Tun tun tuuuuun (8) ¡Sí! Sí, lectores de mi corazón, hemos llegado al final :'3 El último capítulo de ésta serie, que espero les haya gustado y emocionado, así como a mí. Quiero agradecerles por seguir la historia a pesar de la enooooorme pausa sufrida :3 Historia que, aunque corta, la escribí con todo mi cariño :3
En fin, ya no diré más porque me estoy poniendo sentimental… Así que sin más, los dejo. ¡Hasta la siguiente historia! ;)
Flor imperial
*Escalera real o Flor imperial: En inglés, Royal flush. Cinco cartas seguidas del mismo palo: 10-J-Q-K-As.
La mano con más valor en el póker.
Probabilidad de obtenerla: 1 en 649,739.*
- Todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer – la voz de mi padre se filtraba a través de la puerta de mi habitación – Yo estaba seguro de que me pondría en Slytherin. Toda mi familia…
- Había ido ahí. Sí, lo sé, Scorp – le interrumpió mi madre, seguramente harta de escuchar por enésima vez en el día lo mismo.
- Aaaahh… Y los partidos, ¡Los partidos de quidditch! Merlín, me encantaba sentir el aire en mi cabello al volar, ¡ASÍ!
Los chillidos y risas que se escucharon a continuación indicaron que mi padre había tomado en brazos a mi hermana y la estaba cargando por los aires, demostrándole cómo era eso de volar. No pude evitar sonreír mientras doblaba otro pantalón y lo guardaba en mi baúl.
- ¡Scorpius! – escuché la voz de mi madre – Baja a…
Pero el estallido de risas y grititos entrecortados – ¡Bájame Scorpius Hyperión! ¡BÁJAME! – eran ahora de mi madre, a la cual seguro mi padre estaría cargando. Con lo que a ella le gustaba eso. Sin embargo, las risas de mi padre y las órdenes de mi madre de que la bajara no cesaron… Nunca cesaban rápidamente cuando mis padres jugaban como niños pequeños. Reí por lo bajo, mientras guardaba varios pares de calcetines.
Mi carta había llegado hace un mes, en el pico de una lechuza gris. Yo estaba en la cocina, entreteniéndome mientras cocinaba un mousse, cuando el ave tocó educadamente el enorme ventanal de la cocina.
Y desde ése día, todo había ido demasiado rápido para mí. Los festejos de mis padres, de mis abuelos, de todos mis tíos, las compras en el callejón Diagon, las historias de toda la familia sobre Hogwarts, sobre las casas, sobre lo maravilloso que era ése lugar, sobre que ahí encontraría mi segundo hogar…
Pero yo no estaba muy seguro de querer irme del primero.
Desde que tenía memoria, la Mansión Malfoy, y Shell Cottage en segundo lugar, habían sido mi hogar. En ningún lado me sentía más a gusto que entre ésas paredes. La Mansión, con sus enormes jardines, habitaciones misteriosas, el despacho de mis padres, y la gigantesca cocina en la cual había pasado más horas que en ningún otro lado del mundo.
Otras tres camisas encontraron su lugar en el baúl.
Además estaban mis padres. Siempre ocupados, pero siempre tenían tiempo para mí. Mi padre, siempre dispuesto a jugar, a enseñarme a volar en los jardines, siempre con un abrazo preparado. Mi madre, un poco más fría, pero absolutamente protectora. Siempre pendiente de nosotros, siempre inteligente, brillante, elegante…
Y sobre todo eso, estaba…
- ¿Puedo pasar? – dijo una vocecita cristalina proveniente de mi puerta. Volteé, y una niña de seis años recién cumplidos, enfundada en un bonito vestido morado de raso y encaje, me miraba atenta.
- Ya estas adentro, Lyra – reí, mientras ella sonrió, cerró la puerta y corrió a mi cama, a la cual subió de un salto.
Mi hermana. Mi terriblemente inquieta, curiosa y astuta hermanita.
Bien había dicho tío Mael que se parecería a mi madre, pero no esperábamos que fuera tan exacto el parecido. Mientras ella tomaba el libro de Transformaciones y comenzaba a hojearlo, la observé. Sus bucles caían, espesos, sobre sus pequeños hombros, y su cabello negro azulado – tan azulado como el de mamá – brilló mientras movía la cabeza al pasar las páginas. Según tía Fleur, un poco de sangre veela corría en sus venas. Y sí, yo no lo hubiera dudado un instante, mucho menos por el fuerte carácter que tenía.
- ¿Todo esto aprenderás en Hogwarts? – murmuró, sin despegar la vista de las páginas.
- Todo eso.
- ¿Y también eso? – preguntó, señalando todos los demás libros que ya estaban dentro del baúl que descansaba al lado de ella.
- Así es.
- ¿Y no podrías aprenderlo aquí, leyendo todo eso? Yo podría ayudarte. Te dejaría estudiar sin molestarte, y no te pediría que cocinaras para mí todos los días, yo…Yo…
Un pellizco de tristeza lastimó mi corazón al verla quedarse en silencio, expectante, con el libro abierto entre sus manitas. Lyra no me miró, pero no fue necesario. Yo sabía que ella no quería que me fuera.
Y sí, ella era la razón más fuerte que yo tenía para no quererme ir. Ella, mi hermanita. La criatura manipuladora que, por primera vez en su corta vida, había visto frustrados todos sus planes que hizo para causar que yo no me fuera. Desde que había recibido la carta, ella había diseñado estrategias, planes, y al verlos frustrados había rogado, había gritado, ordenado, pateado, golpeado puertas y finalmente llorado – su última arma, generalmente letal e infalible – para que yo no me fuera.
Pero obviamente, el tema no tenía punto de discusión.
- Tengo que ir, Lyr – murmuré, mientras me sentaba al lado de ella – Pero volveré para Navidad. Y además, te escribiré muy seguido.
El silencio de ella ahora me indicó que estaba pensando todo lo que le dije. Al fin de un largo rato, dejó el libro de transformaciones sobre el montón de libros que ya había guardado.
- ¿Lo prometes? – me miró por primera vez desde que entró.
- Lo prometo.
Sus ojos se iluminaron. Sus ojos, lo único que ella había heredado de mi padre. Gris metálico brillando astutamente, como les brillan a los felinos, en ése mar de porcelana y cabello negro azulado.
- Además, te tengo una sorpresa.
Su cara se iluminó aún más. Lyra amaba las sorpresas.
Alargué mi brazo, y tomé una caja alargada que descansaba en el buró. La coloqué sobre mis piernas, con los atentos ojos felinos de Lyra siguiendo todos mis movimientos. Levanté la tapa y ella emitió un suave suspiro.
- Veintisiete centímetros, flexible, de madera de manzano, y núcleo de nervio de dragón.
Tomé la bella varita parda rojiza entre mis dedos y se la mostré. Lyra la miró con reverencia y anhelación.
- ¡Quiero una!
Reí, mientras guardaba la varita de nuevo en la caja, y a su vez la caja en el baúl, el cual cerré. Le tomé su manita, y salimos juntos al enorme balcón de la habitación.
- Tendrás una, Lyr. Pero será diferente a la mía. Tendrá diferente tamaño, diferente madera, y quizá diferente núcleo también.
- Y obviamente será más bonita – contestó, con ése tonillo arrogante que había heredado de mamá y de papá. Reí otra vez.
- Seguro, mucho más bonita.
- ¿Y a qué casa irás, Lynx?
- Slytherin.
La respuesta salió tan natural y rápida de mis labios que me sorprendió. Pero no a ella.
- ¡Como papá y mamá! Y cuando yo vaya a Hogwarts, yo también iré a Slytherin.
La contemplé. Su cabello brilló con fuerza bajo el sol del último día de Agosto, y sus ojos grises me dejaron ver la seguridad con la que ella pensaba eso.
Y pensando en su manera de ser, de moverse, hasta de mirar, no dudé ni un instante.
- Sí Lyra Malfoy Weasley, tú también irás a Slytherin.
Su brillante sonrisa fue la única respuesta.
