Risorgimento

(Italia x Romano)

Disclaimer: Axis Power Hetalia ni ninguno de sus personajes me pertenecen. Todos son parte de Hidekaz Himaruya y los libros de historia en que me basé para hacer los datos históricos xD. Yo sólo hago esta historia sin fines de lucro y a pura diversión personal.


Capítulo 4: Heridas

Hacía muchos años que no recorría el territorio germánico con cierta libertad, por no decir varios siglos. La última vez que lo había visto aún era un pequeño niño y la muerte de Sacro Imperio Romano había sido muy reciente. ¿Acaso lo recordará? Esperaba que lo recibiera con la misma alegría que recordaba de pequeño, pero aun así estaba nervioso por su reacción y signo de aquello eran sus manos que no dejaban de moverse de forma torpe y descuidada.

Al llegar a su destino golpeó aquella puerta pesada de madera, siendo recibido por una figura masculina de cabello platinado y ojos escarlata bastante inquietantes. Sin embargo al ver su pequeña figura cambió su fría expresión por una sincera algarabía.

- ¡Italia-chan! – El recién nombrado sonrió ante su nombre en labios ajenos, siendo recibido por un caluroso abrazo del mayor. – Oh Dios, ¿De verdad eres tú? ¡Te ves tan grande! Has crecido mucho…

- Pasaron muchas cosas Prusia-san – Respondió al ser liberado del agarre, siendo invitado a pasar.

En poco tiempo y mediante unas cervezas heladas de por medio con algunos bocadillos típicos de la región, el italiano le contó todas las novedades con respecto a las recientes revoluciones que se habían dado en su territorio, las disputas por su propia rebelión contra Austria y las repercusiones de las que su cuerpo aún mostraban marcas.

- Ya veo… Has pasado por mucho, Italia-chan… - El menor no respondió a eso. Tenía en mente cómo se las iba a arreglar ahora que le había declarado la guerra a Austria. Sabía que Francia le daría su armada, pero con una armada simplemente no se ganaba una guerra. Necesitaba aprender a ser estratega.

- Ve~ Esto es demasiado para mi – Suspiró cansado de tanto pensar, a lo que el prusiano lanzó una carcajada por tal comentario.

- ¿Es chiste verdad? ¿Acaso no te das cuenta a quien tienes frente a ti? ¡Al increíble ore-sama! – Italia lanzó una risilla por lo bajo al escuchar esa forma peculiar y egocéntrica del albino al referirse a sí mismo. Hacía tiempo que no escuchaba tales palabras. Al menos pudieron alegrarlo un poco. – Te ayudaré a planear bien tus ataques, después de todo conozco muy bien el territorio de Austria.

Luego de aquella frase Prusia se tomó su tiempo para explicar lo maravilloso que era ingeniando trampas y tácticas de guerra, las cuales sirvieron de mucho hace pocos años en la Guerra de Sucesión Austríaca y su posesión de las regiones vitales, aún partes de él. Feliciano reía de vez en cuando como solo él podía hacerlo, ya que recordaba que aún ahora, de vez en cuando, había escuchado a Austria bufar para él mismo sobre la pérdida de Silesia.

- Muchas gracias Prusia-san. Sé que eres un gran guerrero, pero te quería pedir otro favor si no es molestia…

- ¡Haría cualquier cosa por Italia-chan! Sólo dímelo. – Aquellas palabras le arrancaron otra sonrisa sincera al castaño.

- Necesitaría ropa nueva… ya sabes, no puedo andar así diciendo que quiero mi libertad y… bueno…

- Hmm… Pero la verdad es que te ves muy bien con ese vestido… - Susurró mientras lo miraba de arriba abajo, como en una inspección, logrando que el italiano se sonrojara fuertemente por aquél comentario – Lástima que está todo rasgado. – Murmuró para sí, reaccionando de pronto. Ahora eran las mejillas del mayor las que se tiñeron al imaginar algo prohibido para una mente tan pura como la del joven Italia - ¡P-Pero bueno! Si me lo pides así te daré algo de ropa. Seguramente algo habrá que te vaya muy bien.

- ¡Muchas gracias!

Luego de hurgar un poco entre el guardarropa del albino, finalmente terminó vistiendo un traje marrón con camisa clara y saco haciendo juego, unos zapatos de cuero del mismo tono perfectamente lustrados e impecables y unos guantes azabaches del mismo material.

- Sin dudas tienes sangre italiana en tus venas, Feliciano-chan – Agregó el prusiano con un ligero golpe amistoso en la espalda ajena, felicitándolo por su porte con tal vestimenta.

- Grazie Gilbert-san - Agradeció, y al mirar de reojo hacia un reloj que decoraba una pared pudo comprobar que ya era demasiado tarde. Debía ir a territorio francés para acordar cómo atacaría en el amanecer. Su semblante se opacó por unos segundos, antes de tomar su sonrisa característica –y falsa- mientras se dirigía a la salida, no sin antes ser detenido por unos segundos por el mayor.

- Italia-chan… Ten mucho cuidado – Los ojos escarlata brillaban a tono con su voz demandante y preocupada. De verdad estaba preocupado por el italiano y quería que ese sentimiento fuera transmitido. Después de todo ya lo había visto sufrir demasiado luego de la pérdida del Sacro Imperio Romano; no quería que el pequeño pasara por el mismo sufrimiento una vez más, porque sabía que su corazón tan bondadoso no lo iba a soportar.

- ¡Sí! – Afirmó con seriedad, pero sin perder su dulzura característica - Te hablaré luego. Nos vemos.

Así, la figura castaña se fue por el mismo camino que había tomado anteriormente. El albino que aún permanecía en la puerta miraba hacia aquella dirección, mientras el viento jugaba con su propio cabello, desordenándolo aún más que antes.

- Italia-chan, de verdad sufriste mucho, y yo tampoco te pude ayudar ni antes ni ahora. – Susurró, mirando hacia atrás a una pequeña figura que caminaba contoneándose, inseguro de sus pasos. Aquella figura con forma de niño se aferró a la pierna del mayor, mirándolo con sus ojos azules en modo de interrogación – Perdóname por no decirte todo, soy un cobarde. Por lo menos te ayudaré a obtener tu libertad. Es lo mínimo que puedo hacer…

El niño parecía no entender las palabras del prusiano en su totalidad, pero al ver la tristeza en la mirada escarlata se aferró aún más, en un gesto de consuelo que el mayor interpretó como tal.

- Danke, Mein kleiner Bruder Deutschland…


El ataque fronterizo a España había sido todo un éxito, pero había dejado el saldo de varios muertos y heridos, entre los que se encontraba el propio Romano, el cual yacía oculto en un callejón con el torso descubierto y completamente vendado, producto de las heridas producidas en su propio territorio. Después de todo Antonio no dudó en atacar y defenderse, como todo militar debe hacer. Aun así, al italiano le dolió más que su cuerpo aquello, pero eso sólo ayudó a acrecentar su resolución de independencia.

- Maldición… Me duele todo el cuerpo, mierda… - Pronunció por enésima vez entre quejidos de dolor. Su cuerpo aún no estaba acostumbrado a las batallas, pero poco a poco parecía resistir. La mafia también estaba ayudando a recuperarlo rápidamente, otorgándole medicinas de origen desconocido, pero efectivas.

- ¡Señor! – El hombre pelirrojo que acompañaba a la armada se presentó ante el italiano de forma discreta, mientras era escoltado por dos soldados de bajo rango. Todos estaban armados.

- ¿Qué? – Fue la escueta pregunta que escupió Romano antes de ponerse la chaqueta de su traje, cubriéndose los hombros y la espalda lastimada.

- ¡Hemos reducido la tropa enemiga en un 70%, Señor! – A la falta de respuesta ante aquel dato tan importante a su parecer, el pelirrojo se limpió la garganta y pasó saliva, un poco nervioso – ¡Muy pronto llegaremos con su capitán, Señor!

- Cuándo…

- ¡P-Pronto, Señor!

El arma que aún portaba en la diestra de Romano fue disparada a un lado, destruyendo unas cajas de madera apiladas, provocando que los soldados temblaran ante su superior.

- ¡Pronto no me sirve! ¡Mi hermano está en el campo de batalla y yo estoy aquí, no puedo esperar más! ¡Quiero que lo encuentren ahora! – Su furia había crecido tanto por aquel pequeño comentario que había saltado encima del cuerpo delgado del pelirrojo, tomándolo con fiereza de la camisa y mirándolo a los ojos, queriendo quemarlo completamente. Al darse cuenta lo que estaba haciendo y al ver la mirada llena de temor de su subordinado lo soltó con brusquedad.

- ¡S-Sí, Señor! – Todos asintieron la orden dada y se marcharon, dejando al italiano irascible cavilando en sus propios pensamientos.

- Maldición… ¡Quiero ser libre ya! Feliciano… ¡Espérame, iré a ayudarte!

Sin embargo sus deseos estaban muy lejos de llegar a realizarse a corto plazo, pues las tropas austríacas habían bloqueado el paso por las fronteras, tomando el norte del país. Esto trajo lentitud a la guerra entre España e Italia del Sur, pues ninguna tropa podía pasar por la propia guerrilla entre Austria y España. Todo un conflicto general en la cual sólo sufría un país… y dos hermanos.


- ¿Me puedes decir por qué estás vestido así Italia?

El italiano había llegado a la casa de Francia, y esperaba que lo recibiera con alegría después de la llamada que había tenido, pero ahora se estaba quejando por la ropa que vestía. No lo entendía.

- P-Perdón, pensé que sería mejor a vestir un vestido de sirvienta – Respondió un poco enfadado, pero el rubio se rió con fuerza, provocando que el italiano entendiera aún menos la situación.

- No, no. Te ves muy bien… para una cita. No para una guerra. – El castaño se sonrojó ante aquello. Ahora que lo pensaba se había vestido como un hombre, sí, pero no para la situación que ameritaba.

- L-Lo siento…

Las risillas del francés resonaban aún y de vez en cuando aumentaban de volumen al ver el color en las mejillas ajenas, resultándole adorable. Aún le sorprendía que tal pequeña figura hubiera tomado la resolución tan firme de independizarse, pero bueno… también él tenía la culpa de eso.

- Te daré alguna armadura de mi reserva, descuida. Lo principal es que estás aquí y que pudiste curar tus heridas.

- Bueno… un poco. – Feliciano trató de sonreír ante aquello para restarle importancia, pero no lo logró. Las heridas que tenía en su vientre por la violencia de Austria aún quedaron marcadas después de las curaciones, y para alguien como él eso sólo significaban conflictos y penas en su territorio. Pero también por ello es que había tomado esa decisión. No iba a echarse atrás ahora.

- Ven, es hora de que aprendas cómo ir a una guerra…

Dicho esto, el mayor tomó por los hombros al italiano que lo siguió hasta una habitación amplia, rodeada de armas y armaduras por doquier de todo tipo y clase. Sabía que era hora de defender sus ideales y derechos. Y si todo resultaba bien podría estar con su fratello nuevamente.

- No… No debo dudar. Todo va a resultar bien. Estoy seguro de ello.


Un nuevo choque entre dos aceros resonaba con fiereza en el ambiente, producto de la batalla que se llevaba a cabo. Un italiano jadeaba con pesadez mientras sostenía la espada salpicada con sangre ajena y trataba de no perder de vista su objetivo: el austríaco que lo apuntaba con un arma similar, con ojos llenos de furia. Su guerra con España lo había debilitado, eso era obvio a la vista al ver las heridas que se reflejaban en su piel, pero no lo suficiente como para caer ante un italiano sin experiencia previa en combate.

- Italia esto no tiene sentido, desiste ya de tus palabras y te perdonaré la vida. Seré benevolente, pero suelta el arma… ¡Ya!

La voz cruda y fría del germánico perforaba los oídos del menor que sudaba sin control. Su cuerpo estaba perdiendo fuerzas, y aunque la armada francesa se había encargado muy bien de los soldados menores, era su deber y sólo su deber encargarse del propio Roderich. Su orgullo, que estaba surgiendo en ese mismo momento a cada minuto que pasaba estaba en juego junto con su libertad… y la posibilidad que se le presentaba para ver a Lovino de nuevo.

- No… ¡No lo haré! – Ante ese grito de júbilo el italiano se adelantó en una corrida hacia la figura del mayor que lo imitó, produciendo un nuevo choque múltiple entre espadas. Feliciano sacaba fuerza de donde tenía para poder defenderse y a la vez contratacar, pero Austria le ganaba en velocidad, produciéndole heridas leves en los brazos cuando los usaba de escudo.

- ¡No seas idiota! ¿No te das cuenta que tu cuerpo no resistirá más? ¡Mírate! - Escupió con cierto grado de dolor el austríaco, lanzando nuevamente su espada hacia el menor, que ante el descuido que le produjo las palabras ajenas bajó la guardia, siendo lastimado en su abdomen. La sangre comenzaba a manar con velocidad, a pesar de que el lugar era cubierto de forma inútil por la mano del menor, quien trataba de ahogar los quejidos de dolor.

- ¡Italia! – Un grito provino de la lejanía de parte de un rubio francés que luchaba contra unos soldados menores, aún en pie. Al ver que el castaño había sido herido terminó con dos estocadas firmes y limpias sobre los cuerpos ajenos, cayendo éstos al suelo. Una vez terminó su ataque, Francis corrió en ayuda del menor.

- ¡No Francia! Esto lo haré solo… - Jadeaba con el poco aliento que le quedaba y las pocas luces que su mente tenía. Su vista comenzaba a empañarse un poco por la rápida pérdida de sangre, pero jamás desistiría. ¿De dónde había sacado esa fuerza de voluntad? Quería creer que era su hermano quien se la estaba enviando.

- Pero…

- Déjame… Austria es mío – Los ojos ámbar brillaban, pero su luz estaba desapareciendo. Sabía que dentro de poco perdería la consciencia, pero si antes de eso lograba asestar un solo golpe en el cuerpo del mayor no sería en vano.

- Realmente eres un idiota, Italia.

La mirada violácea se encendió al mirar la frágil figura italiana que no resistía en pie, pero aún empuñaba con fuerza su espada, preparado para luchar hasta morir. Aquella determinación lo enfermaba, pues muy en el fondo de su corazón le hubiera gustado que lo protegiera y luchara por él así como lo estaba haciendo ahora por su libertad y por unirse a Romano, pero sabía que eso jamás sucedería, y ese mismo sentimiento era su propia fuerza. Sin dudar, Roderich tomó la empuñadura con más fuerza, corriendo hacia el enemigo con tal de asestar el último golpe. Italia lo imitaba en tiempo y velocidad, terminando los dos de lado contrario al otro y sosteniéndose con la espada, inmóviles. Esperando que el perdedor caiga.

Una sonrisa se formó en labios austríacos. El pequeño cuerpo de Feliciano había caído, con una nueva y mortal herida en su cabeza.

Por otro lado, en la otra punta del territorio en el sur, un italiano se aferraba el pecho con violencia por un agudo dolor que le invadió todos los sentidos, hasta casi dejarlo por unos segundos en la inconsciencia, para sorpresa de sus seguidores que se acercaron con velocidad al verlo caer, mirándolo con preocupación.

- ¡Señor! ¡Responda!

El castaño jadeaba en brazos de sus soldados y miembros de la mafia, con sólo una imagen en su mente antes de perder la consciencia.

- N-No puede ser… ¡Feliciano…!


¡Maldicion! ¡Lo siento mucho! Me tardé mucho en actualizar a comparación con los otros capítulos, pero tuve lagunas de escritor y me había quedado sin ideas para este capítulo! Tengo muchas para los siguientes, pero este era un capítulo de transición y me costó muchísimo escribirlo. Espero no decepcionarlos, porque sé también que es más corto. Pero prometo compensarlo en los siguientes capítulos.

A partir de ahora estoy con trámites para la cursada en la universidad, y ya empiezo las clases en marzo, así que actualizaré una vez por mes aproximadamente y si nada me interrumpe el ritmo.

Como siempre espero sus reviews, me ponen muy feliz leerlos y responderlos!

Nos vemos pronto!


Diccionario:

Danke, Mein kleiner Bruder Deutschland: Gracias, mi pequeño hermano Alemania