Jamás tuvo la dicha de vislumbrar un cielo tan gris y lúgubre, ni siquiera en tiempos de lluvia. El aire era frío y bastante pesado debido a la contaminación de las alcantarillas, pero no le dio importancia ¿De que serviría? Simplemente se dejó ser, allí, en aquel callejón oscuro y húmedo. Habian pasado casi dos horas desde que se encontró en aquel lugar desconocido, para el presente tiempo los sonidos de balas, maldiciones y demás fueron tomados como una costumbre del lugar; puesto que de ser Japón, hace tiempo la policía hubiese llegado.
—¿A donde vine a parar?— el lenguaje oriental se precipitó de sus labios en una pregunta que se había estado haciendo por décima vez desde que comenzó a mirar el cielo. —Tengo hambre… — murmuró con indiferencia, aunque su tono se filtró amenazante por la ansiedad de lo deseado.
Mirando como el cielo ya gris se tornaba aún más oscuro, chasqueo la lengua. El olor a lluvia penetró en sus fozas nasales. Hacer del vago ya no sería una opción, tenía que levantarse y buscar un refugio, y quizás, algo que comer.
Levantándose hasta quedar sentada en una postura algo perezosa, la joven suspiró con resignación mientras intentaba acomodar su larga y negra cabellera. —Que fastidio…
Los ojos negros tras su flequillo miraron a su izquierda, en el fondo oscuro del callejón algunos pasos hacían eco durante su marcha hacia donde esta se encontraba. Volviendo sus ojos hacia otro lado, la joven siguió con lo suyo, a la espera de quien sea se estuviese acercando a ella.
Pronto, dos hombres de gran tamaño y con apariencia de descaro, hicieron acto de presencia.
—Oh, y yo que pensé que no encontraríamos diversión esta noche. — festejó en un sutil carcajeo el más alto. Metro setenta, cara de rata y ropa de invierno algo desgarbada. — ¡Y aún mejor, es una muñeca asiática!
Su compañero se rió, la sicatriz en su cuello se mal formaba tras cada carcajada. — ¿No estás muy lejos del barrio chino, primor? — esta no respondió, simplemente siguio acomodando su ropa algo rota, el hombre no se molestó por ello. Más bien lanzó un silbido de codicia ante el escrutinio corporal de su mirada en la joven. — Oye, pequeña galleta de la fortuna, ¿Te importaría darnos un pequeño vistazo a nuestra suerte?
El primero hombre, resopló divertido. — ¿Cuando empezamos a pedir permiso?
—Nunca habíamos tenido una presiocidad extranjera, no está de más ser "cortes" — sonrió de forma lánguida y a la par de su compañero, empezó a cerrar distancia entre su próxima diversión y ellos. — Aunque, parece que nuestra cortesia no está siendo tomada en cuenta.
El hombre mayor buscó ser el primer agraciado. — Yo voy primero.
—¿Por que no los dos? Hay suficiente agujeros para ambos.
Aquella nauseabunda declaración despertó una nueva oleada de risa maniaca en ambos agresores, solo que, a pesar de tener una audición perfecta, la "victima" carecía de entendimiento en torno al idioma que ambos compartían.
Aún así, la diferencia de lengua no supondría un problema a continuación. —¿Por que tenía que ser comida chatarra?
Los hombres ya la habían rodeado para cuando la joven se puso en pie, sin embargo al escuchar sus palabras fruncieron el pliegue entre sus cejas. Claramente era oriental, no obstante, no el tipo al cual están acostumbrados a escuchar. — Eso no suena como chi-
Las palabras del hombre más grande murieron cuando una mano perlada se encalló en su garganta, y como fino papel, desgarró la piel que recubría su tráquea. No hubo gritos, mucho menos sonido de sorpresa. Sólo dificultad de respirar y atragantos con su propia sangre.Sus ojos mostraban incredulidad y miedo al ver como el pellejo arrancado era engullido por quién se supondría sería su víctima de placer y lujuria.
Como si se tratase de una cereza acaramelada, el pedazo de piel entró en la boca de la joven de forma suave y sencilla, la sangre en su mano creaba hermosos hilos carmesí recorriendo con deleite la blanquisa piel. En sus labios, el tibio rojo se escapaba de sus comisuras como si el más fino vino hubiese sido derramado en lugar de la espesa vida carmín de la carne humana.
El hombre perdió la luz de codicia en sus ojos al igual que su vida, cayendo de rodillas al suelo y obteniendo como último recuerdo de vivencia aquella aterrorizante escena.
Mientras saboreaba con disgusto el trozo de carne de su expotencial agresor, el compañero del cuerpo se había tropezado con sus propios pies ante la imagen de degoye propiciado hacia su camarada de delitos. Temblando en el piso, en una posición sentada empezó a balbucear en un intento de encontrar su voz para gritar y dejar escapar su horror.
—Que asco… — después de engullir aquel pedazo de carne, el disgusto solo incremento. —¿No podían drogarse otro día?— si tan solo hubiese despertado serca de un hospital, podría haber robado algunas bolsas de sangre como le era habitual. Ahora, después de tantos años sin probar la carne, su primer bocado fue una mezcla de varias drogas asquerosas.
Cuando los ojos negros de pupila roja se posaron en su cuerpo, sus cuerdas vocales encontraron el impulso de producir sonido. — ¡A-ah! Monst…— no obstante, sus últimas palabras quedaron inconclusas cuando un corte limpio separó la cabeza de su cuello dejando solo una fuente de sangre que se presititaba cual cause tormentoso hacia el exterior.
¿Quién diría que un par de agresores sexuales terminarían perdiendo la vida luego de haberse encontrado con lo que, para ellos, era un buen objetivo?
Mirando entre ambos cuerpos, Oyuki se sintió desganada. Luego de tanto tiempo en ayuno de carne, por primera vez rompe su restricción y lo que obtiene es un cóctel de drogas y otro empapado en licor del barato. —Si no me estuviera muriendo de hambre tal vez no habría tenido que comer está inmunda basura.— suspiró, al final decidió hartarse con el segundo cuerpo. Era mejor que el nauseabundo sabor a cocaína y marihuana.
Los sonidos de bala y maldiciones todavía rondaban el ambiente en Ciudad gótica, solo que ahora, el ruido de huesos siendo despedazados y el eco de la carne al desgarrarse se sumó al ambiente. Aunque, si nadie se adentraba a aquel callejón sería incapaz de captar dichos sonidos. Mucho menos, ver a una joven oriental de apariencia delicada, clavar sus dientes y garras en el cuerpo inerte de un decapitado infeliz.
