno… supongo que nada.

El chico volvió a su difícil tarea de tratar de sacar al perro de debajo del contenedor. El animal le ladraba frenético.

Cansada, Mal abrió el libro de hechizos que siempre llevaba con ella. Buscó entre las hojas que su madre había escrito a puño y tinta hasta que dio con lo que creyó que podía servirle. Musitó el hechizo mientras reunía magia en sus dedos. Era tan fácil fuera de la isla que casi daba risa.

El contener comenzó a levitar para sorpresa de Ben, quien miró con la boca abierta hacia arriba, para luego sonreírle a la chica.

BEN: ¡Gracias!

MAL: Tengo hambre y estabas tardando

El chico no le contestó, se acercó al animal que no dejó de ladrar desenfrenado, arrojando filamentos de baba desde la comisura de su hocico.

MAL: Está acorralado y asustado, es peligroso.

BEN: Por eso tengo que ayudarlo.

MAL: No te lo va a agradecer.

BEN: Ya lo sé.

El chico extendió la mano no sangrante hacia el animal, muy lentamente, como si le ofreciera algo. El animal siguió lanzando dentelladas. Clavó sus dientes en la mano del príncipe y éste no se movió, sólo resistió.

BEN: No te preocupes, voy a llevarte al veterinario. Ya no te sentirás mal, conseguirás una casa, comida y el amor de una familia.

Como si lo entendiera, el animal se calmó. Liberó la mano de Ben, aun gruñendo.

BEN: Eso, eso.

El príncipe logró acercarse al animal para acariciarlo.

Mal se sintió asqueada por la escena y atrajo la atención del chico haciendo sonar el contener que aún levitaba peligrosamente sobre su cabeza.

MAL: Podría dejar caer esto y aplastarte

BEN: Pero no lo harás. Podrías haber arrojado a Chad por las escaleras, y se lo merecía, pero no lo hiciste. Te quiero por eso.

Ella se sonroja y aparta la mirada. Es tan estúpido.

Después de llevar al perro al veterinario y curarlo, mientras reposaba en su jaula ante la mirada de los adolescentes, Mal no pudo evitar seguir insistiendo.

MAL: Esto es inútil, aunque lo ayudes, hay cientos de perros en las calles, muriendo de hambre o por heridas. Salvar a uno no hace la diferencia, no cambia nada.

Las manos de Ben fueron atendidas, estaban vendadas y palpitaban de dolor, aun así le sonrió al contestarle.

BEN: Esto hace la diferencia para él.

Mal no estuvo segura si vio bien, o quizá fue el resplandor del sol que se reflejaba en los botones de la chaqueta, pero le pareció que el pecho del chico brilló.


x

El sol entra por el ventanal roto. La luz se refleja sobre el papel tapiz quemado, los muebles destrozados y la porcelana derretida. El reloj sobre la escalera de roble hace sonar sus campanadas, revelando que son las ocho de la mañana. Mal lo escucha a través de las gruesas puertas.

Ella permanece de pie en medio del Salón del Té, sintiéndose… bien.

La puerta se abre de golpe, atrayendo su atención. Evie entra y cuando la ve suspira de alivio, corriendo hacia ella.

EVIE: ¿Dónde te habías metido?

Mal talla sus ojos porque Evie tiene dos sombras y no cree estar viendo bien.

MAL: E-estaba hablando con papá, en el Inframundo

EVIE: ¿En dónde? Bueno, luego me cuentas, ahora tienes que venir, es importante.

La chica toma su mano y la arrastra fuera de la habitación.

Mal se sorprende ante su impaciencia, usualmente es ella la que tiene ese comportamiento.

MAL: ¿Qué pasa? Oh, no ¿mi madre ha hecho algo?

EVIE: ¿Qué? No, tu mamá se adueñó de una de las torres y no ha bajado, eso tiene a todos contentos. El problema es Ben.

MAL: ¿¡Qué pasa con él!?

EVIE: Está actuando raro, se encerró en la biblioteca y… no está solo.

Con el pánico filtrándose en su sistema, Mal comienza a correr, sin soltar a Evie. La sombra corre junto a ellas, pero no tiene piernas y ni forma definida, es más como un manchón oscuro desdibujado. Mal no nota agresividad ni peligro en la extraña manifestación, así que decide ignorarla de momento.

Llegan sin aliento a las puertas cerradas de la biblioteca. La preocupación que siente se manifiesta en un pesado dolor sobre los hombros y el cuello. Y al parecer no es la única. Frente a ella, como si la estuvieran esperando, están la Reina-Madre Bella y el mayordomo en jefe, Christopher, con los rostros adustos.

R.M. BELLA: Al fin querida, no contestabas tu teléfono.

MAL: Es que en donde estaba… no tenía recepción, ¿qué pasó?

R.M. BELLA: Chip, explícale, por favor

CHRISTOPHER: El joven amo se saltó la cena y el desayuno y no ha parado de escribir en la biblioteca, no atiende a nadie y el ángel no deja que ninguno de nosotros se acerque, le quemó los ojos a una de las mozas y le fracturó las piernas a otra.

MAL: Espera, ¿qué? ¿ángel? ¿Qué ángel?

R.M. BELLA: ¿No lo sientes Mal?

La Reina-Madre lleva sus manos vendadas al pecho. Mal frunce el ceño. No siente nada más que el yunque sobre los hombros.

Oh.

Asiente con la cabeza.

EVIE: El Espejo Encantado dice que no es un ángel, es un hada.

CHRISTOPHER: Si es un hada no se parece a nada que haya conocido antes.

MAL: Voy a entrar.

R.M. BELLA: Ten cuidado.

Mal abre la puerta de la biblioteca y echa un vistazo tentativamente. El lugar parece normal, pero en cuanto cruza la puerta, siente su cuerpo muy pesado. Ben está sentado en una de las mesas del lugar, con muchas hojas de papel a su alrededor y libros abiertos. Escribe sin notar su presencia. Mal camina hacia él y cada paso es más difícil, como si trajera pesas atadas a los tobillos y las muñecas.

Algo se mueve en el segundo piso, entre los libreros. Mal lucha por no mirar; por el rabillo del ojo capta una tela blanca que resplandece en luz dorada, junto con unas alas emplumadas, también doradas. Y, oh dioses, cientos de ojos mirándola entre las plumas. Traga saliva con dificultad.

MAL: Ben, soy yo.

Dice al llegar frente al escritorio, pero el joven Rey no la escucha, está muy concentrado escribiendo sobre el papel. Sonríe, mas tiene el rostro demacrado y bolsas negras bajo los ojos, como si no hubiera dormido en mucho tiempo. Su cabello parece marchito, como ramas secas. Su piel se ha vuelto ceniza. Hacía sólo unas horas él estaba bien.

Los que sí levantan la cabeza al escuchar su voz, son los duendes que se sientan en las manos y hombros de Ben. Uno de ellos, de pie junto al paquete de bolígrafos, se dirige a ella.

DUENDE: ¿Quién eres tú y por qué le hablas al anfitrión?

Una voz dulce susurra desde lo alto "Anfitrión…", haciéndola estremecer. El peso sobre su cuerpo se hace mayor, y Mal tiene que sostenerse del escritorio para no caer al suelo.

MAL: Soy su esposa.

Los duendecillos susurran entre ellos.

En eso, el cabello de Ben se mueve y Cottalus, el duende anciano, se asoma.

COTTALUS: Tardaste demasiado.

Dice y vuela hacia ella, no sin antes lanzar una amenaza al resto de duendes en el escritorio: "No se acerquen a mi Casa".

MAL: ¿Qué está pasando?

El duende se posa en el hombro de Mal, cerca de su oído.

COTTALUS: Mi-Casa estaba enseñándome su Palacio cuando estos parásitos se unieron al recorrido, porque también quieren encontrar un buen lugar donde establecerse y Mi-Casa les dijo que aquí había mucho espacio.

El duende refunfuña un poco más. Mal siente el peso de los ojos sin párpados sobre su espalda, el mármol bajo sus pies se agrieta. No está segura cuánto tiempo más sus piernas van a soportarlo.

COTTALUS: Llegamos a la Biblioteca y el hada ya estaba aquí. Mi-Casa se acercó a hablar con ella, por supuesto, y a invitarla a disfrutar de la estadía, incluso le recomendó libros para leer. Eso fue muy tonto, ustedes no saben nada sobre hadas. Hay tres reglas básicas: No aceptes su comida, no le ofrezcas favores, no las ofendas.

El duende golpea la mejilla de Mal, irritado.

COTTALUS: Luego se sentó a escribir y cayó bajo el encantamiento. Ahora esa cosa está comiendo

MAL: ¿A Ben?

COTTALUS: Claro, él se ofreció como un banquete.

MAL: ¿Cómo rompo el encantamiento?

COTTALUS: Vas a tener que luchar. Las hadas de la Corte de la Luz se alimentan del brillo en las almas de los seres vivos. Los encantan para estancarlos en cualquier cosa que les haga brillar: la bondad, la obsesión, la pasión, la alegría. Tienes que hacer que deje de brillar.

MAL: Eso es estúpido, no puedo hacerlo

COTTALUS: Entonces tienes que brillar más que él

MAL: Eso puedo hacerlo menos

COTTALUS: Pues me dejas sin opciones mocosa. Tienes que hacer algo porque no quiero quedarme sin Casa. ¿No vas ni a intentarlo?


x

Las noticias no dejaban de transmitir el video de la coronación y discutir sobre lo sucedido esa noche. Pasaban imágenes de las calles y el exterior del Castillo, donde la gente se arremolinaba contra la valla. Tenía tanto admiradores como retractores. Las pancartas la aclamaban a ella, la asesina del dragón.

Pero ella no había matado a su madre, la derrotó sí, pero aún vivía… como una lagartija inofensiva. Intentó decirlo en algunas entrevistas, nadie la escuchó. Estaban más interesados en el debate de si un niño villano podía ser un héroe verdadero, y cualquier cosa que decía era utilizado tanto por los que estaban a favor como por los que estaban en contra. Y aquellos que no hablaban de eso, se centraban en el hecho de que ella era la novia del Joven Rey; había mucha especulación sobre lo que eso implicaba para la Casa gobernante.

En la isla era peor. La miraban con ira, temor y desconfianza. Algunos le tiraron piedras. Los había traicionado, los había abandonado. El sistema estaba colapsándose. La Reina Malvada y Jafar apenas podían contener las revueltas. Ante la ausencia del poder, un nuevo grupo se alzó. Regresar ahora era peligroso.

Su cabello se volvió blanco. El cabello de su madre también cambiaba de color, igual que sus ojos, dependiendo de su humor, así que Mal supuso que era algo feérico.

Apagó la televisión y se sentó en el taburete de la habitación. Se enjugó mecánicamente la frente y las palmas de las manos, con el aliento reprimido y la mirada fija en la pantalla negra. Así la encontró Ben cuando entró.

BEN: ¿Cómo está la nueva heroína de Auradon?

Ella saltó sobre su asiento, pálida como mortaja.

MAL: No soy un héroe.

BEN: Claro que sí, me salvaste a mi y a todos en el Castillo, creo que a todos en Auradon.

Se sentó a su lado para tomar las manos de la chica entre las suyas. Ella no hizo el intento de alejarse.

BEN: No te sientes bien, ¿verdad?

MAL: No fui criada para eso, para esto. A mi me enseñaron a romper huesos y voluntades, a luchar ruda y francamente contra todos. A manipular y explotar las vulnerabilidades. No soy un héroe, no puedo.

Escuchó su propia voz patética y se llevó las manos a la garganta para ahogar su debilidad, soltándolo.

Él la miró con ternura.

BEN: Hey, tranquila, lo estás haciendo bien.

MAL: Para ti es fácil decirlo, naciste para esto.

BEN: Oye, yo no peleo contra dragones ni rescato princesas, o príncipes.

MAL: Tú me salvaste.

BEN: ¿Cuándo?

MAL: Cuando me sacaste de la isla, cuando me hiciste cambiar.

BEN: No, lo has entendido mal, Mal, jeje. Tú te salvaste a ti misma. Suelo abrir muchas puertas, pero no todos cruzan el umbral. Tú no sólo lo cruzaste, avanzaste por tu propia voluntad. Fuiste tú quien tomó la decisión de cambiar.


x

Mal hace el esfuerzo para acercar un brazo hacia Ben. El peso vence al otro brazo y ella cae sobre el escritorio, golpeando su barbilla contra él. Intenta mover la mano, pero pesa demasiado. Siente cómo le truenan los huesos de los dedos con cada movimiento.

Mientras intenta alcanzarlo recuerda que conoció a mucha gente cuando salió de la isla… y no vio gran diferencia entre los llamados héroes y los prisioneros. Auradon era un mundo tan brutal y depredador como la isla, sólo que había menos sangre y más máscaras. Más sonrisas hipócritas.

Su rodilla cae al suelo. El golpe revota por su cadera y espalda. Ella muerde sus labios aguantando el dolor.

Recuerda a la abuela de Audrey y su incapacidad de verla como algo más que una extensión de Maléfica.

La primera capa de madera del escritorio se parte bajo Mal, las astillas se clavan en su mejilla y axila.

Recuerda a Blanca Nieves, tan bella y tan hueca, títere de la voluntad de su marido, siempre amable y 15 años mayor que ella.

Recuerda a las personas de las cortes, demasiado preocupados por las apariencias, por el qué dirán y la posición social.

Los duendes la miran curiosos, sin intervenir. No están afectados por la magia del hada.

Mal arrastra el brazo izquierdo, medio estirado ya, hacia Ben. Está justo frente a él, a escasos centímetros y es su cercanía y su incapacidad de alcanzarlo, más frustrante que cualquier recuerdo.

Ben es genuinamente diferente, incluso entre los suyos. Único en su tipo.

Él brilla, porque su alma está hecha de luz de estrellas. Ella es sólo un asteroide estéril que fue atrapado en su órbita. De lo contrario hubiera vagado sin rumbo hasta destrozarse en la atmósfera de un planeta solitario o en la superficie de un asteroide más grande.

Logra estirar el brazo hasta que la punta de los dedos rozan el papel sobre el que escribe Ben. Su piel se raspa y se desprenden algunos puntos durante el movimiento.

Cottalus vuelta hasta su mano, toma uno de sus dedos y trata de jalarlo para que se acerque al puño del joven Rey. Levanta la muñeca para que pase el papel y ella aprovecha para empujar, pero su cuerpo cede y la mano cae. Mal siente cómo se rompe y grita.

El duende la mira preocupado.

COTTALUS: Lo siento.

Ella niega con la cabeza y continúa estirándose. Está muy cerca.


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Ben la sostuvo en el camino hacia el balcón. Bajo la luz del sol, su cabello castaño adquirió el color de la miel sobre el pan tostado.

BEN: Los héroes no nacen. Has conocido a todos en la Preparatoria de Auradon, Mal, hijos de grandes héroes ¿te parece que ellos también lo son?

Llenarle el casillero de notas deseándole la muerte, engañar a Evie abusando de su deseo de ser perfecta y encajar, burlarse de la ignorancia de Jay o encerrar a Carlos junto a los animales disecados que tanto le aterran, sin duda no eran las acciones que uno esperaría de los héroes.

MAL: Todos aquí actúan como si fueran mejores sólo por quiénes son sus padres.

BEN: No soy ciego, Mal. Yo veo lo que Chad es, lo que nuestros compañeros son, incluso lo que Audrey es. Pero elijo creer que pueden ser mejores, porque la bondad existe en todos, sólo necesitan un empujón… como tú.

Ella enterró el rostro en el uniforme del chico. El cielo azul y el sol eran demasiado para soportar, la cara le ardió, los ojos dolieron.

MAL: Estoy demasiado rota para ser un héroe, demasiado contaminada por el odio y la oscuridad.

BEN: He escuchado las historias de la gente de Auradon, y puedo decirte que los mejores héroes son aquellos que forja la oscuridad, los que son moldeados por el dolor y definidos por el sacrificio.

El viento sopló con fuerza, trayendo consigo una multitud de trinos de pájaros. Mal hizo el esfuerzo para mirar el semblante sonriente de Ben.

BEN: La historia de la Humanidad está tan llena de dolor y muerte… que entristece. A veces parece que el mundo te consume…

Él continuó hablando, pero muchas de sus palabras se perdieron entre el viento y las hojas de los árboles, los pájaros y la tormenta en el interior de Mal.

BEN: …los que robaron para sobrevivir en las calles y compartían lo poco que conseguían, los que pasaron toda su vida encerrados en una torre y continuaron soñando, aquellos que vieron más allá de las apariencias a pesar del miedo, los que fueron menospreciados y humillados y aun así eligieron la bondad y el amor, son los más grande héroes.

Tenía fija la mirada en el horizonte, hacia la ciudad que se abría ante ellos con una promesa. Un cambio. Una nueva oportunidad.


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Su brazo se rompe en varias partes. Mal aúlla de dolor. Ben ni tan siquiera la mira.

Déjalo ya. Gritó su mente traidora. No vale la pena tanto dolor. Ni tan siquiera sabes si realmente lo amas.

MAL: Eso no importa ahora.

Ella murmura, con los dientes apretados. Su visión desvaneciéndose.

MAL: El mundo es más brillante, es mejor, gracias a personas como él.

Finalmente, los dedos, ya hinchados y morados de Mal, alcanzan la mano de Ben. El joven Rey detiene su escritura y observa a la chica, sus ojos claros la miran con interés.

Mal siente el cambio de inmediato, rápido y difícil de describir… como si ella fuera una prensa de vino y alguien bebiera de ella hasta vaciarla. Su cuerpo ya no pesa. Sólo queda cansancio y dolor.

Una risa, cual campanillas en el viento, suena unos momentos en la biblioteca. La luz dorada se pierde entre los libros.

COTTALUS: Larguemos. Este es ahora su nido.

Mal obliga a su cuerpo a levantarse. Ben reacciona al fin, levantándose rápidamente para ayudarla, convertirse en el apoyo con el que camina.

Él no formula ninguna pregunta.

Ella no ofrece ninguna explicación.

Sólo salen de la Biblioteca.

(Continuará…)