¡Oló! :D Aquí está, el capítulo tres de ésta serie :3 Que espero les guste mucho. Muchísimas gracias por sus favoritos, alertas y reviews :3
Sé bien que mencioné un encuentro con Lily Potter, pero éste capítulo no será de ella. Por motivos estratégicos (ohoho, Dom me está contagiando sus modos) nuestro amado Rey de Picas entra en escena absoluta.
Espero les siga gustando, y espero sus bellos reviews. :D
El Rey de Picas
Ella jamás lo perdonaría.
Y no es que él planeara pedir perdón. Eso es de débiles. Pero las negociaciones serían más agradables si tuvieran, al menos, una relación cordial.
Bufó, y soltó una risita. ¿A quién engañaba? Él no quería sólo una relación cordial con ella. Y sin embargo… ¿Qué quería? No lo sabía a ciencia cierta. Pero no quería algo como lo que estaba ocurriendo. No una guerra de desgaste a ver quién caía primero.
El reflejo del enorme espejo de cuerpo entero le devolvió la nerviosa mirada. Se arregló un poco la corbata gris. Lástima que no podía arreglar sus ojos grises para que no delataran su nerviosismo. En mentir él siempre había sido el rey… Hasta que ella le demostró que el alumno siempre supera al maestro.
- Dominique, fui un tonto. No debí hacer eso. Realmente lo lamento.
Hasta escuchar las palabras de sus labios le daba risa. No, el jamás lo diría. Y ella jamás le creería aunque se lo dijera. Lo cuestionaría, lo torturaría con su juego mental hasta hacerlo confundirse en sus palabras, buscando la mentira de su disculpa. Así que mejor se ahorraría el esfuerzo.
Pero los pensamientos de pedir perdón le siguieron rondando por la cabeza hasta que se encontró en la entrada del restaurante. Incluso hasta que el gerente lo dejó en su mesa de siempre.
Sí, realmente le debía una disculpa. En realidad, ya le había pedido muchas disculpas, muchos años atrás. Pero parecía que el viento se las había llevado. Las de él y las de Victorie. ¡Maldita sea la hora en que escuchó a la estúpida rubia celosa! De no haberle seguido el juego, de no haber participado en ésa ridícula idea, ésta historia sería diferente. Todo sería diferente.
Instantes después, una cabellera negra azulada apareció en la entrada del elegante lugar. El gerente guió diligentemente a la mujer hacia donde estaba él. Bajo la mesa, Scorpius estrujo nerviosamente sus dedos antes de ponerse de pie. La mujer se detuvo frente a él, y clavó sus altivos ojos azules en él.
- Scorpius Malfoy.
- Qué tal, Dominique.
Silencio. Scorpius la estudió cuidadosamente: nada quedaba de aquella niña de cabello desordenado y dulces ojos azules con la que paseaba, tomados de la mano, por los jardines de Hogwarts. Tampoco quedaba nada de la niña que le gritó que lo odiaba con toda su alma. Le acercó la silla, y ella tomó asiento. El vestido con escote en la espalda le permitió rozar por un fugaz momento su blanca piel, causándole un suave brinco en su ritmo cardiaco.
- Pues a lo que venimos, que no tengo muchos ánimos de perder el tiempo contigo. Hablemos de tus condiciones.
- …De acuerdo, que también tengo cosas importantes que hacer.
- Definitivamente – comenzó ella, sacando un par de carpetas – Los aranceles que están impuestos no se pueden mover, Malfoy, son los impuestos por la ley.
- Ley que tú hiciste.
- Y ley que no modificaré por ti ni volviendo a nacer. Ahora, sobre los porcentajes de las ganancias, supongo que te arreglarás con Mael…
- ¿Mael?
- Por supuesto, él también quiere una parte.
- ¿Te lo ha dicho? ¿Cuándo lo viste?
- Va muy seguido a verme a mi oficina. Platicamos, jugamos póker, comemos juntos y hacemos negocios.
Scorpius apretó los puños disimuladamente. Obviamente sabía que su amigo la veía, pero no que jugaban póker y salían a comer juntos. ¿Qué diablos se creía?
- Vaya, toma un poco de vino, que parece que el bocado de celos te está ahogando.
- No digas tonterías, Dominique.
Ella sólo se encogió de hombros y siguió recitando sus condiciones. Scorpius rezó porque no se hubiera sonrojado: definitivamente lo que había dicho la mujer frente a él era una verdad incómoda. Estaba celoso, muy celoso. Justo en ése momento llegaron los platillos.
- …Mira, acepto todas tus condiciones, pero la única mía es que a Mael le daré la décima parte de mis ganancias, y a ti igual.
Los ojos azules de Dominique lo miraron, expectantes, causándole un escalofrío.
- Parece que no estás entendiendo, Malfoy, y las manzanas para explicarte no las traje hoy. Yo pido el veinte por ciento, no me importa que tu amigo vaya por el premio menor.
- No te daré ésa cantidad, Weasley – masculló, más molesto que antes – Es demasiado.
- Para un negocio que te dará más de cinco ceros en tu cuenta, no es nada. Y si no aceptas… Bueno, el Ministerio está haciendo auditorías – comenzó, con una voz suave, mientras cortaba delicadamente su carne – Y ya sabes que en las auditorías cualquier… irregularidad en un negocio se descubre. Sería una pena que hubiera algo mal en ése negocio tuyo. ¡Imagínate lo que diría la prensa! El Profeta haría su Navidad adelantada – ella se inclinó hacia adelante y bajó la voz – "Empresas Malfoy: ¿Dinero sucio?"
Él la estudió con sus ojos grises. Ella lo miraba fijamente, sin mostrar ni un poco de nervio. Se veía que ella sabía que dominaba la situación: hasta se permitió una leve sonrisa al ver su titubeo. Sonrisa de burla, de sorna, de reto. Scorpius sintió un golpe en el estómago.
¿Dominique, qué te ha ocurrido? ¿Tanto me odias? ¿Tanto dolor te causé? ¿De verdad…?
-…¿De verdad serías capaz de hacerme eso?
- Oh, ¿Hacerte qué exactamente, Malfoy? No entiendo lo que dices – le dedicó otra sonrisa burlona – Simplemente digo que si sabes lo que te conviene, me darás mi veinte por ciento, tendrás tu mercancía libre de revisiones y molestas auditorías, y todos contentos y felices.
Scorpius no desvió sus ojos de los de ella. Ahora entendía por qué había accedido a verlo en persona. Ella disfrutaba, le gustaba ver las reacciones de sus presas cuando las atrapaba.
Porque lo había atrapado, lo tenía con las manos atadas. Él sabía que sus empresas estaban limpias, pero también sabía que ella podía fácilmente ensuciárselas de la noche a la mañana, detruírlas como ya había hecho con muchas otras empresas que le habían estorbado. No tenía salida. Dominique había guardado su as bajo la manga para el final, y había ganado.
- ¿Traes los documentos? Para firmarlos de una vez.
- Por supuesto.
Con movimientos fluidos, la bruja sacó de su portafolio unas hojas. Scorpius la contempló: las manos finas, el cuello largo, el brillante cabello cayendo en suaves ondas sobre su hombro derecho.
Los ojos azules que lo miraban, complacidos y triunfales, mientras él sacaba su varita.
Chispas azules salieron del papel mientras plasmaba su firma, sellando el negocio.
-Encantada de hacer negocios contigo, Scorpius. Y lamento no poder quedarme más tiempo pero, como tú, yo también tengo cosas más importantes que hacer. Nos vemos.
Él apenas alcanzó a reaccionar, totalmente sorprendido. Ella ya se había levantado de la mesa, pero pudo tomarla rápidamente de la muñeca. Ella se detuvo en seco, y volteó a verlo lentamente, sin ninguna expresión en el rostro.
Diablos, ¿Qué había hecho? ¿Qué decirle ahora?
- Dominique, yo…No te vayas.
Un largo instante de silencio. El rostro de ella era inescrutable. ¡Maldición! Él era un experto en leer a la gente, pero con ella siempre había sido muy difícil.
- Mira, Scorpius… – ella se agachó sobre la orilla de la mesa y acercó su rostro al de él. El rubio sintió su suave aliento sobre sus labios –…Saca tu libretita y anótalo para que no se te olvide. Deberías agradecer que tú para mí si existes, y sabes bien a qué me refiero. Y existes porque me convienes: Negocios, son negocios; y dinero es dinero. Punto. No confundas. Para mí, eres despreciable, y para mí, la gente jamás cambia. Y yo jamás olvido. Que tengas un buen día.
Su perfume de especias y madera se quedó flotando alrededor de él, pero ella salió del restaurante con paso firme, seguida de varias miradas. Incluyendo la suya. Aunque nadie la miraría jamás como lo hacía él.
Porque ésa reunión no sirvió sólo para cerrar un negocio. Sirvió para comprobar que ella aún lo odiaba, lo odiaría siempre. Y se lo merecía. También sirvió para comprobar el daño que le había hecho, lo que la había cambiado, lo idiota que había sido… Y lo feliz que podría ser ahora con ella si no hubiera cometido ése error fatal en el pasado.
Scorpius le dio otro trago a su copa, y perdió sus ojos grises en el pianista que había comenzado a tocar en el pequeño escenario del restaurante.
Dominique también tocaba el piano cuando eran novios, hace años. ¿Lo seguiría haciendo?
Suspiró.
Porque él seguía haciendo lo que había hecho hace años. Seguía cayendo en ése error que había arruinado todo, que había causado que el plan perfecto fallara. Error que había sido su perdición, y que ahora lo tenía ahí, sentado como idiota, preguntándose cosas del pasado que ya nadie podría respondérselas. Porque, como su padre decía: uno cuando es joven es idiota, cree que todo saldrá bien, y no. Hay equivocaciones, fallas de cálculo. Hay errores, hay cosas que pueden salir mal. Hay verdades que tarde o temprano salen a la luz, hay mentiras que nos hacen sufrir demasiado. Hay sentimientos que se entrometen.
Ésa reunión le había demostrado que él seguía haciendo lo que había hecho hace años, cuando eran novios, seguía tropezando con la misma piedra.
Seguía enamorado de ella.
