Risorgimento
(Italia x Romano)
Disclaimer: Axis Power Hetalia ni ninguno de sus personajes me pertenecen. Todos son parte de Hidekaz Himaruya y los libros de historia en que me basé para hacer los datos históricos xD. Yo sólo hago esta historia sin fines de lucro y a pura diversión personal.
Capítulo 3: Decisiones
Nunca creyó que España tardara tan poco tiempo en arremeter en su contra, pero eso tan sólo le daba la pauta de que por fin lo había tomado en serio. Prueba de todo esto era su cuerpo que de a poco presentaba leves marcas, signos de violencia contra su tierra. Aunque en el fondo de su corazón no quería luchar contra él, sabía que todo esto tenía sentido si ganaba la libertad de unificarse junto a su hermano menor. Ese solo pensamiento lo motivaba a no decaer y a formar una creciente voluntad de lucha, aún en contra de su naturalmente débil espíritu italiano. Pero esa lucha por su ser más importante también formaba parte de ese espíritu, así que sentía que las cosas tarde o temprano se equilibrarían.
Por enésima vez fue sacado de sus pensamientos por un pelirrojo participante de la mafia. Parte de los rebeldes habían hecho un trato con esta "organización independiente" con tal de obtener protección y armamento, y a cambio éstos podían comerciar libremente por los límites de las fronteras sin tener ninguna preocupación. Un verdadero desastre, pero necesario al fin.
- ¿Entonces eso es todo? – La voz poco disimulada de enfado del italiano hacia los miembros de aquella reunión secreta resonó gracias al techo de metal de aquella casona escondida cerca de los volcanes del sur. Nadie como Lovino Vargas para conocer a la perfección la "anatomía" de su territorio, a pesar de que legalmente le pertenecía a España. El castaño se llevó una mano al pecho, arrugando con su puño el traje marrón que llevaba puesto a la altura del corazón. No sólo le pertenecía por papeles, sino también su cuerpo tenía su marca. Pero eso pronto también desaparecería.
Aquello sólo había sido un acto de amabilidad de su parte, o eso es lo que quería creer. Sin embargo al pensar en ello su corazón aún dolía.
- Entonces haremos una emboscada por esta zona, rodeando las tropas que se encuentran en la frontera – Declaró un soldado mientras apuntaba con una vara en un mapa indicando el lugar. Romano y el resto asintieron. Después de arreglar los últimos detalles se marchó por la puerta de atrás. Debía buscar su equipo militar y las armas. De verdad las necesitaría.
Habían pasado unos días luego de enterarse por parte de Austria que España y Romano estaban en guerra. Al principio Italia había reaccionado con lágrimas como siempre lo hacía, pero de a poco se fue calmando, y lo único que se lo veía hacer cuando no comía o dormía su siesta era rezar, como ahora lo hacía cerca de la ventana. Últimamente ese era su lugar favorito, ya que desde ahí tenía amplia vista del cielo y podía dirigir a él sus plegarias libremente. Aunque sea lo único en lo que realmente tenía libertad.
Estaba tan ensimismado en su labor que no escuchó el ruido de la puerta abrirse tras de él.
- Hey Italy, ¿Vas a estar todo el día así? – La voz demandante hizo que el italiano saltara en su lugar. Al dar media vuelta el rostro algo desorientado pudo comprobar la figura conocida de un rubio de ojos verdes y brillantes frente a él.
- U-Uhm… I-Inglaterra-san… - Susurró con poca voz, temeroso. Después de todo el país inglés era una más de las potencias y no había tenido muy buena suerte con él en cuestiones políticas. Ya era su reacción natural.
- Al menos sírveme un poco de té, ¿No? ¿No eres un sirviente? – Espetó al verlo con esa vestimenta extraña que llevaba desde hacía años.
- ¡S-Si! – El menor corrió hacia la cocina mientras el rubio tomaba asiento a la mesa del comedor. En unos pocos minutos ésta estaba servida con un té de hierbas en fina vajilla con algunos pasteles y galletas dulces.
- L-Los hizo Austria-san, así que de seguro saben deliciosos – Trató de sonar convincente ante el inglés que lo miró de forma extraña por el comentario. El menor tragó saliva. Parecía que lo estaba examinando, sintiéndose realmente incómodo. Trató de no temblar ni delatarse con el ruido de la bandeja en sus brazos ante ese gesto perturbador pensando que podría desatar algo, pero no ocurrió nada. Simplemente Inglaterra se sirvió unas galletas y probó su té. Al parecer estaba delicioso, pues el rubio había sonreído de lado por unos segundos.
- Debemos hablar – El menor prestó atención al ver que el inglés dejaba a un lado de la mesa la taza, preguntándose por dentro de qué querría hablar una potencia con alguien como él – Estoy al tanto de la situación de Italia Romano.
Los músculos del menor se tensaron ante el nombre de su hermano en labios ajenos. Al creer que su cuerpo no resistiría dejó la bandeja en la mesa y tomó asiento frente al inglés sin esperar ninguna respuesta o reclamo por esto, ya que aún permanecía con su vestido y posición de sirviente.
- Y-Ya veo…
- Tú no podrás hacer nada para ayudarlo, ni siquiera rezando. – Los ojos ambarinos brillaron de impotencia, apretando con sus blancas manos hechas puños la falda del vestido. Sabía que no era una verdadera ayuda para él, pero no podía hacer nada más. – Sin embargo yo puedo ayudar…
Las palabras quedaron flotando en la mente del italiano.
- ¿¡Cómo? – Era la primera vez que el menor no titubeaba para hablarle a Inglaterra. Incluso levantó la voz demostrando el grado de preocupación que tenía por su fratello.
- Puedo darte mis tropas y mi protección, y tú lucharás contra Austria. – Las pupilas se encogieron ante aquello. No, no de nuevo. ¿Por qué todos querían que él luchara contra Austria? ¿Por qué tantas ansias de lucha? – Y a cambio tú deberás ayudarme en todos mis enfrentamientos futuros contra Francia. ¿De acuerdo?
El castaño bajó la mirada intentando reaccionar. Incluso buscaba las palabras adecuadas para responderle a Inglaterra sin causar ningún conflicto bélico. Pero sólo le salía la misma palabra.
- …No.
Silencio.
- … ¿Qué dijiste?
- No lo haré. – Afirmó, elevando su rostro y mirando directamente a los ojos esmeraldas que brillaban de indignación.
- Imbécil. ¿Por qué no quieres mi ayuda? ¿Acaso no quieres luchar contra Austria? – El menor no respondía, simplemente mantenía la mirada. – ¡Idiota! ¡No le debes absolutamente nada! ¿Cuántos siglos sufriste bajo su amparo? Incluso ahora no está haciendo nada por tu hermano. ¿Es esa clase de persona de la que quieres depender toda tu vida?
- Te equivocas, Austria-san no tiene la culpa. Yo soy muy débil, por eso no puedo ayudar a nadie.
- Dices eso, pero la realidad es que Austria nunca te ayudó en nada. – El italiano lo miró con duda, ¿A qué se refería con eso? – Primero fue ese conjunto de territorios germánicos, y ahora es tu hermano. ¿Quieres perderlo a él también?
- ¡NO! – Gritó desgarradoramente, apretándose el pecho con fuerza mientras lloraba. Le dolía mucho el corazón.
- Pero fue así. Por no ser fuerte el Sacro Imperio Romano desapareció gracias a Francia. Él lo mató, y Austria no lo ayudó en esa guerra, aun conociendo perfectamente la situación. Y ahora tu hermano lucha por su libertad contra España, quien es un verdadero oponente, y Austria no hace nada por él. Simplemente se protege su propio trasero.
Las palabras eran duras y frías, lastimándole los oídos y el corazón aún más. El recuerdo de su primer amor fallecido en la guerra aún estaba resonante en él, a pesar de haber crecido y haber entendido un poco más la situación que en aquél entonces. Pero aun así le dolía no tenerlo cerca en aquella casa tan grande. Y ahora su hermano, su adorada mitad podría desaparecer también si él no reaccionaba.
- Per favore Signore Inghilterra, váyase. – Susurró con firmeza al tiempo que se levantaba de su lugar y se encaminaba a la salida. El inglés resopló antes de imitarlo.
- Haz lo que quieras Italia, pero ya lo sabes, si esto sigue así todos los que quieres irán desapareciendo uno por uno. – Declaró antes de dar media vuelta y cruzar la puerta. Los ojos ámbar se cristalizaban más y más.
- ¡Oh! Lo olvidaba… Italia, a pesar de todo eres un país. Sería hora de que empieces a actuar como tal. – Dicho esto el inglés se marchó, dejando a Italia pensativo.
- No puedo… No… ¡No puedo luchar!
Ante tantas emociones acumuladas, el castaño usó la única habilidad excepcional que poseía: corrió lo más rápido que sus piernas le dejaron, alejándose de todo lo que significaba para él aquella casa similar a una prisión para su alma. Tanto por el austríaco que lo mantenía prisionero en su propio territorio como por el amor que había perdido en su niñez y que aún no superaba totalmente, ya que sentía que todo lo ocurrido había sido culpa suya al haberlo rechazado.
- "Por qué… ¿Por qué todos aquellos que son importantes para mi tienen que desaparecer?" – Pensaba fuerte y claro mientras tomaba aire después de esa gran huida, terminando en el centro de la ciudad, cerca de los gondoleros. Resolvió tomar uno para cruzar el Gran Canal hasta el otro extremo. Necesitaba despejar su mente de todo, y al ser realmente Italia no tendría ningún problema en los costos o explicaciones ya que todos lo reconocían.
-"No quiero que se sigan rompiendo promesas…"
El viejo gondolero lo saludó con la alegría natal de los habitantes de Venecia, a pesar de ser parte del conflicto general que atravesaba el país. Feliciano no podía entender cómo ese señor podía sonreír sin pensar en las muertes que las guerrillas provocaban.
- ¿Le ocurre algo, signore? – Preguntó el anciano mientras movía la barca, sorprendiendo al propio italiano que se descubrió apenado por la observación.
- No… lo siento, yo sólo… me preguntaba cómo puede sonreír así… - Se excusó el menor avergonzado ante el mayor que lo miró con la misma sonrisa sincera.
- Es cierto que estamos en épocas duras, joven… - Suspiró relajado, quizás demasiado para el menor que no entendía tal grado de despreocupación. Incluso él, que era el rey de la despreocupación viviente, no comprendía. – Pero lo importante es ser perseverante. Muchacho, ¿tienes a alguien a quien proteger, verdad?
Italia se sorprendió mucho ante aquella pregunta. ¿Acaso era tan obvio? Se mordió levemente el labio inferior en un acto reflejo de su propia inocencia descuidada.
- Sí… - Varias imágenes de personas importantes para él desfilaron por su mente, pero una sola, tan igual a él, quedó grabada permanentemente haciéndolo sonrojar.
- Entonces estarás bien. Cuando uno tiene a alguien a quien proteger se hace mucho más fuerte, y pase lo que pase lo defenderá de cualquier conflicto con tal de poder ayudarlo.
Las palabras últimamente hacían estragos en él, y ese anciano le demostraba que la edad era fiel amiga de la sabiduría.
El menor cerró los ojos y, después de mucho tiempo, sonrió sinceramente.
- Grazie…
Una vez la barca atracó en un muelle pequeño, el menor saludó enérgicamente al viejo y se dirigió a la ciudad más cercana. Esa pequeña pero importante charla le hizo comprender que si quería defender a sus seres amados tendría que hacer sacrificios muy grandes para poder protegerlos, y a la vez, para madurar.
Poco a poco pudo encontrarse con variada gente en situaciones tan diversas como ellos mismos. Entre miserias y agonías. Luchas de supervivencia en las calles estrechas, tanto que apenas se podía respirar en ellas. Familias que, a pesar del dolor, sonreían por estar juntos. Pero pudo rescatar algo general en sus corazones: todos querían un cambio en sus vidas. Querían ser libres. El sentimiento italiano del desprecio a la guerra era compartido, pero a la vez entendían que era la única forma de poder lograr su principal sueño. Después de pensarlo bien, Italia finalmente resolvió cuál era la respuesta que debía seguir, aún si su corazón se partiera por llevarla a cabo. Al final lograría también su propio y verdadero deseo.
- Fratello Lovino… te juro que vamos a volver a estar juntos.
Era hora de trabajar para lograr la libertad que se hacía esperar desde siglos pasados. Y también de enfrentar aquello a lo que se había estado negando tantas veces.
- ¡Idiota! – Bufó el aristócrata una vez más entre tantas otras veces pasadas al golpear el frágil cuerpo del italiano con un látigo, haciendo que finalmente cediera ante el ataque cayendo a un lado en el suelo. Sólo resistía en silencio, sin gritar ni decir una sola palabra.
- ¿Así que pensaste que sería tan fácil declararme la guerra, simplemente viniendo hasta acá y decirme que querías ser libre? ¡Por favor!
Una patada sonó en las costillas del castaño que yacía boca abajo en el suelo, llegando a escupir sangre. Incluso los ojos se habían abierto tanto por el dolor que parecían que iban a salirse de sus cuencas. Pero Feliciano se impuso a sí mismo no gemir ni protestar. Incluso no derramar lágrimas.
- Yo no soy tan blando como España, deberías saberlo. – Los pasos se oían firmes cada vez que avanzaban con lentitud hacia el pequeño cuerpo que aún se encontraba debajo de tan imponente país. Sabía que sería difícil –casi imposible, diría- pero vio el deseo de su pueblo en el brillo de sus ojos. Todos ansiaban paz y libertad. Y él era el país representado por Italia del Norte. Debía reaccionar y dejar de ser tan egoísta.
"Italia, a pesar de todo eres un país. Sería hora de que empieces a actuar como tal."
- "Sí Inglaterra, después de todo tenías razón." – Pensaba el italiano mientras se intentaba poner de pie, apretando sus puños al tener frente a él a aquel que lo seguía torturando. Ahora veía todo más claro que nunca. Había ido un iluso en creer que Austria sentía un poco de afecto por él. No, todo había sido una mentira que había creado para poder tenerlo atado a él toda la eternidad. ¡Pero ya no! La venda se había disuelto como agua entre sus dedos, y ahora él era el dueño de sus acciones. Al menos lucharía por eso. –"Pero no serás tú quién me ayude Inglaterra. Lo siento."
- Sería bueno que entendieras tu situación... – La gélida voz austríaca resonó, mientras alzaba un brazo hacia el cuello de la camisa verde del vestido de sirvienta del menor. – No tienes con qué defenderte ya que todas las tropas del país están a mi cargo. ¿Qué pensaste que podrías hacer? ¿Imitar a tu hermano? Él jamás logrará nada. Sólo es un débil italiano más.
No le importó las duras palabras que le eran dirigidas hacia su persona, pero tocar a su hermano… le hirvió la sangre de solo escucharlo, lanzando un puño en dirección al rostro perfectamente tallado del pelinegro, acertando un golpe en su mejilla derecha. Por reflejo fue liberado del agarre, aprovechando la ocasión para usar sus piernas y correr hacia la salida de aquella casa.
- ¡Con mi fratello no Austria! – El menor lucía agitado ante tanta pelea, y ni siquiera había comenzado lo peor. La sangre que se escurría por su propio labio inferior producto de las anteriores patadas y flagelos lucía aún fresca. – Seré débil, pero te juro que lograré mi libertad. ¡Seré un país, por mi gente…! ¡Por… mi fratello…! ¡Por mi fratello Lovino, lo juro!
Escupió a un lado la sangre que se acumulaba en la garganta, limpiándosela en un mismo acto de rebelión contra aquel que lo había mantenido prisionero durante tantos años. Antes de que el mayor pudiera reaccionar el italiano había desaparecido.
El germánico miró con el rostro serio en dirección a la puerta donde hacía segundos se había escapado su sirviente, y cuando menos lo notó sintió húmeda su mejilla: Italia lo había lastimado. Realmente, lo había lastimado.
Se llevó la diestra hacia la zona afectada, descubriéndola llena de sangre por el golpe.
- Así que esta es la fuerza que obtuviste por proteger a los que amás… qué envidia… - Susurró mirando a la nada, con los lentes rotos y unos ojos brillosos de angustia.
- Lo siento, pero no puedo permitir que te alejes. – Apretó los puños mientras una sombra oscureció su mirada, antes de cerrar la puerta tras de sí. Tendría mucho trabajo de ahora en más.
- ¿¡Qué hiciste QUÉ? – Tuvo que alejar el auricular del teléfono de su oído o sino con semejante grito lo hubiera perdido. Lo poco que pudo distinguir en la distancia eran blasfemias en francés.
- ¡L-Lo siento Francia! Debería haberte avisado antes… Lo siento – Se disculpó el menor, encontrándose dentro de una cabina telefónica en una calle muy lejos de las montañas del norte, cerca de la frontera con el sur. Un lugar donde no lo alcanzaría Austria, al menos por el momento.
- No… bueno, ya lo hiciste. – Se escuchó un suspiro pesado al otro lado. Italia tembló por inercia - ¿Qué vas a hacer?
- Por eso te llamo. Necesito que me ayudes. No tengo experiencia en guerras, y confío en ti.
El rubio al otro lado de la línea tragó saliva. Esa palabra lo había desestabilizado un poco, pero se repuso de inmediato. Después de todo él mismo había abierto el juego, así que con las piezas puestas en escena era hora de jugar hasta el final.
- Claro, déjamelo a mí. Te daré mi armada. No te preocupes por nada mon cherrie~.
- Gracias Francia…
- Por el momento descansa… y hazte ver esas heridas. – El castaño se sorprendió. No le había mencionado nada al francés sobre los golpes que le había dado Austria ¿Cómo…? – Tu voz se oye rasposa, ¿te cuesta respirar verdad?
- … un poco. Pero ya estoy mucho mejor que hace unas horas. ¡No te preocupes! – Trató de sonar convincente, a pesar de que aún le dolía el estómago y los costados. – Además… prometí ser más fuerte por aquellos a quien quiero proteger.
Un suspiro de alivio se escuchó al otro lado antes de la típica voz melodiosa del francés.
- Romano estará feliz de saber que dijiste eso. – No era difícil imaginar que en ese momento Francia estaría sonriendo, contagiando de ese mismo sentimiento al italiano que había descubierto una nueva faceta oculta en él.
- ¿E-Eso crees? Espero… Espero que esté orgulloso de mí. – Un tenue sonrojo le invadió las mejillas al soltar esas palabras dulcemente. Le gustaría saber cómo reaccionará su hermano cuando se enterara que finalmente le había declarado la guerra a Austria por su independencia.
- Seguramente lo estará. Descansa Italia. – Fue lo último que el menor pudo escuchar antes de sentir el acostumbrado y monótono tono de la línea al cortar la comunicación. Colocó el teléfono en su lugar antes de salir de aquella cabina en un rumbo desconocido.
Por ahora obedecería la última orden que le fue dada: iría a descansar, y sabía bien dónde podría hacerlo sin preocuparse por ser descubierto en toda la noche por las tropas austríacas.
- Antes de esto debo cambiarme de ropa… Debo dejar de verme como una chica si quiero ganar un poco de respeto… - Susurró para sí antes de partir en una dirección bien conocida por sus memorias infantiles: hacia el este.
Bueno tengo un poquito de bronca porque siento que este capítulo me quedó corto, pero espero compensarlo en el próximo. ¿Les gusta esta nueva resolución de Feliciano? Espero que les guste el capítulo, ya que el próximo vendrá con un personaje especial.
Espero sus reviews, me alientan muchísimo a continuar la historia!
Saludos!
Diccionario:
Per favore Signore Inghilterra: Por favor Señor Inglaterra.
