Hola! Estoy aquí, subiendo un capítulo de iHateYou! ¡Gracias a todos por las visitas, por los reviews y por agregar la historia a favoritos! Lamento, de verdad lamento mucho, no haberlo subido antes de una semana pero ODIO MI ESCUELA, no… eso es mentira… ODIO QUE ME GUSTE TANTO LA ESCUELA :S Hahaha, si se que es raro que me guste la escuela… pero me gusta la adrenalina por mis venas cuando tengo tres exámenes en un día xD ¡AMO LA PREPA!
Sin más que decir, ¡A leer!
Disclamer: iCarly no es mío, bla bla bla… Dan… bla bla bla… ¿faltará mucho para mas Seddie?
-Capítulo 7-
-¿Cita?-
Ser Samantha Puckett no es cosa fácil.
Muchos pensaran que si lo es; que se dedica a intimidar y a golpear a la gente, a amenazar, torturar, matarte con la mirada, provocar "accidentes", comer y dormir todo el día… pero quien creyera eso, estaba completamente loco y Sam lo iba a matar.
Ser Samantha Puckett, más bien, ser una Puckett… no era nada fácil. Las Puckett siempre han sido fuertes, intimidatorias, astutas, sutiles, salvajes, maliciosas, audaces, hábiles; pero lo más importante, una Puckett nunca se dejaba llevar por sus sentimientos.
Una Puckett no debía tener sentimientos.
Sonaba extraño que tu madre te dijera eso a los solo cinco años de edad, pero era algo que toda Puckett debía de saber y, más importante, cumplir. Era como una receta de familia, que se pasa de generación en generación, una empresa o una cara joya de tu abuela… aunque en el caso de las Puckett, se heredaban la insensibilidad.
Y eso estaba bien, a Sam le agradaba no ser una persona tan abierta, eran pocas las personas que podían tener su confianza al cien por ciento. Y con pocas personas, se refería solo a Carly.
Carly era la figura materna que Sam nunca tuvo, la señora Puckett nunca fue una persona muy maternal o cariñosa. A decir verdad, veía más a Carly que a su madre. Pam Puckett siempre está en algún otro lado, trabajando, ligando o simplemente con su novio de la semana. A Sam ya se le había hecho demasiado común, pero había veces en las que recordaba que tenía una madre quien sabe dónde. Y, debía admitir, que a su madre no le importara mucho donde se encontraba, le deprimía un poco, solo un poco. Pero una vez que lo recordaba, se reprendía a sí misma y decidía olvidarlo; porque a su madre no le gustaría verla tan débil.
Y, por eso mismo, sabía que su madre estaría decepcionada de ella.
Decepcionada e increíblemente enojada.
Ya llevaba más de quince minutos caminando. Una vez que salió del apartamento de Freddie, decidió ir a los licuados locos a distraerse un poco. Pero en estos momentos, no sabía ni cuál era su rumbo, si ya había pasado los licuados o si ya se dirigía a China.
Desde que había salido del apartamento, no dejaba de pensar en lo sucedido. Su corazón no había dejado de latir fuertemente, sus piernas aun le temblaban, sus vellos aun se encontraban erizados y aun sentía la corriente eléctrica en toda su muñeca.
¡Estúpido par de idiotas!
¿Quiénes se creían?
Jalándola como si fuera una muñeca de trapo, como un maldito juguete que dos niños se están peleando. Ella no era nada de eso.
Pero con quien estaba aún más molesta, era con el maldito ñoño idiota. A Storari lo había "conocido" hacía poco tiempo, pero Freddie le conocía desde hacía años. Y sabía perfectamente que a Samantha Puckett no se le trataba como a un maldito objeto. Pero no era exactamente eso lo que le tenía de esa manera, no estaba ni cerca. Lo que le tenía así, era la actitud que Freddie había mostrado. Por un momento, llegó a pensar que Fredward Benson, su amigo-enemigo-ñoño-estúpido se había puesto celoso.
Si claro, llaméala loca, siempre le han dicho así por lo que no importa; pero era lo primero que le había pasado por la mente. Todos estos días, Freddie se había portado de una manera extraña. Era como si de verdad le molestara la presencia de Storari, y le buscara pelea solo para que dejara de hablar con él.
Freddie y Sam siempre se habían distinguido por sus constantes peleas en cualquier lugar, por cualquier cosa y a cualquier momento; eso no era raro. A Sam siempre le había divertido eso, le encantaban esas batallas verbales, que siempre ganaba; y esas batallas físicas, que también ganaba. Quién diría que un Fredñoño como él, sería el único que de verdad le diera buenas peleas que tanto le divertían, era el único chico que conocía, podía responderle, con miedo, pero se atrevía.
Pero ahora Sam había conocido a alguien más que podía retarla, pero esta vez, sin miedo alguno. A Sam eso no le agradaba, no le gustaba que ese estúpido chico se sintiera superior a ella y la tomara de niña tonta, aunque, debía admitir, eran muy parecidos.
A ambos les encantan los problemas, eso es más que obvio. En su primer día de clases, Storari ya había hecho enojar a un profesor, además de que lo mandaron a detención toda la semana (cosa que fue culpa de la chica, pero que importa). Debía admitir que eso era todo un record, todo un ejemplo a seguir para cualquier chico malo de la escuela.
A Storari le importaba un pepino si salía bien o mal en la escuela, parecía que solo iba porque no había de otra, o simplemente para molestar y golpear a cualquier ñoño que se le pusiera enfrente; otra de las cosas que a Sam le agradaban del chico. A ella tampoco le importaba la escuela, y solo iba para divertirse molestando a cualquier persona.
Tan perdida iba Sam en sus pensamientos, que no pudo evitar contra alguien.
–Con cuidado señorita. – Dijo el hombre, haciéndose a un lado, para dejarla pasar.
Sam, sin muchas ganas de hablar o de molestarse, simplemente lo mató con la mirada y siguió caminando.
Reconoció por un instante la calle, y se dio cuenta que en si, no había caminado mucho que digamos. Se encontraba justo enfrente de los licuados locos. Adolecentes salían y entraban de dicho establecimiento, procurando no verla a los ojos, ni tener algún tipo de contacto con ella. A Samantha Puckett le volvió el ánimo, ver a todos huir de miedo con terror en sus caras, siempre le hacía muy feliz.
Abrió la puerta y se dirigió a donde se encontraba T-Bo, atendiendo a un par de chicas. Observó la fila con flojera, era una bastante larga; pero, haciendo uso de "su magia" (Es decir, matando y amenazando a todos con la mirada) pudo adelantarse en la fila.
–¡Sam! ¡Hay más clientes! – Dijo T-Bo.
Sam le miró y T-Bo sintió como se encogía ante su enorme y malvada mirada. – No estoy de humor… – Dijo arrastrando las palabras.
–Ok, ok… ¿Quieres un betabel? – Dijo el chico, sacando un enorme palo atravesando unas extrañas bolas moradas.
–¿Un que…? – Dijo la chica, confusa.
–¡Betabel! – Dijo como si fuera lo más obvio del mundo. – ¡Anda, compra uno! – Sonrió.
–T-Bo… – Dijo la chica, su paciencia estaba en el límite. –…¡Solo dame un maldito licuado!
–De acuerdo… – Después de un par de minutos, el chico le entregó un vaso. – Son trece con cincuenta… – Dijo mientras estiraba la mano.
–Que bien… – La chica sonrió y se dio la media vuelta.
–¡Hey! ¡Págame! – Sam volteó y estaba a punto de golpearlo. Sin embargo, se detuvo al ver como una mano depositaba dinero en la de T-Bo.
–Yo invito. – Dijo Alessandro, haciendo que T-Bo se tranquilizara mientras contaba los billetes y olvidando todo el tema.
– ¡El punto era no pagarle! – Dijo Sam, molesta. ¿No se suponía que había dejado a ese idiota, junto con el ñoño, tirado en el suelo?
El chico sonrió del lado y se dirigió a una mesa, para después sentarse. Le miró y luego observó la silla, indicándole que se sentara. Sam no entendía por completo; pero, de algo estaba segura, no iba a hacer lo que le dijera.
Anticipando sus pensamientos, el chico habló. – ¿Si sabes que ahora me debes trece cincuenta, verdad?
Gruñendo cosas sin sentido alguno, la chica le mató con la mirada y después se sentó. –¿Otro golpe o qué? – Dijo, sonriendo del lado, mientras el chico fruncía el ceño. – ¿Qué quieres?
–Proponerte algo… – Dijo el chico sonriendo de manera maliciosa, por lo que ella se interesó.
–Te escucho. – Tomó un poco de licuado.
–Creo que no te agrada el Señor Howard…
La chica sonrió, no es que no le agradara, le odiaba. Él le odiaba a ella, ella a él… – No. – Dijo simplemente.
El chico sonrió del lado. – Pues a mí tampoco…
Ambos sonrieron, porque ambos sabían que pensaban. Ambos odiaban al Señor Howard, y ambos querían molestarlo un rato.
Marissa Benson se dirigía alegremente a los licuados locos. Estacionó su coche lo mejor posible y entró al establecimiento. Observó al monton de adolecentes, a esas horas de la noche, sonriendo y bromeando. Observó a otros, quienes lucían mas como parejas, sonriéndose y coqueteándose con la mirada. La mujer suspiró, ¿Cómo podían haber padres tan irresponsables que dejaban salir a tales horas a sus hijos?
Ella siempre, desde pequeña, había sido una mujer responsable. Recordaba perfectamente que su madre le había contado que siempre estaba cuidando a sus primos, protegiéndolos y diciéndoles que hacer o no; razón por la que supo que sería un madre sobreprotectora.
Sin embargo, Marissa Benson no se consideraba sobre protectora, simplemente cuidaba a su hijo porque le amaba mucho y porque era lo único que tenía. Como cualquier madre, ella daría la vida por él y lo protegería siempre, sobre todo de malas personas que lo dañaran. Y, hablando de malas personas, la señora Benson pudo observar a Samantha Puckett, con otro chico, que sinceramente no conocía. Hablaban bastante entretenidos, la chica se mostraba divertida y tenía dos vasos de licuados, al parecer vacios, en la mesa.
El chico, mientras tanto, hablaba menos que ella, pero también se mostraba entretenido y le escuchaba con mucha atención. Hacían algunas anotaciones en una libreta y le sonreía de vez en cuando a la chica.
Pero, Samantha Puckett no parecía notarlo, algo que no le sorprendió a la Señora Benson; lo que le sorprendía era que esa chica estuviera en una cita, con un chico tan bien parecido como ese. Su hijo nunca le había contado muchas cosas sobre Sam, pero ella siempre se enteraba cuando la chica iniciaba alguna relación por parte de el, razón por la cual le sorprendía no saber nada.
Tratando de no ser vista, se dirigió a la barra para ir por el licuado que le había prometido a su hijo.
–¡Señora Benson! – Gritó T-Bo, sorprendido de verla allí.
–Dame un licuado… – Dijo la mujer, molesta, ya que había llamado por completo la atención.
–Un licuado… ¿De qué?
–El que le guste a Freddie… – Dijo, tratando de seguir observando a Samantha.
–A Freddie le gustan todos mis licuados. – Dijo el chico, tratando de llamar su atención.
–¡Pues dame el que más le gusta de todos! – Le gritó molesta.
–¡De acuerdo señor Benson! – T-Bo comenzó a prepararlo y al cabo de cinco minutos, le ofreció un enorme envase. – Sabe señora Benson… – La susodicha volteó a verle. – a Freddie también le gustan mis ¡Betabeles! – Dijo mostrándole el enorme palo ya descrito.
La mujer le miró sorprendida. –¿De verdad le gusta el betabel? – No podía creer que a su hijo le gustara una fruta así.
–¡Por supuesto señora Benson! ¡Siempre me compra!
La señora Benson le observó por un momento y después sonrió. – Te compraré todo el palo si me dices con quien esta Samantha Puckett.
El chico dirigió su mirada hacía donde la tenía la mujer y, pudo observar a Sam junto con otro chico. – No lo sé… – Dijo rascándose la cabeza. – …no sé quién es, pero ya le compró tres licuados.
La mujer simplemente sonrió y, después de tomar el licuado y los betabeles, le dio el dinero y se dirigió a su hogar.
Freddie se sentía demasiado raro después de haber admitido algo tan importante y tan extraño como el que le, bueno, le gustara Sam. Primero pensó en ir corriendo con Carly para que le ayudara a ordenar sus pensamientos, pero se dio cuenta de que no era la mejor idea que podría tener. Si le decía algo como eso su mejor amiga no dudaría en volverse loca, gritar veinte mil veces, decirle que se le declarara y hasta pensar en el color de su vestido de dama de honor para cuando se casaran; simplemente, iba a ser una catástrofe. Después pensó en hablarlo con Gibby, quien era una persona en la cual confiaba mucho. Pero enseguida supo que el chico se sentiría traicionado, a pesar de que Sam era amiga de ambos, tanto Gibson como Benson, estaban de acuerdo en que Sam era la persona más malvada y no le daría, exactamente, todo el apoyo posible. Después de eso, pensó en hablar con Spencer, pero tuvo la vaga idea de que se portaría extraño, Carly sospecharía, su hermano se lo diría y pasaría lo mismo que había pensado al principio. Así que, después de mucho mediarlo, Fredward Benson se dio cuenta de que debía guardarse todo para él y arreglarlo solo.
Decidió darse una ducha para poder despejarse y dejar de pensar. Sin embargo, cuando estaba punto de meterse a bañar, escuchó sonar el teléfono.
Observó la hora y, supo, que esos eran los momentos en los que su madre le hablaba para "saber cómo estaba". Suspiró fuertemente y tomó el teléfono.
–¿Si? – Dijo el chico con voz cansada.
–¡Freddie! ¿Cómo estás amor? – La voz de Marissa Benson, como siempre, se escuchaba preocupada y neurótica.
–Bien mamá…¿Ya vienes?
–Si Freddie, ya voy para allá… ¿Tienes bien cerrada la puerta? ¿Sabes que lo sabré cuando llegue?
Freddie suspiró. – Si mamá, – Se dirigió a la puerta y le puso todos los seguros que su madre había adaptado (después de saber que Sam podía abrir una puerta con cualquier cosa). – está bien cerrado.
–Perfecto Freddie, ¿Quieres que pase a los licuados locos y le lleve uno?
Eso era verdaderamente raro, normalmente su madre le decía que no debía consumir tantos de esos licuados; pero estaba tan cansado como para pensar, que solo le respondió. –Claro mamá.
–De acuerdo Freddie, llegó en quince minutos.
–Si mamá, adiós.
Sin escuchar lo que había dicho al final su mamá, colgó y dejó el teléfono en su lugar. Se dirigió al baño, para poder pensar con tranquilidad antes de que su madre llegara.
El tiempo se le fue tan rápido, que pensó que si madre había llegado en solo dos minutos. Salió y, después de cambiarse, se dirigió a la cocina para recibirla.
–Hola mamá. – Trató de sonar lo menos extraño posible, pero de verdad le costaba.
–¡Hola Freddie! – Dijo la mujer, quien ya preparaba la cena.
El chico comenzó a colocar los manteles y cubiertos en la mesa. Después de un rato, tanto él, como su madre, habían terminado su labor.
–Aquí está tu licuado Freddie… – la mujer sonrió. –… y tus betabeles.
–¿Mis qué? – Dijo el chico, observando unos trozos de una cosa morada en su plato.
–Ese tipo extraño de los licuados…
–¿T-Bo?
–Sí, ese… ¡Me dijo que te encantaban los betabeles! – Dijo la mujer sonriendo.
–¿Te los vendió en un palo? – Preguntó el chico, molesto. Su madre simplemente asintió. – Mamá… yo nunca he probado los betabeles…
–Pues ahora te los comes… – La mujer se molestó. –… se los tuve que comprar aunque no me dio mucha información sobre el chico.
Freddie le miró curioso, sin entender en lo más mínimo. –¿Qué chico? –
–Un niñito que estaba con tu amiga Puckett… – Dijo mientras se servía una taza de café.
Freddie frunció el ceño…¿Un niño que…? – ¿Qué? – Dijo, notablemente molesto, pero no le importó.
–El demonio ese y el niño castaño estaban en los licuados locos, platicando muy entretenidos. – La mujer le colocaba algo de azúcar a su café mientras hablaba. – No me había dicho que Puckett tenía novio.
No hacía falta que Freddie pidiera algún tipo de característica del chico, sabía perfectamente que era el maldito de Storari. Lo que no comprendía, era porque Sam y el estaban platicando tan "entretenidos", si se la pasaban peleando todo el día. Además, se suponía Sam estaba molesta por cómo le había tratado.
¿En qué estúpido universo paralelo se encontraba?
Freddie no podía evitar el enojo y la furia que corrían por sus venas, estaba completamente irritado. Tenía unas enormes ganas de matar a Storari.
De verdad odiaba sentirse así.
De verdad odiaba a ese italianucho.
De verdad odiaba mucho a Sam.
De verdad odiaba lo mucho que le gustaba Sam.
¡Chan! xD
Hahah
¿Qué les pareció?
Bueno, como saben me podrán decir que les pareció dejando un:
R
E
V
I
E
W
(Dale review porque harás feliz a una SEDDIE preparatoriana ñoña que ama la escuela y al Seddie! Y si te gustó el cap también!)
