Risorgimento

(Italia x Romano)

Disclaimer: Axis Power Hetalia ni ninguno de sus personajes me pertenecen. Todos son parte de Hidekaz Himaruya y los libros de historia en que me basé para hacer los datos históricos xD. Yo sólo hago esta historia sin fines de lucro y a pura diversión personal.


Capítulo 2: Enfrentamientos dolorosos

Si había alguien que de seguro sabría el paradero del mayor de los Italia, ese era Feliciano. Y aunque odiara tener que ir donde se encontraba aquel austríaco debía ir. Por Romano.

- Iré sin escolta. – Clamó mientras vestía sus ropas militares tradicionales, ante la mirada absorta de la armada.

- P-Pero señor… va a ir a territorio enemigo. No puede ir solo…

- ¡Dije que iré sin escolta, soldado! – No era común ver al español enojado, por eso cuando lo estaba todo el mundo le temía. Al haber tomado consciencia de la reacción de los suyos por su culpa, el moreno tomó aire y exhaló con tal de tranquilizarse.

- Lo siento… Por favor, quiero ir solo. Entiéndanme.

- Lo entendemos señor. ¡Firmes! ¡En fila! – El general aulló y el resto de los soldados adoptaron la postura indicada, mientras veían a su jefe marcharse en dirección al este.


Una figura se encontraba barriendo la entrada de la casa, mientras un joven de aspecto aristocrático se encontraba sentado a la mesa tomando café con pasteles, observándolo mientas limpiaba. Aquél jardín tan extenso era perfecto para disfrutar de aquel descanso. Debía agradecerlo al territorio tan fértil de Italia.

En eso el menor se distrae por el sonido de alguien que se acercaba con velocidad, reconociéndolo en el acto.

- ¡España nii-chan! – Llamó el italiano con una sonrisa, mientras detenía los movimientos con su escoba. A un lado, el pelinegro gruñó ante la sola mención de aquél nombre, pero no se movió de su lugar.

- Ita-chan – El rostro del recién nombrado era serio, sin la acostumbrada sonrisa llena de jovialidad y frescura que desprendía cuando veía a alguno de los hermanos italianos. Su voz sonó vacía… y fría, extrañando a Italia.

- ¿Qué ocurr-? ¡Kyaaa! – Pero fue interrumpido por el español que lo tomó de los hombros, casi agresivamente. Italia tembló por inercia, soltando la escoba que cayó ruidosamente, pero frunció el seño con cierto grado de molestia. ¿Acaso todos tenían la misma costumbre de ser así? Ahora sabía de dónde había aprendido Romano esos arranques.

- ¿Dónde está?

- ¿Eh?

- No es momento para juegos Ita-chan, sabes muy bien de lo que estoy hablando. Dímelo, ¡en dónde está Romano!

- ¡M-Me haces daño! – Ante aquella reacción de dolor de parte del italiano, el austríaco se levantó de su asiento, adelantándose y separando a ambos de aquél forcejeo, quedando en medio de ellos. Italia se cubrió del español con la espalda del aristócrata. Estaba temblando de miedo; jamás había visto a España así.

- Italia está diciendo la verdad, no tenemos idea de dónde está Romano. Así que ya vete y déjanos en paz. Vamos Italia. – Tomó al menor del hombro, dispuesto a llevarlo adentro de la casa, pero notó un ruido metálico provenir de sus espaldas y de un movimiento rápido agarró el pequeño cuerpo entre sus brazos saltando en el aire, logrando esquivar el ataque.

- ¿¡Estás loco? – Gritó furioso el austríaco al ver en la mano del español un hacha de tamaño considerable demasiado cerca de ellos. Un poco más y hubieran sido rebanados en dos.

- Sé que tú sabes todo sobre los Italia, Austria. Así que dime por las buenas donde está Romano, sino…

- Italia – Interrumpió, llamando la atención del menor, el cual reaccionó ante su nombre mirando al mayor que aún lo tenía aferrado a él entre sus brazos – Entra a la casa, yo me encargo de esto. – El menor dudó, a pesar de sentir que era liberado del agarre. Sin embargo no se movió. Aún le temblaban las piernas para poder hacerlo. Además temía por ellos, no quería que pelearan. - ¡Idiota, entra a la casa! ¡AHORA!

Ese grito logró despertar las pocas energías que le quedaban en sus piernas, corriendo lo más rápido que pudo hacia la entrada. Austria no perdió contacto visual con el español ni un solo minuto, y cuando hubo escuchado el ruido de la puerta cerrarse con violencia suspiró un poco más relajado.

- Ahora bien… Me parece injusto que me apuntes con un arma cuando obviamente yo no traigo ninguna conmigo. Así que agradecería que la bajaras. – Aquello no era una sugerencia, era una orden y España lo había entendido así también, pero obedeció, pues a él tampoco le gustaban los enfrentamientos innecesarios. O al menos eso es lo que creyó el pelinegro cuando vio acatada su orden.

- Devuélveme a Lovino, él me pertenece.

- Yo no sé donde está y tampoco tengo la culpa de que se te haya escapado. – Dijo mordaz, provocándolo. – Debiste atarlo a tu cama si tanto lo querías.

- Escucha Austria, si no me lo entregas, yo… ¡Yo… Te declararé la guerra! – Gritó con firmeza, ante el estoico rostro germánico. Su semblante no cambió en lo absoluto, simplemente cerró los ojos, en un acto de meditación. Finalmente suspiró.

- Si eso quieres, así será… - Sentenció, dando media vuelta en la misma dirección que había tomado anteriormente el italiano.

Al cerrar la puerta tras de sí y mirar de reojo por la ventana pudo ver la figura española irse a lo lejos, suspirando un poco de alivio. Pero al enfocar la mirada hacia el interior de la casa pudo notar una figura acurrucada en un rincón sollozando. Al caminar hacia él pudo notar que se trataba de Italia, quien estaba aferrado a sus propias piernas, en una posición lamentable.

- Italia… - Susurró despacio, casi con ternura, pero el menor no respondía. El mayor siguió insistiendo varias veces, pero era el mismo resultado. Suspiró pesadamente.

- Italia, ya pasó. Deja de llorar. Los hombres no lloran, se fortalecen. – Fue casi con rudeza, pero Italia entendió el mensaje, así que secó sus lágrimas con la manga de su arrugada camisa, mirando los ojos violáceos del austríaco que lo tranquilizaban poco a poco. Creyó ver una minúscula sonrisa adornar el rostro masculino, pero fueron por tan pocos segundos que Italia creyó que fue sólo una ilusión. Aun así decidió creer en ese pequeño milagro.

- Muy bien, ahora levántate y arréglate. Ya es hora de almorzar.

Una vez terminado el almuerzo consistente en una olla bien grande repleta de pasta burbujeante acompañada del postre típico de Austria, Strudel de manzanas caramelizadas, ambos humanos se quedaron en silencio. Para Feliciano, que amaba la comida, aquello era simplemente delicioso. Sin embargo no pudo disfrutarlo como hubiera querido gracias al silencio que reinó durante toda la comida. Después de lo que había ocurrido con España ninguno de los dos quería empezar una conversación, y el menor de los Italia dudaba de que el austríaco le dijese alguna verdad. Pero había pasado demasiado tiempo en silencio, y no lo pudo soportar más.

- A-Austria-san… ¿Q-Qué fue lo que ocurrió… con España nii-chan? – Y lo soltó sin más con la voz entrecortada, esperando cualquier reacción que pudiera ocurrir. Pero nada. Nada de nada. El germánico lo miró por sobre sus lentes sin ni un solo cambio en su rostro. Quizás debió ver los ojos brillantes del italiano que le preguntaba con verdadera preocupación, quién sabe si por el pelinegro o por el español, o incluso por su hermano mayor; no lo sabía, pero algo hizo que se escuchara un profundo suspiro en el aire antes de escuchar la firme voz masculina.

- Simplemente me declaró la guerra.

Aquello fue un baldazo de agua fría para el menor al que se le habían contraído las pupilas, como si lo hubieran enfocado con una luz demasiado brillante y perturbadora en el fondo de su alma. No… La guerra no… Aquellos sueños de muerte y destrucción podrían hacerse realidad. ¡No quería ver ese sufrimiento!

- Per favore Signore Austria! – El pequeño territorio saltó de su lugar y se aferró del brazo de su interlocutor en un temblor involuntario, hecho un mar de lágrimas – Guerra… morte… distruzione! Non voglia! Per favore!

- Italien ist genug! – Gruñó con evidente enfado el austríaco, soltándose del agarre desesperado del italiano que por el envión yacía ahora en el suelo, con las manos tapándose los ojos llorosos. – No discutiré esto contigo. Después de todo tú eres parte del Imperio Austríaco, así que no tienes más opción que obedecer.

Con esas crueles palabras en boca del mayor, éste se retiró del lugar, dejando a un indefenso Italia con la verdad resonando aún en sus oídos.

"…no tienes más opción que obedecer."

- ¿De verdad… es la única opción que tengo? – Susurró con lastimosa voz mientras intentaba incorporarse con cierta dificultad. ¿Por qué era tan débil? Le hubiera encantado tener la fuerza de su abuelo en su sangre y poder defenderlos a todos. Poder traer paz a todos y cargar él mismo con el peso en su espalda, pero no. Siempre fue débil y eso no cambiaría. Era tan… irritante.

- Fratello, dove sei? – Susurró con angustia antes de juntar las manos y aferrarlas entre sí, dirigiendo una plegaria desde el fondo de su corazón, así como se lo habían enseñado sus superiores. Lo único útil que podía hacer ahora por todos sus seres queridos era rezar. – Que Dios te proteja, amado Lovino…


- Entendido. Reportaré a las tropas rebeldes en cuanto usted me de la señal señor – Exclamó con sumo respeto a su superior al tiempo en que le era entregado un sobre con las instrucciones de ataque y se retiraba con precaución de ser descubierto. El plan se llevaría a cabo en menos de 24 horas, en las cuales se decidiría el futuro de una mitad.

- Perfecto.

El hombre desconocido afirmó con media sonrisa en el rostro antes de desaparecer en la oscuridad. Lo único que podía resaltar de aquella figura era un curioso rizo castaño que flotaba a lo alto de su cabeza; único elemento que pudo vislumbrarse a través de un farol en medio de una calle vacía y solitaria.

El ruido de una gabardina aún resoplaba en el ambiente con tensa insistencia.


Unos cabellos dorados ondeaban al compás del viento de Venecia mientras se dirigía con seductor andar hacia la casa del ser que alguna vez poseyó por ínfimo tiempo y que le había sido arrebatado. Casi siempre iba a verlo para jugar o provocarlo con sus sexuales hábitos, pero esta vez iba por un asunto mucho más serio.

Al entrar por el portón de la casa germana encontró al joven italiano arrodillado frente a la ventana que daba con el jardín trasero a la casa en posición de rezo. Ni siquiera había notado su presencia, y a pesar de que el castaño era un ser extremadamente confiado e ingenuo igualmente se sorprendió. No era común ver al menor de los Italia en esa situación. Y de hecho, esta era la segunda vez que lo veía rezar. La última vez…

- ¿Por quién rezas Italia? – Preguntó el joven con acento francés, alertando al nombrado de su presencia.

- ¡Ah! Francia nii-chan… Hace tiempo que no te veía. – Saludó tratando de lucir normal, pero las manos le temblaron un poco al separarlas de la posición anterior. – Siéntate, Austria-san no está aquí así que…

- Lo sé – interrumpió – Vengo a verte a ti, necesito hablar contigo de algo muy importante.

- ¿D-De qué quieres hablar? – Se estremeció por instinto. Últimamente todos los que le hablaban eran por el mismo tema tan doloroso para él.

- Seguramente estás enterado de la guerra civil que se lleva a cabo en las profundidades de la capital de España – El italiano tragó saliva, asintiendo levemente con la cabeza – Ese sentimiento de rebelión se está contagiando por toda Europa. Incluso ha llegado a mi país… y el tuyo está empezando a resonar.

- ¡Espera! – Gritó, sorprendiendo al francés por aquel arrebato – P-Perdón Francia, pero no quiero saber más… Yo no soy un país aún… Así que eso debes decírselo a Austria-san…

El rubio lo miró serio, casi con bronca en su mirada.

- ¿Hasta cuando pensás seguir así Italia? – Las palabras parecían escupidas. Le molestaba en exceso que el menor fuera tan dependiente. Pero éste no respondió, simplemente bajó la cabeza cerrando los ojos.

- Tu país está sufriendo. ¡Es tu gente! ¿Acaso no te importan?

- ¡Claro que me importan! Por ellos… y por mi hermano estuve rezando. Rezo por todos para que mis plegarias puedan protegerlos. Es lo único que puedo hacer. – Las lágrimas comenzaban a acumularse en sus iris doradas sin poder contenerlas mucho tiempo cayendo en finas cascadas saladas. El mayor suspiró para tomar coraje y encontrar un poco de paciencia en su ser.

- Eso es mentira, y lo sabes. – Los ojos dorados se abrieron de par en par ante aquella negación. ¡Pero si él era débil! ¿Cómo podría ayudar?

- Te equivocas Francis nii-chan…

- Feliciano… tienes otra opción. Por una vez en tu vida lucha por lo que quieres. Por aquellos a quienes amas. – Suavemente tomó la frágil mano masculina del italiano entre las suyas, en un intento de darle calidez – Lucha contra Austria, yo te ayudaré en lo que necesites.

- Yo… no sé que hacer… ¡No lo se! – El llanto se había quebrado, lanzándose el italiano en el pecho del rubio que lo confortaba en un abrazo. Sin embargo, aunque Italia no podría ver el rostro de Francia, éste se encontraba serio. Había un peculiar e inquietante brillo en su mirada que para alguien como el menor no era necesario ocultarlo, pues jamás lo descubriría.

- Piénsalo Italia. Ya es hora de que aprendas a ser fuerte, y yo puedo ayudarte a respaldarte. – Al pronunciar esas palabras separó a Italia del abrazo y se apartó hacia la puerta, en clara intención de retirada. – Au revoir petit L'Italie

Al ver la figura del rubio marcharse pensó con detalle aquella propuesta que le hizo, pero realmente no sabía qué decisión tomar. Así que resolvió entrar y recostarse en su habitación. Ese día había sido demasiado largo para él.

Por su parte el francés pensaba en el castaño y en si había sido realmente convincente al "ofrecer" su ayuda. Claro… todo tenía su beneficio. Después de todo él no era un hombre de caridad, y en la situación actual que vivía Europa debía aprovechar cada oportunidad que se le presentara, aún si tuviera que utilizar a pequeños y adorables peones para ello.


El moreno aún se encontraba dando vueltas por todo el territorio sureño, hablando con los habitantes o los comerciantes. Incluso recorrió un poco la frontera con el norte, ya que el sur le guardaba rencor. El sentimiento de rebelión contra su nación se estaba expandiendo como una enfermedad virósica. Muy pronto podría ser demasiado peligroso, especialmente por la formación de grupos secretos, de los que ya tenía pleno conocimiento por la propia situación de su país.

Llegado a un punto en que no había avanzado ni siquiera un poco en su incansable búsqueda, el español se sentía desesperanzado y agobiado. ¿Por qué Romano desaparecería así, sin más, después de haber hecho el amor con él?

- ¿Acaso soy tan malo? Pero… nunca nadie se quejó… - Meditó medio en broma, medio en serio con una sonrisa fingida, tratando de entender el comportamiento de aquel italiano tan cambiante.

Mientras iba caminando sin rumbo real pensando en lo anteriormente planteado, no resaltó en la presencia de un grupo de hombres que se acercaba en su dirección. Y cuando fijó la vista pudo ver aquél rizo tan característico de su amado castaño.

- Te encontré…

- ¡Romano! Por fin te en- ¿eh? – Aquel arrebato de alegría fue detenido por un caño metálico que lo apuntaba en el medio de sus ojos. La mirada helada del italiano lo perturbó.

- Lovino… ¿Qué significa esto? – Susurró con la voz más débil que jamás había pronunciado. Italia del Sur estaba apuntándolo con un arma de lleno en el rostro, seguido de varios hombres de negra vestimenta tras su espalda.

- Quiero ser libre Antonio…

El ruidoso choque metálico de la espada contra el suelo producto de aquella dolorosa confesión lo hizo entrar en la cruda realidad que se negaba rotundamente a aceptar. Lovino Vargas reclamaba su independencia.

- Por qué… ¿¡Por qué! ¡Si siempre he cuidado de ti! Te di todo mi amor, ¿¡y así me lo pagas?

Por un leve momento el italiano titubeó al ver el rostro tostado mirando con dolor hacia el suelo y conteniendo a éste con sus puños, pero en ese mismo instante recordó sus traumáticos sueños, haciendo que la duda se desvaneciera y apuntando nuevamente y con firmeza hacia adelante, con los dedos índice y medio apoyados sobre el gatillo. Una mínima provocación de sus instintos y sabía que lo apretaría.

- No tengo nada que agradecerte. Tú y Austria nos separaron a mí y a mi hermano menor. Todo lo que has hecho fue a causa de tu propia satisfacción personal y egoísmo. ¡Estás obsesionado con poseer Italia! – Y eso no fue un simple reclamo. La pura verdad era que España quería todo el territorio para él, y Romano era sólo un pedazo, una posesión más producto de sus caprichosos deseos. Los ojos verdes del español no daban crédito a aquella fantasmal imagen.

- ¡Es mentira! Tú sabes cuánto te amo, siempre te lo demostré. ¿Por qué ahora dices todo esto? – Estaba consternado. Su amor, aquél que se había entregado a él en cuerpo y alma ahora venía y lo enfrentaba con palabras hirientes y miradas frías como el mismo hielo. Tanta indiferencia había en los ojos ajenos que no pudo encontrar en ellos la mirada del italiano del que se había enamorado. No, ese que estaba frente a él no era Romano. Su Romano jamás actuaría así. No el Romano con quien hacía pocas horas había hecho el amor.

- No… Tú no eres Romano… ¡Él jamás haría esto!

- ¿Ah? Sé que estás mal de la cabeza, pero no creí que también fueras tan estúpido. – Las mordaces palabras le quemaban en la lengua, pero era necesario. Debía entender que ya nada sería como antes. – Yo soy el país representado por Italia del Sur. Mi nombre es Lovino Vargas. España… en este preciso instante me declaro independiente de ti. – Sentenció, bajando el arma pero sin bajar la guardia. No aún.

- Eso jamás lo permitiré. Tú eres parte de mí, no puedes evitarlo.

- ¿No lo entiendes aún? Ya lo hice… - Con aquellas últimas palabras, el italiano dio la vuelta siendo protegido por su escolta personal, desapareciendo de aquella bizarra escena.

- No… jamás… jamás serás libre. ¡JAMÁS!

En un remoto lugar de la capital española, el tenso ambiente del castillo resoplaba por todos los rincones y anhelaba escapar de ahí. El sentimiento de dolor y traición era demasiado fuerte, incluso para sus propios habitantes que se encontraban inquietos. El jefe de la casa se encontraba de pésimo humor y quienes lo pagaban caro eran sus subordinados.

- ¡No me importa! – Era la décima vez que Antonio gritaba lo mismo ante las insistencias de su armada en no provocar más guerras, según ellos "sin sentido". ¿Cómo no podía tener sentido el deseo de mantener a Romano a su lado? Aún contra su voluntad, no, eso también iría a cambiar. Volvería a lograr tenerlo para él y sólo para él. Y la guerra declarada a Austria ayudaría en eso.

- ¡P-Pero señor! Ya hay demasiados gastos y bajas en la guerra civil que nos invade. Más guerras… Usted no podrá soportarlo… Todos… uhm… - El soldado tenía miedo de continuar al ver la mirada fría del moreno, terminando por callar su declaración.

- Yo soy lo suficientemente fuerte para poder derrotar por mí mismo a Austria. Ese sujeto no tiene aliados poderosos ya que todo el mundo lo odia. – Y en eso tenía razón, ya que las principales potencias buscaban obtener su territorio por medio de la más mínima provocación. – En cuanto a Ita-chan… - Meditó cerrando los ojos. Si Italia se declaraba independiente estaría en graves problemas, porque Romano tendría la motivación necesaria para poder continuar con su absurdo deseo. Y esos dos seguramente arrastrarían al menor de los Italia en sus propios caprichos egoístas. Definitivamente debía derrotar a Austria sin que Italia gane su independencia. Si todo marchaba bien sería el dueño de toda la península.

Por su parte los soldados no podían creer el cambio de su capitán por sólo un pedazo de país. Si bien no era desconocido para ellos la devoción de éste por Romano, ese cambio de carácter tan frío y casi despiadado para con el deseo de guerra era algo nunca visto. Tenían un mal presentimiento de todo esto.

- Ninguno de ellos sabe con quién se metieron. Aún sigo siendo una potencia. La guerra civil se solucionará en cuanto se capturen a todos los rebeldes. Ese sentimiento está contagiándose por toda Europa, y mi deber como país es cortarlo de raíz en el mío. Ahora… - Giró la vista hacia cada uno de los soldados de forma rápida, pero penetrante. – Quien quiera irse, puede hacerlo ahora. Después no habrá tiempo de arrepentimientos. Sólo quiero gente fiel a mí, pase lo que pase.

Varios soldados tragaron saliva ante esa declaración tan firme y demandante, pero afirmaron todos al unísono hacia su señor. Nadie huyó. Esto provocó la sonrisa natural del español.

- Muy bien, entonces… hay que prepararse.


Acá está el segundo capítulo de esta historia que cada vez me gusta escribir más. En este capítulo entra en escena el carácter yandere de España y la manipulación de Francia con Ita-chan. ¿Austria querrá proteger a Italia de todo esto o sólo es uno más que quiere usarlo a su favor? De a poco se va a ir revelando todo. Y para toda la gente hermosa que me dejó reviews, muchas gracias! No se preocupen que esta historia va para largo y no la pienso abandonar, así que pierdan cuidado. Y también todos eligieron el Itacest como OTP, así que seguiré ese camino.

Les dejo como siempre el diccionario con ciertas frases en varios idiomas.

Trataré actualizar con cierta frecuencia, por lo menos de 15 días. Igualmente si tardo sean pacientes que sí o sí tendrán su capítulo nuevo.

Espero sus reviews!

Saludos~!


Diccionario:

Per favore Signore Austria!: ¡Por favor señor Austria!

Guerra… morte… distruzione! Non voglia! Per favore!: Guerra… muerte… ¡Destrucción! ¡No quiero! ¡Por favor!

Italien ist genug!: ¡Ya basta Italia!

Fratello, dove sei?: Hermano, ¿Dónde estás?

Au revoir petit L'Italie: Hasta pronto, pequeño Italia.