Navidad era una de esas fiestas extrañas de Auradon que los niños de la Isla no entendían del todo. Tenía que ver con nieve y frío, pero en la isla no nevaba y siempre tenían el mismo clima templado; tenía que ver con pinos decorados y luces, pero en la isla había pocos árboles de colores apagados y ninguno era un pino; tenía que ver con regalos, comida y el amor de la familia, pero pocos recibían eso.

Todo su conocimiento de la fiesta provenía de la televisión y los chicos lo interpretaban a su manera.

Así, con 7 años, Mal y Jay construyeron un fuerte de almohadas y sábanas en una esquina de la sala, pegado a las puertas que daban al comedor. Evie llevó una maceta con un árbol pequeño que tenía unas tres hojas medio verdes en cada rama, lo decoraron con papel de colores que Carlos había recortado y lo pusieron en medio del fuerte, sobre las mantas y entre los cojines. Buscando en los vertederos Carlos había encontrado una tira de focos pequeños también de colores (el chico tenía un talento para encontrar cosas en la basura, quizá porque era pequeño y podía meterse en todo tipo de rincones). Pusieron las luces dentro del fuerte. Era una burda imitación de lo que habían visto en televisión, pero se sintieron satisfechos.

Como era la casa de Evie, esa noche tuvieron comida caliente. Sentados alrededor de la mesa, hablaron de las cosas que les gustaría tener: primero de esas cosas imposibles que miraban en la tv, como una chimenea con medias, una cena con un gran pavo (¿a qué sabría eso?), nieve para hacer un muñeco y un árbol enorme para que el tipo del saco rojo lo llenara de regalos. Después hablaron de los regalos que en realidad querían.

EVIE: Un kit de costura, quiero hacer trajecitos nuevos para Carlos.

CARLOS: Me gusta la ropa.

El nuevo pasatiempo de Evie era coser. Tomaba telas y ropa vieja, los deshacía y volvía a armar, con costuras visibles y descuadradas, pero lo suficientemente firmes para que se convirtieran en un traje nuevo. En el último año había pasado de hacer ropa para sus muñecas a utilizar a Carlos como modelo preferido.

EVIE: O aunque sea un costurero para guardar mis hilos y agujas.

MAL: Yo quisiera pinturas nuevas. Quiero decorar las paredes de mi cuarto.

JAY: Pero ya están las pintadas

MAL: Sí, con crayolas cuando tenía como cuatro, puedo hacer cosas mejores

JAY: No lo creo

MAL: Cállate

Mal le arrojó un pedazo de papa. Jay le contestó lanzándole una zanahoria.

EVIE: No jueguen con la comida, mamá se molestará. ¿Y ustedes qué regalo quisieran? ¿Carlos?

CARLOS: No sé. Un carrito. Demasiado ayer mamá hablaba de sus carritos, tenía muchos.

MAL: Mañana podemos ir a buscarlo al vertedero, seguro encontramos algo parecido

EVIE: ¿Y tú qué quieres Jay?

JAY: Lo que siempre pido, duh.

EVIE: ¿Y qué es?

JAY: Ver a mi mamá.

EVIE: Oh, podemos ir al laboratorio para que le hables.

MAL: Sí, antes de pasar al vertedero

JAY: Nah, no quiero hablarle. Sólo quiero verla. No quiero olvidar cómo se ve.

Los chicos quedaron en silencio.

De alguna forma, Mal podía identificarse con ese deseo. El rostro de su padre simplemente había desaparecido de su memoria, ni tan siquiera había pasado tanto tiempo y sólo retenía algunos fragmentos de él. A veces tenía miedo de olvidarlo para siempre. Al menos Jay sabía dónde podía encontrar a su mamá y su nombre. Mal no tenía nada más que el odio irracional de su madre hacia él.

Al terminar de comer, la Reina Malvada les ordenó a las niñas llevar un plato de estofado a los cazadores que, cosa rara, habían decidido instalarse en los balcones del segundo piso. Mal se sorprendió de la gran colección de cuchillos y flechas que tenían. Uno de los cazadores, el de bigote perfectamente recortado y cabello salpicado de canas, preparaba un arma de fuego al momento de recibir el plato. El otro, el que siempre llevaba un sombrero con plumas, afilaba los cuchillos.

CAZADOR 2: ¿Qué? ¿Te gustan las armas?

MAL: Nunca había visto un chichillo tan grande

CAZADOR 1: No es un cuchillo, es un machete

Iba a decir algo más cuando una fuerte luz iluminó el horizonte, como una llamarada, seguida de un estruendo.

CAZADOR 1: Ya comenzó, ¿eh?

EVIE: ¿Qué cosa?

CAZADOR 2: Los fuegos artificiales

Mal arrugó la nariz. No se parecían a los que había visto en televisión. Se veía más como un incendio, con el humo comenzando a alzarse en el horizonte.

Los cazadores continuaron comiendo, teniendo muy cerca de sí sus armas.

CAZADOR 2: ¿Dónde crees que comenzó?

CAZADOR 1: Los almacenes del muelle. Siempre inicia por ahí, la gente es idiota y predecible. Hasta los Piratas lo saben.

CAZADOR 2: Entonces después va el Castillo.

CAZADOR 1: Lástima que no nos tocó ahí esta vez, moría de ganas de tener nuevos trofeos.

CAZADOR 2: La suerte es la suerte. Al menos hay comida aquí. ¿Cuántas veces crees que se muera el Gastón?

CAZADOR 1: Dos.

Evie tomó de la mano a Mal y juntas bajaron al primer piso, mientras el cielo nocturno seguía iluminándose con luces rojas.

La Reina Malvada estaba al pie de la escalera, su espléndida figura recortada por las luces del exterior. Tenía la mirada fija en un objeto en la mano, que al principio Mal creyó que era un reloj, pero por el reflejo que lanzó, supo que era un pequeño espejo. Cuando la Reina las escuchó, cerró el espejo y lo metió en un bolsillo de su vestido de satín negro.

GRIMHILDE: Hoy dormirán temprano. Y no saldrán de la casa hasta que yo lo ordene.

Decretó con voz firme.

EVIE: Sí, señora.

Evie hizo una reverencia y Mal la imitó lo mejor que pudo.

Cuando se disponían a irse, la Reina le entregó a su hija una cajita envuelta en un pañuelo.

EVIE: ¿Qué es?

GRIMHILDE: Un joyero.

EVIE: Gracias, madre. Lo cuidaré.

GRIMHILDE: Eso se espera de ti.

Evie se retiró estoica de la sala, pero cuando salieron de la vista de la Reina, la chica soltó una risita y se abrazó a la cajita. De los cuatro, ella era la única que siempre recibía un regalo en Navidad. Lejos de sentir envidia, Mal se sintió feliz, porque la risa de Evie era una de las cosas que más le gustaban en el mundo.

Esa noche durmieron los cuatro en el fuerte de almohadas que habían construido, alrededor de su improvisado árbol navideño. Amortiguaron los gritos y explosiones del exterior con un suave arrullo junto al árbol, porque el joyero era también una caja de música.


X

Mal arropa a Ben lo mejor que puede con un solo brazo. El otro duele como el infierno, hinchado y morado bajo los vendajes, más parecido a un pedazo de carne envuelto en plástico que a un brazo entablillado. Incluso el analgésico que le inyectó el médico de la corte no redujo el dolor. Bella le insistió ir al Hospital General, pero ella se negó. No saldría del Castillo, no después del encuentro con el hada de la Biblioteca. Era UNA, de quién sabe cuántas que estaban llegando.

Su esposo duerme plácidamente bajo el hechizo que ella misma le aplicó. No es una maldición, sólo un encantamiento para tener, al menos, 4 horas de un sueño reparador, que le permita recuperarse del ataque.

Los invitados llegan. El Castillo se llena de ruido y voces, y la Reina-Madre tiene que irse para supervisar el Festival, lamentándose no ser más útil. Mal no quiere ignora la resolución de sus ojos castaños, porque es la misma resolución que Ben tiene cuando se mete debajo de los contenedores a sacar a un perro que le destroza las manos a mordidas. Pero está cansada y no dice nada.

Se sienta en el costado de la cama, cepilla con los dedos el cabello revuelo de su marido, alejándolo de su frente. Los duendes, que ahora son 7, revolotean alrededor de la habitación, como niños curiosos, metiéndose entre los cajones y los muebles, en los armarios. Mal siente su magia, como el rocío de la mañana, pero es fresca e inofensiva, así que los deja ser.

Frente a ella, en uno de los sillones, Evie lee atentamente las notas que Ben hizo. El sol se cuela entre sus bucles azules, que ocultan el cuello blanco y redondo y se derraman sobre unos hombros suaves y curvos. Frunce el ceño sin que una sola arruga ensucie su helada frente de mármol. Junto a ella, en una mesita de noche, está el espejo de la Reina. Mal no había pensado en ese objeto en mucho tiempo, desde que Evie lo donó al museo.

Es una baratija, había dicho alguien una vez en sus recuerdos. No. No lo era. Mal se había dado cuenta de ello desde el momento en que cruzaron la barrera: La limusina que los transportó por el puente debía tener sólo 4 pasajeros en la parte de atrás, pero Mal pudo sentir a 5, aunque nunca vio al quinto. A veces, cuando se encontraban solas las dos en la habitación, en esos primeros días fuera de la isla, Mal tenía que mirar sobre su hombro, porque sentía la presencia de alguien más. Una vez había intentado usar el espejo, pero inmediatamente lo soltó, pues vio el reflejo de una sombra tras ella.

Ahora podía ver a la sombra sentada junto a Evie. Pero no era capaz de determinar si era maligna o no. Sólo era otra persona en la habitación. Y era terriblemente inquietante.

MAL: ¿Qué dicen las notas? ¿Algo interesante?

Evie levanta la mirada, asintiendo.

EVIE: Mucho. Habla sobre los tipos de hadas y que existen dos formas de clasificarlas. ¿Quieres que te cuente?

MAL: Claro, creo que ahora es importante.

EVIE: La clasificación fácil es sobre su comportamiento hacia los Humanos. Si son genuinamente amigables con nosotros se le llama Seelie, y si son hostiles se les llama Unseelie, aunque los humanos nos referimos a estas clasificaciones como "Hadas Buenas" y "Hadas Malvadas" o "Hadas Oscuras".

MAL: Supongo que las de Auradon son todas Seelie.

EVIE: Y tú también.

MAL: Algunos pondrían eso en duda. ¿Qué más?

EVIE: La segunda clasificación es dependiendo de dónde y cómo nazcan. A eso se refieren cuando hablan de las "Cortes". Hay 10 Cortes diferentes y las hadas difieren físicamente y en conducta dependiendo de a cuál pertenezcan.

MAL: ¿Ben escribió sobre las cortes?

EVIE: Sobre nueve de ellas. Está La Corte del Bosque, la Corte de la Montaña, la Corte de las Flores, la Corte de las Aguas, la Corte de la Tormenta, la Corte de la Luz, la Corte de la Oscuridad, la Corte de las Estrellas y la Corte de los Huesos. Hay una extra, La Corte del Verano, que agrupa a los mejores "ejemplares" de las anteriores.

Ella revisa los papeles rápidamente. La sombra junto a ella también se inclina, imitando sus movimientos. No tiene facciones, ni olor, ni voz, sólo es una silueta vagamente humana, un eco de un pasado desdibujado. Y Mal se pregunta por qué ahora puede verlo cuando antes sólo podía sentirlo.

EVIE: Oye… creo que tu mamá es un Hada de la Tormenta. Tienen mal carácter y se alimentan del caos y la discordia a su alrededor.

MAL: Fantástico, eso explica muchas cosas. Espera, significa que ¿soy un hada de la Corte de la Tormenta?

EVIE: Eso depende, ¿había tormenta cuando naciste?

MAL: ¿Qué?

EVIE: No heredas la Corte de tus padres… err, los que tiene padres. Parece que las hadas no siempre necesitan padres para nacer. Por ejemplo, las Hadas de las Estrellas nacen cuando alguien pide un deseo al cielo. Pero tiene que ser un deseo muy fuerte y muy puro. Por eso también, sólo bajan a la tierra atraídas por deseos, porque les recuerdan a su nacimiento.

Dos duendes revolotean alrededor de Mal, posándose en su brazo herido. Ella los mira de reojo, tratando de no perderse la explicación de Evie.

MAL: ¿Qué pasa cuando tienes padres?

Evie vuelve a revisar los papeles, hasta llegar casi al principio.

EVIE: Si los padres son dos Hadas, entonces depende del lugar. Por ejemplo, si un hada da a luz en un campo de flores, el hijo será un Hada de las Flores, sin importar que sus padres sean, no sé, un Hada del Bosque y un Hada de los Huesos.

MAL: ¿Y cuando uno de los padres no es un hada?

EVIE: Eso es un híbrido y Ben no escribió nada sobre eso.

Mal siente dolor en el brazo. Uno de los duendes está moviendo la tablilla.

MAL: Hey, basta, duele.

DUENDE 1: Esto está roto.

MAL: Sí, lo está. Gran observación.

DUENDE 2: Vamos a arreglarlo. Eres parte del Castillo, perteneces al Anfitrión.

MAL: ¿Qué?

Otros dos duendes se acercan a ella. Los cuatro comienzan a aletear alrededor del brazo desprendiendo una luz que cae como polvo blanco. Su magia huele igual que la hierba fresca sobre tierra mojada.

Cuando la magia se disipa, el brazo de Mal está curado. Ella quita las vendas y la tablas y se sorprende al ver piel nueva y normal, tan blanca como la porcelana. El dolor y las heridas se fueron.

Evie y la sombra se levantan, tan sorprendidos como ella.

MAL: Oh, gracias.

DUENDE 3: Sólo seguimos las reglas de la hospitalidad.

DUENDE 4: Nosotros, a diferencia de las hadas, sabemos agradecer cuando nos invitan a permanecer.

DUENDE 2: Reparamos cosas del Anfitrión, como el buró que tenía las esquinas astilladas.

MAL: Bien, me estás comparando con un mueble, pero aun así gracias por la ayuda.

DUENDE 4: Nos gusta trabajar.

DUENDES: Es verdad, es verdad

La sombra parece querer avanzar, pero no puede. Se hincha de oscuridad en su lugar.

Los duendes le observan con recelo.

MAL: Así que pueden verlo

DUENDE 3: Quiere que lo arreglemos

DUENDE 2: No pertenece al Anfitrión, no deberíamos

EVIE: ¿De qué hablan?

MAL: Quieren arreglar tu Espejo

EVIE: ¿Mi espejo?

DUENDE 1: No, no queremos, él quiere que lo hagamos.

EVIE: ¿Es que está roto?

La chica toma el objeto de la mesa, lo observa en su palma un momento y luego extiende la mano. La sombra la imita, volviéndose aun más densa.

EVIE: Si está roto arréglenlo por favor, es importante para mamá.

Dice con una mirada suplicante.

MAL: ¿El Espejo es peligroso?

EVIE: ¿Qué? Claro que no, lo único que hace es responder preguntas.

Mal en realidad no le hablaba a ella. Los duendes revolotean pensativos. Uno de ellos se acerca a la mano extendida de Evie, parándose sobre el espejo. Otros dos, que no se habían acercado antes, vuelan hacia la sombra.

DUENDE 5: No es peligroso. Es un espíritu humano.

DUENDE 6: Queda poco de él. Se ha desvanecido. Quizá por el tiempo.

EVIE: ¿Pueden repararlo?

DUENDE 5:

DUENDE 2: ¿Por qué lo haríamos? No pertenece al Castillo.

EVIE: Mal, por favor.

La chica, que no es capaz de negarle algo a su amiga, corre hacia el baño, formulando ya un plan.


X

La mañana del 25 de diciembre Mal despertó primero, en el fuerte de almohadas. Evie dormía sobre su brazo, Carlos se acurrucaba entre las dos chicas y el pie de Jay descansaba en la cara de Mal.

Mal resopló. Se levantó y caminó hacia la cocina en busca de algo que calmara su sed. Había un olor penetrante a quemado y sangre en el ambiente, sin embargo, estaba demasiado somnolienta para prestarle atención. Encontró un vaso y se sirvió agua.

En la puerta hacia el pequeño patio vio a la mamá de Evie. Mal sólo tenía siete años, pero sabía que la mamá de Evie era hermosa. Tenía un semblante blanco y frío en su vestido entallado. Una nariz afilada y algo vuelta hacia arriba, la boca roja, con el labio inferior saliente y una masa de brillante cabello negro recogido con peinetas, que mandaba destellos azules cuando la luz del amanecer lo tocaba. Y si algún día la viera sonreír, Mal estaría segura que también tendría los hoyuelos en las mejillas, igual que Evie.

Una sombra cayó del techo junto a la Reina y se levantó. Era una mujer ataviada con pantalones de trabajo sucios y una camisa blanca sin mangas que dejaba ver unos brazos delgados pero fuertes, de músculos marcados. Llevaba su cabello rubio atado en una trenza y Mal no tuvo que verle la cara para saber que era la mamá de Jay.

GRIMHILDE: Vielen dank, Helga.

HELGA: Kein ding. Tenías razón, ignoraron tu casa en esta ocasión. Los desperfectos fueron mínimos.

GRIMHILDE: No es casualidad, moví peones para asegurarme que se mantuvieran interesados en otros blancos.

Ambas mujeres caminaron hacia la cocina, así que Mal discretamente salió de ella, pero se metió debajo de la mesa del comedor, desde donde podía escuchar y mirar la cocina. No entendía las pláticas, pero le encantaba mirar a la Reina Malvada moverse.

GRIMHILDE: ¿Cómo quedó el castillo tras los disturbios de anoche?

HELGA: Mejor de lo esperado, aun no voy a revisarlo, pero al menos sigue en pie.

La mamá de Evie le ofreció un vaso de agua a su invitada mientras hablaba.

GRIMHILDE: ¿Y el laboratorio de Yzma?

HELGA: No son tan idiotas. Narissa sabe que no se debe tocar el laboratorio. Y, por cierto, ¿la loca de tu amiga ya no está tan loca?

GRIMHILDE: Algunos días son mejores que otros. Ayer fue un día especialmente salvaje. Espera, ¿de cuál de las dos estamos hablando?

La Reina levantó la barbilla y una ceja, esbozando el inicio de una sonrisa.

Helga rio, apoyando sus caderas estrechas en uno de los módulos de la cocina.

HELGA: Supongo que no importa.

La Reina no contestó. Sacó de un bolsillo un objeto redondo que colocó en su mano. La otra mujer frunció el ceño.

HELGA: No necesitas al Espejo.

La mamá de Evie le dedicó una mirada severa, luego dirigió su atención al pequeño objeto en su mano, acariciándolo con nostalgia.

La mamá de Jay se acercó hacia ella. Mal notó que su forma de moverse era diferente, más fluida y ¿curveada? No estaba segura de cómo definir ese movimiento de su cadera, pero era diferente a la Reina Malvada, cuyo movimiento era elegante y calculada; o a Cruella, muy errática y desorientada; o su mamá, que dependiendo de su humor podía ser agonizantemente lenta o vergonzosamente teatral.

HELGA: Hilde, no necesitas al Espejo.

Dijo, cerrando con una mano el espejo. Se acercó para quedar frente a frente con la Reina, colocándole la otra mano sobre el brazo.

GRIMHILDE: Ich weiß, no puede hablarme en esta isla.

HELGA: Ahora es una baRatija, sólo eso.

GRIMHILDE: No es una baratija. Es un regalo de mi marido, el último espejo diseñado por mi padre.

La mamá de Jay era más alta y de hombros anchos, así que desde donde estaba Mal ya no podía ver a la Reina.

HELGA: Tienes que entender que no necesitas al Espejo.

GRIMHILDE: ¿Y tú que puedes saber sobre eso?

Hubo un momento donde el único sonido fueron los ronquidos de Jay.

GRIMHILDE: Helga, estás demasiado cerca.

HELGA: Ich entschuldige mich

La mujer retrocede, frotando su nuca. El movimiento hace que los músculos de su espalda se marquen notablemente.

HELGA: Había algo más que reparar aquí, ¿no?

Aburrida, Mal se escabulló hasta el fuerte de almohadas. Los chicos aun dormían. Carlos se aferraba a Evie y la chica parecía bastante tranquila en su sueño.

Un rayo de sol se coló entre las mantas golpeando el papel del árbol y mandando pequeños reflejos de colores por el fuerte. Mientras toma el joyero para darle cuerda, Mal decide que el próximo año deberán conseguir luces para su arbolito, como las de la televisión.

Hace sonar la canción de cuna y la deposita cerca de la cabeza de los durmientes. Luego se mueve hacia Jay y vacía lo que queda del vaso de agua sobre su cara. El chico despierta de golpe maldiciéndola.

MAL: Cállate, tu mamá está aquí

JAY: ¿Mi má? ¿Dónde?

El chico se levanta, emocionado. Mal no puede entender cómo Jay puede querer tanto a su mamá cuando ella se rehúsa a mirarlo, a tocarlo (ni una caricia, ni un abrazo, ni un beso), o hablarle más allá de cuando te topas a un desconocido en la calle.

Juntos se mueven hacia la mesa del comedor, donde Jay puede ver a su madre subida en una mesa de la cocina, destornillando un foco.

JAY: Mira sus brazos, yo los quiero así.

MAL: ¿Fuertes?

JAY: Sí, con más músculos, muchos más.

MAL: Vas a reventar como un globo

JAY: Sí, quiero. Esque papá es muy delgaducho, como las lombrices que te comes

MAL: ¡Yo no como lombrices!

JAY: Sí lo haces, mensa. Y papá parece que se va a romper cuando lo abrazo. Le digo que tiene que comer más y me voltea los ojos como tú ahorita

MAL: No es cierto

JAY: Sí es cierto.

MAL: Que no

JAY: Que sí

GRIMHILDE: Niños.

Los dos pegaron varios respingos, mudos como tumbas de repente. Y pálidos, muy pálidos.

GRIMHILDE: Salgan. Ahora.

Ella ordenó, molesta.

Ambos corrieron, asustados, porque fueron atrapados espiando, y no pararon hasta que la calle los encontró. Y en su carrera sin rumbo sólo escucharon un último grito más molesto que antes.

GRIMHILDE: ¡Pero no de la casa!

Los chicos avanzaron por unas cuantas calles más, sorteando basura y restos incandescentes de incendios. Ya no corrían, sólo caminaban preocupados. Parecían los resultados de un fenómeno natural como un tornado o huracán, o peor, de una batalla. Comenzaron a asustarse cuando llegaron a los cuerpos mutilados esparcidos en la calle. Algunas personas, con los rostros demasiado alegres y llenos de sangre y polvo, caminaban con bolsas recogiendo los pedazos de cuerpo tirados en las banquetas.

Se consideraban niños fuertes, pero la visión -y el olor- de las calles en ese estado, les hizo temblar las piernas con temor. Se apoyaron en el uno en el otro, sosteniendo sus manos. Fueron incapaces de seguir caminando.

HELGA: Jay. Mal. ¿Qué carajos les pasa? No deberían salir así.

La mamá de Jay los alcanzó en breve. Los chicos se giraron hacia ella. La actitud de la mujer se suavizó cuando vio sus rostros afligidos. Llevó una mano a la cadera y con la otra se frotó el cuello, como si no supiera muy bien cómo proceder.

HELGA: Debemos Regresar.

JAY: Pero papá, ¿él está bien?

MAL: ¿Y mamá?

La mujer dudó un poco, antes de moverse hacia ellos con una mirada de feroz resolución. Tomó a Jay de la mano y casi los arrastró por la calle.

HELGA: Bien. Los llevaré.


X

Cuando Mal regresa trae consigo un espejo de pared de un metro, aproximadamente. Tiene la forma de un escudo y está ornamentada con oro y plata. Mal lo deja con cuidado en uno de los sillones.

MAL: A Ben, el Anfitrión, le encanta ayudar a las personas. Si el espejito está poseído por un espíritu humano, pero se ha roto y eso está desvaneciendo al espíritu, entonces podríamos ayudarlo dándole un nuevo espejo. Y si le damos este ya sería parte del Castillo. Así todos contentos, ¿qué dicen?

Seis duendes se reúneme para hablar entre ellos, cabeza con cabeza, como si fueran un equipo de futbol americano.

EVIE: ¿Crees que funcione?

MAL: Eso espero.

La sombra tras Evie estira sus dedos para tocar los ornamentos del espejo. Se ve bastante consciente de lo que sucede. Y Mal se pregunta cómo terminó en ese estado: atrapado en un espejo y aun así anhelándolo.

DUENDE 1: Hemos decidido reparar el Espejo, pero será un regalo para el Anfitrión.

Evie retuerce la tela de su vestido, nerviosa. Mal coloca una mano sobre su hombro para tranquilizarla.

MAL: Y al Anfitrión estará encantado de regalártelo a ti.

Le susurra.

Los duendes toman el espejo de mano para acercarse al nuevo.

La mañana en el prado después de una noche de lluvia. La habitación huele a eso conforme los duendes liberan más magia. Pequeñas gotas de frío rocío salpican el rostro de Mal, ella cierra los ojos porque la sensación no es para nada desagradable. Los duendes se mueven como un colectivo, como un enjambre, y como tal, su magia se vuelve más fuerte entre más miembros se unan.

El jadeo sorprendido de Evie la hace abrir los ojos, y frente a ella, el espejo grande se ha vuelto negro.

EVIE: ¿Hola? ¿Espejo mágico?

Mal observa con inquietud que el espejo no refleja nada, en su interior la oscuridad se arremolina y late, como si estuviera viva.

MAL: ¿Seguros que lo han reparado?

DUENDES: Por supuesto.

DUENDE 6: No es nuestra culpa que no sepan cómo utilizarlo.

MAL: ¿Evie?

La chica piensa. Después de unos momentos habla, moviéndose hacia el objeto.

EVIE: Espejito, espejito encantado, muéstrate ante mi sin estar velado

Conforme Evie se acerca, un rostro aparece en él, superponiéndose donde debería estar el reflejo de la chica. Es una máscara de porcelana blanca, como la que se usaba en los teatros antiguos. Fría e inexpresiva, tiene las cuencas de los ojos como abismos insondables.

ESPEJO ENCANTADO: A sus órdenes con destreza me muestro yo, mi princesa.

Habla con labios inamovibles, petrificados en una expresión de perpetua seriedad. Su voz es profunda, con un timbre que Mal sólo ha escuchado en las películas viejas.

EVIE: ¡Funcionó! ¡Mal, funcionó! ¡Es increíble!

MAL: Sí, claro.

No quiere minar el buen ánimo de su amiga, pero el Espejo ha elegido la forma más inquietante de presentarse.

Lo duendes, indiferentes, vuelven a pasearse por los rincones de la habitación. Algunos sólo se sientan en la cabecera de la cama, donde Ben descansa.

EVIE: Tú eres el Espejo mágico… ¿sabes quién soy yo?

ESPEJO ENCANTADO: Su belleza y talento la delatan, alteza. También consciente soy de que en esta fiesta, su camino a la fama comienza.

EVIE: Hablas de la pasarela ¿verdad?

ESPEJO ENCANTADO: Por supuesto.

EVIE: ¿Me irá bien? Con esto de las hadas, estoy un poco nerviosa.

ESPEJO ENCANTADO: Preocuparse es en vano. Mañana en la tarde cualquiera podrá entenderlo, que sus diseños urbanos causarán gran revuelo.

MAL: Un poco adulador, ¿no te lo parece?

De repente, Mal siente que los ojos vacíos la miran. Ella no deja que su incomodidad se note.

Hay un movimiento en las sombras del espejo y Mal casi puede ver la silueta oscura del espíritu. Cuando habla, se dirige a Evie.

ESPEJO ENCANTADO: Su madre se encuentra en el palacio, ¿sería tan amable de traerla a este espacio?

EVIE: Oh, claro que sí, mamá se llevará una gran sorpresa. Voy por ella, debe estar en supervisando el montaje de la pasarela.

Emocionada la chica sale de la habitación.

Mal cruza los brazos encarando al espejo. La sombra la imita y la joven reina no puede más que tomarlo como una burla.

MAL: Más te vale que no la engañes o algo así

ESPEJO ENCANTADO: Soy, de la familia real, esclavo y caballero; me ofende que me tomes por un vil embustero

MAL: Deja el teatro, sé distinguir a un mentiroso, me crie entre ellos.

ESPEJO ENCANTADO: Su capacidad de ver a través de las mentiras es evidente, demostrado queda cuando las del Reino de Auradon tuvo de frente.

Su voz es neutral aunque acaba de insultarla –porque está segura que eso fue un insulto-.

Va a contestarle cuando Evie vuelve a asomar la cabeza por la puerta.

EVIE: Mal, ¿por qué sigues aquí? ¡Acompáñame!

MAL: Sí, ya voy

EVIE: Te espero, apúrate.

Sale al pasillo.

Mal suspira y va tras ella. Cuando se acerca a la puerta, el Espejo la llama.

ESPEJO ENCANTADO: He aquí un regalo, Joven Reina, y no tiene fallo: Los accidentes pasan, a veces no puede evitarlo, pero no siempre es tan malo.

La chica tuerce la boca y se gira con fastidio.

MAL: ¿Qué significa eso?

ESPEJO ENCANTADO: Es la pregunta que no hiciste a tu padre, debes formularla sin dudar esta tarde, justo enfrente de la Reina-Madre.

MAL: Oye ¿qué pregunta? ¿de qué hablas-?

Pero la Máscara desaparece y el espejo vuelve a reflejar los objetos a su alrededor.

Consternada, Mal sale de la habitación.


X

El castillo estaba en mal estado. Las rejas de enfrente caídas y torcidas. Un boquete en el costado del segundo piso, por el que se derramaba un humo negro. Las puertas de la entrada deshechas. Los lacayos trabajaban moviendo pedazos de muro, atendiendo sus heridas o arrastrando cuerpos.

Mal aprovechó que Helga hablaba con un grupo de cazadores para soltar la mano de Jay y correr hacia el interior del castillo. Sólo necesitaba saber que su mamá estaba bien.

Subió las escaleras, un poco cuarteadas, hasta el segundo piso, esquivando los escombros, hasta que escuchó la voz de su madre.

MALÉFICA: No sabes hacer esto. Debería traer a un médico de verdad.

Se escuchaba bastante bien, en realidad. Mal suspiró de alivio y corrió en el pasillo con más fuerza.

VOZ: Vamos mujer, después del espectáculo que diste a noche nadie más que yo va a acercársete en un buen rato.

Se detuvo de golpe ante la voz masculina, frunciendo el ceño. Avanzó lentamente hacia la sala siguiente para asomarse con cuidado.

MALÉFICA: Si tuviera mi magia sabrían lo que es un espectáculo de verdad. Y tú ni tan siquiera deberías estar aquí.

Su madre estaba sentada en una de las mesas, tenía el vestido desgarrado y cubierto de cenizas. Su cabello estaba suelto y cubría su rostro. Era color malva con las puntas rosas. Mal jamás lo había visto de ese tono, usualmente era de un tono uva muy oscuro o directamente negro. A pesar de las rasgaduras, y algunos raspones y vendajes mal colocados, se miraba bien.

Frente a ella, vedado su brazo, estaba un hombre con un casco de plata que cubría su nuca y los costados de su rostro, parecía vagamente un soldado.

SOLDADO: No te calientes cazuela que vengo de buen rollo.

MALÉFICA: Me repugna tu manera de hablar

SOLDADO: Relaja la raja, amor, o se te subirá la presión

Aunque no vestía como soldado, no con esa gabardina de cuero y los dedos de uñas negras. Había algo en su voz llena de picardía que parecía… nostálgico.

MALÉFICA: ¿Es que no puedes mantenerte callado?

SOLDADO: Podrías callarme

MALÉFICA: Lo haré, con una corbata colombiana

SOLDADO: Si quieres, pero hay mejores usos para mi lengua

Mal avanzó en silencio por la habitación, hasta que su madre se dio cuenta de su presencia. Sus ojos verdes se fijaron en ella, más suaves de lo que deberían, y Mal reprimió el impulso de correr a abrazarla.

MALÉFICA: Deberías estar con la Reina Malvada. ¿No puede ni cuidar a un niño?

MAL: ¿Qué pasó? ¿Estás bien?

MALÉFICA: Un motín del grupo de Narissa y Úrsula. Ganamos. Evidentemente.

La niña fijó su atención en el soldado, quien apoyaba su mandíbula en un brazo y la miraba, sonriendo. Sus ojos azules la miraban divertido, como un gato engreído. La estaba poniendo nerviosa.

SOLDADO: Chiquilla, tu madre tiene un regalo para ti. Está en tu habitación, deberías ir a abrirlo.

Mal frunció el ceño al mismo tiempo que su madre, en una sincronía perfecta.

SOLDADO: ¿Qué? A los niños les maman los regalos en estas fechas.

MALÉFICA: Bien. Lo permito. Ve.

La despidió con un movimiento de su mano. Mal entendió que debía ir. Al menos ya no tenía que preocuparse.

Le dio una última mirada al extraño soldado, que se despidió agitando su mano alegremente, y subió a su habitación.

El tercer piso estaba intacto, sorprendentemente.

Abrió la puerta de su habitación. Justo sobre la cama, totalmente fuera de lugar, había una caja grande, envuelta en un papel rojo llamativo. ¿Por qué su madre haría eso?

Le dio unas cuantas vueltas, insegura si abrirlo o no. Podría ser una trampa para poner a prueba alguna de sus habilidades. El castillo había sido atacado, ella no debería estar ahí. Su madre no tendría tiempo para arreglar eso. A menos que lo haya dejado preparado anteriormente como una especia de sorpresa. Pero nuevamente, eso no parecía algo que ella haría.

Se acercó con cuidado y toco tentativamente la caja. Nada pasó. Entonces la empujó y retrocedió. Nada pasó. Finalmente se armó de valor y saltó sobre la cama para abrirla, desgarrando casi con desesperación el papel.

MAL: No puede ser.

En el interior había seis latas de pintura en aerosol, de diferentes colores. Mal las sacó sorprendida. Era… era ¡fantástico! No tenía ni idea de cómo se utilizaban esas cosas, pero estaba más que dispuesta a averiguarlo. Ah, tantas ideas comenzaban a formarse en su cabeza, tantos dibujos y diseños, tantas combinaciones y explosiones de color. Tenía que utilizarlos ya. Traería a Evie y a Carlos para que admiraran sus creaciones, y después a Jay, para demostrarle que sí podía hacer mejores cosas ahora.

Pensó emocionada en todo ello, mientras comenzaba a utilizar las latas, sin preocuparse por los motines, ni los cuerpos ni el castillo en ruinas. Sólo se dejó llevar por el impulso de pintar, trazos temblorosos al principio, luego firmes conforme se sumergía en su actividad. Pasó la tarde pintando en una pared de su habitación, un fuerte de almohadas con un árbol de tres hojas en cada rama.


(Continuará…)