Baile de Navidad

Capítulo 2: Preparativos para el baile.

Hermione veía atentamente un catálogo abierto, sentada en su cama de su habitación Gryffindor, eligiendo cuidadosamente el vestido que llevaría al baile que se aproximaba a grandes pasos. Faltaban tan solo tres días para tamaño evento, y como era la última que tenía pareja, era también la última en elegir vestido de gala. O túnica, como era en el mundo de la magia. Estaba indecisa sobre dos modelos, que aunque le gustaban, eran demasiado bonitos –y costosos, para que negar- como para elegir siquiera solo uno de esos. Y el catalogo tenía muchísimos, los cuales iban desde algunos que eran casi transparente y reveladores, a otros que parecían de monja dentro de un claustro. Algunos que parecían aves por la cantidad de plumas que traían, y otros que eran serpenteantes, que parecían tener escamas en lugar de tela.

Pero haciendo caso al consejo de Malfoy, había dejado a un lado las telas en tonos rojos y marrones, concentrándose exclusivamente en las telas más bien azules y violetas, viendo algunos que eran preciosos, pero que definitivamente no iban con ella. Además, ese catálogo mágico tenía una propiedad especial que le había servido de mucho al discriminar que vestido debía llevar: con un movimiento de varita se podía sacar el vestido por cinco minutos, tomando una réplica exactamente igual a uno original. Así, probándose uno a uno las miles de opciones que había, solo dos habían pasado la prueba:

Un vestido sin mangas que le llegaba a los tobillos, de falda amplia y volátil que parecía flotar encima de sus piernas. Era de un color celeste, que según la imagen, debía llevar el cabello liso y recogido en un moño alto y pegado al cuero cabelludo, dejando así ver unos pendientes turquesas que le daban un toque de elegancia a su cuello, pues eran largos. Y la otra opción era un vestido más bien corto, que le llegaba a las rodillas, pero en la parte trasera caía libremente hasta casi los tobillos, con una falda ondulante y violeta oscuro, marcado por flores de terciopelo, subiendo hasta la cintura, donde partía un corsé que le entallaba todo el torso, hasta llegar a unos tirantes, los cuales eran negros. Arriba debía ir el cabello en ondas, sujeto por un par de horquillas con piedras de un violeta aún más oscuro, llegando a rozar el negro. Los aretes eran pequeños, y hechos en un baño de plata.

Pero como ambos le quedaban muy bien, no podía escoger ninguno de los dos. Así que, sin recurrir de ninguna manera al azar, siguió buscando en el catálogo, rogando por encontrar algo que fuese lo suficientemente elegante como para ir junto a Draco. Porque, aunque no estuviesen siempre juntos en la noche ni tampoco iban a bailar más de una pieza, debía verse bien para no desentonar y soñar con ser lo suficientemente guapa como para que las demás chicas le envidiasen su pareja –y lo bien que se veía-. Sí, porque Hermione admitía que Draco Malfoy era un imán para las mujeres, sin que ella misma cayese de bruces frente a él, adorándole como a la reina de Inglaterra. Pero también era una chica, y como cualquiera, quería ser el centro de atención por algo más que su inteligencia. Sentirse bella era algo que siempre había querido tener, siendo la primera vez en el baile de cuarto año. Esa vez había ido con Viktor Krum, quien la elogiaba –demasiadas veces como para que fuesen verdad, pero que más daba-, más la envidia vista en los ojos de las demás la había hecho feliz.

No era algo bueno, pero le gustaba, y se empeñaría en verse bien. Siguió buscando, moviendo las páginas del catálogo de manera algo perezosa, viendo atentamente los detalles de cada uno. Las modelos que probaban los vestidos eran altas, delgadas y con un mismo rostro todas ellas: una seriedad insondable, como si posar para la cámara fuese lo más importante del mundo, llegando a ser de vida o muerte. Si iba a seguir una carrera universitaria, ya fuese mágica o muggle, definitivamente no iba a ser modelaje pues aunque respetase cualquier profesión y oficio, sencillamente no tenía ni material ni ganas con las cuales trabajar, a juzgar por las caras y poses de las supermodelos.

-A este paso nunca encontraré el vestido perfecto. –bufó, concentrándose más en las opciones y menos en sus pensamientos dispersos. Era verdad, pues aún le faltaban muchas páginas que ver, a la velocidad que llevaba Hermione. Volvió a bufar. ¿Qué hacía? Podía perfectamente ver superficialmente todos, encontrar alguno que le encantase y comprar. Así de sencillo.

El problema –pues siempre había que tener uno- era que no siempre le quedaba bien o iba con ella. A veces, las imágenes engañaban, y mientras que las modelos se veían fantásticas, ella se veía normal rayando en lo que denominaba "carente de gracia". Hermione veía su belleza de una manera natural: no estaba a base de pociones, hechizos o maquillaje para verse bella, sino en cuidarse todo lo posible y esmerarse en el aseo personal. Prefería miles de veces ir a un spa facial –muggle, generalmente- a pasar una noche probándose distintos tonos y tipos de bases, sombras de ojos, brillos labiales y otros. Además de que le quitaban tiempo, no tenía mano precisamente para ello. Suspiró. Verse bella no era precisamente que fuese fácil en su caso.

Entonces, encontró la respuesta a su problema en un vestido que había visto, y que no era mucha cosa. Era de una tela simple, única y uniforme, de un color turquesa real, que por el diseño no estaba bien explotado. Apenas tenía una cinta sosa en el escote, que era nada pronunciado, y un poco de vuelo en la orilla de la falda. Se parecía a ella: aburrida y completamente fea por fuera, pero que con un poco de sabor podía llegar a convertirse en algo de gran provecho, sacando a relucir su belleza externa, que perdida llevaba. No le gustaba ser comparada con las demás por su belleza, área en la que era inexperta, en las que llevaba todas de perder. Se sentía segura en su burbuja de chica sabelotodo, pues nadie era mejor que ella en eso: estudiar y aprender. Y el no ser la más bella le jugaba en contra cuando quería ser la mejor, cuando quería probar.

-Puedo hacerlo. –se dijo a sí misma, intentando creer lo que decía. A veces de lo decía, cuando estaba insegura. Y entonces, funcionaba.

Tomando su varita firmemente, compró el vestido, agregando a la cuenta un surtido de diferentes adornos. Y, lista para empezar, colocó su vestido en un maniquí que transformó de una mesa de noche a persona inanimada. El color turquesa le iba bien, y en el maniquí –que estaba hecho según sus medidas personales- se veía bien formado y de manera distribuida, pero aun así resultaba… muerto, como un inferi sin voluntad. Previniendo eso, comenzó su trabajo.

Las líneas sosas de la figura las cambiaba, descosía y cosía a voluntad, moviendo diestra y siniestra en busca de una mejor vista de todo lo que llevaba y le quedaba por hacer, organizando todo. Y así, encerrada en su habitación Gryffindor, Hermione Granger empezó a crear uno de los diseños más originales y atractivos que Hogwarts hubiese visto.

Pasillo que lleva al Gran Comedor, Hogwarts. Antes del almuerzo.

Hermione sinceramente no esperaba encontrar a su pareja antes del baile en más de una mirada furtiva entre los días, o más bien, esperaba no hablarle para nada, previniendo que él se arrepentiría y la dejaría plantada, o la rechazaría en pleno, o llegaría con otra chica. Eran probabilidades abismantes que a ella no le gustaban nada, ni aun así el caso contrario. ¿De verdad Draco Malfoy quería llevarla al Baile de Navidad? ¿No tenía a nadie con quien ir? Ella no era la segunda opción de nadie, pero si él no tenía a nadie más, ¿Por qué sería? Sencillamente no le cabía en la cabeza que, si medio Hogwarts –la parte femenina, exactamente- lo adoraba y tenía en un pedestal, él estuviese solo. Eran muchos porque, llevándose el uno al otro con demasiada rapidez y falta de respuestas.

Llevaba sus libros de encantamientos y runas antiguas, y un par de libros que debía regresar a la biblioteca, pues aunque fuese la alumna que más tiempo llevase allí, era prácticamente un crimen si Madame Pince descubría que retenías un tiempo más del debido un libro. Tenerlo en tu posesión ilícitamente hacía que ella te tuviese ojeriza por todo lo que quedaba del año, haciendo así que los trabajos en ese lugar fuesen casi un suplicio. Y ella no era quien para contradecir los mandatos de la bibliotecaria, un buitre que bastante bien cuidaba de los libros, tomando en cuenta de que era injusta. Pero nada se le podría hacer, pues Dumbledore era quien decidía sobre quien debía estar donde. Viendo que tan solo le quedaban diez minutos para perder el respeto que tanto le había costado formar, y la biblioteca estaba a unos quinientos metros –agregando que ella no era para nada buena en deportes-, empezó a correr. Y así fue por unos cinco segundos hasta que un coro de voces burlonas la detuvo. "Parkinson y compañía, justo a tiempo" pensó, antes de darse vuelta lentamente con su mejor cara de púdrete.

-¿Buscas a tu novio imaginario, Granger? Seguro que ha de estar escapando de ti, viendo lo malgeniada y desgraciada que eres. Me sorprende que no haya escapado antes.

-A diferencia de algunas, Parkinson, no necesito a un hombre a mi lado para ser suficientemente mujer. Prefiero estar sola a mal acompañada, tú entiendes. –Hermione le dio su mejor sonrisa sarcástica, antes de volverse a su camino, a un paso normal y desenfadado, aunque por dentro fuese un verdadero volcán a punto de entrar en erupción. La cara de la Slytherin se volvió un poema: desde la estupefacción hasta el odio. Ya era chisme de toda la escuela que ella era promiscua, y que la única vez que intentó mantener una relación seria, terminaron con ella. Pero que Hermione Granger, Gryffindor y la que era su antítesis, le dijese eso, era ya irritante.

-¡Vuelve aquí, Granger! ¡Te demostraré quien es la mal acompañada! ¡Reduc…!

-¡Expelliarmus! –exclamó Hermione antes de que algo sucediera. No iba a atacar Parkinson, pero las circunstancias la habían obligado a defenderse. Además, contaba con la confianza de los profesores por si alguno aparecía, aunque era poco probable encontrarlos cuando debían de estar almorzando, rodeados del bullicio del lugar.

-¡Granger, da la cara! ¡Eres una maldita Gryffindor o qué! –le espetó la Slytherin, quien se había caído hacia atrás por la potencia del encantamiento.

-Doy la cara, Parkinson, solo que preferiría no ganarme un castigo bien merecido por atacar a otra alumna en los pasillos. Así que me gustaría que dejases pasar. Aunque eres prefecta, puedo quitarte puntos si la ocasión lo amerita, así que te recomiendo que te me alejes.

-¡Eres una sangresuc…!

-Suficiente, Pansy. Creo que entendió el punto de que la odias hasta la muerte. –en la escena dramática que protagonizaban ellas dos, entro un tercer actor: Draco Malfoy. Estaba con una postura desenfadada, y con una vacilante sonrisa de lado, le dio una mano a su compañera de casa, levantándola del suelo sin esfuerzo alguno. Con el poco orgullo que le quedaba, la prefecta de Slytherin se movió hasta quedar a un lado de Draco, quien la ignoró debidamente, dando la última atención y consejo, que más pareció una orden.- Ve a almorzar, escuché que hay pudding de castañas y frambuesas. Esas frambuesas solo se dan una vez al año, así que aprovecha.

-Nos vemos, Draco. –ante la orden del chico, Pansy le guiñó un ojo para luego irse contoneando de manera sugestiva las caderas. "Tal y como una cualquiera" pensó Hermione con algo de desprecio. Después de todo, era ella quien iba a ir al baile con él, ya fuera un secreto a voces. Ella iba bailar con él la primera pieza de aquella noche. Iban a ser pareja. "Merlín, Hermione. ¿Qué estás pensando, muchacha?" Hermione, ignorando lo que había estado pensando hasta hacia solo un instante, tomó sus libros con más fuerza, y empezó su rumbo hacia la biblioteca, otra vez.

Y lo habría hecho si Pansy Parkinson no hubiese pensando en una venganza algo mediocre: todos los libros que había tenido entre sus brazos salieron despedidos en diferentes direcciones, de una manera demasiado suave y casual como para que llamara la atención, pero demasiado inusual como para que no se diera cuenta ella misma de que no era casualidad. Ella era todo menos descuidada con los libros. Dando un suspiro, se agachó a recoger los delicados libros que estaban desperdigados por el suelo. Uno a uno fue formando una pila prolija de estos, los cuales eran suficientes como para cansar la mirada del más fuerte. Pero ella era Hermione Granger, y lo más normal era llevar esa cantidad de libros, aunque fueran incómodos y pesados.

Despotricaba contra las Slytherin de cabellos negros y mentes huecas cuando una mano nívea se posó delante de un libro suyo, que estaba a dos metros de ella. La mano, de uñas perfectas y bien cuidadas, dio paso a un brazo esbelto, que dio paso a un cuerpo torneado y una persona indeseada. Quien más sino Draco Malfoy, quien tenía una sonrisita en los labios, mas no la burlona de medio lado, sino una de cordialidad y expresión, como si le divirtiese que ella estuviese en esa situación. Hermione frunció el ceño, molesta de que él se estuviese burlando de ella. Levantando el mentón, siguió ordenando ella sola sus libros. Malfoy y su buena voluntad con los desgraciados podían irse al retrete y tirar de la cadena sin problemas, por ella perfecto.

-Si sigues a ese paso nunca lograras cargar con tus libros. –escuchó decir a la suave voz de Draco, que le indicaba algo con desinterés, aunque sus palabras y gestos no dijesen lo mismo. Cuando Hermione se dignó a darle siquiera una mirada, vio que él la mirada directamente y sin ningún tipo de pudor. Ella se ruborizó, y notó lo que él decía. Había estado tan concentrada en sus pensamientos –otra vez- que no se había dado cuenta de que hacía diferentes pilas de dos libros cada una, dando por consecuencia de que le iba a ser más lento el hacer una pila y levantar todos los libros.

Viéndolos atentamente, se preguntó cómo había llevado esos pesados libracos en sus brazos y sin notar cansancio. Pero si sabía que no iba a llegar a la biblioteca sola, por lo menos no llevando todo lo que traía. Suspiró pesadamente, pues ni con un hechizo podría hacerlo. Tal vez usando un Wingardium Leviosa, pero tendría que hacerlo de uno en uno, y la menor desconcentración haría que todos cayeran estrepitosamente al suelo, lo cual no era una opción. Además, a Madame Pince le desagradaba –por no decir que odiaba intensamente- que usaran magia en sus preciados libros. A veces Hermione se preguntaba cuántos años tendría ese buitre de Pince, y cuando dimitiría del puesto.

-Te ayudaré a cargar tus libros, Granger. –la voz de Draco la sacó de su ensoñación. Merlín, si seguía divagando estaría oficialmente perdida entre sus pensamientos y la realidad.- Vas a la biblioteca, ¿no es así?

-Así es, Malfoy. Pero no es necesario que lo hagas, además de que no me has pedido permiso para acompañarme. –le pilló Hermione, viéndole inquisitivamente. Se daba perfecta cuenta de que Draco Malfoy nunca pedía permiso o perdón, sino que ordenaba tal cual como un príncipe. Y eso simplemente le exasperaba.

-Además de que nunca pido permiso, ni a ti, ni a nadie, se ve a kilómetros que tú necesitas ayuda para llevar todos tus libros. No sé en qué piensas cuando cargas tanto peso, pero así sacarás músculos. Al menos así no estarás flácida. –se burló él. A la chica los colores se le subieron a la cara, principalmente por la furia, seguidamente por la vergüenza. ¿Quién era él para decirle eso? Definitivamente no era su amigo, ni nada parecido como para que se diese esas libertades con ella.

-Está bien. Me ayudarás a llevar los libros, pero espero que esto no sea alguna deuda que luego tenga que saldar, ¿no? –Hermione era orgullosa pero no era tonta. Sabía que necesitaría ayuda, y él se había "ofrecido" voluntariamente, así que su orgullo, sobretodo el Gryffindor podía quedarse intacto.

-Claro que no, Granger. Tan solo debes ir de buen talante y elegante al baile. –le dijo con simpleza, ahora tomando los libros, la mitad entre sus brazos y la otra mitad desparramada en el suelo.

-Supongo que eso era lo mínimo que podías pedir. –suspiró ella, imitándole y alcanzando los libros que quedaban. Con la fuerza que poseía Malfoy, lo que antes a ella le demandaba esfuerzo, en sus brazos parecían ligeros. Frunció el ceño ante la diferencia. Conocía perfectamente que la genética que los chicos y las chicas eran diferentes, ¿pero era normal ese contraste tan enorme entre ambas musculaturas? Draco le habló, y al escuchar su voz, se devolvió inmediatamente a su rostro. El prefecto de Slytherin parecía… contento. Como si le satisficiera estar allí. "Hermione, ya empiezas a ver cosas".

-No creas. Es una obligación. Preferiría que tomases en cuenta mis consejos, ya que no confío mucho en tu capacidad de moda y combinar colores.

-Pues Malfoy, entonces si te preocupa tanto que me vea lo suficientemente elegante y perfecta como para que me vean junto a ti, bien puedes ir y pedirle a otra chica que vaya contigo. No entiendo aún porque te empeñas en que yo sea tu pareja cuando traes loco a medio Hogwarts, y si se los pidieras, irían gustosas y complacientes. –el ceño que antes estaba ligeramente fruncido por la incomprensión, se acentuó luego de haber dicho esas palabras. "Malfoy estúpido, él y toda su elegancia".

-Ese es el punto. Complacientes. Son aburridas en sobremanera, y la única manera de mantenerme despierto va a ser que tu estés conmigo. Por alguna razón, dices cosas tan lógicas y a la vez disparatadas, que no puedo dejar de asombrarme, si quieres sinceridad. Ahora, tampoco pienso siquiera ir con un esperpento, así que quiero que vayas lo mejor arreglada posible. Espero que ya hayas encontrado un vestido que te vaya bien, o si no yo deberé buscar uno acorde a ti. –"Esperen, ¿me ha dicho que yo soy… lista e interesante?" Era una manera de decirlo, y era extraño, pero Hermione de alguna manera se sentía halagada.

-Ya he encontrado uno, muchas gracias. –ironizó Hermione, aún impresionada por la extraña manera de definirla anteriormente. Pero no iba a dejar que viese lo que sentía, como… gratitud por decirle eso.- ¿Entonces me necesitas para mantener tu interés en la fiesta?

-Puede decirse así. –Draco se encogió de hombros, ya levantándose e hincando una rodilla en el suelo.- Pero más bien, eres la única que va a decir algo de un humor sarcástico e hiriente, y yo me reiré… seguramente. Cómo habrán decorado, cómo bailan las parejas, cosas así. Eres malvada, Hermione Granger, y eso es un punto a tu favor, desde el punto de vista de un Slytherin.

-Pues si yo soy una Gryffindor malvada, tú has de ser un Slytherin humilde. –le contestó Hermione, sonriendo ante lo que ambos decían. Se insultaban, pero de una manera sutil, siendo divertido. Y eso le encantaba.

-Bien dicho. –con un gesto se retiró el cabello de la cara. Era un gesto tan natural y la vez tan coqueto, que la hizo curiosa. "¿Por qué lo hace? Para conquistar chicas, claro. Pero yo no soy una chica que le interese, entonces, ¿Por qué lo hace?".

-Malfoy, ¿Por qué te quitas el cabello del rostro así? –ante la pregunta de la castaña, Draco inclinó su cabeza en un gesto que era, otra vez, tan natural y coqueto. Hermione, que ya estaba de pie, impulsándose rápidamente, empezó a caminar a paso medianamente lento. El chico la siguió, hablando y revisando los libros a la vez.

-¿Cómo así?

-Así. –y con un gesto algo forzado, elevó una mano elegante y mecánicamente, retirando un pequeño mechón de los suyos, volviendo a su postura original. Y encontrándose de vuelta con una sonrisita contenida de Draco, quien la veía casi conteniendo una carcajada.- Además, ¿Por qué estas de tan buen humor? Generalmente no te diriges con buena disposición a las hijas de muggles.

-Pues, seguramente me he levantado con el pie derecho, o Theodore me ha dado una poción para la felicidad, o algo así. No lo sé, simplemente sé que debía hablarte, ayudarte con tus libros. Sinceramente, dabas algo de lástima allí tirada en el suelo, en busca de tus libros. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, si te lo preguntas. Y respondiendo a lo del cabello, yo no lo hago así. Es natural en mí que el cabello me incomode cuando cae encima de mis ojos, así que no me queda más remedio que retirármelo, y le tengo demasiado cuidado como para que un manotazo sea el que lo quite.

-¿Y sabes que eso es un imán para las chicas con poco coeficiente? –preguntó Hermione. Si tenía la suerte de que Malfoy le respondiese todas sus preguntas, ella iba a poder saberlo todo, igual como siempre quiso. Aunque, con suerte o sin ella, lo habría intentado de todas maneras.

-¿Y tú como lo sabes?

-Me gustaría saberlo. –Hermione utilizó el sarcasmo en esta ocasión. Hizo una falsa expresión de pensarlo detenidamente, y siguió hablando- Creo que el que las chicas hagan ríos de salivas cuando pasas delante es un factor importante y detonante. También el que haya un coro de suspiros cuando le guiñas el ojo a una de ellas (no se quien, no me lo preguntes, Malfoy) tiene que ver.

-Pues, sí. Me doy perfecta cuenta de que todas y cada una de ellas me quiere prestar atención, de que todas quieren que yo las elija y luego compartamos saliva en un candente beso a vista y paciencia de todo el mundo. Pero, ¿sabes qué? –Le dijo, haciendo un tono de confidencialidad que no era para nada necesario, pero al cual se unió también ella.- Las prefiero difíciles. Cuando por fin establezca una relación seria va a ser con alguien que no tan solo me guste, sino que también ame. Por eso es complicado.

-¿A qué te refieres con complicado?

-Pues, además de amar a alguien (lo cual es ya la parte complicada, Granger) el amor de los Slytherin es complejo. Lo dan todo, de manera implícita, y no sobrevivirían sin su pareja, haciendo que estén juntos hasta la muerte misma, obteniendo de paso la mano de la escogida. Como casi todos en esa casa tenemos prometido nuestro matrimonio desde pequeños, evitamos amar a alguien, pero sucede, y ahí es cuando los problemas de familia empiezan. Se supone que no he de hablar de esto, pero por ejemplo, mi tía Andrómeda se casó con un muggle y se fue de la familia simplemente por amor. Ella era Slytherin, y él era un hechicero hijo de muggles. Se enamoraron, y ella lo dejo todo por él. Pero todo termino bien, y ambos viven como una familia feliz.

-Es algo… hermoso. No sabía que ustedes los Slytherin podían ser tan sentimentales. Como generalmente no se ven parejas reales… -y así era. En la casa de las serpientes, lo más común era que todas las relaciones, o eran de amistad, o eran demasiado ligeras como para ser incluso relaciones sentimentales. El corazón de Hermione pareciera que tuviera un coro triste de voces y violines, imaginándose todo el entregado amor de los demás, pero aterrizando en la realidad de golpe.

-Lo evitamos. –Respondió algo parco, pero explicando luego, para que Hermione entendiese a lo que se refería.- Es doloroso cuando debes escoger familia o amor, ya que siempre eliges el segundo. Puede romperte el corazón a miles de trocitos cuando te dejan, o te son infieles. Por eso es tan inusual. Hay rumores de que los Slytherin son promiscuos, y es así, pues evitan a toda costa el enamorarse, pero necesitan (por lo menos la mayoría) que alguien este a su lado en la noche.

-¿Y tú, piensas enamorarte algún día?

-Preferiría no hacerlo, no es algo que se planee, pero me gustaría enamorarme de mi futura esposa.

-¿Seguirás tu compromiso? –la voz de Hermione denotó tristeza. Ella de verdad esperaba que hubiese cambiado para bien, pero obviamente la mente y educación de Draco Malfoy era más fuerte que todo.

-No tengo otra opción. ¿Recuerdas cuando ayer te dije sobre el pacto que hice con mis padres? –la cabeza rubia del chico giró unos grados para verla, quien estaba derecha y veía fijamente al frente.

-¿El de voluntad versus galletas y dulces? –Dijo ella, evaluando la expresión de su compañero por el rabillo del ojo.- Sí, lo recuerdo.

-Pues, digamos que no fue solo palabras, o un contrato firmado. Fue magia. –ante eso, la respiración de Hermione se volvió irregular, hasta que volvió a su cauce normal. "Sus padres… no les importó nada con tal de cumplir su retorcido cometido, hasta su propio hijo".

-¿A qué te refieres? ¿Te hechizaron tus padres? –la cara de Draco se frunció para dar un bufido de incredulidad, como si lo dicho fuera obvio, y no necesitase comprobación.

-Querían asegurarse de que yo no los traicionaría, así que me hicieron un tipo de variante al Juramento Inquebrantable. –Si el juramento en sí era tan malo, pues morías si lo incumplías, ¿Cómo sería la variante aplicada?- En vez de darme muerte, este juramento no va a cambiar a no ser que yo lo quiera de verdad, que yo quiera en medida desmedida el cambio. Tanto… que me mataría si no lo tuviera. –La voz de Draco se transformó a un tono de melancolía, como si estuviese triste, pero que ya se hubiera dado por vencido, siendo un soldado derrotado, viendo la posibilidad de victoria demasiado lejos de sus dedos como para buscarla- Pero como eso es imposible, es un camino sin salida.

-¡Por supuesto que no! –exclamó Hermione. Draco la vio, con su expresión derrotada en el rostro, y eso cambió a sorpresa. La faz de Hermione Granger era de puro poder y energía, dándole a si mismo algo de ánimo.- ¡Buscarás otras maneras, hasta las imposibles, para poder terminar con todo esto! ¡Te está destruyendo poco a poco, y cuando termine, no tendrás nada para dar! ¡Es tan… injusto!

-Nadie dijo que la vida es justa, Granger. Mucho menos conmigo. Tal vez en tu mundo Gryffindor de valentía y finales felices todo sea justo, pero en mi vida, desde que recuerdo, nada ha sido justo. La vida no es para nada justa, y espero que lo aprendas bien. –Draco se burlaba de lo que había oído de Hermione, siendo una tontería para él.

-Pues si no es justa, hay que pelear por la justicia, sobretodo contigo mismo. ¿Es justo que tus padres te arrebataran la voluntad de vivir en tu infancia? ¡No! ¿Es justo que ahora tú estés como alma en pena por eso? ¡No! ¿Es justo que ahora no puedas hacer nada al respecto, que tu destino no te de ganas de vivir tu propia vida? ¡No, para nada! La justicia no es algo que se da, sino por lo cual se pelea hasta perder el aliento. Debes buscar una razón lo suficientemente fuerte como para desligarte, lo suficientemente poderosa para pelear sin desertar. La encontrarás, tan solo debes esforzarte, sin dar el brazo a torcer. –la energía de Hermione apenas llegaba a tocar la fría y alejada mentalidad de Draco, al igual que su cerrado corazón a la esperanza. Pero lo llegaba a rozar, y eso era suficiente.

-¿Y cómo, si yo soy un Malfoy? –se volvió a burlar él, pero en el fondo reconfortado por la completa confianza que en el depositaba la castaña. Generalmente nadie confiaba en él, nadie y sin dar ninguna excepción. Ni sus amigos, ni su disminuida familia, ni siquiera el mismo. Y ahí estaba ella, dándole a ver que no todo estaba perdido, y que podía forjar su propio camino. ¡Merlín, tenía dieciséis años, aún era joven y tenía corazón!

-Precisamente. He oído decir que los Malfoy no se dejan mandar por nadie que no sean ellos mismos. Tú no eres la excepción a la regla, de eso estoy completamente segura. Me encargaré de hacer eso. –La sonrisa de Hermione, a la vez que caminaba de espaldas y sin darle la espalda en ningún momento, le decían que lo que escucharía no sería nada que le agradara.

-¿Cómo?

-Pues, como tus padres no tienen ningún control sobre tus sentimientos y emociones, aún tenemos algo. –Ella se acercó, viéndole fijamente, con una chispa de diversión al fondo de sus candentes ojos oscuros.- No por nada soy Hermione Granger, pensadora de ideas perfectas.

-Y fogata enorme de esperanzas andantes, hay que agregar. ¿Estas segura que no has salido de una tarjeta de buenos deseos muggle? –dijo él, cansado ya de tanto parloteo de Hermione ante los planes que ella forjaba, totalmente convencida de que iban a funcionar, y no es que no tuviera fe, pero Draco simplemente no se quería desilusionar luego.

-Pues, seguramente. Nunca me he concentrado en lo peor que podría llegar a ser, sino en lo positivo y la experiencia que puedes sacar de todo esto. –habían llegado a la biblioteca, ambos frente a frente, y hablando sería y relajadamente como cualquier otra pareja de alumnos, pero que trataban un tema tan delicado como lo era él. Seguían viéndose directamente a los ojos, con expresiones y sensaciones a flor de piel, para sorpresa de Draco.

-Y en mi caso, ¿Cuál es la parte positiva? –le retó, a lo que ella respondió sin ninguna dificultad.

-Tener compañeras de escuela que aún siguen creyendo en las esperanzas que todos pierden en la niñez, demostrando espíritu Gryffindor. –Hermione tomó sus libros de los brazos de Draco, y ya teniéndolos en sus manos, se dio la vuelta hacia la puerta de la biblioteca, dejando ver su cara en una expresión de disgusto.- Madame Pince hará una sopa de Hermione Granger por no llegar a con los libros a tiempo. Deséame suerte.

-Suerte, supongo. –Draco se encogió de hombros, pero Hermione sabía que sí le estaba deseando suerte para no ser convertida en sopa de alumna de Hogwarts. Ella rió ante el gesto tan contradictorio del muchacho, pero inmediatamente, y con una sonrisa, le habló.

-Nos vemos a las ocho menos cuarto en la punta derecha de la escalera que lleva al vestíbulo, viendo desde las escaleras. No llegues tarde, o te perderás del espectáculo.

-Ni un solo segundo, señorita Granger. –ella bufó ante su catalogación, pero no pudo evitar seguirle el juego: estaba de un sano buen humor, que hacía que todo lo encontrase divertido y de buen talante.

-Pues le espero impaciente, señor Malfoy. –y, dándole un casto beso en la mejilla, ingresó a la biblioteca, muy risueña.

Draco, luego de verla desaparecer por la puerta, se dio media vuelta, y empezó a caminar lentamente, tocándose de vez en cuando la ardiente mejilla. Que cuando pensaba en la enorme y radiante sonrisa de Hermione, junto a su expresión y felicidad y viveza en sus ojos marrones, se encendían, mostrando lo que sus palabras nunca dirían. Había besado a muchas chicas antes, y en candentes besos en labios, casi tocándose las amígdalas del otro, como sabía que ella lo catalogaría. Entonces ¿Por qué ella era diferente? ¿Por qué todo con ella todo era diferente? Tal vez era Gryffindor, y eso lo explicaba todo.

O tal vez él estaba cambiando, sin darse cuenta verdaderamente, y por eso el mundo se le antojaba diferente y mucho más alegre que lo normal. Estaba cambiando, y por esa altruista de Hermione Granger.

No lo sabía, pero ninguna de las dos opciones excluía a la otra. Simplemente, ella era Hermione Granger, y no había duda de que lo estaba trastornando. ¿Para bien o para mal? No lo sabía a ciencia cierta, pero tampoco quería saberlo. Ambos se caían bien, y ella le apoyaría. Con eso le bastaba. Con que ella estuviera para él le bastaba por siempre.


Hola a todo el mundo. Me tardé más que en crear el primer capítulo, pero supongo que les gustará el resultado. Decidí dividir el Baile en sí en tres partes: I, II y III. Son sobre las diferentes partes de introducción, desarrollo con el clímax y desenlace. Van a ser cinco capítulos (y si recibo suficientes reviews me animo a hacer un epílogo.

Agradecimientos a:

Despidiéndose en esta edición de "Baile de Navidad",

Casey Malfoy (reconocida internacionalmente como SeleneCassiopeiaMalfoy)