Disclaimer: Dragon Ball, y todas su sagas, no me pertenecen, así como tampoco sus personajes, a excepción de algunos, que son obra de Akira Toriyama. Esta historia simplemente está creada para brindar entretenimiento a sus lectores :)~
Mi corazón encantado.
Aterrizó frente al hogar de su mejor amigo. Hacía mucho tiempo que no lo veía, realmente quería saber de él. Supuso que estaría con el señor Goku, pero mejor sería preguntar primero. Cuando iba a llamar a la puerta, un ruido extraño llamó su atención. Se giró sobre él, y no vio nada fuera de lugar, ni sintió ninguna presencia. Sin embargo, divisó el punto justo donde había oído el ruido. Algo le decía que su amigo tramaba una de sus bromas, y le había salido mal. Divertido, apareció frente al árbol del cual provino el ruido.
Sus ojos se abrieron enormemente de sorpresa. No era su amigo. Era... era...
Se dedicó a observar lo que sus ojos tenían en frente. Olvidó respirar, y sintió sus pies atornillarse al piso. Evitó pestañear, no podía hacerlo. No frente a... ella.
Asfixiado, sofocado. ¿Qué rayos sucedía?
Le molestó de sobremanera que frunciera tanto sus ojos. Eso no dejaba... admirarla como debía.
Era una estatua, era atractiva a sus ojos. Era un encantamiento, algo precioso de ver y observar. Imposible le resultaba desviar su mirada a cualquier otro rincón.
Algo en ella le resultaba conocido, como si toda la vida hubiera estado frente a tal belleza.
¿En serio estaba pensando esas cosas? ¿qué, estaba loco?
Demente, delirante. Era un delirio contemplar una mujer así. Claro que ya había visto decenas, cientos de mujeres, mujeres que, sin vergüenza alguna, caían rendidas a sus pies. Pero todas eran de la misma calaña. En cambio, esta figura destacaba del resto. Se escondía frente a él, ¡como si le escapara! Ninguna mujer escapaba de él, todas, al menos, se le quedaban mirando para plasmar en sus mejillas un sonrojo incapaz de controlar. ¡Y ella huía de su mirada! Cuánta intriga le planteaba. Deseaba que desplegara sus párpados, que se mostrara frente a él, que abandone esa expresión de "me encontraron". Que lo mirara.
Y cuando pensó que era una ilusión, la vio mover con gracia y delicadeza su cuerpo, para mirar, escondida, al lugar donde hacía... ¿cuánto? ¿minutos? ¿o unos segundos?...
Para mirar donde él había estado parado.
Observó ahora, desde esa posición, el resto de su cuerpo que no había podido admirar por tenerlo escondido de él. Su pequeña pero armoniosa espalda, su cintura. Sus caderas, sus piernas... sus manos apoyadas sobre el árbol. Era grandiosa. Y se sentía estúpido. ¿Por qué pensaba esas cosas?
Supo que ahora tenía sus ojos abiertos, más no podía verlos, le daba la espalda. Quiso obligarla a voltearse para que lo mirara a los ojos. Mejor aún: para verlos él mismo, para saber si semejante imagen era digna de un par de ojos que combinara con todo ella. Necesitaba que con urgencia que lo mirara, sentía que no podría volver a respirar si no lo hacía.
Para su suerte, no tuvo que moverse del lugar. La criatura, giró de golpe, con expresión... ¿asustada?
Y sus ojos...
Un par sin igual. Profundos, misteriosos. Amplios, demostrativos. Le hablaban en un idioma que no pudo discernir. No se sintió en sintonía con sus orbes, eran más que ella y más que él. Eran todo ella. Eran huraños, pese a todo lo que expresaban. Eran insoportables de ver, mirar, u observar. Sin embargo, eran extremos. Eran admirables, eran todo lo que quiso ver. Eran tristes, alegres, valientes. Profundos e inalcanzables. Le gritaban, le imploraban, comunicaban lo que no podía comprender. Eran curiosos, soñadores, tímidos. Eran fuertes, frágiles. Escondían una pasión y un miedo. Lo desafiaban con osadía. Los miraban con vehemencia, pero no le alcanzaba. Quería más de ellos. Quería hablar con ellos y realzar la alegría por sobre el dolor que éstos le profesaban. Quería despertar todos los días, y al abrir sus ojos, toparse con los de ella. Supo que quería regalarle su última mirada cuando el momento llegase. Necesitaba hacerlo. Quería adorarlos sin importar más nada. Quería ser dueño de la intensidad. El que provoque miles de emociones en ellos. Quería tanto, que no sabía que quería. Necesitaba todo lo que le pudieran regalar. Nunca encontraría algo más perfecto que eso, tal vez. Eran muchas cosas, y estaban proporcionados en su justa medida. Jamás encontraría una tonalidad negra que brillara más que esas pupilas. Un negro que hablaba el idioma más hermoso que alguna vez pudo conocer. Los quería, todo para él. No quería más que eso. Más que esos ojos, sería demasiado. Mejor refugio ya no existía, ni ningún paisaje deslumbraba tanto como ellos.
Supo, que eran el reflejo de su alma. Pudo conocerla con sólo mirarla a ese punto mágico, con sólo un segundo logró entender lo compleja y maravillosa que podría llegar a ser para él. Quiso ver más, ¡necesitaba más! ¡aún con todo lo que había obtenido de ellos!
Recordó que su cuerpo tenía extremidades, y cuando movió una mano, inevitablemente ésta fue a parar al rostro de la muchacha, como si un campo magnético lo obligara a hacerlo. La tocó, por fin.
Y eso, fue lo mejor que le pasó. Sintió una descarga eléctrica, como las que lo rodean cuando se convierte en Super Sayajin Fase 2. Eso generó que ambos se exalten. Rogó al cielo por que no lo rechazara. Soportaría todo, menos que esos ojos lo rechacen, que los aparten de su vida.
Agradeció que quien tenía en frente no se asustara y escapara de él.
No la dejaría escapar. Encontró algo que no buscaba, porque no sabía que existía. Pero ahora, entendía que no huiría de él, al menos, no con facilidad.
Perfecta. Simplemente maravillosa. Tenía que cuidarla. Le brindaría el afecto que nadie más podría darle, excepto él. La protegería, y la respetaría como a nadie. A cambio, quería que nunca deje de mirarlo. Que la vida jamás se borrara de su retina.
Que fuera suya, cueste lo que cueste.
No pudo evitarlo. Se aproximó peligrosamente más cerca, y con su mano izquierda, que estaba a un costado de su cuerpo, acarició con sumo cuidado su cara, como si tocara el material más frágil del universo entero. Tomó aire con un tremendo esfuerzo, y su nariz se inundó del aroma de la mujer que tenía en frente.
—¿Quién eres...? —preguntó desconociendo el sonido de su propia voz al pronunciar esas palabras, que rogaban una respuesta, o mejor, oír su voz.
Perdió la noción de lo que hacía por un microsegundo, pero lo recordó cuando la muchacha cerró sus ojos, decepcionando a un Trunks que no quería dejar de mirarlos.
Pero ya no eran los únicos que requerían su atención : debajo de éstos, aparecieron tintes rosados. Dirigió allí su mirada, y nuevamente con su mano izquierda acarició la zona del sonrojo.
Esperó que le conteste, pero jamás lo hizo. Se dedicó a mantener oculta su mirada, y respirar de vez en cuando. Trunks podía jurar que oía los latidos desenfrenados del corazón de la mujer. O quizá fantaseaba... ¿Era ésta una fantasía? llegó a cuestionarse, porque era demasiado imponente la escena. Sabía que sería imposible olvidarla luego de esto.
Inesperadamente, ella dejó sus pupilas a la vista, manifestando en sus ojos sorpresa, y contradicción. Analizó con detalle cada uno de sus ojos, memorizándolos, inmortalizándolos dentro de su mente. Cada rincón fue prolija y ansiosamente estudiado, puntualizó en todos sus recovecos, y no dejó ningún fragmento al azar.
Y por fin pudo leer algo en ellos: supo que no los volvería a ver. Entendió que debían permanecer alejados, y odió con todo su ser que la única certeza que les manifestaron haya sido ésa. Impresionado, tieso en el lugar, sintió cómo el cuerpo de la chica rozo sobre el suyo con rapidez, y al segundo ya no estaba frente a ella. Se sorprendió de que corriera con la misma velocidad que él lo hacía, pero no le importó.
Tampoco iba a dejar que se alejara con tanta facilidad.
Decidido, la alcanzó y atrapó de ella lo que más cerca tenía: su mano.
La electricidad volvió a sentirse, y tan pronto como la sujetó, detuvieron sus pasos.
—Piensa en algo... ¡Rápido! —se decía Trunks.
Inspiró por última vez, llenando sus pulmones para sonar fuerte y claro.
—Dime... dime por favor... —su intento fue en vano, su voz sonó débil, en un susurro— si volveré a verte...
Esperó ansiosamente que le dijera que sí. Tranquilo, vio la respuesta positiva. Comprendió que debía soltarla, creía en su palabra.
Aún así, no podía dejarla ir, se negaba. De manera involuntaria, lenta y dolorosamente aflojó la fuerza que mantenía cerca uno del otro.
La soltó, y le dolió. Miró cómo desaparecía entre los árboles, y un impulso hizo que corriera tras ella, para retenerla. Pero una mano en su hombro se lo impidió. Confundido, vio la expresión de su padre que lo detuvo.
—No es el momento, mocoso. Vete a casa, ahora —la cara de Trunks le preguntaba qué sabía él, qué había pasado—. Déjala ir, cuando esté lista volverá.
Vegeta refunfuñó, parecía furioso. Trunks quiso hablar, preguntarle, y no pudo; se fue de aquel lugar, sabiendo que ni él ni su padre tocarían el tema. Mantendrían el secreto.
Pero él jamás descansaría hasta encontrar ese par de ojos que tanto le hicieron sentir con tan poco.
Todavía no podía entender cómo era que la había visto cuando tenía 18 años. ¿Qué hacía ella ahí? Tenía que preguntarle de algún modo, pero para eso debía encontrarla.
Miró el reloj. Ése día, sus ánimos estaban por el piso, y quiso irse a dormir temprano, todavía se avistaba el sol crepuscular que bañaba el cielo de un color anaranjado con tintes rosas. Le llevó mucho tiempo para abandonarse al mundo de los sueños, y cuando lo logró, soñó con ese par de ojos, se despertó, bajó a tomar agua, y descubrió el misterio. Cuando por fin logró dormirse, no eran más que las 4:00 a.m.. Y ahora que tenía la vista fija en el reloj, viendo el inminente paso de los segundos, leyó las 5:53 a.m..
Por una extraña razón, se sentía tranquilo con él mismo. Advirtió que ahora sólo debía esperar a que regresara. Todo había cambiado. Nada podía volver a ser como antes.
Él no lo permitiría.
—¡Eres un genio, robotito! —dijo eufórica al tiempo que besaba al pequeño Giru, quien volvía a colorarse de rojo en su lente— ¡Gracias, Giru!
Giru había comido la dichosa placa principal de la que Pan había oído a penas unos momentos. Entre la alegría, advirtió lo que acababa de suceder: esos seres planeaban desde hacía quién sabe cuánto un plan, que posiblemente haya sido el que en su tiempo estaba causando tantos estragos; ralentizó el tiempo en que iban a llevarlo a cabo. Entonces, todo este tiempo habían estado buscando el reemplazo de la placa que ya no existía, y, posiblemente, cuando la consiguieron, lo hicieron funcionar.
Pan supuso que el lugar en que los había visto era el mismo donde se estaban instalando, que posiblemente hayan estado siempre allí, bajo tierra: debajo de donde estaban parados, había una puerta trampa, donde estarían las maquinarias que usaron para matar a todos. Con mucha bronca, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo planeaban el ataque, y nadie se había percatado.
De un momento a otro, una expansión de luz verde se extendió por todo el lugar. Presintió de qué se trataba, así que se giró, y pudo ver nuevamente el collar, colgado esta vez desde una rama de un gran árbol, el cual estaba iluminado intensamente. Su corazón le dio un vuelco, porque esa aparición significaba que debía emprender el viaje de vuelta. Se quedó sin habla, hasta que sintió una calidez en su hombro. Era Goku, que la miraba con una media sonrisa en su rostro, ojos maduros y brillantes; todo él irradiaba confianza, y por sobre todo, un amor incondicional.
Se miraron a los ojos, ambos sabiendo lo que se venía.
La gratitud destellaba en los de Pan, mientras que Goku expandía su sonrisa en una mucho más amplia.
—Abuelito... —habló Pan, abrazándolo con la fuerza desgarradora de saber la última vez. Un dolor estrepitoso y agudo se apoderó de su garganta, pero no de sus ojos— Te lo agradezco, y te pido disculpas haber dicho tantas cosas que no son.
—Pan —la tomó de los hombros y puso la distancia justa para que ella pudiera verlo—, si hay algo de lo que estoy orgulloso, es de lo mucho que tienes por delante. Eres demasiado joven aún, pero mi trabajo aquí ya está hecho, y sé que vas a lograr todo lo que desees, siempre fue así. Lamento no haber estado siempre junto a tí, pero debes entenderlo: tú no me necesitas, linda. Gracias a tí.
Se despidieron con la última sonrisa, y en los dos se veía el orgullo por el otro. Ambas partes de lo mismo, la misma madera, igual pasión. La lucha recorriendo fervientemente por sus venas, atravesando límites más allá de lo que cualquiera pudiera imaginar. Llevando la vida a fondo, superándose sin pensar en las complicaciones. A partir de este viaje, Pan vio un cambio dentro de sí misma. Algo que sería definitivo. Encontró su cable a tierra, que hacía mucho lo había perdido. Esto le había enseñado mucho, y además, regresaba con una certeza: sabía dónde debían atacar.
Suspiró, echó una última mirada a su alrededor, y quiso devolverle la vida que estaba apreciando ahora, a su hogar. Ésa era su nueva meta. Costase lo que le costara.
Una última mirada, un gesto con la mano que fue respondido, y finalmente, se volteó al collar.
—Viste demasiado. Tu tiempo aquí se ha acabado.
—Descuida, fue más de lo que esperaba.
Se colocó a un costado, para que su última imagen sea su abuelito querido, quien le alcanzó la mochila que se veía extrañamente redonda.
Se alejó, y vio la mano de su nieta tocar y desaparecer junto al collar. El resplandor cesó. Frente a él ya no existía nada más que un extenso bosque.
Su cabeza daba vueltas imposibles, y se veía caer en un gran agujero interminable, tan fielmente copiado de esos sueños en que crees que estás cayendo sin poder hacer nada para evitarlo, ni si quiera despertar. Tantas volteretas la mareaban, y el tiempo parecía no acabar. Podría haber estado horas o minutos, daba igual, era una eternidad. De pronto, la calidez del lugar que había dejado atrás se hizo a un lado para dejar pasar a un frío ya conocido, pero mucho más feroz. A su vez, sintió la punta de su nariz helada, y el viento frío que la envolvía no ayudaba demasiado.
Algo dentro de ella le decía que estaba por llegar. Intentó ponerse erguida, pero la posición horizontal en la que estaba cayendo, no se modificó a su gusto. Vio a lo lejos un punto que contrastaba con la tonalidad verdosa que la rodeaba, una diminuta lucesita de tono plateado agrandaba su diámetro a medida que su cuerpo, víctima de la gravedad, era atraído hacia el suelo reseco, árido y despoblado típico de su época.
Cada vez podía ver un panorama más amplio. Ya divisaba la familiar neblina de la noche muerta, y olfateó sin quererlo el desagradable hedor a podredumbre de peces en descomposición. Su atención fue directa a lo que parecía un gran cristal angosto y extenso, sorteado entre la ruina de los restos de lo que alguna vez, parecía, habían sido árboles frondosos. En ese extraño vidrio pudo divisar su figura cayendo, remotamente, lejos, y ahora se veía más grande, más cerca, se aproximaba.
Y no supo cómo, cuándo, ni donde, sus rodillas y luego sus manos aterrizaron bruscamente ni más ni menos, que sobre ese cristal. Mareada, y confundida, sintió bajo sus extremidades un frío tremendo, y cuando pudo ver más nítidamente, vio cómo se resquebrajaba esa superficie helada.
Cuando lo comprendió, ya era tarde. Demasiado. No pudo moverse, por más que se apresuró para esquivarlo; el cansancio tremendo que le provocó el regreso, como si hubiera estado un mes entero entrenando, no le permitió más que resignarse a lo peor. Oyó un último crujido, y la capa de hielo frágil que se extendía debajo de ella, se quebró, y el agua helada abrazó sus oídos junto al estrepitoso ruido burbujeante de su cuerpo deslizándose inerte hacia las profundidades, percibiendo la baja temperatura extenderse a lo largo y ancho de sí. Quiso respirar y fue inútil. Se dejó ser, por más lucha que presentara, ya era muy, muy tarde. Ella no podía salvarse a sí misma, su cuerpo no la dejó.
Y tan pronto, vino la oscuridad. La ansiada tranquilidad.
Ya estaba cansado de desviar su mente contando cuántos cuadrados de ese metal extraño que conformaban el lugar. Estaba ansioso por su regreso, tenía mucho que preguntar. Aunque en su mirada advirtió que jamás emitiría su boca sonido alguno con respecto al episodio que habían presenciado apenas momentos atrás. Se sentía desconcertado, y la expresión de shock difícilmente se la confundía con una de sorpresa.
—Uno, dos, …cuarenta y ocho … ciento treinta y cuatro, … doscientos noventa y nueve, ¡rayos, dónde estás! —pensaba sin poder engañar a su mente. Mucho menos engañaba a la maraña de cosquilleo que invadían su estómago al sentir esa mirada frente a él, aunque ya no estuviera ahí. Sentado, con sus piernas cruzadas, otra vez manchaba el piso con las gotas de sudor que rodaban expectantes por sus mejillas.
Un golpe seco cortó el silencio cuasi sepulcral, e influenció para que se incorporara de golpe, decidido a preguntar, pero sin saber bien específicamente por dónde comenzar.
El causante de su atención lo ignoró olímpicamente; se dirigió con paso firme al centro de comandos y aumentó la gravedad a un 500%. Lo que se pudo oír luego de eso, fue un golpe repentino, dientes rechinando, y el sonido del golpeteo de piernas y manos contra el aire.
—Me estorbas —espetó con una indiferencia cruelmente normal—. ¿Vas a quedarte todo el día allí, o qué, mocoso?
Nada recibió como respuesta. Solo se dedicó a pararse con dificultad, abrir su boca para proferir sonido, pero nada se oyó de sus labios.
—Vete, si no te molesta.
El tono era por demás arrogante, pero no logró intimidarlo. Sus sentidos no estaban precisamente en la cámara de gravedad.
—¿Cómo... llegaste allí? —de todas las preguntas que quería hacerle, ésta fue la que le formuló sin siquiera pensarlo. La más estúpida que se le ocurrió.
Vegeta dejó de pelear contra el aire, y se paró frente a él depositando su peso en una pierna, con sus brazos cruzados.
—Sentí un ki llamativo, y no pude más que ir a averiguar de quién se trataba, pues ninguno de ustedes tiene uno igual.
—¿Un ki? —preguntó confundido, como si le estuviera hablando en otro idioma.
—Insecto... —susurró lo bastante audible como para que lo escuchara, y sus labios se entornaron en su típica media sonrisa— Si fueras responsable y entrenaras al menos la sexta parte de lo que entreno yo, lo comprenderías. Pero tú y los descendientes inútiles de Kakarotto compiten para ver quién es más terrícola que el otro. La niñita esa va a superarte si dejas tu condición de guerrero en tercer plano. Desprecias tu sangre de realeza, la clase alta que te distingue del rest...
—¡YA! ¡NO estoy para sermones, papá, me los sé de memoria!
—Entonces, si sabes lo que tengo que decir, ¿qué rayos haces aquí quitándome mi valioso tiempo?
—¡Sabes bien a qué me refiero! ¿Qué fue eso que sucedió? ¿quién es ella? —la locura y desesperación se notaban a kilómetros de distancia. Bien podría formarse un charco con las gotas de sudor cada vez más abundantes.
—Nunca antes la había visto. —Al menos, no así... -pensó eso último con una rabia que pudo percibir su hijo sin entender— No tengo más nada que decirte.
—Sabes más de lo que dices. Por favor, padre, necesito tus respuestas, no tus ironías.
—Es todo lo que sé —se limitó a responder, y el silencio fue roto nuevamente por puños y patadas indetectables. Meditó alguna respuesta más— Solo voy a aconsejarte una cosa: o la olvidas, o la esperas. Pero no la busques.
Vegeta no pudo verlo, pero la cara de Trunks se crispó en la definición exacta de la esperanza. —¡Tengo una posibilidad! —pensó a gritos dentro de él mismo. Tenía una oportunidad. No sabía de qué forma, pero existía, y esperaría lo que tuviera que esperar para volver a admirar esos ojos.
Por un momento, desconoció a su padre. Él sabía algo más, tenía la certeza, pero ya había dicho mucho más de lo que hubiera creído que diría. Insistir era en vano, la última palabra estaba dicha, y le agradeció a su padre por su atención. Pero antes de decírselo, un puñetazo certero se pegó a su mejilla, y se despertó de golpe, somnoliento, y oyó una voz extraña proferir su nombre una y otra vez, más un batallón de palabras más que por su mente abrumada no podía entender.
—¡Trunks, despierta!
—¿qué... QUÉ? ¡GIRU! ¡GUIRU, DÓNDE ESTÁ PAN! —siempre supo que él había ido tras ella.
—¡PAN PELIGRO, PAN PELIGRO, PAN PELIGRO, PAN... —el pequeño robot, habiendo logrado su cometido de despertarlo, salió a toda prisa por la ventana de la que prolijamente había descorrido el pasador para poder ingresar al cuarto del aludido.
Trunks, sin pensarlo, con el miedo en sus ojos y una punzada horrible en su pecho, salió a seguir el vuelo del veloz androide, que no le costó mucho encontrar. Algo dentro suyo le decía que esta vez había ocurrido una desgracia. Sólo esperaba que no fuera irreparable. Pero el ki de ella, que sintió una milésima de segundo, muy debilitado, desapareció. Y eso bastó para que supiera el lugar donde estaba, así que se adelantó, y llegó al lugar, pero nada vio.
—¡PAN! ¡PAN, POR FAVOR, RESPONDE! No, no, no, no... ¡PAN!
Giru llegó cinco segundos después.
—¡EN EL RÍO! —le dijo Giru con desesperación. Él había tratado de salvarla, pero no pudo hacerlo, su cuerpo se rehusaba a querer salir de allí mientras se hundía cada vez más.
Trunks, inmediatamente, se transformó en Super Sayajin Fase 1, y la luz que desprendía su cuerpo sirvió para iluminar la oscuridad. A pesar del aumento de temperatura que su cuerpo irradiaba en esa transformación, el frío que sentía era paralizador. Un río congelado no causaba los mismos efectos en él que en Pan: ella no podía transformarse. ¡Era más propensa a sucumbir ante el congelamiento! Pensando estas cuestiones, nadaba en todas direcciones, desesperado, sin ver nada más que barro en las profundidades. Tuvo que salir a la superficie en busca de más oxígeno, y tan pronto como salió, volvió a sumergirse, con los ojos como platos en busca de la muchacha.
—Pan por favor, ¡no me dejes ahora!
Y por un milagro, pudo verla a unos cinco metros de distancia, que se acortaron en un segundo y estuvo a su lado. La abrazó a su cuerpo, y entre nadando y volando, salieron como un bólido del río helado.
La recostó boca arriba a unos pocos metros de la orilla, sin dejar su transformación. No le importaba si los descubrían. Ya no tenía sentido.
Sus ojos estaban crispados del horror. Acercó su oído al corazón de Pan, pero estaba apagado. Tomó su muñeca, presionó buscando un pulso que no existía. Fue a su último recurso, y presionó dos de sus dedos a un costado de su cuello. Quería convencerse que eran solo los nervios que le jugaban una mala pasada.
Estaba helada, estaba... ida. A Trunks se le vino el mundo abajo, mucho más que la ultima vez. Y ahora, sus ojos estaban cegados. Inundados Y así, viendo poco, y desesperado, jadeando de dolor, fue a su única esperanza. Juntó sus manos entrelazándolas, las colocó en el pecho de la muchacha, y contó.
—¡Uno, dos, tres...!
Se aproximó a su corazón, pero seguía igual. Con suma delicadeza, otra vez repitió el mismo procedimiento.
—¡Vamos Pan, por favor!¡Cuatro, cinco, seis!
—¡PAN! ¿me escuchas? —le dice esto último gritando en su oreja, logrando que se espante y de la sorpresa caiga al suelo
—Por favor, no se detengan porque yo llegué, prosigan con lo suyo, no se avergüencen de mí... —se disculpa una fina muchacha que sale al patio y se encuentra con una Pan asustada en el piso.
—Bra... no empieces por favor, ¿cuántas veces te lo vamos a explicar? —le dijo a su amiga de toda la vida riendo, levantándose ayudada por Trunks
—Pero chicos, ¿es que acaso no se dan cuenta? que son el uno para el o..
—Bra, basta ya, ¿sí? —la interrumpe Trunks
—Claro claro, como quieran, si no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Se posó nuevamente en su corazón. Nada.
Se deslizaron más lágrimas.
—¡No me dejes, linda, te necesito... ! —otras tres veces más presionó su pecho, con suma rapidez.
—¿Está bien, plebeya?
—Claro que sí, príncipe Trunks, gracias por su ayuda —dice esto último haciéndole una reverencia para luego poner su mejor cara fingida de enamorada, a la vez que Trunks intentaba poner cara de galán de cine que recién comienza a caminar sobre una alfombra roja.
Dejó de contar en voz alta. En voz alta solo podía llorar. Sólo hablaba para ella.
—Te lo ruego Pan, no juegues conmigo... —imploraba viendo pasar los momentos que había vivido con ella con una rapidez abismal. Un abismo los separaba ahora más que nunca.
—Hasta pronto, mi príncipe
—Adiós mi plebeya, procura cuidarte y pensar en mí.
—Descuide, siempre lo hago.
Diecinueve, veinte, veintiuno.
Nada.
—¡Qué hago sin tí, mi plebeya... ! —le decía sintiéndose un tonto. Y su llanto era más desgarrador al sentirla cada vez más lejos.
Inmediatamente, con una mano le tapó su nariz, y con la otra le inclinó su cabeza hacia atrás, sosteniéndole la barbilla. Abrió su boca, y pasó a insuflar boca a boca.
Le dolió en el alma que el primer contacto sea por esa situación.
Treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres. Y..
—Nada malo va a volver a pasar. Ahora hay que seguir, para terminar con el que inició todo. Debes ser fuerte, Pan.
—Eso espero —suspiró y bajó la mirada al piso.
—Yo sé que puedes. Tú eres Son Pan, no eres cualquiera. —le dijo sonriéndole.
¡Hay pulso!
—¡UNA MÁS, PANNY, VAMOS!
Presionó, e insufló.
¡Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve...!
Sus ojos estaban cerrados, y Trunks se sentía un poco torpe por no poder advertir cuál habría sido la decisión de Pan. Pues si no se acercaba, nada iba a poder advertir. Así que lentamente se acercó, y se agachó para verla de cerca. Con una mano, corrió unos mechones de pelo que le tapaban la cara, y Pan se sobresaltó e inmediatamente se abrazó a él.
—Lo siento mucho, te juro que yo no quise —sollozaba y a penas era entendible lo que decía— no sé en qué estaba pensando... Tengo m-mi-miedo
Trunks cerró los ojos y se sintió muy aliviado. ¡Cuánto lo alegraba que Pan estuviese allí aún! La tranquilidad no dejaba que pudiera responderle a todo lo que ella le decía, pero poco a poco comenzaba a reaccionar.
—Yo.. no sé qué dije, lo siento, perdóname Trunks, actué como una estúpida, yo..
—No, no actuaste como una estúpida, ni como una cobarde. No eres nada, nada de eso. Sino mírate, estás aquí —Le contestó interrumpiéndola—, yo soy el que debe pedirte perdón, Pan.
—Si no hubiese sido por tí, estaría muerta.
Y el silencio se hizo paso en la cocina, junto con la calma. Pan se separó de su amigo, y mirándolo le dijo —Gracias.
—Supongo que estamos a mano. —le respondió al tiempo que despeinaba su cabello sonriéndole.
—¡LATE! ¡VAMOS, PEQUEÑA, SÉ QUE PUEDES!
Dio una serie más de tres compresiones, e insufló por última vez.
—Dime... dime por favor... —su intento fue en vano, su voz sonó débil, en un susurro— si volveré a verte...
Esperó ansiosamente que le dijera que sí. Tranquilo, vio la respuesta positiva. Comprendió que debía soltarla, creía en su palabra.
Pan se levantó levemente hacia un costado tosiendo el agua que tenía en sus pulmones, mientras se ahogaba en busca de más aire. No entendía nada, veía borroso, se sentía pésimo, y tenía un frío desgarrador. Pero cuando volvió a recostarse, vio a Trunks. No supo cual de los dos, pero se veía alegría en su rostro, mezclado con lágrimas ¿Qué había pasado?
—¡SABÍA QUE PODÍAS PAN! ¡GRACIAS! ¡GRACIAS GRACIAS GRACIAS, LINDA! —decía emocionado, fuera de sí; se puso tras ella, le levantó el torso, y apoyó la espada de la muchacha contra su pecho. La rodeó con sus brazos, en un abrazo de alivio y ruego— Por favor, nunca más me hagas algo así. No te vayas, Pan.
Pero por más que se lo susurrara al oído, ésta estaba más que desorientada.
—Fr..í..o —dijo apenas audible.
¡Pero claro! ¡tenía frío! Y él se había aliviado demasiado. Tenía que llevarla de vuelta a la mansión, cuanto antes Estaba helada, y temblaba que daba miedo junto a la palidez extrema que presentaba ahora su piel. Pensó rápido, buscó una especie de abrigo entre las cápsulas que llevaba Pan en su mochila, y encontró una manta que serviría para mantenerla tapada durante el vuelo. Giru se encargó de transportar la mochila, y Trunks, aliviado pero alerta, la llevó en sus brazos a la mansión. Entraron por la puerta principal, y en la sala estaba Natsuki despierta, por lo visto, esperándolos. Se acercó de inmediato a Pan ni bien Trunks la depositó en el sofá cama que armó en un abrir y cerrar de ojos, ubicado al lado de la chimenea.
Pan sintió una serie de tumbos, y unas manos hirviendo que tocaban su frente y sus manos.
—Tiene hipotermia, hay que dale calor urgente, Trunks —habló la doctora, manteniendo la calma dentro de lo que podía—. Dime, Pan, ¿te sientes bien?
Pan la miró y no contestó nada.
—Parpadea, ¿me entiendes? Un parpadeo es "sí", y dos, es "no". ¿Te sientes bien? —volvió a preguntarle fuerte y claro.
Pan tardó, pero pestañeó una vez.
—¿Y qué hago? —interrumpió y le preguntó a Natsuki— Tuve que hacerle reanimación cardiopulmonar, ¡casi se muere! —le dijo al borde de la locura.
—Lo hiciste muy bien, el hecho de que se haya congelado su cuerpo da más posibilidades de que la reanimación tenga éxito incluso una hora después.
Como posesos, iban de un lado a otro mientras conversaban, proporcionándole frazadas de todo tipo.
—Con esto no es suficiente, no tenemos los recursos necesarios —alertó a Trunks
—¡Dime qué hago! —le preguntó con desesperación
—Hay que darle calor, cuerpo a cuerpo. El contacto con una piel a temperatura normal va a contrarrestar la hipotermia por el efecto de transmisión de calor.
Natsuki se ausentó por unos momentos y regresó con una remera de mangas cortas y un short.
—Vete a cambiarte, poca ropa, para que el calor se conduzca mejor, yo tengo que secarla y cambiarla. —Trunks asintió y desapareció. Con una toalla, secó los restos de agua del cuerpo de pan, y la despojó de su ropa mojada, vistiéndola con la que estaba seca. Rápidamente la recostó y la tapó, no sin antes abrigarle bien el cuello. Poco después volvió Trunks.
—¿Crees que sería mejor si me transformo? En ese estado tengo más energía calórica.
Pan no entendía más que siseos incesantes, y sentía cada vez más peso sobre sí misma. Un viento repentino de calor acarició su rostro, pero no veía ni sentía normalmente.
Trunks se había transformado nuevamente para comprobar con Natsuki a qué temperatura era conveniente darle calor, pero por el excesivo frío que Pan tenía, no era seguro que lo hiciera estando convertido en algún tipo de Super Sayajin dorado. Así que con unos shorts, y una musculosa, se acostó en el sofá cama, y atrajo a la muchacha, acurrucándola en sus brazos, mientras que Natsuki calentaba agua para llenar bolsas de agua caliente y así acelerar el proceso.
Con el contacto, Pan dejó de temblar violentamente, aunque seguía haciéndolo. Trunks estaba atento a que no se quedase dormida antes de que tomara una sopa al menos.
—No duermas Pan, primero debes alimentarte —le hablaba con un tono que la tranquilizaba, aunque no comprendía sus palabras—. Me asustaste... —le dijo y la acarició. Besó su frente como a un bebé, y volvió a llamar su atención— Hey, dormilona, ¿no tienes hambre?
Intentó mirarla a los ojos mientras le hablaba, pero no podía ya que ella acurrucaba su rostro bajo el suyo. Y cuando podía mirarlos por un instante, los veía perdidos.
—Oye, he perdido la cuenta de las veces que te he salvado. Me debes demasiados favores —no sabía si le entendía, pero al menos trataba de animarla. Se acercó a su oído, y le susurró—. Me conformo con que nunca más me dejes.
A juzgar por la palidez mortecina de su piel, podría haberse visto el rojo furioso que se pintó súbitamente bajo los ojos de la muchacha. Claro, ella sólo lo sintió, pues ningún color más que el blanco podía distinguirse en su piel.
—Siéntala para que pueda tomar esto, Trunks. —dijo desde la cocina Natsuki.
A falta de respaldo, Trunks se sentó e hizo lo propio con Pan, quien se apoyaba levemente en el pecho de éste, sin nada que decir, muerta de frío y de vergüenza en iguales proporciones.
—Debo tener fiebre, son alucinaciones. —se convencía.
Tenía sus ojos cerrados, mientras sentía el peso de las frazadas acomodarse a su nueva posición, con las manos de Trunks arropándola. Sin quererlo, una mano rozó por la espalda baja de Pan, que se movió instantáneamente con el contacto.
—Hierves... me quemas... —le anunció, temblorosa.
—Lo siento. Es tu culpa, estás helada, Pan.
Natsuki se acercó a ella extendiéndole una taza de chocolate caliente con un sorbete. Trunks rodeó a Pan con sus brazos para sostener el recipiente.
—Déjame a mí, Nat. Así es más cómodo para ambas.
Aceptó el pedido, y se puso a un costado de ella, para quitarle la toalla que tenía en el cabello. Estaba más seco ahora. Serviría para darle más calor.
Él miraba por encima del hombro de Pan, y ella tomaba despacio, de a pequeños tragos el chocolate que Natsuki le había preparado.
¿Más cómodo para ambas? ¿Pero en qué pensaba? Pan ya no comprendía si temblaba de frío o de vergüenza.
—Cálmate, no seas tonta. No es el mismo Trunks que te vio en el pasado. Eso jamás sucedió para éste del presente. —intentaba convencerse
Pero no se sentía con fiebre. Tenía mucho frío, pero no había por encima de sus ojos un calor concentrado, ni pesadez en sus párpados. Y sus manos estaban igual de heladas que el resto de su cuerpo. No había fiebre. Pero sí alucinaciones. Aunque creía estar mejor que cuando despertó en el suelo agrietado, entre la putrefacción de una época acabada.
El líquido ardía más que el cuerpo de su amigo. Era incapaz de dar un sorbo que llene su boca con aquel delicioso sabor. Pequeños tragos, demasiados temblores.
—¿Está muy caliente? Ve despacio. —fue capaz de sentir, pese a sus temblores, el retumbar de la caja torácica de Trunks al pronunciarle esas palabras.
Asintió a modo único de respuesta.
Natsuki se sentó en el sofá cama , frente a ella.
—¿Dónde estabas, Pan?
El tono y el gesto maternal de acariciarle los mechones de pelo que caían a un lado de su cabeza no hicieron más que recordarle a su madre. Miró su vientre abultado, y por primera vez pensó lo duro que debió haberle resultado la pérdida de su familia, por sobre todo, al padre del bebé que llevaba en sus entrañas. Tenía entendido que el embarazo era una etapa muy sensible en la mujer, pero a Natsuki se la veía demasiado bien, dentro de la desgracia. Pues ella tenía una razón para vivir, independientemente de ella misma, cuando por el contrario, Pan no tenía una esperanza, un futuro de ningún tipo.
—Pero eso era antes. —cerró los ojos, y viajó otra vez en el tiempo, junto a su maestro de la vida. Podría jurar que estaba ahí, junto a él, acostada en la hierba, bajo los diminutos rayos de sol que atravesaban las hojas y ramas de los gigantescos y frondosos árboles. Que los pájaros revoloteaban y cantaban, mientras las hormigas, incansables trabajadoras, duplicaban su peso en provisiones para llevar a su modesta, pero bien organizada cueva.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Trunks, atento a todos sus movimientos. Sobre todo, a sus silencios.
Sonrió de lado, y abrió sus ojos para toparse con la cruda realidad. Que esperaba cambiar con ansias.
—Sí... —se quedó meditando una respuesta, no quería ser descortés cuando ella había sido tan atenta con sus cuidados— Estaba en un lugar... hermoso. —hablaba con lentitud
Natsuki la miró a los ojos, sorprendida por un segundo, y cambió su expresión a una alegre, y le sonrió con una extrema sinceridad.
—Me alegro mucho entonces. ¿Tienes sueño?
—Algo. —seguía temblando de frío. Tomó otro sorbo del chocolate
—¿Sientes mareo, falta de aire, algún dolor?
—Tengo mucho frío.
—Bueno. A ver, muéstrame tu mano.
Trunks la ayudó corriendo levemente las cobijas, y Pan le extendió el brazo. Natsuki la examinó.
—Tiene las yemas de los dedos de color lila. No llega a ser violeta —le explicaba a Trunks, quien miraba preocupado—. Pero es normal por su estado. Y no es algo grave. Debe normalizar su temperatura corporal, y listo —dirigió su mirada a Pan—. Ahora quiero que abras y cierres tu mano, lo más que puedas.
Pan hizo lo que le pidió. Pero por más fuerza que quisiera usar, no logro abrir, ni cerrar completamente su mano.
—No puedo. Siento entume... entru... entum...
—¿Entumecimiento?
—Sí, eso.
—Bien, no te preocupes, cuando ya cese el frío volverás a la normalidad. Toma el chocolate.
Pan le hizo caso, y tras cortos sorbos, mientras le preguntaban cosas como ¿estás cómoda? ¿cómo te sientes? ¿estás cansada?, logró terminarla. Trunks le dio la taza vacía a Natsuki, y ayudó a Pan a recostarse nuevamente.
—Me quemas —se quejó temblorosa otra vez, al sentir su brazo rodeándola por la cintura.
—Si no quieres que te toque sólo dilo. —le dijo con tono gracioso en su voz. Pan volvió a sentir el sonrojo inexistente en sus mejillas. No le respondió.
Natsuki acomodó las frazadas desde el otro extremo, y cuando Pan ya estuvo posicionada, Trunks se acostó a su lado. No estaban en contacto. Por necesidad, se acercó al pecho de Trunks, donde apoyó su cara, a medio tapar con las frazadas.
—¿Lo ves? No puedes estar sin mí. —habló Trunks con tranquilidad, acariciándole la cabeza con cariño.
Como su oreja se apoyaba sobre su pecho, la frase de Trunks fue oída sin dificultad por parte de Pan. Y se sintió bien. Tranquila. Confortada a su lado. El sueño comenzó a vencerla, y las caricias de su amigo ayudaron a que en poco tiempo, escuchando el latir de su corazón y moviéndose a la par de su respiración, se durmiera muy pronto.
Ya hacía una hora que Pan se había entregado al sueño, la única en la casa. Natsuki y Trunks estaban atentos a cualquier síntoma que presentara Pan, ése último más detallista. A pesar de estar profundamente dormida, no cesaba de temblar.
—Déjame ver. —Pidió Natsuki, y le corrió las frazadas. Tocó a Pan en la frente, luego el cuello, siguió con el tórax, y por último, la ingle.
—¿Y bien? —le preguntó Trunks, expectante.
—Bueno, no hay muchos cambios.
—¿Hay algo que estamos haciendo mal?
—Espero que no. No soy una experta de este tema, Trunks. Me guío por intuición, cosas que he oído en el ambiente donde me manejo.
Hubo un momento de silencio, él estaba ahora más preocupado.
—Por otro lado, no esperes que los cambios sean repentinos. Es muy, muy probable que al menos deba permanecer así por un día completo.
—Está bien, no tengo problema por ello. Haré lo que sea...
Natsuki lo miró a los ojos, que se dirigían a la muchacha que se aferraba él. Vio un brillo especial.
—Veo que la quieres mucho.
—Es como de la familia. ES, de la familia —pasó con cuidado un dedo por el contorno de su cara—. Casi me muero cuando la encontré —habló en un susurro—. Estaba muerta. Helada, pálida. No respiraba. Estaba cien veces peor de lo que se ve ahora —se quedó en silencio, contemplándola— No podría soportar otra pérdida. Durante todo este tiempo, me hice el fuerte, evité pensar todo lo que sucedió. Sé que no está bien, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Ni si quiera, siendo sincero, le veo el sentido a buscar al culpable de la masacre. Ya no hay forma de regresar a la gente a la vida. Seremos cuatro sobrevivientes, en un mundo que nos queda gigante.
Natsuki escuchó atentamente a su amigo. Sabía que no había hablado de eso con nadie. Necesitaba expresarse, que alguien le pusiera la oreja.
—A veces... creo que sería mejor dejarnos ir. Rendirse. No nos queda nada.
—Abuelito... —Pan susurró en su sueño. Trunks sonrió de medio lado.
—Admiro la fortaleza del señor Goku. ¿Sabes? Parecía un mago. Siempre tenía un as bajo la manga, y arreglaba cualquier problema. Mi padre tampoco se rendiría, es demasiado orgulloso. Creo que soy muy humano para su gusto —se rió rozando lo irónico—. Si estuviera aquí oyéndome, me daría la paliza de mi vida. Casi puedo escucharlo diciéndome "eres un mocoso débil"...
—Quizá tenga razón. Estás dejándote influenciar demasiado por lo negativo del panorama. Yo que tú lo pienso.
—Eso lo dices porque tú tienes alguien por qué luchar, yo no.
Natsuki frunció su ceño, y llevó una mano a su panza.
—Pues yo no lo veo así —hizo una pausa, y Trunks no retrucó— Trunks, veo cómo la miras. Cómo la cuidas. Tú lo has dicho, haz inventado una versión tuya para darle fuerzas. Te has enojado con ella por no pensar positivamente. La quieres demasiado. Sí tienes un motivo para seguir luchando. Y nadie dijo que todo está perdido.
Se sorprendió un poco por sus palabras, y pensó más allá de donde estaba. Recordó a esa mujer que hacía mucho conoció, y que hacía poco descubrió. Ahora, dormía sobre él. Pensó lo que le había dicho Natsuki, y ella no tenía idea de cuán guiada estaba en lo que decía. Pan significaba mucho para él, siempre había sido alguien a quien estimaba. Era terca, caprichosa, se sentía auto-suficiente todo el tiempo, era engreída, molesta, entrometida, pero tenía siempre una coraza que escondía su noble corazón marca Son. Era de esas personas a las que no puedes no quererlas. Ella era a quien había esperado todo este tiempo. Sonaba a una locura, pero era así.
Y finalmente, la encontró. ¿Debía rendirse ahora, realmente?
—Trunks, no... —la mano que tenía sobre el pecho del nombrado arrugó la remera que éste vestía.
—¿No qué, pequeña? —le preguntó exclusivamente a ella. Natsuki había abandonado la sala hacía unos momentos, mientras él se hundía en sus cavilaciones.
Se repitió la pregunta. ¿Era momento de ser débil?
No.
Esos ojos que odió de ella, eran los mismos que había amado aquella primera vez, la del encuentro.
Tomó su mano, la examinó, y seguía rosada. La guardó entre las frazadas, y entrelazó su mano con la de ella.
Tenía todo, todo por delante.
Nota de autora:
¡Feliz comienzo de año 2013!
Canción de la jornada: Mi corazón encantado. Exactamente, ése mismo que ustedes creen. Nunca entendí qué tenía que ver este tema (como muchos otros) con la historia de DB en general. Tiene una letra preciosa, y la melodía me hace dar ganas de cantarla a todo pulmón, con una hiper sonrisa en mi cara. xD
¡Por suerte! encontré una versión más que especial para nosotros, porque la interpretan Ricardo Silva y Adrián Barba, dos que son los clásicos del opening Chala head chala, y el opening El poder nuestro es, además el ending Ángeles fuimos (temaso), respectivamente. Me transformo cuando escucho los temas de Dragon Ball, me llenan de una eterna felicidaaaaaaaaad :D (y la letra queda FANTÁSTICA! increíblemente)
Búsquenla en el Playlist que está en mi perfil, n.n
Me llenan de pasión todos los openings y endings de Dragon Ball. ¡No les puedo explicar con palabras! Espero que sientan igual que yo, porque es hermoso.
Durante este último tiempo, mi vida se volcó alternadamente entre J. K. Rowling, Conan Doyle, Cortázar, mis fotos, y mi guitarra. Una mezcla interesante xD. Creo que me leí fácil, cuatro libros en tiempo récord; leo, y hasta no ver el final no paro. Me tomé un descanso, quise despejar y cultivar mi mente para este capítulo. Me gustó el resultado, espero que a ustedes también.
Cuando te ponés a pensar en una historia –por lo menos, hablo por mí– te imaginás un conflicto y un desenlace. El principio está por verse, así como las cuestiones que unen los hechos entre sí. Allá por alguna fecha que no recuerdo del principio del año 2011, se me ocurrió una idea retorcida, una alternativa de lo que pasó después de que nuestro héroe se haya ido a cuidar las esferas del dragón. Hacía tiempo que tenía ganas de lanzarme a escribir algo que pueda ser leído por el resto de quienes amamos Dragon Ball. Venía de la rama de los guiones. Mucha descripción de escenario, actitudes de los personajes, los planos, y los diálogos. Escribir una historia a modo de "cuento", o "novela" -me parece un insulto para ambos géneros catalogar esta historia como alguno de esos dos, dejémoslo en fanfic (lo que es)-, era un desafío. De chica también me gustaba escribir, pero nunca hacía nada que me pareciera bueno. Tiendo a tirarme el autoestima por el piso, también. Y pensé: Trunks y Pan, solos en el mundo. El Eternauta me tiró el puntapié para esa idea: una extraña sustancia caída del cielo como si fuera nieve, mataba toda forma de vida con solo el contacto, en un instante. Ahí empezó a tomar color el fanfic, empecé a hilvanar el resto de la historia, pensando los personajes que podían aparecer, los justos y necesarios.
El acercamiento de dos personas que no sentían más que un amor fraternal por el otro, ambos ignorados entre sí. El otro no es una opción. No tenía sentido que ese amor romántico naciera sólo porque el otro es un adonis, dios griego, superpoderoso, y único por donde se lo mirara. Tenía que encontrar algo más profundo. Nuestro héroe no podía quedarse fuera, no quería ignorarlo. Pero menos tenía sentido que le hablara en sueños, o que se apareciera a "robar" el protagonismo de ambos, salvando por enésima vez el mundo. Ellos eran los elegidos. El legado.
Y tras repetir –sin haber comenzado a escribir la historia– una y mil veces en mi cabeza el desarrollo, pensé en un viaje al futuro. Algo casual, mágico, hipnótico. Un collar de dije único, verde esmeralda, sofisticado. Matemos dos posibilidades en una, y se da una despedida con el héroe, y un primer acercamiento al hombre. Sin prejuicio por la edad. De igual a igual. Ideal.
Sumado a todo esto, también tenía la palabra "hipotermia" rondando por ahí. El clima helado, un río, un rescate, el reencuentro. Hasta este punto llegué hoy, y no puedo creer que tras repetir la escena miles de veces en mi mente, ya esté volcada en una hoja, hecha como quería hacerla. El resto de la historia, a partir de hoy, cambia rotundamente para él y ella.
Gracias por leer.
Perdón por lo extenso de la nota final. Era necesario.
Las espero hasta el próximo capítulo!
Mucha suerte!
Afrodita19~
