¡Aquí va el segundo sentido, que espero les guste!


Vista.
Porque a veces hay cosas que es mejor no ver.

-Hermione. ¿Puedes soltar el libro y escucharme?

-Te escucho, Ron.

-Hermione…

-Hablo en serio.

-¡Pero al menos mírame!

La chica rodó los ojos.

Quizás Ron no comprendía que, a diferencia de los hombres, las chicas si pueden realizar más de una acción al mismo tiempo. Si tanto insistía, de seguro era porque él no podría jamás de los jamases entablar una conversación mientras buscaba el nombre de un mago en un libro de Pociones. O lo que es peor, entablar una conversación mientras mastica una bola de chicle. O hacer esto último mientras camina…

-No tengo que estar mirándote todo el tiempo para que sepas que estoy escuchándote-se defendió la castaña, ahora si mirándole directamente a los ojos.

-Pero sueles hacerlo cuando hablamos de algo serio -le reprochó él, frunciendo el ceño, dolido.

-¿Acaso es serio lo que me estás diciendo? -preguntó, volviendo a esconder la nariz en el libro.

-Hermione. Algo te pasa y estamos completamente seguros de ello -aseguró su amigo, en un tono que rayaba entre la preocupación y un intento barato de desinterés.

-¿De veras? ¿Igual de seguros como que no alcanzarás la calificación que necesitas para Pociones por venir con historias que no tienen cómo probar?

Ella anticipó el bufido de su amigo.

-Además, ¿desde cuándo hablas en serio?

Y ya estaba hecho y dicho. Él se había sentido ofendido y ella harta de una charla que no llevaba a nada, porque nunca se le había dado eso de dar explicaciones ¿Y por qué habría de darlas, además? Hasta que llega el minuto de descargarse, la ira, y lo escupe como quien lanza ese papel con garabatos a la basura. Cuando el asunto toca fondo, claro.

Ronald Weasley se da cuenta que es su derrota y se larga de la biblioteca murmurando insultos y palabrotas incomprensibles. Hermione Granger recién da cuenta que su libro está al revés –y espera nadie más lo haya notado-, cosa que le enfada aún más. Y así, con las mejillas algo subidas de tono cierra el libro estrepitosamente, captando la atención de unos cuantos, molestos por el quiebre de silencio. Pero a ella ya no le importa.

Sale exagerando el marcar de sus pasos como una perfecta drama queen, destilando indiferencia por doquier. Ya no le importa si le saludan, no le importa nada. Hoy no tiene la más mínima intención de responder. Sí, está cabreada. Cabreada que cierto personaje de Slytherin esté -sin motivo aparente- jugando con su inocencia, que se inmiscuya en su relación con los libros y aparezca cual mago -y reparando en eso, había un halo de gracia en el asunto- muggle desorientándola más de lo que la varita maltrecha de Lockheart hubiese podido aturdirla. Estaba segura que la observaba durante sus estudios al aire libre y durante las clases, porque sentía un peso extraño sobre los hombros. Estaba segura que le seguía con la mirada durante el desayuno en el gran Salón porque cada vez que levantaba la vista él volvía los ojos a su plato o a Crabbe, Goyle o Parkinson.

Un par de ojos grises acosando hasta el cabello más rebelde encrespado sobre sus sienes –y lo removía cada vez que lo notaba–. Y claro que recuerda su primer enfrentamiento con el susodicho para aclarar las cosas;

-¿Qué demonios te pasa, Malfoy, que no dejas de mirarme todo el día?

-Antes muerto…

-¿Crees que soy tonta y no lo he notado?

-Bueno… Creo fervientemente en que tonta podrías ser. No creo que los tontos noten que sus pares también lo son. Entre tarados se entienden, supongo.

-Pues tú debes saber bastante de eso, ¿no? No creo que Crabbe y Goyle tengan suficientes dedos de frente para notar al tarado al que le siguen los pasos…

Y en eso había acabado su civilizada conversación. Un chasqueo de lengua y ambas espaldas chocaban junto al sonido de dos pares de zapatos resonando por el corredor.

En resumen, las cosas nunca llegaron a aclararse y al parecer la pregunta no había hecho más que incentivar al Slytherin a insistir con su acoso. Quizás el asunto podría haber acabado ahí; él haberse sentido ofendido porque semejante sangre-sucia le insinuara que le seguía hasta la sombra -cosa que podría hacer disminuir su elitista reputación verde, de todos saber el incidente…-. Pero él solo se hacía el desentendido. Y Hermione ya comenzaba a estresarse.

Llevaba casi diez minutos caminando sin rumbo por el colegio. Giró por el pasillo hacia su derecha con un ademán brusco y se detuvo de golpe.

De espaldas, una chica de cabello rubio tomado en una coleta besaba apasionadamente a un platinado que la cogía por la cintura. Cuando él movió su cabeza unos centímetros hacia su derecha, abrió los ojos con parsimonia y seducción insinuada, sonriendo, cosa que la castaña pudo notar. Draco no tenía la más mínima intención de molestar a la Gryffindor en aquel minuto, no con palabras al menos, porque, claro… Tenía la boca muy ocupada. Pero sí dejando a claridad sus ojos como rendijas asesinas, y una mano que descendía con peligrosidad hacia la cadera de la chica, ademán con el cual la acercó a su cuerpo.

Hermione no entendía que la impulsaba a seguir ahí. Porque lejos de insinuante, esa forma casi bestial con la que más bien parecían engullirse le produjo asco. Hasta ella se consideraba más adepta para "besar", basada en el estricto rigor del acto. Enarcó ambas cejas, expresando lo que pasaba por su mente; "quién diablos es esa" y "que desagradable, por Merlín…"

¿Qué acaso ese animal no andaba con Parkinson?

Él acabó con el beso, rodeándola por los hombros haciendo que la muchacha escondiera la cabeza en su cuello. Y ahora la escena lucía demasiado enternecedora para ser protagonizada por Malfoy. Fue entonces cuando el desgraciado le sonrió, cuando le acariciaba el cabello y la mano en la cadera dibujaba círculos suaves. Le sonrió, de medio lado y más provocador que nunca. Esa jodida sonrisa tan Malfoy y tan Slytherin a la vez. Y tan extraña…

Cuando la presa del platinado se hubo despedido después de otro largo beso, se marchó sin más, escabulléndose rápidamente en un corredor contiguo.

Hermione seguía ahí -preguntándose por qué-, medio escondida, medio a la vista junto a una armadura oxidada, casi sintiéndose parte de la decoración del colegio.

Draco se acercaba a ella con sus manos en los bolsillos.

-Me culpas de acoso… Y mírate.

Ella no contestó.

-Supongo que sabes que ni una palabra de esto a nadie, ¿verdad?

¿En qué minuto su espalda se había pegado tanto a la pared? Y ese maldito tono burlón, las manos en los bolsillos irradiando ese perfume característico... Acorralándola sin ella haber reaccionado antes.

-Como si me importara algo sobre ti -aseguró sin apartar la mirada, tratando por todos los medios de transmitirle a esos ojos acerados que realmente no le importaba, que él podía bien irse al cielo o al infierno -este último de preferencia- y ella le daría igual.

-Yo creo que si te importa… -contradijo con tono burlón.

Quizás no era colaborar con el enemigo. Si no aceptarlo, hacerlo un igual. Porque a su siguiente frase, ella comprendió que él podía llegar más lejos, aún con la más insignificante de las acciones.

-Porque… ¿Sabes? Creo que a la escuela le haría mucha gracia saber que la más grande sabelotodo de la escuela, Hermione Granger, no sabe si quiera que los libros tienen un derecho y revés.

Detalles absurdos… Pero ella detesta perder.


¡Ya saben que pueden comentar para hacerme saber si les ha gustado, si no, para criticar, opinar o sugerir, ¿eh? ¡Y de paso se ganan mi cielo!

Muchas gracias por pasarte a leer.

Angeline.-